BLOG DE JOSÉ ANTONIO DONCEL DOMÍNGUEZ (I.E.S. LUIS CHAMIZO, DON BENITO, BADAJOZ)

viernes, 9 de octubre de 2020

Violencia racial en EE.UU. a principios del siglo XX: el verano rojo de 1919 y la masacre de Tulsa

Titular del periódico St.Louis Globe-Democrat del 6 de julio de 1917: "Cien negros tiroteados, quemados y apaleados hasta la muerte en la guerra racial de East St. Louis". Fuente: blackpast.org

Con sus poco más de 400.000 habitantes (1.100.000 hab. en el conjunto de su área metropolitana), la ciudad estadounidense de Tulsa es hoy la segunda ciudad del estado de Oklahoma. Una ciudad próspera que creció a lo largo del siglo XIX en torno al río Arkansas y se convirtió en uno de los centros neurálgicos de la industria petrolífera estadounidense durante el siglo XX. Conocida por el sobrenombre de capital mundial del petróleo, inspiró al propio Hollywood, que rodó en 1949 el film Tulsa, ciudad de lucha, en el que se recreaba el boom petrolífero que vivió la ciudad en los años 20 del pasado siglo. Su popularidad también ha estribado en el carácter extremo de su clima, algo general a amplias zonas del área de las grandes praderas. Conocida por sus desastres naturales, se encuentra en el llamado corredor de los tornados de Estados Unidos y sufre además recurrentes inundaciones por las frecuentes tormentas.

Sin embargo, el protagonismo de la ciudad de Tulsa va mucho más allá de lo conocido por el gran público, al menos desde el punto de vista histórico. Todavía son muy pocos los que la reconocen por ser el lugar donde se produjo la mayor y más brutal masacre racial de la historia de Estados Unidos. Hace ya casi un siglo acontecieron allí unos hechos terribles que quedaron postergados al más increíble de los olvidos. Después de lo ocurrido, un telón de desmemoria se cernió sobre la historia de la ciudad y tanto las instituciones como los individuos trataron de olvidar durante muchas décadas los trágicos acontecimientos. Los asesinos y las víctimas, por razones obviamente diferente, no volvieron a hablar de un tema que se tornó tabú: unos pretendían silenciar sus crímenes y evitar responsabilidades, otros eran presas del pánico e intentaban sobrevivir sobre las ruinas de lo que les quedaba, todos intentaban seguir viviendo tras unos acontecimientos dolorosos que habían fracturado irremediablemente la convivencia de la comunidad. En el futuro, casi nadie osó mencionar o describir los acontecimientos en los libros de historia, ni de Tulsa, ni de Oklahoma, ni de Estados Unidos.

George Floyd, poco antes de su muerte, bajo la
rodilla del policía Derek Chauvin. F.: publico.es
Sin embargo, y como en tantas ocasiones (podemos mencionar el olvido de la brutal represión franquista de la posguerra española y los intentos actuales por recuperar la memoria de las víctimas) la historia es terca y la memoria de lo acontecido en Tulsa permaneció a lo largo del siglo XX viva a través de las conversaciones en voz baja y los recuerdos de los más viejos, que lo rememoraban en el ámbito privado. Y cuando los hechos parecían haberse volatilizado para siempre, emergieron tibiamente con el inicio del XXI para resurgir con increíble fuerza a raíz de la crisis social propiciada por el asesinato de George Floyd, un ciudadano de raza negra brutalmente asfixiado por la policía en las calles de Minneápolis en mayo de 2020. La reacción social de protesta inundó las calles de todo el país, surgiendo un movimiento de reivindicación bajo el nombre de Black Lives Matter, que ha puesto sobre la palestra el racismo que palpita en la sociedad y las instituciones del país. Al abrigo de esta situación, la oscura historia de segregación y violencia racial de EE.UU. ha sido denunciada, se ha perdido el miedo, se han eliminado las precauciones y con inusual descaro se han derribado estatuas e incluso se ha intentado reescribir la historia en favor de las víctimas de la esclavitud y la segregación racial. Es así como muchos de los hechos históricos olvidados, como el acontecido en Tulsa, han renacido y recobrado una nueva dimensión, llegando a un gran público que los desconocía casi por completo.

La muerte de George Floyd desembocó en el nacimiento de un masivo movimiento de protesta, el conocido como Black Lives Matter, que reivindica la dignidad de los ciudadanos de raza negra. Fuente: elmundo.com












Hoy es mucho lo que ha cambiado en Tulsa y en el conjunto de Estados Unidos, la mentalidad ha evolucionado y la comunidad afroamericana ha prosperado, desarrollándose una potente clase media negra, pero las tensiones raciales siguen vivas y buena parte de la población de color sigue viviendo en sus propios barrios (evidente herencia de la época de la segregación), con índices elevadísimos de pobreza, población carcelaria y paro, sufriendo además una insoportable brutalidad policial. Y es que, con independencia de su nivel de vida y su clase social, todos los afroamericanos tienen algo en común, sufren la sospecha social y policial respecto a su potencial como delincuentes. Por otra parte, todavía pervive un sentimiento de hostilidad racial en amplios sectores de la población blanca, que no terminan de aceptar la prosperidad de los negros, que no asumen que éstos les superen en los más diversos ámbitos, que sean más cultos o más ricos, porque en lo más profundo de su corazón (y de su educación) los conciben como inferiores, y esa prosperidad remueve sus sólidos principios de superioridad racial. Es la envidia que con frecuencia acompaña al racismo.

Ambos ingredientes del racismo, sospecha y envidia hacia los negros, siguen hoy vigentes en parte de la sociedad americana y son los dos elementos que definen los acontecimientos que se produjeron a principios del XX en Tulsa. En el país donde nació la democracia, en la que era la nación más rica y próspera del mundo, en la primavera de 1921, recién terminada la Primera Guerra Mundial, la comunidad negra de la ciudad de Tulsa lo perdió todo, sus casas y propiedades, sus negocios y en muchos casos su vida. Centenares de personas de color fueron asesinadas y el próspero distrito negro de Greenwood quedó reducido a cenizas. Sin embargo, y al contrario de lo que pueda suponerse, lo ocurrido allí, no fue en modo alguno un hecho aislado, sino una realidad endémica en una sociedad que se había construido, desde sus cimientos, sobre los valores del racismo y la segregación.

El verano rojo de 1919 

Los hechos acontecidos en Tulsa se explican como parte del contexto social racial existente desde la segunda mitad del siglo XIX y especialmente desde el fin de la Primera Guerra Mundial, cuando las circunstancias socioeconómicas dispararon la conflictividad racial, desembocando en el llamado verano rojo de 1919, así definido por el intelectual y activista negro James Weldon Johnson, y en las tensiones raciales que marcaron los años siguientes en Estados Unidos. 

Cartel de "El nacimiento de una nación" de
 D.W. Griffith. Fuente: filmaffinity.com
El fin de la Gran Guerra había desembocado en Europa en una época convulsa marcada por la extensión de los conflictos sociales bajo la inspiración de la Revolución rusa de 1917. Es el momento de la revolución espartaquista alemana de 1919, el Trienio Bolchevique español (1918-20) o el Biennio Rosso italiano (1919-20). Estados Unidos, aunque menos afectado por las convulsiones de la guerra, vio también crecer las tensiones laborales y sociales, que adquirieron pronto un formato racial. Como reacción, se impuso en el país un giro conservador posbélico, un rechazo al comunismo y las luchas obreras, pero también a las aspiraciones de justicia y fin de la segregación racial de la población negra. Bandas de blancos se enseñoreaban de la noche y atacaban a la población de color, se multiplicaban los asesinatos y linchamientos, se destruían las propiedades de los negros, sus casas y negocios. En 1915 se refundaba un segundo Ku klus klan, organización supremacista que amparaba y legitimaba la violencia racista, que en estos años adquirirá una fuerza hasta entonces desconocida, con millones de miembros, extendiendo su influencia por todo el país, incluso por los estados del Oeste y el Norte. Ese mismo año se estrenaba la película muda "El nacimiento de una nación", considerada a nivel técnico uno de los filmes más importantes de la historia del cine, pero también una cinta especialmente polémica por su racismo explícito y su abierta apología del Ku Klus Klan.

Desfile multitudinario del Ku Klus Klan en Washington en 1925. Fuente: dailymail.co.uk

Un afroamericano lichado en 1925. F.: wikipedia.org























Los linchamientos y la violencia contra los negros habían sido siempre algo frecuente en los estados del Sur, allí eran utilizados históricamente como medio de castigar el comportamiento "inadecuado" de los negros, su supuesta inclinación hacia la violencia y especialmente su actitud ante las mujeres blancas (abusos o violaciones). Era una especie de instrumento de "control racial" para inhibir los deseos de los negros y sus tentaciones de rebelarse contra el predominio racial blanco. No debemos olvidar que había muchos condados del Sur, especialmente de Georgia, Alabama, Mississippi, Arkansas o Lousiana, donde la población negra igualaba o incluso superaba a la blanca, lo que había generado en ésta un miedo casi irracional a una posible rebelión de los negros. 

Fue precisamente en esta época, pocos años antes del llamado verano rojo de 1919, en mayo de 1916, cuando se produjo uno de los más sangrientos linchamientos de la historia de Estados Unidos. En Waco, Texas, un joven trabajador agrícola negro era asesinado de una manera cruel y atroz. Se le había acusado de violar y matar a la esposa de su patrón blanco y un tribunal lo había declarado culpable y condenado a muerte. Ante la pasividad de los funcionarios y policías, una multitud enfervorizada lo arrastró fuera del tribunal y lo condujo frente al ayuntamiento de la localidad. Allí, en un ambiente festivo, miles de espectadores, muchos de ellos niños, se arremolinaron para ver como era castrado y se le amputaban los dedos, como era colgado vivo sobre una hoguera para ser alzado y bajado varias veces sobre el fuego. No le pareció suficiente a la turba, y el cadáver calcinado fue desmembrado y su tronco arrastrado por toda la ciudad. Algunas de las partes de su cuerpo se vendieron como souvenirs y las fotos que se realizaron se imprimieron y vendieron en Waco como postales. 

Ante la satisfacción de los blancos que le rodean, el cadáver calcinado de Jesse Washinton cuelga de un árbol tras su brutal linchamiento. Fuente: wacotrib.com

La brutalidad del linchamiento de Jesse Washington en la ciudad de Waco superó todo lo imaginable. La víctima sufrió amputaciones y fue quemado vivo. Esta macabra fotografía así lo evidencia. Fuente:face2faceafrica.com
Sin embargo, y más allá de los linchamientos clásicos, la violencia racial posterior a la Gran Guerra irá adquiriendo una nueva dimensión, mucho más social, y como gran novedad, se extenderá más allá de los estados sureños para alcanzar también a los estados del Norte. Entre 1910 y 1930 se produjo la llamada Gran Migración (a partir de la Segunda Guerra Mundial se produciría una segunda migración aún mayor), que condujo a más de millón y medio de afroamericanos desde los estados del Sur hasta las grandes ciudades industriales del Norte, Medio Oeste o California. Ciudades como Kansas City, St. Louis, Chicago, Cleveland, Detroit o Nueva York vieron duplicada su población negra. Los inmigrantes de color buscaban un empleo y la mejora en sus condiciones de vida, pero huían también de las llamadas leyes de Jim Crow, las leyes segregacionistas que limitaban la libertad de los negros en el Sur. En las ciudades de destino en el Norte se producirá entonces una fuerte reacción de la población blanca ante la creciente y masiva llegada de población negra, convertida en rival laboral, al disputar los empleos a los blancos y abaratar el mercado de trabajo. De hecho, eran frecuentes las ocasiones en que los empresarios se enfrentaban a las huelgas de trabajadores utilizando obreros negros para sustituir a sus empleados blancos, algo que estuvo en la raíz de muchos disturbios raciales, como los acontecidos en St. Louis (Missouri) en julio de 1917 o en Omaha (Nebraska) en septiembre de 1919. Todo esto se producía en un contexto urbanístico y demográfico muy complejo, en el que ciudades como Chicago llegaban a duplicar su población en pocos años, lo que generaba graves problemas de acceso a la vivienda. Muchos trabajadores negros intentaron asentarse en barrios tradicionalmente blancos, provocando la reacción y el rechazo de éstos. Es precisamente en esta época cuando se consolida definitivamente la fuerte segregación racial urbana de la sociedad americana, que hoy todavía marca el devenir de la mayoría de las ciudades, y que no es solo perceptible en las urbes del Sur, sino en ciudades de otras partes del país como Chicago o Detroit. Fue precisamente Chicago una de las ciudades donde la violencia racial alcanzó mayores niveles, estallando en brutales disturbios a finales de julio de 1919. La tensión se desencadenó a partir de un hecho fortuito, un joven negro cruzó nadando la línea invisible que separaba las razas en una playa del lago Michigan. Su asesinato desembocó en cinco días de violencia entre las comunidades negra y blanca, que solo terminó con la intervención de la milicia estatal y tras la muerte de 23 afroamericanos y 15 blancos. Cientos de personas, la mayoría negras, perdieron sus casas.

Fuente: elaboración propia.



Omaha (Nebraska), septiembre de 1919. El cuerpo del afroamericano Will Brown después de ser quemado por una turba de exaltados blancos. Fuente: wikipedia.org


Ciudadanos negros y miembros de la Guardia Nacional en frente del Ogden Cafe durante los disturbios raciales de 1919 en Chicago. Fuente: nbcnews.com


Regocijo de la chavalería blanca tras la expulsión de una familia negra de su hogar. Chicago 1919. Fuente: times.com














Esta situación explosiva se veía acrecentada por el giro conservador de las autoridades y del gobierno del propio presidente Wilson. El poder se veía imbuido de un fuerte temor al sindicalismo y al comunismo (que en Europa se extendía como la pólvora) y a que la población negra fuera atraída hacia las ideas revolucionarias, lo que sin embargo, solo ocurrió de forma muy episódica. En este sentido, el país asistía con recelo a la vuelta de cientos de miles de soldados negros que regresaban desde Europa, y que habían combatido en el ejército americano durante la Primera Guerra Mundial. Hombres que habían luchado por la libertad del Viejo Continente, donde eran considerados libertadores y que ahora volvían a sus míseras casas, la mayoría en el Sur, pobres y sin derechos, para ser tratados como ciudadanos de segunda. Muchos de ellos habían desarrollado un fuerte sentimiento de igualdad y estaban resueltos a no aceptar a su vuelta las humillaciones y desprecios de toda la vida. Esos negros orgullosos y vestidos con sus uniformes, provocaron, además, en los elementos más racistas de la sociedad americana, una abierta reacción de rechazo, considerados como una amenaza para el status quo de las relaciones sociales y raciales del país. Muy aconsejable para entender tal realidad, aunque se ubique décadas después, durante la Segunda Guerra Mundial, es la visión que nos aporta una excelente película, Mudbound, que cuenta la historia de un soldado negro que combatió contra los nazis en Europa y que a la vuelta se reencuentra con la triste vida de su familia, aparceros negros que sufren la miseria y el racismo en un mundo rural donde casi nada había cambiado.

Disturbios raciales de julio 1919 en Chicago. Un veterano negro del ejército se encara con un miembro de la milicia estatal. Fuente: news.chicago.edu

Miembros del 369º Regimiento de Infantería, conocidos como Harlem Hellfighters, que recibieron la Cruz de Guerra del gobierno francés tras la guerra. Fuente: history.com
























Cartel promocional de la película "Mudbound". Fuente: helocalcolumbus.com
En consonancia con lo que hemos comentado, el aumento considerable de la violencia racista en los años posteriores a la Gran Guerra estuvo muy ligado al aumento paralelo de la resistencia de la población negra a la segregación y la violencia ejercida contra su comunidad. Más que nunca antes, los negros se enfrentaron y desafiaron la brutal y despiadada violencia de los blancos recurriendo a la violencia autodefensiva, pero también presionando al Congreso y al senado para que cambiaran la leyes y actuando en los tribunales, con demandas continuas frente a las injusticias que sufrían. El bucle se activó: la creciente reacción violenta de los negros a la brutalidad de los blancos, aumentó el temor de éstos y su recurso a la violencia; pero a la vez, las decenas de disturbios, especialmente intensos en el verano y otoño de 1919, que produjeron cientos de muertos, también provocaron un despertar de la conciencia racial y social de los negros.

Todos estos ingredientes, que definen la época y explican la situación explosiva descrita (violencia racista, injusticia social, creciente resistencia a la opresión, existencia de veteranos negros de guerra, emigración hacia el norte) se ven compendiados en un terrible episodio que nos sirve de ejemplo paradigmático: el caso del linchamiento de Irving y Herman Arthur, hijastros de un aparcero negro llamado Scott Arthur. No por casualidad, el segundo de ellos era veterano de la Primera Guerra Mundial. Ambos fueron quemados vivos en la localidad de París, Texas, el 6 de julio de 1920, delante de miles de personas. Ambos eran aparceros que trabajaban las tierras de unos propietarios blancos, John Hodges y su hijo Will. Cuando éstos les obligaron a trabajar el sábado por la tarde y el domingo para pagar una supuesta deuda, los Arthur se negaron. Ante la actitud violenta y despótica de los Hodges, ante sus intimidaciones y humillaciones, los Arthur se defendieron: cuando los patronos recurrieron a las armas de fuego, los dos jóvenes negros les dispararon. La respuesta no se hizo esperar y una turba de miles de personas los quemó vivos en el recinto ferial del condado de Lamar, en la localidad de París. Lo que quedaba de la familia, ante las amenazas de muerte, tuvo que huir hacia el Norte y se trasladó a Chicago, convirtiéndose sin quererlo en un símbolo de la Gran Migración, que llevó a cientos de miles de afroamericanos de la época hacia las grandes ciudades del Norte.

Scott y Violet Arthur a su llegada a Chicago el 30 de agosto de 1920, dos meses después del linchamiento de sus hijos en París, Texas. La imagen se ha convertido en un símbolo de la Gran Migración. Fuente: chicagotribune.com

















La matanza de Elaine (1919) 

Aunque, como ya hemos comentado, los disturbios y matanzas racistas se extendieron más allá de los estados sureños, alcanzando el Medio Oeste (Omaha) y el Norte (Chicago o Washington), fue en el profundo Sur, en un pequeño pueblo de Arkansas, donde aconteció una de las mayores masacres racistas de la historia de Estados Unidos. Elaine era una pequeña población, apenas 850 habitantes, ubicada junto al río Mississippi, próxima a la frontera con el estado del mismo nombre. Se hallaba, pues, en el corazón más recóndito del Sur, el bajo curso del Mississippi, en una de las zonas de Estados Unidos donde la esclavitud había tenido más implantación y donde más población negra aún residía. Se trataba de un pueblo típico sureño, marcado por la pobreza, la decadencia económica y la creciente despoblación, pero también por la radical segregación de sus habitantes: al sur las viviendas de la población blanca, al norte las de la gente de color, que suponía más de la mitad de los residentes, algo habitual en muchas localidades del entorno. 

Era una zona muy rural, que abrumadoramente vivía de la agricultura y donde las tensiones sociales crecían sin freno: por un lado, la crisis económica que se derivaba de las fuertes transformaciones del sector agrícola y la rápida mecanización; por otro lado, la mayor organización de las comunidades negras, lo que ponía en creciente estado de alerta a los blancos, habitantes de una zona en la que el racismo y la supremacía racial era algo incuestionable. Y es que, incluso en el profundo Sur, la realidad se transformaba con rapidez y los negros empezaban cada vez más a ser conscientes de sus derechos y la necesidad de luchar por ellos, lo que inquietaba cada vez más a sus vecinos blancos, a los que les costaba digerir las nuevas actitudes. En zonas como Elaine, donde la población negra era incluso mayoritaria, el miedo de los blancos ante la creciente movilización de los negros era aún mayor que en otros lugares, se sentían aún más vulnerables y su mayor susceptibilidad los hacía más violentos. 

El gobernador de Arkansas, Charles Brough, se dirige a la multitud después de la masacre de Elaine. Fuente: edition.cnn.com
Afroamericanos tomados prisioneros tras la masacre de Elaine por tropas del ejército estadounidense enviadas desde Camp Pike. Fuente: edition.cnn.com

Tropas federales escoltan a hombres negros detenidos hacia la escuela en Elaine. Fuente: edition.cnn.com
Como en tantos otros lugares del Sur, los negros de Elaine, la mayoría aparceros y jornaleros, sufrían los agravios y abusos de los propietarios blancos. Durante la primavera y el verano de 1919 las quejas de los apareceros y sus demandas de mejores condiciones de trabajo fueron aumentando de tono, lo que les llevó a organizarse a nivel sindical. El 30 de septiembre la situación terminó por explotar, Robert L. Hill, líder sindical negro, reunió a los agricultores de color en una iglesia cercana a la población para organizar la lucha y definir sus exigencias. Para los blancos del condado no había duda de que los negros estaban preparando una revuelta y los viejos fantasmas sureños se reavivaron. Muchos blancos se acercaron al lugar y con la creciente tensión se personó el Sheriff del condado, Charles Pratt, y un guardia del ferrocarril. Los campesinos negros les negaron el paso y la situación se volvió explosiva: tras varios disparos, el guardia cayó muerto. La noticia se extendió con rapidez y el sempiterno terror a una insurrección negra cristalizó en la aparición al día siguiente de una turba de cientos de hombres blancos llegados a Elaine desde los condados cercanos, a los que se unieron medio centenar de soldados enviados por el gobernador de Arkansas para enfrentarse a la supuesta rebelión negra. No hay constancia de la participación de los soldados, pero si de la policía del condado en el linchamiento, persecución y muerte de más de 200 residentes negros, algunas cifras hablan de 237, así como la destrucción y saqueos de sus propiedades. Muchos supervivientes tuvieron que abandonar la localidad, a la que nunca más volverían, mientras sus propiedades eran literalmente robadas por sus vecinos blancos. 

Para las autoridades la violencia fue necesaria, permitiendo el restablecimiento del orden frente a la indiscriminada e injustificable violencia de los negros. A sus ojos, y como había demostrado la historia, solo una implacable lección frenaría la potencial crueldad de los negros y su creciente insolencia. El mejor reflejo de la actitud racista de la autoridad política y policial está en la postura de los tribunales de justicia ante los hechos. El gran jurado del condado de Phillips, donde se hallaba Elaine, tan solo un mes después de los acontecimientos, condenaba a 122 hombres negros a durísimas penas por la violencia desencadenada, 12 de ellos a pena de muerte, mientras los asesinos blancos continuaban con su vida cotidiana como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, aquel juicio produjo un gran escándalo e incredulidad en la comunidad negra, que se movilizó: seis años después, tras largos recursos y procesos judiciales, fueron todos puestos en libertad.

Doce campesinos negros fueron condenados a muerte tras la matanza de Elaine. F.: campusdata.uark.edu










La masacre de Tulsa (1921)

Año y medio después de los terribles acontecimientos de Elaine, entre el 31 de mayo y el 1 de junio de 1921, la situación volvía a repetirse en el vecino estado de Oklahoma, en la ciudad de Tulsa, situada a poco más de 600 kilómetros de distancia. Allí morían cerca de 300 personas, aunque la versión oficial cerró la cifra en 39 muertos, mientras los hospitales se llenaban con cerca de un millar de heridos. 6.000 residentes de raza negra fueron internados en instalaciones de confinamiento durante días. Buena parte del distrito de Greenwood, poblado por gentes de color, quedó arrasado, decenas de manzanas y cientos de locales y casas fueron destruidos. Tras los incendios y saqueos, 10.000 negros perdieron su hogar y cientos de ellos también sus negocios. Muchos de ellos abandonaron su ciudad para siempre.

La fotografía muestra la destrucción del barrio negro de Greenwood. Se acompañan de un texto muy explícito: "Echando a los negros de Tulsa". Fuente: blackpast.org

Vista aérea de la ciudad de Tulsa. Al fondo el barrio negro de Greenwood en llamas. Fuente: scroll.in 

Oklahoma no fue estado de la Unión hasta 1907, antes se configuró como un Territorio Indio, donde fueron asentados muchos pueblos indígenas del sureste del país expulsados de sus tierras. En la segunda mitad del siglo XIX la zona empezó a recibir muchos colonos blancos, pero también de raza negra. Tras la Guerra Civil Americana y la abolición de la esclavitud, muchos negros ya libres, que huían del racismo de los estados cercanos del Sur, emigraron hacia Oklahoma en busca de nuevas oportunidades. Allí las tierras eran baratas y las posibilidades de progresar eran mayores. Llegaron a surgir 50 nuevas localidades solo de población de color, en lo que fue un hecho inédito en la historia de Estados Unidos. Con el tiempo, la población negra empezó a ser relevante en las principales ciudades del estado, como Oklahoma city o Tulsa. Como en tantas ciudades americanas en los años 20, la situación racial resultaba explosiva y la tensión era muy elevada, en el contexto de la marcada segregación residencial de las comunidades blancas y negras. Pero lo llamativo de Tulsa es que la comunidad negra de la ciudad no conformaba un gueto miserable convertido en una reserva de mano de obra barata. Greenwood era un barrio dinámico y pujante, donde se desarrollaba una activa vida económica y comercial y cuyos habitantes gozaban de un nivel de vida bastante más elevado que el de la media de la comunidad negra del país. Conocido como el "Black Wall Street" por su prosperidad, el barrio vivía al margen del resto de la ciudad, pero había sabido crecer por su cuenta: empresarios negros montaban sus negocios y proveedores negros los atendían, soportándose el sistema sobre el consumo de la propia población negra del barrio. Los negros de Tulsa habían sabido prosperar a pesar de la segregación y al margen de la ciudad en la que vivían, su progreso era un desafío a las Leyes de Jim Crow, las leyes segregacionistas que se imponían en muchos estados y limitaban el progreso social de las gentes de color. La prosperidad del barrio ya era en sí mismo una afrenta, al desafiar el mito blanco de la incompetencia y torpeza de los negros, mientras estimulaba la envidia de los blancos, para los que resultaba inaceptable el éxito de los negros. Si a esa situación añadimos los intereses inmobiliarios y ferroviarios que se cernían sobre el barrio, así como el tradicional miedo a la supuesta tendencia de los negros a la violencia y la rebelión, el cóctel estaba servido. 

Tras el saqueo, el llamado Black Wall Street de Tulsa fue pasto de las llamas. Fuente:  tulsaworld.com













En un contexto explosivo como el descrito, cualquier chispazo podía desencadenar una auténtica tormenta de fuego. Y eso ocurrió cuando el 30 de mayo, Dick Rowland, un joven limpiabotas negro, fue a acusado de violentar a Sara Page, una jovencita blanca operadora de elevadores en el edificio Drexler, en cuya parte superior había un baño para negros que Rowland utilizaba. En el ascensor coincidieron los dos y un testigo escuchó un grito de mujer en el ascensor, mientras el negro huía del lugar. Al día siguiente era detenido. Al estilo más "tradicional", una multitud de blancos justicieros se reunió en los exteriores del juzgado donde se encontraba retenido, respondiendo al llamamiento de algunos periódicos, que como el The Tulsa Tribune, denunciaban airadamente la agresión y llamaban a la venganza. Pero las cosas ya no eran como antes y ante los rumores de linchamiento, miembros de la comunidad negra local se acercaron al lugar. Blancos y negros portaban armas. En la noche del día 31 de mayo la tensión desembocó en un tiroteo en el que murieron 12 personas, la mayoría blancas. La venganza no se hizo esperar y la noticia de estas muertes se extendió como la pólvora por toda la ciudad. A partir de la media noche, una turba justiciera de blancos arrasaron Greenwood matando, saqueando e incendiando a su paso y solo al mediodía del día siguiente, el 1 de junio, la Guardia Nacional del estado lograba controlar la situación con la declaración de la ley marcial. Se trató de un escarmiento a gran escala en el que incluso participaron aviones privados, que lanzaron artefactos explosivos.

Más de 30 manzanas de edificios fueron destruidos en el transcurso de los disturbios raciales de Tulsa. Fuente: washingtonpost.com
Tras la destrucción del barrio de Greenwood, una familia afroamericana rebusca entre los restos del que fue su hogar. F.: history.com (Sociedad Histórica de Oklahoma).
Un hombre negro en medio de los restos de su vivienda, tras la masacre de Tulsa. Fuente: tulsaworld.com
Los disturbios racistas de Tulsa produjeron más de mil víctimas, entre muertos y heridos. Pacientes negros en el hospital ARC de Tulsa. Fuente: history.com (Sociedad histórica de Tulsa).
Campos de refugiados para negros en Tulsa. Fuente: history.com




















































La destrucción masiva acabó con el barrio, que nunca se llegó a recuperar del todo: muchos de sus habitantes habían muertos, la mayoría arrojados a fosas comunes, otros habían sido detenidos, gran cantidad de ellos huyeron y jamás volvieron. Ninguno de sus residentes fue resarcido o compensado por los hechos. El barrio nunca volvió a recuperar su pujanza y aunque se reconstruyó en parte, nada volvió a ser igual. Es más, tras ser lentamente restaurado, fue luego arrasado parcialmente décadas después por un paso a desnivel de la autopista y por la puesta en práctica de posteriores proyectos de remodelación urbana. La comunidad negra superviviente nunca recuperó el vigor pasado y hoy comparte los mismos niveles de pobreza que el resto de la población negra del país. Las fotografías de la masacre circularon como postales durante algún tiempo por el país, después los hechos fueron cubiertos con el tamiz del olvido para ser borrados de la memoria durante muchas décadas.

En la década de 1990 algo empezó a cambiar lentamente. Algunos supervivientes intentaron acciones legales, pero los delitos habían prescrito y el proceso no prosperó. En 1996 la Asamblea Legislativa del estado de Oklahoma encargó una investigación sobre la masacre y se creó una comisión para su estudio. Ese año se erigía también un monumento conmemorativo, el Black Wall Street Memorial. Pero fue con la entrada del siglo XXI, cuando los hechos de Tulsa empezaron a salir de la oscuridad definitivamente. La investigación iniciada la década anterior terminó en 2001 con la publicación de un informe oficial que reconocía la contribución activa de las autoridades locales, que estimularon la masacre e incluso armaron a civiles, a los que designaron como sus representantes, reconociendo además su participación en el traslado posterior de la población negra a los centros de reclusión. Se creó, entonces, una comisión de reparación, aprobándose medidas de compensación para los descendientes de las víctimas y la creación de un parque memorial en honor de las víctimas, cuyas obras se iniciaron pronto y que finalmente fue terminado en 2010. Hoy es el John Hope Franklin Reconciliation Park, que conmemora los terribles hechos y reivindica el papel de los afroamericanos en la construcción de Oklahoma, largamente olvidado (John Hope Franklin fue un destacado historiador afroamericano nacido en Oklahoma). Actualmente, además, existe un centro cultural, el Greenwood Cultural Center, que mantiene viva la llama del pasado con exposiciones y actividades culturales. Sin embargo, un tema más espinoso ha resultado ser la búsqueda de las fosas comunes donde fueron enterradas las víctimas y la consiguiente exhumación de sus cadáveres. Las excavaciones, que estaban previstas para el año 2018, se pospusieron finalmente hasta 2020 y la actual pandemia las tiene prácticamente paralizadas.

Erigido en Tulsa, el Black Wall Street Memorial mantiene vivo el recuerdo de las víctimas de la masacre. F.: cnbc.com




A pesar de todo, el conocimiento de la masacre por el gran público ha ido creciendo sin parar en los últimos tiempos, favorecido por las circunstancias actuales. En octubre de 2019 se estrenaba la exitosa serie de televisión de HBO "Wachtmen", que recreaba de forma realista los hechos de Tulsa. El nacimiento del movimiento Black Lives Matter en mayo de 2020, a raíz del brutal asesinato por la policía del afroamericano George Floyd en Minneápolis, ha hecho el resto. La enorme sensibilización de parte de la sociedad americana y la reacción de hartazgo de la comunidad negra ante las continuas vejaciones y el racismo institucional vigente, acercó al americano medio hacia lo más oscuro de su historia, intentando encontrar en el pasado las claves del drama racial que hoy viven.

La serie "Watchmen", estrenada en 2019, reproduce con realismo el saqueo y destrucción de Greenwood. F.: elespanol.com



domingo, 7 de junio de 2020

La Guerra Civil Rusa en la literatura: cuentos de Míjail Sholojov e Isaak Babel

Fuente: fotografía propia (jadonceld.blogspot.com)






Hace muchos años, quizás, ya demasiados, entorno a los años 80, mi curiosidad me llevó a fronteras extrañas, mi pasión por la historia y especialmente por los acontecimientos revolucionarios de Rusia me condujo hasta la literatura revolucionaria de la época. En puestecillos de libros del cacereño Paseo de Cánovas, en navidad o en la Feria del libro de abril, adquirí, siendo tan solo un chaval, dos pequeñas obras que causaron en mí una honda impresión, dejándome una huella que todavía hoy perdura. Una era Los cuentos del Don de Míjail Sholojov, la otra, Caballería roja de Isaak E. Babel. Ambos libros se articulaban en pequeñas narraciones, relatos cortos o cuentos, los dos conducían al lector hasta la esencia de cualquier guerra, en especial de cualquier guerra civil, una esencia que no es otra que la brutalidad, la crueldad más descarnada; los dos te sumergían en la naturaleza, describiendo imponentes paisajes y cielos al estilo más clásico de la gran literatura rusa de Tolstoi o Turguéniev. Literatura con mayúscula, cargada de personajes verdaderos e intensos, inmersos en el drama y la violencia desmedida de la Guerra Civil Rusa. Ambos autores eran bolcheviques, ninguno lo escondía. Su ideología se reflejaba con fuerza en estos cuentos, pero ambos, cada uno a su manera, supieron trascender el camino fácil y simplón de la apología política o la propaganda revolucionaria, para tratar de mostrar el horror de la guerra, el dolor de las familias rotas, el drama y la destrucción inherente a un conflicto civil.

La estepa se extiende desde Ucrania y el sur de Rusia hasta Siberia meridional. Estepas en torno al río del Don. Fuente: vishytheknight.wordpress.com


Míjail Sholojov. Fuente: coleccionmuseoruso.es 
En Los cuentos del Don, Sholojov nos trasladan a la región del río Don, a las estepas del sur de Rusia, que se extienden entre Ucrania y el Volga. En aquellas planicies sin fin se diseminaban las stanitsas cosacas, cuyo paisaje estepario, descrito magistralmente por Sholojov, se convertía en el marco vital donde se desenvolvía la dura vida de los cosacos, un pueblo singular, de hombres tenaces, sufridos y orgullosos. El autor nos muestra con una mezcla emocionada de dulzura y tragedia el devenir de sus habitantes durante la cruenta Guerra Civil Rusa. En dicha contienda, los cosacos fueron protagonistas indiscutibles, conformando la base nuclear de los ejércitos blancos: ese fue el caso de los cosacos de Oremburgo, en los Urales, los cosacos del Terek o el kuban en las cercanías del Cáucaso, pero sobre todo de los cosacos del Don.

Fuente: elaboración propia


Cosacos del ejército blanco de Denikin. Fuente: Pinterest
Los cosacos formaban un típico pueblo de frontera, formado por campesinos libres, aguerridos y barbudos, que se enfrentaron con fuerza al nuevo poder emergente de la Revolución, engrosando los ejércitos blancos de Wrangel o Denikin, como antes formaron el grueso de las unidades de caballería del ejército del Zar. Fusionados con la estepa, con la que conformaban una unidad, eran excelentes jinetes y se convirtieron en la esencia de la caballería roja y blanca durante la Guerra Civil Rusa. Y es que, al contrario de lo que con frecuencia se supone, los cosacos no eran todos blancos, muchos se unieron a las filas de los eseritas y de los bolcheviques. En las stanitsas los más se oponían a las requisas de grano que realizaban los bolcheviques  y defendían con celo su individualismo y tradiciones frente al centralismo socializante de los comunistas, sin embargo, algunos se vieron seducidos por las nuevas ideas revolucionarias y se unieron al Ejército Rojo. Sholojov mostrará con maestría el drama de esta sociedad atormentada, desgarrada por la guerra y la revolución, con familias rotas y enfrentadas, siempre en el marco imponente de la naturaleza esteparia. En El Lunar, un padre, jefe de una banda de cosacos blancos, mata en combate al jefe de un escuadrón rojo, entonces descubre en él a su hijo y desgarrado por el dolor, se suicida. En Sangre extraña un padre cosaco, cuyo hijo a muerto como soldado del ejército blanco de Wrangel, cuyo odio al poder soviético no tiene parangón, termina adoptando al joven jefe rojo que le viene a requisar el trigo y que cae gravemente herido en un ataque blanco: él lo recoge, lo cura y cuida, y lo adopta como si fuera su hijo. En La carcoma una familia tradicional cosaca no acepta el bolchevismo de su hijo menor, que termina trágicamente asesinado por su padre y su hermano. Podríamos seguir nombrando, una tras otra, maravillosas historias, por lo general trágicas, como La estepa de añilEl padre de familia, El comisario de abastos, etc.

Stanitsa cosaca de la región del Don. Fuente: russian7.ru
Familia cosaca a finales del siglo XIX. Fuente: ru.wikipedia.org
Sholojov era cosaco y bolchevique, por ello, aunque la tragedia envuelve la mayoría de los relatos, su compromiso ideológico permanece fuerte y se proyecta en la esperanza de una sociedad mejor que se constata en la imposición del nuevo poder soviético, aún a pesar del rechazo que muchos de los habitantes de la estepa sienten por dicho poder. Los cuentos del Don es la primera obra narrativa del autor, publicada en una época temprana, 1925, en la que el estalinismo todavía no había extendido sus terribles tentáculos estranguladores sobre la política y la cultura de la Revolución Rusa. Por ello, Sholojov es capaz en sus cuentos de compatibilizar cierto romanticismo revolucionario con la disponibilidad de ponerse en la mente del cosaco tradicional, que no está dispuesto a aceptar con sumisión la transformación de su mundo por el incipiente poder soviético.
La evolución posterior del autor, sin embargo, le conduciría por otros derroteros, los de la literatura más servil a un régimen que se deslizó en los años posteriores hacia la tiranía más brutal, el totalitarismo delirante de Stalin. En las décadas de 1930 y 1940, el autor de Los Cuentos del Don y de El Don apacible, que recibiría el premio nobel en 1965, se convirtió en uno de los escritores oficiales del régimen estalinista, exaltando en sus obras la "Gran Guerra Patria" frente al nazismo o la colectivización de los campos soviéticos de la época. Llegaron así obras como Lucharon por la Patria, que también adquirí en mi juventud. Nunca la llegué a leer, con toda probabilidad, nunca la leeré.

La relación de cosaco con sus caballos es algo especial. Fuente: russia7puntoru

El gran escritor Isaak Babel. britannica.com
La literatura de Babel es diferente. Isaak E. Babel no era un cosaco como Shojolov, era uno de los muchos judíos que habitaban las tierras occidentales del inmenso imperio ruso, que sobrevivían en los guetos y aldeas judías repartidas por Ucrania, Polonia o Bielorrusia. Como muchos judíos sufrió la severa discriminación y los violentos progroms de la época zarista, y como muchos de ellos se unió con esperanza a las filas revolucionarias de los bolcheviques. Los relatos que conforman La caballería roja son mucho más cortos que los de Sholojov, sus historias se conciben como pequeñas brochadas, aunque todas juntas son capaces de conformar una increíble radiografía de la guerra polaco-soviética (concebida como el último capítulo de la Guerra Civil Rusa, no en vano Polonia era parte del antiguo imperio del Zar). Así pues, cada narración puede leerse como tal o como un capítulo de una novela única y compacta. El autor no olvida la luz, los cielos, el paisaje, pero este no aporta dulzura ni un marco que mitigue la barbarie, simplemente la acompaña. Su obra es minimalista, marcada por una concreción máxima, y sin apenas atisbos de romanticismo revolucionario, sin la ingenuidad que subyace en algunos relatos y personajes de Sholojov. Y sin la ingenuidad y el romanticismo tampoco queda mucho espacio para la esperanza. La guerra con mayúsculas, con su horror y barbarie, se convierte en el protagonista total de las narraciones.
Aunque es evidente el compromiso del autor y de muchos de sus protagonistas con la causa bolchevique, los relatos carecen de la suficiente empatía con los objetivos supremos de la revolución  y los héroes se diluyen en una descripción descarnada de la dureza de la guerra. En el primer cuento ya se manifiesta la extrema crudeza que se nos viene encima, en El paso del Zbruch un soldado es alojado en una casa, donde pronto descubrirá que durmió junto a un cadáver, el del dueño asesinado por los polacos. La desesperanza se apodera del relato En el sol de Italia, en el que su compañero de habitación, Sídorov, escribe una carta bajo el estigma del mayor de lo desalientos: "Me felicitaron y prometieron nombrarme adjunto si me corregía. No me corregí ¿Y que vino luego? Pues luego vino el frente, la caballería, la soldadesca oliendo a sangre fresca y a despojos humanos". En Guedali, un anciano judío desmenuza con angustia y desánimo la revolución y su enemiga, la contrarrevolución. Lo más lúgubre, lo más cruel y lacerante, el conjunto de atrocidades e inmoralidades que rodean cualquier guerra se van sucediendo ante el lector, que queda atrapado por la dureza de la secuencia: en La muerte de Dolgushov un soldado herido, con sus intestinos fuera, exige a sus compañeros que acaben con su sufrimiento; en Argamak se muestra la áspera brutalidad de los cosacos y sus vínculos extremos con el caballo, aspectos visibles igualmente en Afonka Bida, donde además el lector asiste impávido a la salvaje destrucción del patrimonio eclesiástico; en Trunov, el jefe de escuadrón se refleja sin miramientos el ensañamiento y la brutalidad con los prisioneros, que llegan a ser asesinados a sangre fría; en La sal el protagonismo es para el contrabando y las violaciones de mujeres; en Los Ivanes nos sobrecogemos ante la figura del protagonista, que en medio de la oscuridad, llega a orinar sin saberlo sobre el cadáver de un enemigo; La canción nos muestra el drama de aquellas mujeres que son obligadas a mantener en sus casas a los soldados, a los que, si quieren sobrevivir, deben darles comida y...sexo.

Carteles soviéticos que exaltan a la caballería del Ejército Rojo. Fuente: civilianmilitaryintelligencegrou.com
Si Sholojov conocía al dedillo la vida de los cosacos y sus estepas, Babel desmuestra conocer como pocos las tribulaciones de la Guerra Civil Rusa y a la caballería del Ejército Rojo. Aunque no estuvo en primera línea, participó en la campaña de Polonia como parte de la caballería roja que dirigía Semión Budionni, al que nunca le gustaron sus cuentos. Después de leerlos, resulta obvio. La guerra polaco-soviética fue uno de los capítulos finales de la cruenta Guerra Civil Rusa: en 1920 los nacionalistas polacos de Pilsudski, nombrado en el libro, avanzan hacia el este y el Ejército Rojo, a esas alturas claro ganador de la guerra contra los ejércitos blancos, lanza un fulgurante contraataque que le lleva a las puertas de Varsovia, que finalmente no caerá. Ese es el contexto en el que se incardina la obra de Babel. Los combates más intensos se desarrollaron en las tierras de lo que hoy sería el oeste de Ucrania y Bielorrusia y el este de la actual Polonia, precisamente la zona con mayor población judía de toda Europa, cuya vida y sufrimientos conocía muy bien Babel -él había nacido en el gueto judío de la ciudad ucraniana de Odessa-. Y es así, como los judíos se convierten en protagonistas indiscutibles de algunos de los relatos -el caso del anciano Ghedali- o se nos descubre la vida en alguno de los cientos de pueblos judíos, como Berestechko, que se extendían por aquellas tierras de frontera.

Miembros del Primer Ejército de Caballería del Ejército Rojo, la célebre Caballería Roja, dirigida por Semión Budionni, con cuyo papel fue muy relevante en el transcurso de la Guerra Civil Rusa. Fuente: wikipedia.org
Cosacos de la Caballería Roja. Fuente: gettyimages.es
Pero los jinetes de la caballería roja del general Budionni, como el mismo Budionni, solo podían ser cosacos.  Es por eso que éstos se convierten en grandes protagonistas de la obra: Babel, en algunas de sus narraciones, nos sumerge en el tumultuoso universo de los cosacos del Kuban. Los ambientes, entonces, nos recuerdan a la literatura de Sholojov y la venganza se convierte en el gran eje vertebrador. Así ocurre en La carta, la brutal historia que narra la venganza de un hijo frente a su padre, o en la Biografía de Matvei Rodionich Pavlichenko, general rojo que fue pastor antes que soldado y tras la revolución se vengó de su amo en una perfecta radiografía de la atroz lucha de clases del campo ruso en la revolución: "Con un tiro no se llega al alma (...) yo, si llega el caso, estaré pisoteando una hora o quizás más, porque deseo conocer la vida tal como es aquí en nuestro país... sencillamente brutal". Es también el caso de Prischeba, relato muy corto pero terrible, donde un cosaco vuelve tras la guerra a su pueblo en el Kuban para vengar la muerte de sus padres por los blancos y el saqueo de sus bienes por los vecinos.
Babel, al contrario que Sholojov, cayó en desgracia durante la época de Stalin. El autor de Caballería roja era tan heterodoxo como su obra y siempre resultó molesto para un régimen que había derivado hacia el totalitarismo más descarnado. Muerto su protector, el escritor Máximo Gorki, Stalin acabó con su vida e intentó acabar con su obra, lo primero le resultó fácil, en lo último fracasó estrepitosamente.

"La carga de la Caballería Roja" del pintor revolucionario kazimir Malevich


domingo, 17 de mayo de 2020

La Guerra Civil Rusa (II): causas de la victoria roja y consecuencias del conflicto


Cartel que exalta los éxitos del Ejército Rojo. Fuente: workerspower.co.uk 


En la anterior entrada de este blog, "La Guerra Civil Rusa: operaciones bélicas y dimensión militar del conflicto" abordamos los aspectos más relacionados con el ámbito estrictamente militar. En esta segunda entrada sobre el tema nos centramos en las razones que condujeron a la victoria final del Ejército Rojo y la derrota de los ejércitos blancos, analizando las terribles consecuencias que sobre la vida socioeconómica del país tuvo el conflicto.

¿Por qué vencieron los rojos y fueron derrotados los blancos?

"Estar en guardia". Cartel bolchevique, obra del
 pintor ruso Dimitri Moro (1883-1946).
Desde el primer momento, la situación bélica se tornó muy complicada para los bolcheviques. El ejército zarista había sido desmovilizado por completo tras la paz con los imperios centrales y los bolcheviques dependían exclusivamente de los voluntarios de la Guardia Roja y su aparato de seguridad, la Cheká. En enero de 1918, León Trotski era designado Comisario de Guerra con el cometido de crear un Ejército Rojo capaz de enfrentarse a los nuevos desafíos militares. Pronto comprendió que necesitaba un ejército en el sentido clásico, un ejército como el que los bolcheviques  había despreciado siempre, un ejército permanente, disciplinado y jerarquizado, con logística y recursos propios, una estructura militar de gran tamaño que fuera capaz de combatir en los más diversos frentes militares. Contar solo con los obreros urbanos, donde los bolcheviques tenían mucho más respaldo social, resultó pronto insuficiente, lo que le condujo a organizar levas forzosas entre los campesinos de las zonas bajo su control. Es de esta manera como consiguió poner en armas un enorme ejército que llegó a tener 5 millones de soldados y en el que se impuso una durísima disciplina. Se creó un cuerpo de comisarios políticos, agentes encargados de mantener la moral alta y asegurar la lealtad de la tropa, mientras se recurría de forma masiva a miles de antiguos oficiales zaristas, en muchas ocasiones, forzados, para poder articular la estructura militar que los bolcheviques no tenían. A pesar de todo, las enfermedades y epidemias, las malas condiciones de vida y la dureza del combate, generaban gran cantidad de deserciones, que eran respondidas con dureza extrema, una vez que se había restablecido el principio de obediencia y la disciplina y jerarquía militar zarista.
León Trotski, en el centro de la imagen con gorra estrellada, fue el artífice del Ejército Rojo. Fuente: flickr.com

Uniformes del Ejército Rojo. F.: Pinterest
En la victoria del Ejército Rojo resultó fundamental el hecho de que los bolcheviques controlaron siempre el corazón de la Rusia europea. Era allí donde se encontraban las grandes zonas industriales y urbanas como Moscú o San Petersburgo, lo que permitió al gobierno revolucionario contar con la mayoría de los arsenales y buena parte de la industria militar, asegurando la producción estable de todos los recursos necesarios para mantener el esfuerzo bélico. Era en esa zona central, además, donde se desplegaba buena parte de la red de ferrocarriles, lo que permitió a los bolcheviques la transferencia de tropas de un frente a otro con cierta fluidez y la llegada de suministros necesarios (alimentos y armas) a las unidades en el campo de batalla, lo que por otro lado, se vio favorecido por el control total y centralizado que el nuevo régimen soviético tenía de los medios de transporte. Un ejemplo al respecto, fue la marcada movilidad que el ferrocarril dio al alto mando soviético a lo largo de los frentes y zonas guerras, personificada en la figura de Trotski y su tren blindado, construido en el verano de 1918, con el que se movía a lo largo de toda la Rusia europea y que incluía una estación de radio y otra de telégrafos, además de una imprenta para la reproducción de un periódico y la emisión de propaganda.

 Lenin pasa revista a las a las tropas en la Plaza Roja de Moscú el 25 de mayo de 1919.
Fuente: deviartart. Fotografía de N. Smirnow.

1920. Cartel bolchevique exhortando a los obreros a
 alistarse en el Ejército Rojo. F.: militaryhistory.org
Otro elemento determinante en la victoria final de los bolcheviques, fue la unidad de acción y la centralización en el proceso de toma de las decisiones políticas que tenía el bando rojo: el ejército estaba bajo el control y liderazgo indiscutible de León Trotski, mientras el partido tenía un pleno control del poder político, con el protagonismo absoluto de Lenin, cuya autoridad era incuestionable para el resto de los miembros de su organización. Ese control político fue una de las claves del llamado comunismo de guerra,  la rígida política puesta en marcha por los bolcheviques con el objetivo último y fundamental de ganar la guerra frente a todos sus enemigos. El comunismo de guerra estuvo marcado por una creciente represión sobre la oposición política a través de la Cheká o policía política y, sobre todo, por una dura política de requisas entre el campesinado para obtener los recursos necesarios que aseguraran el abastecimiento de la población urbana y especialmente del enorme Ejército Rojo. Si el reparto de tierras había favorecido el respaldo campesino a los bolcheviques, la política brutal de requisas y la leva masiva de soldados provocó un amplio rechazo en el mundo agrario ruso.

El campesinado se mostró por lo general hostil a la política de requisas bolchevique. Fuente: encyclopediaofukraine.com




Requisa de trigo en el campo ruso. Fuente: flickr.com
La realidad de los ejércitos blancos era muy diferente. Los blancos controlaron siempre zonas periféricas, con menor potencial industrial e infraestructuras ferroviarias menos desarrolladas, lo que imposibilitó su articulación como una unidad y dificultó la existencia de un poder único e incuestionable.
Al margen de ello, la gran debilidad de los blancos estribaba en la profunda división existente entre los distintos grupos de oposición al nuevo régimen soviético. Poco o nada tenían que ver los anarquistas ucranianos del Ejército Negro de Néstor Majnó, los socialrevolucionarios del Komuch y los mencheviques, grupos políticos de base obrera o campesina, con la burguesía liberal del partido KDT o los sectores monárquicos conservadores, que incluían a los grupos militares más reaccionarios  y que a la postre, se convirtieron en la esencia de lo que se dieron en llamar ejércitos blancos. Estos grupos zaristas y nacionalistas rusos se convirtieron a lo largo de 1918 en los hegemónicos en la lucha contra el poder soviético, liderados y dirigidos por antiguos oficiales del ejército del Zar como los generales Kolchak, Denikin, Yudenich o Wrangel.
Sin embargo, el aspecto más llamativo sería la propia división interna existente entre estos grupos ultraconservadores. En parte debido a la extraordinarias distancias que los separaban, carecían de la necesaria coordinación en sus acciones militares y nunca existió un poder único a nivel político, pues la autoridad de Kolchak tardó en ser aceptada por otros núcleos de resistencia, y cuando lo hizo, no pasó de ser meramente nominal y nunca efectiva. La desconfianza, cuando no la hostilidad entre ellos, fue la tónica dominante.
Otro gran problema de los dirigentes blancos fue su absoluta incapacidad para conectar con las masas campesinas, que aunque mayoritariamente no bolcheviques, estaban claramente permeadas por las ideas socialistas y no deseaban, en modo alguno, la vuelta a un régimen como el zarista. Algunas de las reformas de los bolcheviques en el campo habían favorecido a amplios sectores campesinos, pero el campesinado ruso era hostil a la pérdida de su capacidad de decisión a través de sus asambleas campesinas frente a la creciente centralización del poder político en las ciudades y en el partido comunista, y sobre todo, rechazaban frontalmente la política de requisas del comunismo de guerra y las levas masivas de soldados realizadas para alimentar al Ejército Rojo. A pesar de todo ello, la mayoría de los campesinos no mostraban ninguna simpatía por los generales zaristas, que además de hacer requisas y levas forzadas de soldados, como los bolcheviques, representaban el viejo mundo que tanto despreciaban, marcado por la injusticia social y el latifundismo. Las cosas pudieron cambiar en el transcurso de la guerra, pero el carácter conservador de los blancos impidió a éstos implementar y poner en marcha las necesarias reformas agrarias y sociales que hubieran podido seducir y atraer al campesino ruso hacia su causa.
Esta situación social explicaría el por qué los ejércitos blancos solo encontraron una verdadera base social de reclutamiento y respaldo entre las poblaciones cosacas, aquellas que se extendían por las estepas del sur de la Rusia europea y las cercanías del Cáucaso (Cosacos del Don, del Kuban o del Terek), las ubicadas al sur de los Urales (cosacos de Oremburgo y del Ural) o los asentamientos cosacos de Siberia. También existía un núcleo cosaco en Ucrania, los cosacos del Zaporoje en el Dnieper. Los cosacos eran el clásico "pueblo de frontera", hombres libres, con fuerte tradición militar en el viejo Imperio ruso, que no habían estado sometidos a la servidumbre, que vivían en sus stanitsas una realidad diferente a las de las comunidades rusas, más igualitaria en el acceso a la tierra y a la educación (la mayoría de los cosacos estaban alfabetizados).

Fuente: elaboración propia


Tampoco conectaron los blancos con las entidades nacionales que habitaban el antiguo Imperio ruso y que ahora se oponían al nuevo poder soviético, entre las que podían haber encontrado muchos aliados. Las aspiraciones nacionalistas de los polacos y ucranianos, de los pueblos bálticos y caucásicos, de los tártaros y bashkires o las demandas autonomistas de los propios cosacos, chocaron demasiadas veces con los arcaicos principios centralistas del nacionalismo gran ruso, valores de los que hacían gala los generales blancos como Kolchack o Denikin, firmes defensores de una Gran Rusia concebida como un imperio uniforme bajo el dominio cultural y político de los rusos. Muchos de estos pueblos podían ser hostiles a los bolcheviques, pero lo eran mucho más hacia unos zaristas, que al contrario que los primeros, les negaban cualquier atisbo de autogobierno y desarrollo cultural propio.

Consecuencias de la guerra

La Guerra Civil Rusa fue sin duda la mayor catástrofe nacional producida en Europa hasta su fecha. Destruyó la economía del país y desgarró su tejido social a un nivel desconocido hasta entonces. Hubo entre 7 y 10 millones de víctimas, el cuádruple de las que se habían sufrido el Imperio ruso durante la Primera Guerra Mundial. Un efecto particularmente desgarrador, generalmente consustancial a las guerras civiles, fue el desmedido impacto de la guerra sobre la población civil del país.
Las muertes ligadas directamente a la guerra y la represión rondarían los dos millones de personas. Al  margen de los heridos y muertos en batalla, hay que resaltar la importancia de las epidemias, como las de tifus, que diezmaron en mayor medida a la tropa que los propios combates. Especialmente importantes fueron las víctimas de la represión en ambos bandos, que alcanzaron la cifra de cientos de miles de personas. La represión bolchevique, lo que se dio en llamar el Terror Rojo, incluía la eliminación de los disidentes y opositores asesinados por la Cheká, la policía política bolchevique, y los campesinos opuestos a las requisas o los que protagonizaron amplias rebeliones al final de la guerra civil. Pero existió, a una escala similar, un Terror Blanco, interesadamente olvidado por muchos, que estuvo ligado a la represión del movimiento clandestino bolchevique o socialrevolucionario en las ciudades blancas, la violencia contra el campesinado en las zonas ocupadas -algo especialmente ostensible en la Siberia ocupada por Kolchak-, las matanzas de prisioneros rojos o los terribles progromos contra la minoría judía, especialmente intensos en Ucrania y zonas del sur de Rusia, bajo el control de los ejércitos de Denikin.

Soldados del ejército blanco ejecutan a prisioneros bolcheviques, enero 1920. Fuente: weaponsandwarfare.com

Hay que considerar también la salida hacia el exilio de una enorme cantidad de población, más de 2 millones de personas, que huyeron de la revolución y la guerra. El terrible impacto de este exilio masivo fue mucho mayor porque la mayoría de ese éxodo pertenecía a la élite ilustrada, por lo que el daño a la vida económica y cultural fue incluso mayor de lo que las cifras insinúan.
La Guerra Civil Rusa se encadenó con los efectos tremendos y prolongados del conflicto mundial previo, produciendo un resultado demoledor sobre la economía del país. En 1921, la producción de bienes manufacturados fue tan solo un 16% de la de 1912, la producción de carbón se redujo a la tercera parte y la de grano a menos de la mitad. La tierra cultivada era solo un 60% de la de 1912 y los rendimientos eran tres veces menores, mientras la cabaña ganadera se había reducido a casi la mitad. La guerra y su capacidad destructiva, que se extendió desde Polonia a Siberia, desde Ucrania al Volga, afectando a enormes territorios, se mezcló con la política de requisas de bolcheviques y blancos. Las tropas blancas practicaron no solo requisas, sino pillaje sistemático en muchas áreas, mientras el gobierno soviético, con la aplicación del comunismo de guerra, impuso una política sistemática de requisas que permitió el abastecimiento del Ejército Rojo y las grandes zonas urbanas, pero a costa del campesinado, que ante la insufrible pérdida de recursos, mostró una fuerte resistencia, escondiendo el grano o sacrificando el ganado antes de entregarlo. El dramático "juego" de la requisa y el ocultamiento hundió la producción, mientras los productos básicos dejaron de circular por los cauces habituales.
Esta situación terrible se mezcló con los efectos climáticos de las intensas sequías para desembocar en una especie de "tormenta perfecta", las brutales hambrunas de 1921 y 1922, que provocaron millones de muertos y afectaron especialmente a algunos territorios como la región del Volga, desde Samara a Baskhiria, y el sur de los Urales. La degradación de las condiciones de vida y de alimentación favorecieron además la aparición de mortíferas epidemias, que afectaron no solo a los soldados, como ya hemos comentado, sino a amplias capas de la población. Hablamos de la disentería, el cólera y la Ispanka (pandemia de gripe española de 1918 y 1919), pero sobre todo, el tifus y fiebre tifoidea que provocó  casi 2 millones de muertos entre 1919 y 1920.

Fuente: elaboración propia


La hambruna de 1921 se cebó sobre los grupos más vulnerables como los niños. Fuente: histclo.com 

La miseria y el hambre se generalizaron en la región del Volga durante el año 1921 y 1922. Fuente: military-history.org





La trágica situación económica y humanitaria provocó, tras el fin de la guerra, un giro copernicano en la política económica del régimen soviético. Se puso en marcha la N.E:P., siglas en inglés de la denominada Nueva Política Económica. El férreo control político del poder ejercido por los bolcheviques no fue suavizado, pero si se liberalizó la economía, abriéndose a formas capitalistas, en lo que el propio Lenin dio en llamar "Capitalismo de Estado". Se dejó libertad a la propiedad e iniciativa privada, se liberalizó el comercio y se favoreció al campesino medio o kulak, poniéndose fin a las requisas. La consecuencia positiva fue el aumento de la producción y el fin de los problemas de abastecimiento y de la crisis. La consecuencia negativa fue el aumento de las desigualdades sociales, alejándose cada vez más del objetivo bolchevique de una sociedad sin clases.
La NEP terminó en 1928, cuando Stalin impuso la colectivización forzada y brutal de los campos y la planificación rígida de la economía, se iniciaba entonces un desaforado crecimiento económico e industrial, pero basado en enormes sacrificio y un gran sufrimiento por parte de la población . El nuevo estado, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que todavía no se había recuperado de las enormes cicatrices de la Guerra Civil, se vería entonces absorbido en la vorágine infernal del nuevo régimen estalinista, que superó con creces cualquier precedente anterior de hambre, dolor y sufrimiento.