BLOG DE JOSÉ ANTONIO DONCEL DOMÍNGUEZ (I.E.S. LUIS CHAMIZO, DON BENITO, BADAJOZ)

viernes, 4 de mayo de 2018

El nacimiento de los Estados Unidos de América: desde las primeras colonias hasta la Guerra de Independencia.

The Birth of Old Glory de Percy Moran. Betsy Ross, la mujer que según la leyenda diseñó la bandera estadounidense, la presenta a los representantes del Congreso Continental: George Washington, George Ross y Robert Morris, 
LOS ORÍGENES DE EE.UU. 
LA COLONIZACIÓN BRITÁNICA DE NORTEAMÉRICA EN EL XVII Y XVIII
A partir del siglo XVII, sucesivas oleadas de colonos británicos se irían asentando en los territorios de la costa este de América del Norte; les movían las más diversas motivaciones, que iban desde las estrictamente económicas hasta las religiosas. Se trató de una colonización marcada por el desorden y la improvisación, llevada a cabo en los momentos iniciales por compañías comerciales como la de Londres o la de Plymouth, una colonización que, casi desde el principio, estuvo determinada por la existencia de dos modelos socioeconómicos diferentes, uno en las colonias del sur, el otro en las del norte. 
Los primeros asentamientos se produjeron en lo que sería la colonia de Virginia, en la bahía de Chesapeake, donde algo más de un centenar de colonos, bajo el amparo de la Compañía de Londres y dirigidos por John Smith, fundan la ciudad de Jamestown en 1607. Se trataba de un grupo variopinto formado por nobles de bajo nivel, artesanos, campesinos y todo tipo de aventureros, que tuvieron que hacer frente desde el principio a las adversidades naturales y a los conflictos con los indígenas. Los nuevos colonos pronto entrarán en contacto con una nueva planta, la del tabaco, que en poco tiempo y a lo largo de la década de 1610, se irá convirtiendo en la base económica de la nueva colonia y el motor de sus exportaciones. A pesar de la creciente presión de los nativos indígenas (masacre de Jamestown en 1622), la colonia se consolidará. Las condiciones ambientales duras y la falta de mano de obra propició pronto el recurso a la esclavitud, y en 1619 llegaron los primeros esclavos negros, bien adaptados a los veranos calurosos y húmedos, llenos de mosquitos, del sur de Virginia. Con la expansión de la esclavitud se consolidarían los grandes latifundios, pues la Compañia de Londres ofrecía 50 acres de tierra a cada colono, pero cedía 2.500 acres si se poseían 50 esclavos. Se iba así confeccionando un modelo económico agrario de base latifundista y esclavista, que se mantuvo cuando la colonia pasó posteriormente al control de la corona. Este modelo se extendería después a otras colonias cercanas como la vecina Maryland (colonia real fundada inicialmente por católicos), y sobre todo hacia el sur, con el surgimiento de Carolina del Norte, Carolina del Sur y finalmente, en 1732, Georgia, la última de las trece colonias que dieron lugar a los Estados Unidos. Todavía más al sur se encontraban ya las tierras del Imperio español, en la península de Florida, donde se había fundado el primer asentamiento colonial que prosperó y se consolidó en el actual territorio estadounidense, la ciudad española de San Agustín, fundada en 1565.
John Smith, sentado en el barril,  negociando con Powhatan y otros líderes de las tribus nativas para obtener alimentos. Fuente: www.virginiaplaces.org



En enclave de Jamestown, al sur de Virginia, fue la primera ciudad fundada por los ingleses en América del Norte.
Fuente: www.americanhistoryusa.com
Jamestown Settlement es un museo de historia viviente que recrea la realidad del primer asentamiento británico en América del Norte. Fuente: Wikipedia.





El proceso de colonización de Norteamérica se vio acelerado a partir de la década de 1620, cuando empezaron a llegar colonos a zonas situadas más al norte, donde se iría conformado una realidad social y económica diferente. En 1626 los holandeses habían creado Nueva Amsterdam (aunque pronto la presión inglesa forzarían a su rendición, pasando a control británico en 1664) y crecía y prosperaba la colonia de Quebec, creada por los franceses en la desembocadura del río San Lorenzo en 1608. Sin embargo, el hecho más destacable fue la llegada a la actual costa de Massachusetts de 102 colonos a bordo del Myflower y la fundación en 1620 de la colonia de Plymouth. Son los conocidos como Padres Peregrinos en la mitología fundacional estadounidense. Desviados 800 kilómetros de su objetivo inicial, la colonia virginiana de Jamestown, los inicios de la nueva colonia resultaron durísimos, pues no eran campesinos y desconocían como sobrevivir en unas tierras que se les presentaron pronto hostiles y salvajes. Cerca de la mitad moriría en los siguientes meses, pues su llegada se produjo en pleno otoño y el crudo invierno de la zona se cernió demasiado pronto sobre la nueva comunidad. Tan solo la ayuda de los indios, que les enseñaron a obtener frutos de la tierra y pescar, les permitió prosperar: en 1628 nuevos colonos fundarían un nuevo asentamiento, Salem, y en 1630 nacía la ciudad de Boston, ambas en la que se conocía como la colonia de la Bahía de Massachusetts. La mayoría de los nuevos colonos habían huido de las islas británicas por cuestiones religiosas, eran puritanos, protestantes calvinistas que se oponían a la consolidación de la iglesia anglicana en Inglaterra. Por todo ello, la vida social y política de la nueva colonia estuvo siempre marcada por la profunda religiosidad de sus habitantes. Un moralismo radical teñía la convivencia y se mezclaba con una fuerte intolerancia religiosa, mientras se concebía el gobierno como un brazo que debía cumplir los designios de Dios. A pesar de las enormes dificultades encontradas, a partir de 1635, los colonos se extendían ya por la zona de Connecticut, mientras Roger Williams, un puritano defensor de la tolerancia religiosa y la separación entre poder civil y religioso, abandonaba Massachusetts y fundaba una nueva colonia en Rhode Island, la cual se cimentaria sobre la base de la libertad religiosa. 
Los puritanos tenían un carácter independiente y querían evitar en la medida de lo posible el control sobre ellos de la corona y el parlamento inglés. Participaban todos en el gobierno de la colonia y conformaban una sociedad igualitaria en la que los miembros de la comunidad elegían a sus diputados y representantes. Con el tiempo, la colonización se extendería por toda Nueva Inglaterra, hacia New Hampshire y más tarde a los territorios del actual estado de Maine. Eran hombres religiosos que poseían armas y que tuvieron que enfrentarse muchas veces a los nativos americanos. Todos sabían leer porque su deber era conocer la Biblia, por lo que en las nuevas ciudades proliferaron las escuelas e imprentas.

El Mayflower-II es una réplica del buque Mayflower que llevó a los primeros pioneros hasta la costa americana de Massachusets. Fue construido en 1955 y botado en 1956. Fuente: www.seahistory.org

La partida de los Padres Peregrinos desde Plymouth en 1620, según una obra del pintor británico Bernard Finigan Gribble.
Al sur de Nueva Inglaterra y al norte de Virginia existían extensos territorios que serían también foco de colonización muy pronto. En 1681 la corona le concede al cuáquero William Penn el territorio que después sería Pennsylvania. Penn organizó las nuevas tierras de forma concienzuda y consiguió atraer a numerosos colonos ofreciendo 50 acres de tierra a cada uno de ellos. Llegaron así granjeros, campesinos y artesanos que rápidamente hicieron florecer la nueva colonia. Los cuáqueros eran perseguidos en Inglaterra por no aceptar la obediencia a la autoridad existente, eran defensores de la justicia, la vida sencilla, la integridad moral, la honradez estricta y el pacifismo. Cuestionaban la religión establecida, evitando la pomposidad y la guía sacerdotal. Penn fundó la ciudad de Filadelfia, que creció muy rápido, e impuso la tolerancia religiosa y un orden democrático. Opuesto a la esclavitud y los siervos de rescate (blancos que trabajaban durante varios años para aquellos que le habían pagado el viaje), quería una colonia de distintas razas, religiones y lenguas en armonía. Y de hecho, a Pennsylvania llegarían en las décadas posteriores muchos colonos no ingleses, sobre todo alemanes, que dejaron sus lugares de origen por razones económicas o religiosas (menonitas, etc.). Igualmente, muchos colonos alemanes se asentarían después, a principios del XVIII, en la zona de New York, que desde 1664 pertenecía a Inglaterra, tras la rendición de los holandeses, fundadores de la ciudad en 1625 con el nombre de Nueva Amsterdam. La zona había sido cedida por el rey británico, Carlos II, a su hermano, el Duque de York, y tras su conquista, la ciudad fue rebautizada como New York en su honor. En 1664 el duque de York se hizo también con el control de los territorios de los actuales estados de New Jersey y Delaware, que había sido una colonia sueca hasta 1655 y que en ese momento también se hallaba bajo control de los holandeses. La colonia de Delaware pasaría a estar bajo la órbita de Pennsylvania durante las décadas siguientes.
 Tratado de William Penn y los indígenas Delaware en Shackamaxon. Óleo de Benajamin West.

Estas colonias (Nueva York, Pennsylvania, Delaware, New Jersey) estarían, por su estructura social y económica, muy próximas a las situadas más al norte, en Nueva Inglaterra, con las que tendrían muchos rasgos coincidentes. Todas ellas estaban compuestas mayoritariamente por campesinos autosuficientes, con una agricultura sin grandes latifundios, donde la aspiración por una nueva sociedad era fundamental, y donde pronto se desarrollaron grandes ciudades como Filadelfia, Nueva York o Boston, convertidas en el paradigma, especialmente a partir del siglo XVIII, del ascenso de una sociedad comercial, industrial y burguesa.
A pesar de las diferencias existentes entre las colonias del sur y del norte, así como entre todas y cada una de ellas, el caso es que las trece colonias estuvieron marcadas por un crecimiento económico y demográfico constante e intenso. La tierra era abundante y la mano de obra escasa, lo que daba enormes posibilidades a los hombres libres que allí llegaban, los cuales podían prosperar con facilidad y conseguir una independencia a nivel económico que hubiera sido imposible en la vieja Europa. La americana resultaba una sociedad mucho más igualitaria, en la que jamás existió algo similar a una nobleza feudal, y en la que se fue fraguando a lo largo del siglo XVII y XVIII una mentalidad propia, marcada por los ideales religiosos calvinistas y puritanos de austeridad, laboriosidad y espíritu participativo. Pero, además, dicha mentalidad se vio aderezada con ingredientes propios del espíritu de frontera como es el desarrollo de un profundo individualismo y un agudo sentido de la autonomía personal. Esta mentalidad se mostraría de forma evidente durante la Guerra de Independencia americana, donde resultaría decisiva.

LA GUERRA DE INDEPENDENCIA Y EL NACIMIENTO DE UNA NUEVA NACIÓN

A mediados del siglo XVIII la población de Estados Unidos superaba el millón de habitantes y crecía con fuerza. A la altura de la independencia, veinte años después, se alcanzaban los dos millones y medio, repartidos en las trece colonias existentes: Massachusetts, New Hampshire, Rhode Islands, Connecticut, Nueva York, New Jersey, Pennsylvania, Delaware, Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur, Georgia. Las nuevas colonias se había convertido en lugares prósperos que atraían población desde Europa. Gozaban de autonomía a nivel político, pero las clásicas relaciones económicas coloniales cercenaban su desarrollo  económico: Gran Bretaña monopolizaba el comercio, los americanos tenían que comprar sus productos y no podían instalar determinadas industrias que pudieran competir con las de la metrópoli. Las colonias americanas se veían así convertidas en suministradoras de materias primas, a la vez que engrosaban las arcas de corona gracias a los fuertes impuestos.
La situación se vio agravada con el fin de la Guerra de los Siete Años (1756-63) que enfrentó especialmente a Gran Bretaña y Francia, aunque intervinieron otras potencias europeas como España. La guerra terminó en 1763 con el Tratado de París, que supuso el fin del imperio colonial francés en América del Norte y la consolidación de Inglaterra como potencia hegemónica en la zona. A cambio, los colonos francófonos católicos de Quebec fueron respetados en sus derechos religiosos, políticos y económicos.
Esto no agradó nada en las trece colonias, que se sentían injustamente tratadas por la metrópoli, a pesar de haber colaborado activamente en la guerra contra Francia tanto militar como económicamente. Por el contrario, Gran Bretaña trató de cargar el costo de la guerra sobre las propias colonias, a base de impuestos. La ley del Sello o Ley del Timbre (Stamp Act), en 1765, iba en esta línea, al gravar los documentos y publicaciones. A estos impuestos habría que añadir otros nuevos sobre el papel, el vidrio o el plomo, o sobre productos de gran consumo como el té. Estos impuestos crearon un gran malestar en las colonias, que consideraban injusto cualquier impuesto aprobado en el parlamento inglés, cuando ellas no participaban en la elección de Parlamento británico. Esta postura llevó a la generalización en las colonias de la oposición al pago de dichos impuestos: si no se tenía representación política, tampoco se debían pagar impuestos.
El té terminaría siendo clave en todo el proceso. El boicot de los americanos al té inglés, importado por la Compañía de las Indias Orientales, frente al té de origen holandés, introducido por los contrabandistas americanos a precios más baratos, desató el conflicto. El gobierno británico eliminó los aranceles para el té de la compañía inglesa (Ley del Té o Tea Act) lo que la volvió a hacer competitiva en precios. La reacción de colonos fue de activa oposición y en diciembre de 1773 se producía el Motín del Té (Boston Tea Party), en el que algunos colonos, disfrazados de indios mohawks, lanzaron al mar los cargamentos de té que la compañía tenía en los barcos del puerto Boston. La reacción de las autoridades fue el cierre del puerto y la represión sobre los rebeldes, lo que supuso la puesta en marcha de las llamadas Leyes Intolerables (Intolerable acts), que eliminaban algunos de los derechos históricos de la colonia de Massachusetts, incluido su autogobierno, provocando, a su vez, una ola de indignación generalizada en el conjunto de las trece colonias.

Boston tea party, litografía de Nathaniel Currier de 1846. Fuente: Wikimedia commons.

De esta manera, el descontento surgido se extendió como la pólvora por las trece colonias y desembocó en 1774 en la organización del Primer Congreso de Filadelfía, donde se reunieron representantes de todas las colonias menos Georgia, y en el que se formuló una declaración de derechos y agravios, defendiendo el derecho de las colonias americanas a gestionar sus asuntos internos. La corona rechazó de forma tajante sus peticiones y postulados. El clima para la independencia ya estaba creado, aunque todavía había muchos colonos que mantenían su lealtad al rey inglés, Jorge II, los llamados lealistas o kings men. Se calcula que una cantidad que oscilaría entre el 15% y el 20% de los colonos permaneció a lo largo del proceso de independencia del lado británico.
En abril de 1775 se iniciaban los primeros enfrentamientos armados entre los colonos y el ejército británico en la zona de Massachusetts: batallas de Concord y Lexington, asedio a Boston y batalla de Bunker Hill. Esta última, aunque se saldó con la victoria final de los británicos, demostró la enorme capacidad de resistencia de los insurrectos y su determinación, lo que se evidenció en el elevado número de bajas del ejército vencedor. En mayo de ese año se celebraba el Segundo Congreso en Filadelfia, que empezó a funcionar como un gobierno, organizando un ejército, cuyo mando se confirió a George Washington, un terrateniente esclavista de Virginia, un hombre reflexivo y con carácter, cuyo nombramiento fue clave para reducir los iniciales recelos de las colonias del sur al proceso de independencia. Washington fue el encargado de convertir en un verdadero ejército, lo que era un amasijo de hombres de la más diversa procedencia, donde había desde agricultures y cazadores, hasta comerciantes y aventureros, la mayoría de ellos sin disciplina ni experiencia militar.
La batalla de Lexington, 19 de abril de 1775. Obra de Don Troiani

Stand Your Ground Lexington Green de Don Troiani, nos muestra el combate entre las milicias americanas y el ejército británico en la batalla de Lexington, Massachusetts.

Concord Bridge, obra de Don Troiani, nos muestras los combates en Concord (Massachusetts) entre los milicianos americanos y los soldados británicos en los primeros momentos de la Guerra de Indenpendencia.


Bunker Hill, obra de Howard Pyle. La batalla resultó ser una victoria pírrica del ejército británico.
En junio de 1776 la colonia de Virginia proclamaba su independencia, creando una constitución y la  primera declaración de derechos humanos moderna de la historia, la Declaración de Derechos de Virginia, que recogía los principales derechos y libertades: igualdad ante la ley, soberanía popular, división de poderes, libertad de expresión y religión, derecho a la vida y a la propiedad. Tal iniciativa obligó al Segundo Congreso Continental a poner en marcha el proceso de independencia de Estados Unidos. El 11 de junio se designaba un comité para desarrollar la Declaración de Independencia, lo formaban cinco miembros, John Adams de Massachusetts, Benjamin Franklin de Pennsylvania, Thomas Jefferson de Virginia, Robert R. Livinston de Nueva York y Roger Sherman de Connecticut. El borrador inicial fue realizado por Thomas Jefferson y la Declaración de Independencia fue aprobada por los 56 miembros del Congreso el día 4 de julio de 1776, lo que suponía la independencia de las trece Colonias del Imperio británico y su constitución como un nuevo estado. En él se defendía la democracia política, la libertad, la división de poderes, la igualdad jurídica y el derecho a la rebelión contra la tiranía:
"Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad. Que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla, o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad".

Declaration of Independence, obra de John Trumbull.

A pesar de los pasos dados, la independencia de las trece colonias estaba todavía muy lejos de materializarse. Gran Bretaña rechazaba la declaración, y en esos momentos era una gran potencia militar: contaba con la mayor flota de guerra del planeta, cuyos buques participarían activamente en el conflicto militar, y un imponente ejército, formado por profesionales experimentados y entrenados, que llegó a tener más de 70.000 soldados en Norteamérica, entre los que tendríamos que incluir los 30.000 mercenarios alemanes que servían en el ejército británico. En frente se hallaba un ejército con unos pocos miles de soldados mal equipados y poco preparados, a los que habría que añadir las milicias de cada estado. Era un ejército embrionario que carecía de una oficialidad formada y profesional, y como prueba de ello se hallaba su comandante en jefe, el propio George Washington, que no era más que un antiguo teniente coronel de las guerras franco-indias (Guerra de los Siete Años). Washington tenía cierta experiencia militar, pero desconocía lo que era comandar un ejército y mover grandes conjuntos militares. Sin embargo, la inicial desventaja de los americanos se veía compensada por la prepotencia inglesa, cuyo estado mayor tardó en darse cuenta de la dificultad que entrañaba la victoria. Los ingleses confiaron siempre en la superioridad técnica y militar de su ejército y desdeñaron a los insurrectos, a la vez que sobredimensionaron los apoyos existentes entre los colonos a la causa real, no hay que olvidar que los lealistas fueron siempre una minoría. Por otro lado, Gran Bretaña tenía que dirigir una guerra a miles de kilómetros de distancia y los suministros y la intendencia resultaron pronto un grave problema. A ello habría que unir las enormes distancias y la falta de control del terreno, pues fuera de las ciudades, el peso específico de los rebeldes americanos era mucho mayor y la capacidad de movimiento del ejército americano era mucho más elevada. A esto habría que añadir un hecho que no hay que desdeñar: la no existencia de un centro neurálgico, que tomado, hubiera permitido acabar pronto con la rebelión. Por el contrario, los ingleses se hallaban ante un territorio marcado por una enorme fragmentación política, con trece colonias con sus respectivos gobiernos, con escasas ciudades y enormes extensiones. El ejército británico buscó siempre una batalla decisiva que nunca consiguió, mientras el ejército americano optaba por el hostigamiento, las pequeñas escaramuzas y las tácticas de guerrilla, buscando el desgaste del enemigo.

Composición realizada a partir de imágenes extraídas de Pinterest

Composición realizada a partir de imágenes extraídas de Pinterest


En 1776 y 1777 la guerra desembocó en una situación de tablas entre ambos ejércitos, que sin embargo, confería más posibilidades a los americanos, al permitir la consolidación de su ejército, a la vez que ganaban en preparación y aumentaba su moral. Tras la batalla de Long Island (también conocida como batalla de Brooklyn), a finales de agosto de 1776, el general británico William Howe tomaba New York, que desde ese momento y hasta su evacuación final en 1783, se iba a convertir en el gran feudo británico durante la guerra. A pesar de la derrota, Washington consiguió evacuar al grueso de su ejército de Manhattan, lo que le permitió posteriormente obtener algunas estratégicas e importantes victorias en la zona de New Jersey. Tras cruzar el helado río Delaware, atacó en diciembre de 1776 a los británicos, venciéndolos en la batalla de Trenton y más tarde, en enero de 1777, en la de Princeton. Aunque se trataba de victorias menores desde el punto de vista estrictamente militar, tuvieron un papel determinante y marcaron una inflexión en la guerra, al permitir que el ejército de Washington, marcado por las deserciones y la desmoralización, pudiera recuperar su autoestima y prestigio, lo que multiplicó en lo sucesivo la llegada de nuevos reclutas que se incorporaron al nuevo ejército.

El regimiento Delaware en la batalla de Long Island el 27 de agosto de 1776 (foto Domenick D'Andrea de un cuadro de la Guardia Nacional de EE.UU.).


Washington cruzando el Delaware, óleo de Emanuel Leutze.
A finales  de 1777 se produciría, sin embargo, una inflexión en la guerra que cambió el signo de los acontecimientos en favor de los insurgentes. A pesar de la ocupación de Filadelfia en septiembre de 1777 por parte de los británicos, que no supuso un golpe tan importante como en principio pudiera pensarse, en octubre de ese año se producía la batalla de Saratoga, al norte de New York, la primera victoria importante de los colonos, que se impusieron a los mercenarios alemanes del general Burgoyne. La batalla resultó clave, porque reforzó la convicción en la victoria de los rebeldes y porque decidió a Francia y a España a entrar en el conflicto, lo que decantó la guerra a favor de los insurrectos. El Tratado de París de 1763, que había puesto fin a la Guerra de los Siete Años, había tenido funestas consecuencias para Francia y España, ahora ambas potencias podían tomarse la revancha apoyando sin reservas a los rebeldes americanos. Meses después de la batalla de Saratoga, en febrero de 1778, los franceses perciben las posibilidades de los rebeldes y optan por una alianza con ellos: envían munición, armas y provisiones, adiestran a los soldados americanos, e intervienen de forma directa a través de su flota naval y el envío de miles de soldados al mando del marqués de La Fayette y del mariscal Rochambeau. España, sin embargo, se involucró en menor medida en la guerra: aportó dinero, armas y municiones, pero nunca intervino de forma directa. Tenía interés en la derrota de los británicos, lo que le permitiría recuperar Gibraltar y Menorca, así como territorios al norte de Florida (Pensacola o Mobile) o las zonas perdidas en el Caribe de América central, como Honduras y Campeche; pero era consciente del peligro de que el movimiento de emancipación se extendiera a su propio imperio colonial.
La ayuda extranjera terminó resultando determinante para el ejército americano, que vivió en el invierno de 1778  una nueva prueba de fuego: Washington trató de buscar un lugar donde acuartelar su ejército y acampó en Valley Forge, donde en malas condiciones, se dispuso a soportar el invierno. La falta de alimentos, higiene, ropa y refugio adecuado resultaron una dura prueba para el nuevo ejército, provocando la muerte de uno de cada cuatro soldados. Sin embargo, el ejército de Washington se sobrepuso y no se disolvió. Con la ayuda de los franceses, al final del invierno, los llamados "patriotas" se recuperaron y salieron reforzados de la experiencia.

Washington in Valley Forge , obra de Edward P. Moran.

La batalla decisiva llegaría en septiembre de 1781. Los británicos, ocho mil hombres dirigidos por lord Charles Cornwallis, abandonaron sus feudos del sur (costas de Georgia, Carolina del Sur y Carolina del Norte), donde se habían hecho fuertes, y avanzaron hacia Virginia, asentándose en Yorktown. Allí, más de 10.000 franceses y 9.000 insurgentes americanos sitiaron la ciudad. La flota francesa evitó la llegada de refuerzos británicos por mar y Lord Cornwallis tuvo que rendirse en octubre de 1781.

Disposición de las tropas americanas, francesas e inglesas en la batalla de Yorktown. Fuente: theMAPfactory.com
























General Lafayette durante la campaña de Yorktown , Virginia 1781, obra de Don Troiani.

El Mundo al Revés, Yorktown, 19 de octubre de 1781, obra de Mort Kunstler.




El Tratado de París ponía fin definitivamente a la guerra. El predominio en el mar seguía siendo británico, pero en tierra se imponían los rebeldes y Gran Bretaña firmaba la paz con los nuevos Estados Unidos de América. Se reconocía el nuevo estado, que se extendería al norte de Florida, al sur de Canadá y al este del Mississippi; se aceptaban las confiscaciones de las propiedades de los lealistas, colonos fieles a Gran Bretaña, decenas de miles de los cuales huyeron hacia Canadá. España era el otro gran beneficiado: recuperaba Menorca, Florida se consolidaba bajo su soberanía, recuperaba las costas caribeñas de Honduras, Nicaragua y Campeche, aunque Gibraltar, que había resistido un asedio español, quedaba bajo control británico. A pesar del gran esfuerzo económico y militar en favor de los insurgentes, Francia obtuvo un botín limitado: islas de las Antillas como Tobago o Santa Lucía, algunas plazas en África, además del enclave de San Pedro y Miquelón y derechos de pesca en Terranova (Canadá).

LAS BASES DEL NUEVO ESTADO

Tras el Tratado de París de 1783 surgía un nuevo estado que, sin embargo, se hallaba muy lejos de estar definido. En un principio, y en la práctica real, existían trece estados diferenciados y soberanos, unidos entre sí por tenues vínculos de gobierno. De hecho, entre 1776 y 1780, cada uno de ellos se fue dotando de su propia constitución: el primero fue New Hampshire, en enero de 1776, más tarde lo hicieron Carolina del Sur, Virginia y New Jersey, el último sería Massachusetts, en 1780, aunque su constitución sería la primera en ser refrendada por el pueblo. Los nuevos estados tenían como eje vertebrador una institución, el Congreso de la Confederación, el órgano de gobierno de los Estados Unidos entre 1781 y 1789, formado por delegados nombrados por las legislaturas estatales. Tal institución había sucedido al Segundo Congreso Continental, reunido en Filadelfía, pero tenía escasas atribuciones reales. Estaban vigentes los llamados "Artículos de la Confederación", el primer documento de gobierno de la historia de Estados Unidos, un total de 13 artículos que sancionaban la soberanía de cada estado, permitiendo la libre circulación de mercancías y personas, pero dejando para el Congreso tan solo las atribuciones monetarias, militares y de política exterior. Terminada la guerra, tal marco jurídico e institucional resultaba a todas luces insuficiente y pronto surgieron problemas de toda índole. El Congreso decidió entonces dar un paso en la construcción institucional y jurídica: se creó una convención en Filadelfia, compuesta por 55 miembros, que se ocupó de redactar una constitución federal en 1787. En su elaboración destacaron hombres como James Madison, Alexander Hamilton o Gouverneur Morris. Con la nueva constitución surgía un nuevo estado bien definido, marcado por su carácter liberal, democrático, republicano y federal. La Constitución de 1787 sigue hoy vigente, aunque modificada y actualizada por sucesivas enmiendas posteriores, y es considerada, salvando el caso de las constituciones estatales previas, la primera constitución escrita de la Historia.

La constitución de los EE.UU. es considerada la primera constitución escrita de la Historia. F.: edition.cnn.com

La constitución recogía los principios básicos del liberalismo político: la soberanía popular, la división de poderes o los derechos y libertades individuales (libertad religiosa, de imprenta o expresión, de reunión, el habeas corpus o derecho a no ser detenido arbitrariamente). Establecía igualmente un estado federal, que trataba de compaginar la soberanía de los estados miembros (cada uno gozaba de gran autonomía, con parlamento y constitución propia) con la existencia de un estado central con poderes bien definidos, surgiendo desde el principio una cierta tensión entre los partidarios de un poder federal fuerte y aquellos que defendían la mayor autonomía de los estados.
El nuevo poder federal se estructuró en base a la división de poderes. El poder legislativo residía en un Parlamento o Congreso de carácter bicameral, elegido por sufragio universal directo y masculino. Existían dos cámaras, por un lado, un Senado en el que se defendían los intereses de cada estado, y en el que éstos estaban representados de forma equilibrada (dos miembros por estado), por otro lado, una Cámara de Representantes, en el que se veía reflejada la soberanía del conjunto de la Nación y donde cada estado aportaba un número de representantes en función de su población. El Congreso aprobaba los impuestos y los presupuestos, tenía la iniciativa legislativa de hacer las leyes y declaraba la guerra y la paz.
El Capitolio de Washington es la sede del poder legislativo de EE.UU. Fuente: es.wikiarquitectura.com






Retrato de G. Washington, por G.S. Williamstown
El poder ejecutivo estaba encarnado en el presidente, elegido cada cuatro años por sufragio universal, indirecto y masculino. Según este sufragio, los ciudadanos no elegían directamente al candidato, sino que con su voto delegaban esa función en 538 compromisarios o electores -nominados por los partidos políticos- que son los que a su vez votarían en su nombre en los 13 estados. Elegido por cuatro años, el presidente es el ejecutor de la ley federal, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, se haya al frente de la política exterior y podía ejercer el derecho a veto sobre la legislación del Congreso. El presidente nombraba a los miembros del gobierno, el Gabinete, que son presentados al Senado para su ratificación por mayoría simple. Juran entonces su cargo y reciben el nombramiento de secretario, siendo su cometido el de aconsejar y asistir en sus deberes al presidente. El primer presidente fue George Washington, que fue investido en 1789, después de un voto unánime del colegio electoral, que a su vez designó un Gabinete de cinco personas: Thomas Jefferson (secretario de Estado, lo que en la Europa actual sería un ministro de exteriores), Alexander Hamilton (secretario del Tesoro, equivalente a los ministros de hacienda y economía), Henry Knox (secretario de Guerra, equivalente a un ministro de defensa actual), Samuel Osgood (jefe del Servicio Postal, se encarga de las comunicaciones de correo, desde 1971 este cargo ya no está en el Gabinete) y Edmund Randolph (Fiscal General, equivalente al ministro de justicia y el único cargo que no tiene la denominación de secretario).

Inaugurada en 1800, la Casa Blanca ea la residencia oficial del Presidente de los Estados Unidos y su principal lugar de trabajo. Desde el principio se convirtió en el símbolo del poder ejecutivo. Fuente: laboratoriomediatico.com

El poder judicial sería independiente y estaría encarnado en el Tribunal Supremo, sus miembros eran nombrados por el presidente y debían velar porque las leyes se ajustaran a la constitución, a la vez que juzgaban las disputas entre los estados.
Un elemento a tener en cuenta, es que el nuevo sistema político no confería derechos políticos a la población negra, que no podía participar en las elecciones al Congreso y a la presidencia. Los esclavos negros suponían una quinta parte de la población del país, la mayoría concentrada en los estados esclavistas del sur: Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Virginia y Maryland. No existió en aquella época un debate en torno a la esclavitud, tampoco sobre los derechos políticos de los negros, cuyo solo planteamiento hubiera quebrado el nuevo país antes de surgir. Prueba de ello, es que tanto George Washington, como Thomas Jefferson, dos de los llamados "Padres fundadores", eran terratenientes poseedores de esclavos. Jefferson fue el redactor de la Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776, que establecía que "todos lo hombres eran creados iguales, que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad". Nadie se planteó entonces que estas palabras pudieran ser aplicables a la población negra. El debate político entorno a la población negra existió, pero no respecto a los derechos políticos de los negros, sino a si se tenía en cuenta, y en qué medida, a la población negra a la hora de establecer la población que debía generar representantes en la Cámara de Representantes. Curiosamente, los estados más defensores de las tesis esclavistas defendían que se tuviera en cuenta a la población esclava a la hora de aportar representantes al Congreso. Tal contradicción no era tal, en los estados del sur la población esclava era muy abundante, en algunos casos superior a un tercio del total, no tenerla en cuenta restaba mucha presencia política a dichos estados en las instituciones estatales. Al margen de este debate, lo que si parece claro es que con la independencia, la esclavitud se fortaleció y creció con fuerza en los estados de sur: en paralelo al desarrollo económico y territorial de la nueva nación, millones de africanos llegarían como esclavos a Estados Unidos en las décadas siguientes.

Washington representado como granjero en Mount Vernon, obra de Junius Brutus Stearns. En la imagen aparecen algunos de sus esclavos negros trabajando en las tierras de su propiedad.


Marcada por estos claroscuros, no podemos dejar de significar que la revolución americana constituye el primer ejemplo de revolución basada en los principios del liberalismo político, a la vez que el primer proceso descolonizador desarrollado en el mundo, y que en ambos aspectos tuvo una enorme repercusión a nivel mundial. Fue un referente en la lucha que la burguesía europea desarrollaría en sus procesos revolucionarios a partir de la revolución francesa de 1789, así como en los procesos de independencia de los países de América Latina, iniciados a principios del siglo XIX.

En este vídeo podemos disfrutar de un estupendo resumen de todo el proceso de independencia de los Estados Unidos de América. En él se abordan de forma sencilla y amena las causas, el desarrollo y las consecuencias del proceso.

             

viernes, 9 de marzo de 2018

Consecuencias sociales, económicas y políticas de los actuales flujos migratorios en la Europa del siglo XXI

Las calles de Molenbeek (barrio de Bruselas, Bélgica) son un crisol de culturas. Tras los atentados de París de 2015 y Bruselas de 2016, Molenbeek adquirió relevancia, porque algunos de los terroristas procedían de allí. Fuente: alchetrom.com



Posturas ante la inmigración y la llegada de refugiados: entre la islamofobia y la integración

La situación migratoria en la Europa actual, especialmente todo lo relacionado con las migraciones masivas procedentes de Oriente Medio acontecidas a partir de 2015, no puede tratarse desde un punto de vista simplista. Las posturas encontradas que abordan el tema y tienden a polarizar la visión sobre él, no se ajustan con frecuencia a la situación real y a sus implicaciones a nivel social, político, demográfico o económico. Como suele ser frecuente, la realidad no se proyecta en una disyuntiva entre el blanco y el negro, sino que se desenvuelve en una inmensa gama de grises.

En Europa existe, por un lado, un amplio espectro social que ve con enorme preocupación la inmigración en general y especialmente aquella que procede del mundo islámico. Estos sgrupos han visto con estupor la masiva llegada de emigrantes sirios durante la crisis migratoria de 2015 y 2016. En ella se incluirían amplios sectores de las clases medias y altas urbanas más conservadoras, profundamente preocupadas por la pérdida de bienestar que les pueda suponer, y opuestas con frecuencia a las políticas sociales de gasto público, que evidentemente han de aumentar con la llegada de grandes cantidades de refugiados, personas de escasísimo nivel de vida, demandantes, al menos en los primeros años, de ingentes recursos para su educación, integración y manutención. De ellos solo puede ocuparse el Estado (al margen de las ONGS, cuyo papel es limitado) a través de unos recursos públicos que se generan por vía impuestos, unos impuestos que pagan, a su vez y sobre todo, dichas clases medias y altas, en aras del equilibrio social, y que son la base de la sociedad de bienestar surgida a partir de la Segunda Guerra Mundial. Pero además, estos sectores están históricamente muy preocupado por la estabilidad y el orden, a juicio de muchos, en peligro por la llegada masiva de inmigrantes. La inmigración es vista así como foco de violencia y conflictividad, no solo por el supuesto aumento de la delincuencia y la inseguridad en la calle (lo que está por demostrar), sino también, por el desarrollo y aparición de grupos terroristas y violentos. Hablamos de la secuencia continua de atentados que se han producido en los últimos años en distintos países europeos: atentados en el Reino Unido, Francia, Bélgica, Suecia o España (atentado en las Ramblas de Barcelona en agosto de 2017), todos ellos protagonizados por células vinculadas al autodenominado Estado Islámico.
Atentado en las Ramblas de Barcelona en 2017. Fuente: EFE, www.confidencial.com

En este grupo hostil, se incluirían amplios sectores de clase social baja, pero por otras razones. Estos sectores populares y obreros se han visto duramente afectados por la última crisis (paro, recortes en políticas sociales) y ven a los inmigrantes y refugiados como competidores sociales inaceptables. Rivalizan con ellos por los trabajos de bajo nivel de cualificación, recelan de los inmigrantes porque abaratan el mercado de trabajo y absorben grandes cantidades de recursos sociales, que antes iban dedicados a la población nacional. Por otro lado, estos grupos sociales se ven muy afectados por la inmigración, pues son los que a la postre tendrán que convivir con los nuevos vecinos, que se asientan por lo general en los barrios más humildes y obreros de las zonas urbanas, donde los precios de la vivienda son más baratos y el coste de la vida menor. El esfuerzo y las dificultades de la integración recae sobre estos sectores populares, son ellos los que tienen que compartir espacios y costumbres con los nuevos inquilinos, y eso en la realidad del día a día se hace más difícil de lo que parece desde un despacho. Este grupo es además especialmente vulnerable a los discursos fascistas y al populismo de derechas, precisamente por su menor nivel cultural, lo que le puede hacer especialmente receptivo a los estereotipos y perjuicios. Siguiendo esta reflexión se podría explicar  por ejemplo el auge del Frente Nacional Francés en los suburbios de las grandes ciudades francesas como París o Marsella, antaño reducto de los partidos de izquierda. Igual reflexión permitiría explicar el auge que tuvo en los suburbios de las deprimidas ciudades de Alemania del Este el movimiento PEGIDA (Europeos Patriotas contra la Islamización de Occidente), hoy en clara decadencia debido a las divisiones internas y la presión política.
Manifestación anti-inmigración del grupo islamófobo y ultraderechista PEGIDA (Colonia, 2016). Fuente: www.rtve.es 


Incendio en un hotel de la ciudad alemana de Bautzen habilitado para albergar refugiados. La ultraderecha alemana y austriaca ha atentado de forma continua en los últimos años contra los albergues de refugiados.Fuente: EFE, www.publico.es
Junto a estos grupos, se encontraría un importante contingente de población rural o semirrural, ubicada en pueblos y pequeñas ciudades y alejada de las grandes zonas urbanas, que generalmente y hasta hace poco, no se había visto afectado por el proceso de inmigración. Sufre con especial crudeza el miedo al diferente y las inseguridades del momento. Más tradicional y menos formada, vive en sociedades poco cosmopolitas, que percibe los cambios bruscos y rápidos como algo profundamente negativo. Su menor contacto con otras culturas le hace más permeable a los perjuicios y los estereotipos y menos tolerante a los cambios. Este grupo demanda estabilidad y certidumbre y resulta muy sensible a los mensajes reiterados de los medios de comunicación sobre la violencia y el fanatismo de las otras culturas, especialmente la islámica. De hecho, y como es de sobra conocido, la clave de la victoria del Brexit en el Reino Unido estuvo en el apoyo masivo a éste de las zonas rurales y las pequeñas ciudades inglesas, mientras las grandes urbes votaban mayoritariamente por la permanencia en la UE. Y no lo olvidemos, la clave fundamental que explica el rechazo inglés a la U.E. está en el control de las fronteras nacionales y el problema de la inmigración.
La percepción que de la realidad tienen estos sectores hostiles o recelosos de la llegada de refugiados, se ve alimentada por toda una serie de mensajes emitidos por los medios de comunicación, más o menos subliminalmente, que alimentan los viejos estereotipos vigentes sobre el Islam desde el Medievo y que permanecen en el subconsciente de la Europa cristiana desde entonces. Este tipo de mensaje resulta quizás menos evidente que en otras épocas, pero deriva de una emisión continua de determinadas realidades (violencia, guerra, fanatismo religioso) y la omisión de otras, que nos pondrían en contacto con los aspectos positivos de la civilización islámica. A veces por una pretensión malintencionada, otras veces, por lo imperativo de la noticia, el caso es que la imagen transmitida por los medios a cerca del Islam tiende claramente a la deformación. 
Imagen de un vídeo del DAESH amenazando con atentar en Roma y Al-andalus. Fuente: www.elconfidencial.com

Mezclados todos estos intereses, surge una apreciable masa social, más o menos radicalizada, pero siempre hostil a la cultura islámica, que visualiza al inmigrante y al refugiado como un enemigo y al Islam como una cultura de violencia y atraso. Dentro de dicha masa social, cada vez mayor, se incluyen desde sectores de la tradicional derecha conservadora europea, que todavía enmascara su islamofobia y no la muestra abiertamente, hasta los sectores neofascistas que proliferan por toda Europa y cuyo peso electoral crece paralelamente a la llegada de inmigrantes y refugiados. Estos sectores denuncian la llegada de extranjeros como germen de todos los males: destrucción de las formas de vida y la cultura europea, inestabilidad y desorden, crisis económica y paro. Este neofacismo hace tiempo que ha optado por un "nuevo racismo", un racismo alejado de las tendencias clásicas surgidas en el siglo XIX, basadas en la genética y la raza, y que el nazismo hizo suyas. Se trata de un racismo centrado en la cultura, un nuevo “racismo cultural” que pone en valor la cultura propia, y ensalza los supuestos peligros a los que se ve sometido su futuro por la irrupción de nuevas culturas. Odia la mezcla racial, pero sobre todo la cultural, lo que -según ellos- llevaría a la cultura originaria a disolverse en una especie de conglomerado irreconocible, pero además odian la posible pervivencia de la cultura exógena, lo que para ellos resulta de una altivez y arrogancia inaceptable (solo sería aceptable una absorción total en la cultura receptora). En este sentido odian al Islam, porque resulta una cultura muy definida, que pervive dentro de la propia Europa a través de los inmigrantes y refugiados. La pervivencia de sus rasgos culturales (por ejemplo a través del rezo y la indumentaria de la mujer) es vista como una intolerable insolencia y un desprecio hacia la cultura europea y cristiana. En este sentido, la islamofobia de estos grupos derivaría no solo del imaginario colectivo procedente de los viejos perjuicios medievales, aún persistentes, sino también del hecho de que el Islam, en mucha mayor proporción que otras culturas, mantiene su resistencia a ser absorbida por la cultura cristiano-europea, y permanece, lo que resulta para ellos intolerable.
En última instancia, estos grupos demandan “mano dura”, en el control de las costumbres que puedan atentar contra los valores culturales y sociales europeos (controversias con el uso del Burka, el chador o el hijab) y en la lucha contra el terrorismo yihadista, defendiendo incluso la restricción de las libertades propias del estado de derecho, por el que en ocasiones, no tienen gran estima. Creen que la obsesión por la defensa de las libertades puede hacer a Europa débil frente al “enemigo” exterior.
Pintada islamófaba en la mezquita de Oviedo. Fuente: islamhispania.blogspot.com.es



Una mujer con burkini en una playa del sur de Francia. Fuente: www.diariosur.es


El uso del Burka es cada vez más frecuente en las calles de las ciudades inglesas, belgas o francesas. Fuente: elpais.com







Su rechazo a la inmigración y a las culturas no europeas, especialmente al Islam, se fusionan en su discurso con un tercer elemento, el antieuropeísmo político. Defensores acérrimos de la Europa cristiana, rechazan a la vez a la Unión Europea y optan por un profundo nacionalismo. La irrupción de cientos de miles de refugiados y el aumento continuo de la inmigración les ha dado la excusa para denunciar la política fronteriza de Europa y la libre circulación de personas, elemento clave y distintivo del proceso de integración europea, exigiendo el control de las fronteras propias. De hecho,  y como hemos comentado los sectores antieuropeístas ingleses han podido imponer el Brexit gracias al contexto del que hablamos.

Existen, sin embargo, otros sectores con una visión abiertamente opuesta a la anterior, que conciben el proceso inmigratorio como algo positivo y enriquecedor. Una sociedad esencialmente urbana, progresista, abierta y ligada a los movimientos sociales, cuyo concepto de Europa es mucho más abierto e integrador. Entre estos sectores se encontraría una parte importante de la clase media más progresista y de la intelectualidad, ligada a movimientos de izquierda o liberales, que rechaza abiertamente el racismo, asume los valores positivos del multiculturalismo, considera la mezcla como algo abiertamente positivo y concibe la integración del diferente como algo no solo posible sino beneficioso. Conciben Europa como una tierra de asilo, y perciben la necesidad de ayuda al refugiado (la mayoría de los inmigrantes llegados en los últimos años por el este y sur de Europa son refugiados). Se escandalizan ante las imágenes terribles que se pueden ver en las fronteras, las "devoluciones en caliente" de Melilla o los inmigrantes ahogados en el mar Egeo. En la estructuración de esta respuesta resultan fundamentales los medios de comunicación, muy presentes en la ruta de los Balcanes y en el mar Egeo, que resaltan en la búsqueda de la noticia las situaciones especialmente trágicas. Un caso paradigmático fue la imagen del niño sirio Aylan Kurdi, que una fotógrafa de la agencia Reuters inmortalizó muerto sobre la arena de una playa turca en el Egeo tras el naufragio de la lancha en la que cruzaba con su familia hacia la isla griega de Kos. Europa entera se estremeció y una ola de solidaridad recorrió Europa desde entonces.
Estos sectores ponen el énfasis en la enorme contradicción existente entre los valores democráticos y tolerantes, que definen la actual realidad social y política de Europa, y el rechazo de la población refugiada que no solo huye de la pobreza, sino de la guerra.  En consonancia con ello reclaman una política de puertas abiertas hacia todos aquellos que huyen de los conflictos bélicos y una política de asilo más flexible. Frente a la obsesión por la seguridad de otros sectores, ellos remarcan la necesidad de una solidaridad hacia los menos desfavorecidos. Conscientes de los elevados gastos sociales que implica la entrada masiva de población inmigrante y refugiada en un país, abogan por una redistribución de los recursos nacionales en un sentido más solidario, lo que supone una apuesta por las políticas sociales, frente a otro tipo de gastos, y un fortalecimiento en definitiva del llamado Estado de bienestar, puesto en cuestión por los durísimos ajustes que se han vivido en la mayoría de los países desde el surgimiento de la última crisis económica.
Un caso destacado al respecto lo han supuesto en España algunos ayuntamientos especialmente significativos, como el de Barcelona y Madrid, que protagonizaron sucesivas iniciativas con la intención de acoger un importante número de refugiados.
Durante la crisis de los refugiados de 2015, la alcaldía de Madrid descolgó en el Palacio de Cibeles una pancarta dando la bienvenida  a los refugiados. Fuente: Cristina Martín, www.madridiario.es


Pancarta a favor de la recepción de refugiados en el Palacio de Cibeles de Madrid. Fuente: Pinterest












Consecuencias de la crisis migratoria y de refugiados

Desde que el ser humano surgió sobre el planeta, lo hizo como un inmigrante. Forzados por la necesidad, los primeros homínidos no cesaron de moverse en aras de su supervivencia. El homo sapiens colonizó todos los territorios y se movió sin descanso en busca de nuevos recursos, abandonaba unas zonas y se dirigía a otras, colonizando nuevos territorios. En el código genético del hombre está la migración, y está también la lucha por la supervivencia. Se sedentarizó en el Neolítico, pero cuando necesitó desplazarse para sobrevivir, lo hizo. Y cuando se movía y se asentaba en otros territorios, el conflicto y la rivalidad por el control de los recursos con otras especies o con otros miembros de su misma especie, era seguro. Las migraciones son elementos dinámicos que transforman las sociedades de salida y sobre todo las de entrada, y los cambios llevan inherentes una interacción e influencia cultural, pero también implican un elevado nivel de conflictividad. Los movimientos migratorios actuales no son una excepción. El impacto sobre las sociedades europeas actuales de la llegada de cientos de miles inmigrantes y refugiados es enorme, por cuanto que su llegada masiva se produce en muy poco tiempo, y en un contexto ya de por sí complicado: una Europa afectada duramente por la crisis desde hace años, con altos niveles de paro y graves problemas sociales, cuyo sistema político, surgido tras la Segunda Guerra Mundial, se tambalea; una Europa envuelta en un proceso de globalización que supone una pérdida importante de las viejas seguridades, con cambios tecnológicos importantes que influyen además en los modelos vigentes de relaciones sociales.
A nivel social y cultural son evidentes las dificultades de la nueva situación, que no ha hecho más que comenzar, porque los flujos migratorios y de refugiados se acrecentarán en el futuro. La realidad es tozuda y el “buenismo” de los sectores más progresistas (que ven en la llegada de inmigrantes una fuente de riqueza cultural y una oportunidad para el entendimiento y conocimiento entre culturas y civilizaciones) choca demasiadas veces con la situación real. La integración real y total es muy difícil, funciona con éxito en el caso de algunos grupos sociales concretos (músicos, intelectuales, etc.), puede ser efectiva en algunos individuos o familias concretas, pero no resulta tan fácil en la vida real de los barrios de las grandes ciudades, donde la convivencia se hace difícil. Además, el aumento de la violencia y el terrorismo islámico es probable que acreciente en el futuro más inmediato la desconfianza mutua entre las comunidades islámicas y la sociedad cristiana en la que se inserta. El conflicto, como a lo largo de la historia, está servido y hay que asumirlo: un hecho evidente es la tendencia a la creación de guettos, sobre todo en Centroeuropa, convertidos en certificados de la difícil convivencia. Como muestra, las banlieues o suburbios de las ciudades francesas, barrios obreros construidos desde los sesenta, donde se ha asentado el grueso de la población inmigrante. Convertidos en auténticos guettos, envuelven las grandes ciudades francesas y en ellos proliferan el paro, la marginalidad y la delincuencia organizada. De hecho, los guettos no son una novedad, son parte de la historia europea. El guetto es un signo distintivo de la convivencia entre culturas y religiones durante la España medieval, tan expuesta como ejemplo de convivencia entre culturas a nivel histórico. Las comunidades islámica, judía y cristiana interactuaron y se influyeron durante mucho tiempo, pero apenas se mezclaron y nunca se integraron, viviendo en guettos no solo físicos sino mentales durante siglos. Y de vez en cuando, la conflictividad más extrema rompía la débil coexistencia, eran entonces momentos de limpieza étnica y religiosa, de matanzas. 
A pesar de todo, es evidente que la interacción cultural y religiosa se va a producir y se está produciendo, lo cual solo puede enriquecer la cultura europea. Pero también encontramos claroscuros en tal interacción. No podemos olvidar que la mayoría de los emigrantes y refugiados proceden de sociedades mucho más retrógradas y conservadoras, como las de Siria o Afganistán, cuyas costumbres y valores chocan en ocasiones con los vigentes en Europa, que perciben la homosexualidad o la igualdad de género de manera muy diferente, que en su mayoría no asumen los valores de la secularización y mucho menos del laicismo, que proceden de sociedades cuya tradición democrática no existe. En este sentido, el enriquecimiento cultural puede venir ligado a un aumento del conservadurismo social y a una involución en la lucha por los derechos sociales de los sectores más desfavorecidos (mujeres u homosexuales). Solo hace falta ver la activa posición del mundo musulmán francés frente al matrimonio gay en Francia o la actitud de la comunidad islámica ante el acto terrorista que acabó con la vida de los dibujantes de la revista satírica Charlie Hebdo: al contrario que frente a otros atentados fundamentalistas, en ese caso los musulmanes apenas salieron a la calle contra el terrorismo, sencillamente porque concebían como una profunda ofensa las sátiras de la revista, que profanaba la imagen del Profeta, que según la tradición musulmana no debe ni siquiera ser representado. Es obvio que la sátira religiosa no encaja en la mentalidad de la mayoría de los musulmanes europeos.

En el norte de Marsella, se extienden los suburbios donde se concentra buena parte de la población inmigrante de la ciudad, en su mayoría de origen norteafricano y musulmán. Fuente: www.la-croix.com.

En el suburbio parisino de Clichy la Garenne, un grupo de musulmanes celebran la oración del viernes en plena calle durante una protesta (noviembre de 2017) por el cierre de la Mezquita de la zona. Fuente: Thibault Camus, Associated Press.











A nivel político los peligros son aún mayores: ya hoy asistimos al desarrollo de unas tendencias claras hacia el autoritarismo, así como al crecimiento del racismo y la xenofobia. La llegada masiva de inmigrantes y refugiados acrecienta la inseguridad de amplios sectores de la población, que busca un asidero natural en ideologías neofascistas y racistas, que ofrecen respuestas sencillas y rápidas a sus incertidumbres. El crecimiento de la ultraderecha en Centroeuropa, Escandinavia o en países mediterráneos como Grecia o Italia, se articula en torno a la crisis migratoria, como la crisis de entreguerras alimentó al viejo fascismo de los años 1920 y 1930. Hablamos de partidos como Alternativa por Alemania (en las elecciones de 2017 obtuvo el 13 %votos y más de 90 escaños), el Partido por la Libertad holandés de Geert Wilders (segunda fuerza política del país con el 13% de votos), el Partido de la Libertad austriaco (26% de los votos en las elecciones de 2017) o el Frente Nacional de Marine Le Pen (el segundo partido más votado en las elecciones de 2017, con un 21% de los votos, lo que le permitió pasar a la segunda vuelta). En este grupo podríamos englobar también partidos como el UKIP (Partido para la Independencia del Reino Unido), firme opositor a la Unión Europea, que ha crecido en los últimos años gracias a su rechazo de la inmigración, o la xenófoba Liga Norte italiana, que se ha convertido en las elecciones de marzo de 2018 en el principal partido de la derecha italiana con el 17% de los votos. A estos partidos habría que añadir movimientos políticos en Escandinavia y los países del Este, donde las tendencias ultraconservadoras y xenófobas han crecido de forma desmesurada. Estos grupos ponen claramente en cuestión la propia Unión Europea, denunciando su incapacidad para controlar las fronteras y los flujos migratorios. No hay duda de que  buena parte del antieuropeísmo actual, que ha desembocado en el Brexit británico, tiene su origen en el fenómeno masivo de la inmigración. Amplios sectores ultraconservadores reaccionan ante dicho fenómeno volviendo a un nacionalismo exacerbado de tendencias autoritarias. Visto desde este punto de vista, parece claro que hoy por hoy, la inmigración se ha convertido en el gran talón de Aquiles del proyecto europeo. 
Frauke Petry, presidente de Alternativa por Alemania (AfD) y Joerg Meuthen, líder del partido. Su crecimiento electoral ha estado ligado a su oposición férrea a los crecientes flujos inmigrantes. Fuente: Reuters. Wolfgang Rattay.

En el otro extremo, es previsible, y ya está ocurriendo, un proceso de reislamización de las comunidades musulmanas europeas, como reacción ante la hostilidad creciente hacia su comunidad. Igualmente, se produce un desarraigo creciente entre los inmigrantes musulmanes de segunda generación, muchos de los cuales no llegan nunca a sentirse ciudadanos del país en el que han nacido, pero que tampoco se siente ciudadanos del país del que sus padres emigraron. En semejante situación, el único asidero que les queda es el Islam, que les aporta la identidad y la certidumbre de la que carecen. La mayoría de los terroristas yihadistas en Europa no son refugiados o inmigrantes recién llegados, son chicos criados en Europa, hijos o nietos de viejos emigrantes, que se sienten ciudadanos de segunda en su propio país. Es muy previsible, que el millón de refugiados llegados a Europa desde Oriente Medio en la última crisis migratoria del 2015-16, empiece pronto este proceso de frustración. Todos ellos vinieron con elevadas ilusiones de formación y trabajo, pero después de dos años, buena parte siguen en el mismo albergue (si no lo han quemado los neonazis austriacos o alemanes) dependiendo de la ayuda social del Estado. Si tal situación se prolonga en el tiempo, la frustración de esas personas, y sobre todo de sus hijos, puede convertirse en un cóctel molotov. Se produce así un proceso de acción-reacción, en el que el neofascismo y el fundamentalismo religioso se pueden retroalimentar, llevando a Europa por el camino de la conflictividad desenfrenada.

kamal Aharchi fue jugador de la selección belga de fútbol sala en el 2000, antes de radicalizarse e ingresar en el DAESH, en cuyas filas combatió en Siria e Irak. Fuernte: www.as.com

El rapero alemán Denis Cuspert dio un giro a su vida y se convirtió en soldado del DAESH. Fuente: www.elintelecto.com

A nivel demográfico, no hay duda de la influencia positiva que tiene la inmigración. Es muy posible que la política de puertas abiertas que la Alemania de Merkel sostuvo durante meses frente a la inmigración siria, no tuviera su base en una cuestión humanitaria, sino estrictamente demográfica, y por extensión, también económica. Los refugiados sirios, como la mayoría de los inmigrantes, son población joven, con muchos hijos pequeños y costumbres natalistas, una oportunidad para rejuvenecer la población del país. Europa está envejecida, su única salida a nivel demográfico es la inmigración de población joven de otros continentes. España es un ejemplo paradigmático: su natalidad está entre las más bajas del planeta, su esperanza de vida es altísima, ambos factores determinan un envejecimiento de la población, lo que implica un aumento de la población dependiente y una falta de relevo generacional. 
España debería en la primera década del siglo XXI haber entrado en recesión demográfica y tener un crecimiento real negativo. Sin embargo, la llegada de población inmigrante masiva rejuveneció el país, por cuanto que la mayoría eran jóvenes en edad de trabajar y venían con una mentalidad netamente natalista. Durante algunos años, justo los anteriores al inicio de la última crisis, la mitad de los nacimientos eran de padres inmigrantes, aunque éstos solo suponían el 10% de la población. Este flujo de inmigrantes permitió mantener los niveles elevados de crecimiento económico, al procurar abundante mano de obra para sectores como la construcción y el turismo. En el presente, sin embargo, la situación ha dado un giro radical: tras el parón inmigratorio y la salida de población del país que ha supuesto la crisis económica, España ha entrado en crecimiento negativo y pierde población cada año. 
España y Europa necesitan mano de obra, y el sistema de bienestar y las pensiones de los mayores dependen en gran medida de la llegada de población activa joven que sostenga a una población irremediablemente envejecida. El dinamismo económico de Europa, pues, está ligado a medio y largo plazo a la llegada de inmigrantes. A pesar de todo, es evidente que a corto plazo, la llegada de extranjeros, especialmente si se produce de forma masiva como en el caso de la crisis migratoria de de 2015, produce enormes gastos en políticas sociales que afectan negativamente a la economía del país receptor, que ve su educación, sanidad y servicios sociales colapsados. Eso es lo que ha ocurrido en Alemania en los últimos años.
Estas tres pirámides de población reflejan la evolución y tendencia al envejecimiento de la población española.




Como conclusión: posibles soluciones al "problema de la inmigración"

Como hemos comentado, la llegada de extranjeros a Europa, ya sean refugiados o inmigrantes, implica aspectos negativos y positivos. Pero la asunción de tales flujos migratorios, no es una opción, en otras palabras, no podemos elegir una Europa con inmigrantes o una Europa sin inmigrantes. La inmigración es una realidad no elegible, y Europa tiene que aceptar, quiera o no, un futuro de diversidad y de multiculturalidad. Lo único que puede es incidir en la ralentización y modelación del proceso, restringiendo y regulando en la medida de lo posible unos flujos de población que son imparables.
Partiendo de esa base, las cosas se pueden hacer mejor o peor, mitigando los aspectos negativos y amplificando los elementos positivos del proceso o a la inversa. Con el objetivo de que el proceso sea lo más beneficioso posible, es fundamental regular adecuadamente los flujos, para que no resulten masivos y concentrados en el tiempo, como ocurrió en la última crisis de refugiados del 2015, protagonizada especialmente por los refugiados que huían de la guerra civil en Siria. Unos flujos desordenados y masivos pueden derivar en graves problemas sociales a corto y medio plazo. Puede parecer un acto de manifiesta insolidaridad, pero al contrario que los países vecinos de las zonas de conflicto (el caso de Líbano, Turquía y Jordania respecto a la guerra en Siria), los refugiados en Europa son mantenidos por los propios países de acogida, lo que implica enormes gastos nada fáciles de sostener de forma prolongada en el tiempo. Por otra parte, la cercanía del refugiado a su país de origen es fundamental, pues se supone que, al contrario que el inmigrante económico, él se va por la fuerza y quiere volver cuando las condiciones políticas y económicas mejoren.
En este sentido, resulta fundamental actuar sobre los países de partida y los focos de conflicto. La ayuda al desarrollo de los países emisores de emigrantes reduce la emigración de esos países. No hay duda de que la mejora de las condiciones de vida, el nivel de empleo y el crecimiento económico de los países más pobres influye decisivamente en la reducción de los flujos migratorios. Sin invertir en desarrollo resulta absurdo desafiar el comercio humano desarrollado por las mafias de traficantes de personas. En el caso concreto de los refugiados hay que actuar sobre los focos de conflictos con inteligencia y prudencia. La política de Occidente en el Magreb, el África subsahariana y el Oriente Medio ha estado siempre subordinada a sus intereses inmediatos y nunca ha buscado el bienestar y la justicia de los pueblos que en esas zonas vivían. A la larga eso ha resultado contraproducente. Durante décadas, tras la independencia apoyó a regímenes corruptos y autoritarios que servían adecuadamente a sus intereses, respaldando después transiciones democráticas, pero solo cuando el descrédito de los tiranos los convertía en inservibles y sus gobiernos se volvían insostenibles. Así ha ocurrido con las llamadas primaveras árabes, surgidas en el Oriente Medio y el Norte de África, marcadas por la revolución de los pueblos contra el autoritarismo de las oligarquías que los gobernaban: cuando las dictaduras cayeron, la Europa que las había sostenido, encabezó el apoyo a las revueltas, sin entender que el vacío de poder surgido, al no existir una sociedad vertebrada políticamente, lo iba a rellenar el Islam político, y el caos y la guerra civil se apoderarían de la zona. Eso es lo que ha ocurrido en Libia, Yemen o Siria, cuya realidad está marcada por la guerra, las luchas sectarias y la inestabilidad política, de las que se alimenta el islamismo radical. Por otra parte, Occidente debe mostrar coherencia en su política exterior en la zona, no se puede apoyar a los kurdos a la vez que a los turcos; no se puede lanzar una cruzada contra el DAESH y a la vez apoyar a otros grupos yihadistas, solo porque están contra del régimen sirio; no se puede ser aliado de Arabia Saudí y no percibir que su dinero mantiene la extensión del salafismo y el yihadismo en todo el mundo; no se puede demandar una paz justa en Palestina, mientras se consienten todas las brutalidades del "estado gamberro" de Israel, que se encuentra por encima de la legalidad internacional en virtud del amparo europeo y sobre todo estadounidense; al contrario de lo hecho hasta ahora, hay que tratar de reducir las tensiones sectarias entre chiíes y sunníes. En otras palabras, Europa debe buscar rellenar los vacíos de poder, buscando un equilibrio entre chiíes y suníes, buscando la justicia social y el equilibrio de la riqueza en la zona, apostando por la modernización y la democratización, a la vez que debe de tratar de integrar las tendencias islamistas más moderadas en el sistema político. Eso es algo difícil, pero alguna vez hay que empezar, porque hasta ahora lo que ha hecho es ir en la dirección contraria. 
Igualmente se deben inyectar grandes cantidades de dinero (en parte lo ha hecho con los acuerdos con Turquía que pusieron fin al flujo masivo de refugiados por el Egeo) para que los refugiados se queden en los países cercanos (en el caso de Siria, en Líbano, Jordania y Turquía). De esa manera, podrían volver fácilmente a su país con el final de la guerra.
Respecto a los refugiados asentados ya en Europa, algo aplicable también al conjunto de los inmigrantes, es muy importante apostar por la integración, evitando a toda costa la creación de guettos y apostando por políticas sociales que permitan el mayor grado de integración en el menor tiempo posible. El extranjero debe ante todo y primero, integrarse económicamente, crear riqueza y pagar impuestos, teniendo un trabajo que le permita no ser una carga para la sociedad. Solo después, se puede producir la integración social y cultural. Lo contrario implica altos niveles de frustración, recelo y desconfianza, que conducen a la violencia política y social. En este sentido, resulta clave la importancia de la educación, resultando esencial la integración de los niños en el sistema educativo y la adaptación de éste a la nueva realidad multicultural, haciéndose hincapié en la enseñanza de los valores de la tolerancia y la solidaridad. A corto plazo puede parecer irrelevante, pero a largo plazo es uno de los ingredientes determinantes.
Alumnos de infantil en un aula del colegio Tenerías (Madrid). Fuente: www.correomadrid.com

Sin embargo, todos estos factores requieren de una enorme cantidad de recursos y un Estado de bienestar fuerte y activo, que es lo que precisamente ha estado en cuestión en la última década de la historia de Europa, sometida a una profunda crisis, con fuertes recortes presupuestarios y un cuestionamiento recurrente de la viabilidad del llamado Estado Social. Este Estado de bienestar es hoy, sin embargo y más que nunca, la clave del presente y futuro de Europa, al permitir la cohesión y el equilibrio social de una sociedad cada vez más desequilibrada y diversa, que necesita de los poderes públicos y sus servicios (educación, sanidad, pensiones, servicios sociales) para regular de forma inteligente los posibles conflictos. Una sociedad injusta es siempre muy conflictiva, pero si esa sociedad es además muy diversa, el cóctel puede ser mucho más explosivo. Solo en la búsqueda de la justicia social y la reducción de los contrastes sociales podemos hacer viables la integración y la multiculturalidad.