BLOG DE JOSÉ ANTONIO DONCEL DOMÍNGUEZ (I.E.S. LUIS CHAMIZO, DON BENITO, BADAJOZ)

martes, 2 de febrero de 2021

"¡Massacre, massacre!". Análisis histórico de "A sangre y fuego" de M. Chaves Nogales (I)

La Gran Vía es bombardeada a la altura del edificio Telefónica. Fuente: diariodesevilla.es

En el primer relato de A sangre y fuego¡Massacre, massacre!, Chaves muestra ya sus credenciales: una crítica mordaz y directa a las milicias de la retaguardia republicana, a su carácter incontrolado y cruel, a la violencia gratuita y caprichosa que ejercían, a su carácter criminal. Deja muy claro que dicha violencia está con frecuencia al margen del estado republicano e incluso de los partidos obreros, que tiene su propia lógica despiadada y corrupta. Desnuda las que él llama "siniestras escuadrillas de retaguardia", una amalgama de cobardes sin escrúpulos, liderados en el relato por Enrique Arabel, jefe de la Escuadrilla de la Venganza, individuos descritos como unos auténticos malhechores, que huyen del frente y proyectan su miedo a la guerra través de una violencia brutal e indiscriminada en el Madrid de retaguardia. Arabel es muy posible que fuera en la realidad Agapito García Atadell, jefe de la Brigada del Amanecer, una checa madrileña con sede en el palacio de los condes de Rincón, en la calle Martínez de la Rosa. Sus actividades criminales y delictivas se sucedieron hasta finales de octubre de 1936, cuando el gobierno republicano empezó a cuestionar sus acciones, lo que le obligó a huir. Más de cincuenta hombres le obedecían en esos meses, sembraba el terror en el Madrid de la retaguardia, sin hacer ascos a las posibilidades de enriquecimiento que su posición de poder le otorgaba: a cambio de dinero, determinados prisioneros podían refugiarse en alguna embajada o llegar a la zona franquista. Esta corrupción es también denunciada por Chaves, pues su personaje, Arabel, se enriquece igualmente con el tráfico de detenidos. Las guerras de toda índole, especialmente las civiles, son el campo abonado para que todo tipo de desalmados pueda dar rienda suelta a sus instintos criminales sin que nadie les ponga coto. Y así fue como auténticos forajidos proliferaron en la retaguardia republicana durante los primeros meses de la contienda, valiéndose del caos y la debilidad del estado para ejercer su terrible violencia, en la que se mezclaba fanatismo, corrupción y criminalidad. Hablamos de siniestros personajes como Felipe Sandoval, Aurelio Fernández Sánchez, Dionisio Eroles, Manuel Escorza del Val o José Serrá, y por supuesto, el ya nombrado Agapito García Atadell.

García Atadell y la Brigada del Amanecer en 1936. Fuente: pinterest


Cartel republicano. F.: elmanifiesto.com
Chaves se refiere a la actividad de estos grupos como una "actuación terrorista" que "en nombre del pueblo y valiéndose del argumento decisivo de sus pistolas, sembraban a capricho el terror". Se suceden ante nuestros ojos fusilamientos sin juicios, a partir de intimidaciones y delaciones producidas en una atmósfera de terror. Adquiere protagonismo el "paseo",  que las milicias, sobre todo las anarquistas, protagonizaron en el Madrid de los primeros meses de la contienda. Los hechos se iniciaban con la detención, generalmente al anochecer, y solían terminaban con la ejecución de la víctima unas horas después. Tal realidad es ejemplificada en el relato por el fusilamiento del viejo comandante de artillería Eusebio Gutiérrez, que los milicianos ejecutan por traición en el paredón, sin más pruebas que la delación por despecho de una mujer.
Un terror que se desenvuelve en el marco de una realidad psicótica marcada por la dureza de los bombardeos enemigos y la actividad clandestina de "una quinta columna" franquista en el Madrid republicano. En este sentido, Chaves menciona la célebre frase del general golpista Mola: "El general Mola había dicho por radio que sobre Madrid avanzaban cuatro columnas de fuerzas nacionalistas, pero que además contaba con una quinta columna en Madrid mismo que sería la que más eficazmente contribuiría a la conquista de la capital" y añade con sentido trágico: "Pocas veces una simple frase ha costado más vidas". No hay duda de que la obsesión por la existencia de una quinta columna generó una fuerte represión sobre todo aquel que por su adscripción política, su origen social o su pertenencia al ejército, resultaba sospechoso de militar en ella. Al margen de la propaganda y la psicosis, la actividad de los quintacolumnistas fue realmente importante en el Madrid de la época, como también en otras ciudades republicanas como Valencia o Barcelona.
Chaves nos regala, a la vez, una soberbia contextualización de la situación bélica del Madrid del momento, sumergiéndonos en la atmósfera de pánico creada por los bombardeos indiscriminados y masivos que los aviones italianos y alemanes realizaban sobre la ciudad, golpeando a la urbe en su conjunto, pero con más dureza al centro urbano y a los barrios más populosos y humildes. Se convertía así la guerra española en una base de pruebas donde por primera vez se recurrió a los grandes bombardeos sobre población civil como elemento de descomposición de la retaguardia y del enemigo, algo que no se había conocido antes. Esta temática la volvemos a ver en uno de los últimos relatos, el excelente El refugio. La debilidad de la aviación republicana, sobre todo porque carecía de una flota de bombarderos, convirtió en dominadores del aire al bando nacionalista, que contó con el apoyo masivo de la aviación de las potencias fascistas. Una excepción fue la llamada escuadrilla "España", creada por el político y escritor francés André Malraux y formada por bombarderos pilotados por voluntarios y mercenarios que sirvieron a la República en los primeros meses de la guerra. Precisamente, Malraux, aparecerá brevemente en este relato cuando uno de los protagonistas, el miliciano Valero, lo descubre en una taberna donde se había reunido con otros intelectuales republicanos. 

André Malraux y Abel Guidez, comandantes de la escuadra España. Detrás se puede ver el motor Lorraine Petrel de un Potez 542. Fuente: geocities.es



La Gran Vía madrileña bajo las bombas en 1936. Fuente: simft.fundaciontelefonica.com 



































Los Savoia italianos y los Junker y Heinkel de la Legión Cóndor alemana surcaron una vez tras otra los cielos de las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, que fueron bombardeadas a conciencia. La población no estaba familiarizada con esa nueva forma de hacer la guerra, por lo que la vivía no solo con una enorme angustia, sino también con un intenso deseo de venganza, lo que algunos grupos de milicianos utilizaban como escusa para acometer una dura represión. Tanto en Madrid como en otras zona republicanas, es el caso de Cataluña o Bilbao, tras los bombardeos eran frecuentes las "sacas" de presos derechistas, realizadas por una muchedumbre vengativa en la que se mezclaban milicianos y civiles de todo tipo. Aunque las autoridades trataron en la mayoría de los casos de evitarlas, no siempre lo consiguieron. En el relato, aprovechando la matanza producida por los bombardeos, Arabel asesinará a los militares que retenía presos en un convento reconvertido en cárcel. Entre ellos estaba el padre de un miliciano comunista, Valero, fanático pero íntegro. Surge así el drama personal, tan común a la mayoría de los relatos de A sangre y fuego: hasta el último momento, el hijo tratará de salvar al padre sin poner en cuestión sus principios y sin corromperse. 
Aunque no se trata de una prosa excepcional, pues ya hemos comentado que Chaves no es en modo alguno un gran escritor,  estamos sin lugar a dudas ante uno de los mejores relatos de A sangre y fuego.

Un equipo de vuelo de la Legión Cóndor se dispone a subir a un Heinkel He 111 en 1938. Fuente: elpais.com

Efectos de los bombardeos franquistas en la calle Anton Martín de Madrid. Fuente: researchgate.net

martes, 12 de enero de 2021

"A sangre y fuego" de Chaves Nogales y la violencia en la Guerra Civil Española


Manuel Chaves Nogales. Fuente: elpais.com
Oí hablar por primera vez de Chaves Nogales hace muy poco tiempo. Debería haber escuchado su nombre mucho antes, quizás como historiador era mi obligación. Con cierta vergüenza, he de reconocer que fue hace tan solo dos años cuando llegó a mis oídos su figura y su obra. Periodista de oficio y vocación, su trayectoria profesional se desarrolló en los años de 1920 y 1930. Era un reportero de los ahora en el entonces, pateaba las calles, viajaba sin descanso, realizaba reportajes y escribía libros, fue corresponsal en París y director del periódico Ahora, republicano y moderado. La guerra lo sorprendió en el extranjero, pero su compromiso con la República le hizo volver a Madrid, ciudad que terminó abandonando cuando el gobierno republicano se trasladó a Valencia. Viajó entonces a Barcelona y de ahí tomó el camino del exilio, asentándose en París, donde escribió los relatos cortos que conforman una de sus obras hoy más valoradas, A sangre y fuego. Pero la guerra y el exilio se cebaron con él, viéndose sumergido en el más cruel de los olvidos y tan solo su biografía del torero Juan Belmonte pudo leerse y publicarse con normalidad en la España de la posguerra. El franquismo lo aborreció como parte de la España vencida, mientras los vencidos olvidaron por mucho tiempo su obra, que resultaba demasiado incómoda, demasiado crítica.

Chaves en la sala de linotipias de El Heraldo, periódico del que fue redactor jefe.  Fuente: archivo de María Isabel Cintas.


Chaves Nogales con soldados estadounidenses en 1942.
Fuente: ctxt.es
En los últimos años, las tornas parecen haber cambiado de forma tan drástica como repentina. El estigma del olvido que durante décadas pesó sobre Chaves Nogales ha desaparecido, su figura ha emergido hoy como un manantial repentino que de forma recurrente brota en los medios de comunicación a través de documentales televisivos o programas de radio, mientras tertulianos de toda índole y condición se suman al ejército de intelectuales que enarbolan su causa. Su obra es comentada en la prensa y es motivo de conferencias y homenajes, proliferan los congresos donde se desmenuza su trayectoria vital y su biografía. Hace un par de años nadie lo conocía, ahora cometes el supremo pecado de la ignorancia si no has leído sus libros. No es para menos, el autor de A sangre y fuego se ha convertido en el icono de la llamada Tercera España, el referente de aquellos que insatisfechos por la supuesta y creciente "ideologización" del pasado, se obstinan en superar el enfrentamiento entre izquierda y derecha que llevó a la violencia de la Guerra Civil Española. Él mismo se adscribe a esa Tercera España en el prólogo de A sangre y fuego, lo mejor de su obra, sin duda, donde se autodefine como un "pequeñoburgués liberal", un hombre independiente que no asume el antagonismo creciente que se va apoderando de la vieja Europa y de España, la lucha fratricida entre la revolución y el fascismo: "Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partiera España". Y continúa Chaves con una frase absolutamente demoledora, "...puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros".

Andrés Trapiello, el autor de Las armas y las letras, gran adalid de la Tercera España y uno de los artífices de la salida del ostracismo de Chaves, llega a afirmar en El País que A sangre y fuego "era el eslabón perdido de algo que habíamos estado buscando a ciegas durante años". Y las alusiones al autor se multiplican: el director de cine Julio Amenábar lo utiliza de forma recurrente para ensalzar la Tercera España, a la que alude cuando se refiere a su excelente película Mientras dure la guerra. Unamuno, su protagonista, pertenecería, según el director de cine, a ese mismo grupo intermedio que naufragó envuelto en las dos aguas de la violencia civil. Pérez Reverte, el "insigne" escritor, lo ha tomado por bandera, y como casi todo lo que él hace, de forma realmente "cansina". A pesar de todo, he de reconocer que fueron unas palabras del autor de Alatriste las que me condujeron hacia Chaves Nogales. No suelo tener en estima alguna a Arturo Pérez Reverte, dedicado de por vida a quitar medallas con presuntuosa y aparente indiferencia a políticos, intelectuales y escritores, concentrado en perdonar la vida a cuanto le rodea. No puedo, sin embargo, negar que es un hombre leído y cuando en un documental de TVE ensalzó con pasión a Chaves Nogales y su legado, me sentí irreversiblemente atraído hacia el personaje y su obra: Reverte se refería a su libro A sangre y fuego como un fogonazo maravilloso, como un descubrimiento inesperado, como un tesoro olvidado que aparece deslumbrante tras mucho rastrear; para el académico estábamos ante un impresionante testimonio literario, olvidado por todos, incómodo para unos y otros, para la izquierda y la derecha, para los dos viejos bandos que se batieron en la guerra.
Mis expectativas se dispararon, me atrae la buena literatura y me gustan también los "tonos grises", nunca he digerido bien los mundos fácilmente compartimentados, divididos con simpleza entre lo negro y lo blanco, sin matices ni aristas, sencillamente porque no son reales ni creíbles. Lejos de la exaltación ramplona del bando republicano, quería acercarme a la perspectiva del que padece, de todos los que padecen y, como bien decía el escritor Antonio Muñoz Molina, "Chaves es un hombre justo que no se casa con nadie porque su compasión y su solidaridad están del lado de las personas que sufren". Hace años había leído Los girasoles ciegos, aquellos relatos sombríos de la represión en la inmediata posguerra que me encandilaron; ahora me imaginaba encontrarme ante algo similar, pero enmarcado en pleno conflicto bélico y con la promesa de conocer de primera mano también la represión ejercida en el bando republicano, y de hacerlo además desde la visión de un hombre leal a la democracia y a la República, de alguien que estaba allí y veía con ojos críticos lo que le rodeaba. Esperanzado y ávido de historias intensas que me permitieran conocer mejor la brutal contienda que desgarró este país, recordaba vagamente la maravillosa literatura que marcó mi juventud, los relatos de Sholojov y Babel sobre la Guerra Civil Rusa, que rememoraba muy difusos, pues no los había vuelto a leer desde hacía décadas. Sus relatos quedaron encumbrados para siempre en mis altares de la mejor literatura. ¿Me encontraba ante una exquisitez similar? Tenía la completa seguridad de que sí.


De inmediato adquirí A sangre y fuego, daba por hecho que estaba ante algo realmente bueno y como todos los libros que merecen la pena, lo quería en propiedad para darle un lugar privilegiado en las estanterías de mi biblioteca. Sin esperar a leerlo, estuve tentado de hacerme con otros escritos del autor, dando por hecho que estaba ante un gran narrador. Hoy me alegro de haber esperado.
Si algo se deduce de la lectura de A sangre y fuego es que Chaves es un hombre íntegro, honesto a todos los niveles, crítico e independiente, tolerante y reposado, un hombre culto y formado, estamos sin duda ante uno de los grandes periodistas españoles de su época, pero no ante un gran escritor. En A sangre y fuego se dicen muchas cosas, la mayoría de las cuáles no estamos acostumbrados a leer o escuchar, se narran hechos impactantes y de forma tan lacerante como sincera. Sin embargo, el autor carece en buena parte de sus relatos de la calidad literaria de un gran narrador y por ello, las maravillosas historias narradas pierden parte de la emotividad; los personajes, incluso aquellos con los que empatiza, no adquieren la intensidad y profundidad que merecen, nada que ver con las cualidades narrativas y descriptivas de Sholojov o Babel, cuyos protagonistas están llenos de vida y rezuman sentimientos.
Es posible que fueran demasiadas las expectativas por mi creadas y que todo ello influyera en mi percepción de lo leído, pero nada más comenzar la lectura me sorprendí y pronto mi sorpresa se tornó decepción, una decepción que fue aumentando desde la primera narración hasta alcanzar su culminación en los relatos La columna de Hierro y El tesoro de Briviesca, momento en el que estuve a punto de abandonar la lectura. Entonces la decepción se convirtió en enfado, el fastidio que uno siente cuando un excelente guión cae en manos de un director del montón y la consecuencia es una película más. El enojo se tornó confusión y me dirigí a mi biblioteca, aquello no tenía nada que ver con los recuerdos de mi juventud, nada que ver con las lecturas apasionadas de los cuentos de Sholojov o Babel. ¿O es que había idealizado aquellas lecturas? Rebusqué entonces en mis estanterías en busca de Los cuentos del Don y La caballería roja, leí el primer cuento de Sholojov, El lunar, después El paso del Zbruch de Babel. No eran imaginaciones mías, no eran simples expectativas excesivas, ni el producto de una percepción deformada, sencillamente no había parangón.
Soy un ávido lector, cuando mi vida laboral y familiar me deja, pero me reconozco a mi mismo como un inexperto en literatura. Sobre todo entiendo de historia, quizás por eso la realidad que narra el autor no me asombra de igual manera que al común de los lectores, y desde luego, no me impresiona hasta el punto de encubrir las debilidades narrativas del autor. Su inmaculada equidistancia, tan impactante como inédita en la época, no es suficiente para enmascarar una prosa por tramos vulgar. De ahí mi estupefacción ante las criticas que leo sobre el libro: todas sin excepción ensalzan la obra, remarcan su prosa sencilla, directa y limpia, algunos llegan a hablar de ¡un clásico de la literatura española del XX! Es como si hicieran referencia a otra obra. Tengo por costumbre no mirarme el ombligo: cuando todo el mundo va en la dirección opuesta, uno debe cuestionarse si está equivocado. Así que decidí releer el libro e hice todos los esfuerzos posibles por cambiar mi opinión. Sin embargo, no lo conseguí, todo lo contrario, mi percepción previa se vio reforzada. No me ha quedado más remedio que mantenerme en mis treces, aún asumiendo el carácter muy personal de mi perspectiva.
Casi desde un principio, me vi a mi mismo embarcado en la lectura de una obra de literatura juvenil, aunque con temática de adulto, como cuando me enfrento a los libros de narrativa que en el departamento de Historia seleccionamos como lecturas obligatorias para nuestros alumnos de la ESO. Con demasiada frecuencia a lo largo de la obra, nos encontramos con una literatura ligera, demasiado sencilla, cuando no abiertamente simple. Se narra de manera poco compleja, buscando conceptos claros que el lector comprenda sin dificultad. Predomina la narración rápida y muy lineal, con un autor obstinado penosamente en contar muchos hechos en poco tiempo, en narrarlos a veces con una ingenuidad casi infantil, en lo que en ocasiones se torna una escritura fácil, especialmente escrita para lectores inexpertos. Narraciones en las que se dan demasiadas explicaciones de casi todo, donde muy poco se deja al abrigo de la imaginación del lector, que tiene así poco trabajo que hacer.  Personajes en los que no da tiempo a profundizar, cuyas relaciones no adquieren intensidad, con diálogos previsibles y fáciles. En contraste, el mejor Chaves aparece cuando no se obceca en contarlo todo, como si de un niño pequeño se tratara, cuando se para a reflexionar, cuando frena la sucesión tan lineal como vertiginosa de los múltiples hechos, cuando describe, analiza, detalla, examina, compara o sencillamente se expresa, cuando se abandona a la reflexión y crítica de cuanto le rodea. Por eso los dos últimos cuentos son a mi juicio los mejores. Son más cortos, en ellos hay poco que contar y mucho que decir.
Es posible que en esta forma de narrar tenga mucho que decir su oficio de periodismo. Es frecuente entre los periodistas que el lenguaje sea un modo de comunicación, que lo formal se vea subordinado al testimonio a mostrar, que se busque llegar a cuanto más gente mejor y para ello haya que rebajar las dificultades, que se deben mostrar todos los hechos, que debe hacerse además sin excesivas florituras, sin concesiones al sentimentalismo o a la emotividad.

Manuel Chaves Nogales acompañó a una exigua fuerza expedicionaria española en la ocupación del territorio de Ifni. Fuente: huffingtonpost.es (foto Contreras).

Emilio Lara apunta su personal clasificación de la literatura: por un lado estarían los grandes autores, aquellos que resultaría imprescindibles porque poseen un estilo y un mundo cautivador, porque leerlos es vivir con intensidad, desde luego no hay duda de que en este grupo estarían Babel o Sholojov. Por otro lado, se hallarían los escritores estilísticamente excelentes, aunque lo que cuentan apenas nos llega ni nos aporta nada. Su obra es totalmente prescindible. En el punto opuesto se encontrarían los autores cuyo estilo deja mucho que desear, pero nos atraen con un mundo atractivo y sugerente, que revelan unas realidades apasionantes pero no lo hacen de la mejor manera, nos enriquecen pero no nos colman. A mi juicio, aquí estaría Chaves Nogales.
Esta valoración global no puede ser aplicada a todas las narraciones, algunos relatos son buenos, los dos últimos excelentes, y en algunas historias más mediocremente narradas, existen también destellos, momentos intensos, incluso emocionantes. Y es que, más allá de las valoraciones formales y estilísticas, que son de relevancia, Chaves ofrece un impresionante testimonio, tiene mucho bueno que contar y tiene el mérito de disparar a discreción y en todas direcciones en medio de una brutal guerra civil, su único compromiso es con el afligido. Se nota además que el autor conoce los acontecimientos de primera mano, que no son producto de la imaginación, y de hecho así lo pone de manifiesto en su prólogo: "cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera". Sin embargo, como tendremos oportunidad de demostrar en posteriores entradas de este blog, el autor se toma ciertas libertades, a veces bastante apreciables: no solo cambia el nombres de personas y lugares, algo comprensible desde todo punto de vista, sino que además y con frecuencia, no reproduce los hechos tal como sucedieron, introduciendo variaciones más o menos destacadas, buscando el mayor impacto o la mejor compresión. Llega incluso a fusionar en un solo acontecimiento varios hechos relacionados pero que ocurrieron en lugares y momentos diferentes. Todo ello no le resta valor testimonial a la obra, pues la sinceridad con que se enfrenta a la realidad es incuestionable.
En entradas posteriores tendremos oportunidad de contrastar la fidelidad de lo narrado por Chaves a los hechos históricos reales y la mayor o menor rigurosidad de los distintos relatos. Sin embargo, y al margen de su veracidad histórica, la visión global de la Guerra Civil mostrada por el autor debe ser matizada y contextualizada, pues de lo contrario puede generar una visión parcialmente distorsionada de la realidad. Y es que acercarte a la violencia de la guerra a través de A sangre y fuego de Chaves Nogales tiene sus pros y contras. El autor es sincero y realista, pero está preso de su contexto, del momento y lugar en que escribe sus narraciones. Por eso, si no se tiene una buena formación previa respecto al tema, cualquier análisis global de la violencia de la guerra a partir de la obra puede resultar incompleto.

La mirada de Chaves sobre la violencia en la guerra

Casi todo lo que nos narra, los bombardeos de ciudades, la violencia miliciana o falangista, la destrucción del patrimonio cultural, el miedo y la represión de la retaguardia o la incautación de  las fábricas en la España republicana, son hechos sobradamente conocidas por los historiadores, pero pocas veces han sido abordadas por la literatura de manera tan directa, sin ambages ni tapujos. El autor no se vincula a ningún bando, no exculpa a nadie, no justifica nada, sino que muestra la realidad tal y como él la ve, a cara descubierta, sin filtros ni perjuicios ideológicos. No tapa la violencia de los suyos, porque ya no los siente como suyos, no magnifica la brutalidad de los enemigos, porque ya no está sumergido en el odio dual de cualquier guerra civil. Lo que ve le subleva y su mejor manera de denunciarlo es mostrarlo con una mezcla de equidistancia y contundencia, imbuido como está del escepticismo más brutal respecto a la guerra que destruye su país. En este sentido, su literatura nos recuerda lejanamente a la de Isaak Babel, aunque el autor soviético siempre mantuvo un compromiso claro con su bando. Los relatos de A sangre y fuego nos dan una visión real y compleja de la violencia ejercida por los dos contendientes durante el conflicto civil, de la ejercida en el frente y en la retaguardia, de la violencia idealista y de la criminal. En este sentido se convierte en un viaje pleno hacia el corazón de la guerra.  
Por un lado, hay que valorar muy positivamente el intento del autor de acercarnos a una visión lo más global posible de la brutalidad de la guerra, y hacerlo además mostrando la violencia republicana como el cine y la literatura no suelen mostrar. La represión en la zona republicana se presenta lejos de maniqueísmos, evitando centrarse en los habituales asesinatos de religiosos, que sorprendentemente ni siquiera aborda, a pesar de que éstos fueron uno de los grandes objetivos de la represión en ese bando. Sin embargo, el autor si plantea la destrucción iconoclasta del patrimonio religioso y eclesiástico, que adquiere todo el protagonismo en El tesoro de Briviesca. Para sorpresa del lector, el autor convierte en protagonista de la primera narración, Masacre, masacre, a una checa madrileña, dirigida por un miliciano sin escrúpulos, en el que se mezclaban las tendencias asesinas y la corrupción más descarnada. Muy pocas veces la literatura nos ha conducido hasta las entrañas más oscuras de la represión en la zona republicana, marcada en los primeros meses de la guerra por la actividad descontrolada y mafiosa de algunos de estos grupos, especialmente activos en ciudades como Madrid y Barcelona, que se parapetaban en la ideología para legitimar sus actividades violentas y delictivas. En ese primer cuento ya adquieren protagonismo los frecuentes "paseillos" que las milicias, sobre todo las anarquistas, protagonizaron en Madrid, ligados con frecuencia a la lucha contra la llamada "quinta columna", que medraba en la ciudad. Los hechos se iniciaban con la detención, generalmente al anochecer, y solían terminaban con la ejecución de la víctima unas horas después. En Y a lo lejos, una lucecita, tales "paseos" vuelven a ser protagonistas, cuando una joven de buena familia es acusada de trabajar para el enemigo y fusilada en plena calle "por espía de los fascistas", así como en El comité obrero, enmarcados en esta ocasión en el proceso de depuración política que acompañó a la revolución social que estalló en la retaguardia republicana en los inicios de la guerra y que supuso la incautación por parte de las organizaciones obreras de buena parte de las empresas y fábricas. Chaves conocía bien dicha realidad, porque él mismo, durante esos meses, fue director de un periódico republicano, el diario Ahora, que había sido incautado por los sindicatos y organizaciones obreras. Pero el autor va más allá, y se atreve a denunciar los desmanes que en la retaguardia republicana realizaban las columnas anarquistas, centrándose en la Columna de hierro valenciana, que aprovechaba la debilidad del estado republicano y su incapacidad para mantener el orden y el respeto a la ley.  
Otro de los logros de Chaves es su manifiesta capacidad para presentarnos la enorme complejidad del bando republicano y de la violencia que en él se ejerce. Quizás la mejor muestra de ello es el carácter multifacético que adquiere la figura del miliciano en su obra. Hay milicianos arribistas, delincuentes y corruptos, auténticos asesinos; los hay también honestos y leales, cargados de dignidad; unos son ignorantes y fanáticos, otros idealistas y desinteresados; la valentía de unos contrasta con la marcada cobardía de otros. Por un lado, tenemos personajes como el corrupto y criminal Enrique Arabel, jefe de una checa en Masacre masacre; Carlos, fanático e intolerante líder sindicalista en El consejo obrero, o el Chino, un auténtico bandido, jefe de milicias anarquistas en La columna de hierro. Por otro lado, se nos muestra la dignidad del maestrito en La gesta de los caballistas, la honestidad y pundonor de Pepet, líder del Comité revolucionario de Benacil en La columna de Hierro, o el idealismo y compromiso del miliciano gigantón protagonista de Bigornia. Ni siquiera la ideología nos da pautas para clarificar la diversidad de tipos de milicianos, el bueno de Bigornia es anarquista, mientras los secuaces de la Columna de Hierro también lo son. Comunistas eran los paisanos de Benacil que se enfrentaron con arrojo y valentía a la barbarie de la Columna de Hierro, pero también lo era Carlos, el sectario y extremista dirigente del Consejo Obrero, o el miliciano Valero de Masacre, masacre, en el que se combinaba honestidad y fanatismo.

Milicias anarquistas en un vehículo de la C.N.T. en Barcelona. Al fondo las torres venecianas del recinto de la exposición de 1929. Fuente: conversacionsobrehistoria.



La visión proyectada por Chaves de la violencia republicana no solo desconcierta por su complejidad, sino que impacta por su sinceridad, conmueve porque no se ve manchada por las actitudes espurias de aquellos sectores obsesionados con justificar el golpe de estado de 1936 y la dictadura posterior, está muy lejos de la propaganda antirrepublicana que desarrolló el régimen franquista durante décadas o del actual "revisionismo" neofranquista, que con escaso rigor histórico lleva las últimas décadas generando, a partir de una seudohistoria cargada de mitos, una realidad ajustada a sus necesidades políticas. La franqueza de Chaves esta fuera de toda duda, él era un demócrata y un republicano confeso, su mirada crítica no podía estar contaminada por interés político alguno. 
Otro aspecto relevante, es que el autor nos muestra, más allá de la represión de la retaguardia, y además de forma reiterada y enfática, el caos imperante a nivel militar en el bando republicano, derivado de la evidente incapacidad militar de las milicias en el frente de combate y su escasez de armamento. La falta de disciplina y organización militar se traduce en auténticas desbandadas y actos de insubordinación que son protagonistas de relatos como Los guerreros marroquíes, El tesoro de Briviesca o Bigornia. Sin embargo, Chaves deja claro que tanto la escasa capacidad militar de los republicanos, como sus excesos represivos, derivan de la falta de un poder político fuerte y de la debilidad extrema del estado republicano, lo que favorecía el control real de la calle y el frente de combate por los grupos políticos obreros y sus milicias. Así queda explicitado en relatos como Masacre, masacre, Y a lo lejos una lucecita, El consejo obrero, pero sobre todo en La columna de Hierro.
Otro de los grandes aciertos de la obra de Chaves, es que lejos de mostrar la violencia de un solo bando, realiza un esfuerzo notable por presentarnos igualmente la realidad represiva y militar del bando rebelde. Y cuando la aborda, la observa también desde sus múltiples aristas, reflejando toda su complejidad. El autor sabe destacar la mayor capacidad militar del ejército sublevado, su disciplina y organización, ya sea en lo que respecta a las fuerzas militares (Tercio de la Legión o regulares marroquíes), como en lo relativo a los civiles armados (falangistas o las "huestes señoriales" de los terratenientes). Así se evidencia en relatos como Los guerreros marroquíes o La gesta de los caballistas. Por otro lado, Chaves se muestra especialmente impactado, como el resto de la población que habitaba en la zona republicana, por los intensos bombardeos que asolaban ciudades como Madrid.

El palacio de Torrecilla en la calle Alcalá de Madrid tras un
 bombardeo de la aviación franquista. F.: museoreinasofía.es
Por novedosos, resultaban especialmente inhumanos para una población que los recibía como un castigo incomprensible, como una violencia criminal y cobarde, ejercida además sobre civiles desarmados. No olvidemos, que es en la Guerra Civil Española cuando por primera vez en la historia se recurre al uso masivo de aviación pesada para bombardear la retaguardia del enemigo. Aunque la Segunda Guerra Mundial normalizaría tales atrocidades, en la Europa de mediados de los años 30 eran desconocidas. El impacto de los bombardeos sobre la población se traducía de inmediato en una fuerte indignación, lo que aumentaba las ansias de venganza de los sectores más afectados y la represión sobre el enemigo. La aviación de las potencias fascistas machacó literalmente las grandes ciudades republicanas como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao y un Chaves conmovido lo refleja en relatos como Masacre, masacre o El refugio. No es una casualidad que algunos de los momentos más intensos y dramáticos de la obra estén asociados a dichos bombardeos.
Chaves nos muestra también la brutal represión ejercida por el bando rebelde sobre los desafectos. En Viva la muerte se subraya el papel destacado de los falangistas en la represión franquista, papel derivado de su fuerte radicalización ya en los años de la República, en los que habían alcanzado un enorme protagonismo en las calles en su lucha frente a los grupos obreros. El hecho de que se sitúe en Valladolid es del todo acertado, porque nos relaciona con la fuerte represión ejercida por el franquismo en zonas donde la sublevación triunfó desde el principio y la fuerza del Frente Popular era limitada, una represión que, al contrario de lo pudiera parecer, llegó en algunos casos, como los de Navarra o Castilla, a ser bastante intensa. En dicho relato se muestran los clásicos fusilamientos realizados al caer la noche, que también aparecen en las últimas páginas de La gesta de los caballistas, donde se describen las clásicas sacas que se realizaban en las atestadas cárceles improvisadas de la zona franquista. Y es precisamente en La gesta de los caballistas, donde el autor vuelve a sorprendernos al abordar un tipo de represión pocas veces reflejado en la literatura y que resultó ser muy intensa en el suroeste español, envuelta de un barniz social muy llamativo. No debemos olvidar, que en las zonas jornaleras la represión franquista fue particularmente intensa, zonas en las que la injusticia social alcanzaba cotas inimaginables en cualquier otro lugar de Europa y donde la movilización campesina había crecido mucho durante la II República. Hablamos de Andalucía occidental o Extremadura y particularmente de provincias como Badajoz, Huelva o Sevilla, zonas latifundistas donde se multiplicaron las matanzas. La descripción que el autor hace en las primeras páginas del relato de la formación de una "hueste señorial" casi medieval, de amos y lacayos, es de lo mejor de toda la obra. El descarnado clasismo de la Andalucía latifundista se traduce en una fortísima represión por parte de los sublevados, con un carácter esencialmente ejemplarizante y aleccionador, que en esa zona estuvo muy vinculada, cuando no protagonizada directamente, a la oligarquía terrateniente.

Tocina (Sevilla), julio de 1936. En la calle Mesones, legionarios del ejército rebelde agrupan a los que van a ser asesinados. Fuente: Fototeca Municipal de Sevilla. Archivo Serrano.


Matizaciones a la visión de Chaves sobre la guerra

En próximas entradas tendremos la ocasión de demostrar que la secuencia y desarrollo de los hechos concretos narrados en A sangre y fuego no son del todo rigurosos. Aún así, y como hemos visto, está fuera de toda duda el carácter realista y sincero de la visión que Chaves nos ofrece de su eṕoca. Con todo, debemos introducir algunas matizaciones importantes que deberíamos tener muy en cuenta a la hora de abordar su obra, y que como ya hemos comentado, están muy relacionadas con el contexto concreto en que se escribieron los relatos. Si no lo hacemos, podemos desarrollar una visión distorsionada de la violencia ejercida por ambos bandos durante la guerra. 
¿Cuáles serían los efectos distorsionadores de la obra de Chaves? Chaves Nogales analiza la realidad desde la zona republicana, en la que vivía y trabajaba, la que más conocía y de la que más información tenía como periodista, y puede ofrecer menos testimonio de lo que ocurría en la zona ocupada por el ejército rebelde, como de hecho así hace. Sin pretenderlo, sobredimensiona la violencia en el bando republicano respecto a la ejercida en el bando franquista.
Por otro lado, Chaves llega a Madrid con el inicio de la guerra y abandona España tras la salida del gobierno republicano hacia Valencia a principios de noviembre, a mediados de dicho mes se traslada a Barcelona y después al exilio en Francia. Así pues, la realidad del bando republicano descrita por él abarca los tres primeros meses de la contienda, periodo de tiempo marcado por un estado de cosas muy diferente del que nos encontraremos a partir de entonces. En esos primeros momentos, y en medio del caos inicial, el estado republicano entraba en un proceso de descomposición, mientras las milicias obreras campaban a sus anchas y se hacían con la calle, adquiriendo además un total protagonismo en el frente. Ante la inexistencia de un ejército republicano, son ellas las que evitan el colapso militar de la República, pero también protagonizan escandalosas situaciones, producto de la falta de disciplina y organización (desbandandas multitudinarias, actos de insubordinación frente a los mandos, etc.). En la retaguardia, y ante la práctica inexistencia del gobierno legítimo, las milicias obreras llenaron el vacío de poder existente y se convirtieron en protagonistas de un proceso revolucionario que conllevó una fuerte represión. A partir de finales de 1936, la realidad política y militar se transformó con la creación en septiembre del gobierno de unidad del socialista Largo Caballero y la fundación en octubre de un ejército regular, el Ejército Popular de la República. Tales cambios tuvieron una inmediata repercusión en los frentes de combate, en los meses siguientes las milicias fueron absorbidas por el nuevo ejército y se instauró una estructura y disciplina militar, lo que redujo sensiblemente el caos inicial en las fuerzas republicanas. Las desbandadas y los excesos represivos en el frente fueron desapareciendo y situaciones como las descritas en El tesoro de Briviesca o Los guerreros marroquíes ya no serían posibles.

Azaña, Negrín y el general Miaja pasan revista a las tropas del ejército republicano en una visita al frente del centro en noviembre de 1937. Fuente: elespanol.com



Con la reconstrucción del estado republicano desde finales de 1936 y principios de 1937, la situación aún se transformó más en la retaguardia. Actuaban allí las checas, que como ya hemos esbozado con anterioridad, eran organizaciones que ejercían de forma incontrolada la violencia política en las ciudades republicanas, actuando a través de "policías" de partido que realizaban detenciones arbitrarias y "paseos", ejecuciones de carácter clandestino y sin formación de causa. En algunas de esas checas actuaron personajes indeseables cuya actividad no difería mucho de la delincuencia común, generándose en la retaguardia republicana un elevado clima de terror e inseguridad entre los enemigos de la República y los no afines al Frente Popular. Aunque, a lo largo de noviembre se produjeron las matanzas de Paracuellos del Jarama (a partir de las "sacas" de presos derechistas de las prisiones madrileñas), ya antes de diciembre la actividad de las checas se había reducido ostensiblemente, y con ella la frecuencia de los "paseos", hasta su práctica desaparición a en la primera mitad de 1937. El clima de exceso y violencia había sido objeto de preocupación de las autoridades republicanas de Madrid desde el principio, aunque fue Santiago Carrillo, Consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid (creada tras la salida de la capital del gobierno republicano) quien consiguió poner coto casi definitivo a los injustificables paseos. Paradójicamente, existe hoy un fuerte debate historiográfico sobre su responsabilidad, por activa o pasiva, en las matanzas de Paracuellos del Jarama. 
Hay algo que queda fuera de toda duda: cuando la violencia política del Madrid republicano evolucionaba hasta su casi desaparición, Chaves ya estaba fuera del país, siendo la mayoría de sus relatos escritos entre agosto y septiembre de 1936, cuando la actividad de las checas estaba en su cénit. Por tanto Chaves nos muestra la cara más violenta y caótica del bando republicano, aquella que sin desaparecer del todo, se vio en gran medida mitigada a posteriori, a lo largo del año 1937. Si es verdad, que el autor aclara una y otra vez que tal situación no es producto de la acción del gobierno, sino todo lo contrario, deriva de su incapacidad para actuar; pero el público en general, que suele desconocer la evolución del régimen republicano, puede llegar a la conclusión de que tal realidad fue la tónica dominante durante la II República.

Tras fracasar el golpe de estado en Guadalajara, un grupo de milicianos conducen al comandante Ortiz de Zarate, su cabecilla, para su fusilamiento. Fuente: pinterest


Muy al contrario, la violencia ejercida desde el bando rebelde no sufrió ningún cambio sustancial a lo largo del tiempo. La represión continuó en los territorios bajo control de los sublevados durante toda la guerra con verdadero ahínco, trasladándose a los territorios que paulatinamente se iban conquistando y manteniendo en dichas zonas una intensidad elevada. La razón es obvia. Al contrario que en la zona republicana, donde la represión fue dirigida por las milicias y no por el gobierno, los grandes protagonistas de la represión en la zona franquista fueron la falange y especialmente el ejército. Y es precisamente el ejército el que se hace con el control de la situación desde el principio en la zona sublevada, ejerciendo un control efectivo sobre las actividades políticas y represivas en su territorio. Aunque los excesos de los falangistas inquietaron en algunos casos concretos a las autoridades, por lo general, la violencia ejercida era controlada y promocionada desde el poder, con un estado articulado muy pronto como una dictadura militar caudillista. El carácter sistemático y organizado de tal represión queda fuera de toda duda, así como su prolongación en el tiempo a lo largo de la contienda civil y aún más allá de la guerra, durante la posguerra. Con meridiana claridad lo expresa Paul Preston, el autor de El holocausto español, cuando señala que "la violencia en la zona republicana venía desde abajo, en la zona rebelde venía desde arriba". 

En la foto el general Millán-Astray, escoltado por un mando falangista y otro carlista, sale del cuartel general de Franco en Cáceres. Los tres grandes poderes represivos del bando franquista quedan visibilizados en la foto.



Teniendo en cuenta todo lo comentado, y sin pretender, en modo alguno, subestimar la violencia republicana o establecer una dicotomía entre una represión "mala" y otra "buena", lo que en ningún caso es nuestro objetivo, hay que concluir que la violencia ejercida en el bando franquista tuvo un perfil diferente a la del bando republicano, tanto cuantitativa como cualitativamente. También debemos concluir que esa diferencia no se deduce de la lectura de la obra de Chaves, lo que por otra parte es comprensible, ya que él no es un historiador, sino un periodista, que muestra tan solo lo que ve en un momento determinado.
La apreciación de un perfil diferente en ambas violencias no solo se encontraría amparada por la historiografía más progresista, sino que es un principio aceptado por buena parte de los historiadores que han trabajado sobre el tema y los intelectuales que han reflexionado sobre la guerra, y evidentemente es rechazada abiertamente por el revisionismo neofranquista, que en realidad no es más que una reformulación de las mentiras y prejuicios pseudohistóricos de la historiografía franquista. Para ejemplificar esta hipótesis, podemos aludir a dos figuras que desde sus respectivos ámbitos, el literario y el histórico, son reconocidos por su no adscripción a ninguna tendencia ideológica, o en términos más burdos, a ningún "bando". El primero sería, como no, Arturo Pérez Reverte, al que ya nos hemos referido al inicio de esta entrada, cuando aludíamos a su reivindicación, tan obsesiva como pueril, de la denominada "Tercera España". El gran adalid de esa España neutral abocada a la guerra por los extremos, sacó a la luz en 2015 su muy divulgativa La Guerra Civil contada a los jóvenes, en la que su obsesión por la neutralidad le lleva a esforzarse hasta el extremo por ser equidistante. Quizás porque no soy joven, no leí su libro. Sin embargo, un alumno embarcado en su lectura me interpeló sobre él y decidí entonces leerlo para ofrecerle mi opinión como profesor. Aunque muchas de sus afirmaciones pueden ser discutibles, para mi grata sorpresa, en sus páginas quedaban reflejadas algunas de las ideas aquí expresadas respecto al diferente perfil de la violencia en ambos bandos. La percepción que de la violencia en la Guerra Civil tenía Reverte no difería en exceso de la de Paul Preston. Para Pérez Reverte "los dos bandos fueron atroces. Un bando por incultura y barbarie, y otro bando por política sistemática de terror". 

Un caso diferente es el de Enrique Moradiellos, al que muchos autodenominados "defensores de la Tercera España" perciben como un referente. Lo conozco personalmente y tuve el privilegio de trabajar junto a él en el Departamento de Historia Contemporánea de la UEX. Moradiellos no es adalid de nada ni de nadie, su único compromiso es con el oficio de historiador, de ahí su gran preocupación por la rigurosidad y el buen uso de las fuentes, así como con la neutralidad desprovista de prejuicios, desde la que el autor debe buscar la realidad de los hechos. En su obra, Moradiellos asume la diferente realidad política de las dos Españas, una siguió siendo, aunque con muchas dificultades, un régimen democrático y constitucional, otra era una dictadura militar caudillista; siendo consciente de que la violencia en uno y otro lado tiene diferentes rasgos, con un carácter más sistemático y regulado en el bando sublevado. A nivel cuantitativo, Moradiellos también observa nítidas diferencias, asumiendo además unas cifras de asesinados muy creíbles, alejadas de las de su maestro, Paul Preston, cifras que no contentan a nadie que con intenciones ideológicas quiera modelar la historia al servicio de sus intereses. En esas cifras, que refiere en su interesantísima obra divulgativa Historia mínima de la Guerra Civil, se mencionan 55.000 asesinados por el bando republicano frente a los 100.000 del rebelde, a los que habría que añadir otros 30.000 durante la posguerra. Como mínimo, en el transcurso de la guerra la represión franquista casi llegó a duplicar el número de muertes de la zona republicana, sin contar las tremendas matanzas de la posguerra.
Anthony Beevor, el gran historiador británico de la Segunda Guerra Mundial y autor de La Guerra Civil española señala:
"En una guerra civil, la labor de propaganda y el odio que desencadena es brutal. Luego está el miedo. El odio es el combustible y el miedo, el detonador. De pronto, aquellos que parecían pacíficos se baten llenos de ira. En los primeros meses de la guerra, ambos bandos actuaron con crueldad matando a miles de inocentes. Los republicanos intentaron poner orden en sus filas y evitar la barbarie. Los militares rebeldes, en cambio, alentaron el horror. Fueron inmisericordes, y la guerra la ganaron los que no tuvieron piedad".



sábado, 14 de noviembre de 2020

Las tres Españas de la Guerra Civil. Entre el mito y la realidad

Soldados regulares del ejército republicano escribiendo cartas a sus familiares. Para muchos, aquella mayoría de soldados de los dos bandos que fueron a la guerra forzados representaban el corazón de la Tercera España. Son los protagonistas de Soldados a la fuerza de James Matthews. Fuente: abc.es

En 1998, el gran hispanista británico Paul Preston publicaba su obra Las tres Españas del 36, en la que se recogían las biografías de algunos de los más destacados personajes de la época. Pretendía Preston mostrarnos la España en guerra como una realidad mucho más compleja de la que tradicionalmente había sido encorsetada bajo el tópico del país fracturado en dos bandos irreconciliables y extremos. No debemos olvidar, que durante décadas, la Guerra Civil había sido un campo abonado para los tópicos, convertida en un arma arrojadiza en manos de distintos sectores políticos e intelectuales, que llenos de prejuicios ideológicos, han querido estirar los hechos en mayor o menor medida, deformándolos en su beneficio. Casi desde un principio, los baluartes ideológicos de los vencedores y los adalides de los vencidos, generaron sus propios mitos, puestos al servicio no de la verdad, sino de una historia deformada que se ajustara a su propia visión de las cosas. En las últimas décadas, algunos de los defensores de la existencia de la Tercera España han seguido también la misma senda, acercándose a la realidad a partir de los estereotipos y generando sus propios mitos.

Los mitos de los vencidos

Francisco Largo Caballero en 1927. F.: elmundo.es
Los vencidos vieron crecer desde muy pronto en su seno una ardiente mitología al abrigo de una posición más cómoda a los ojos de la realidad democrática actual, la de la defensa de un régimen parlamentario como el de la Segunda República frente a un golpe de estado militar. Sobre la base indiscutible de que incluso durante la guerra, el estado republicano continuó siendo un régimen liberal democrático, determinados sectores generaron un discurso tan ficticio como simplificador que convertía a todos los que lucharon por la República en defensores de la opción democrática y reformista, cuando es bien sabido que muchos de ellos abogaban por la revolución social y que, por tanto, no eran precisamente demócratas en el sentido literal de la palabra. Algunos de esos sectores se mostraron claramente hostiles a la República desde su nacimiento, despreciando el régimen por reformista y burgués. Ese fue el caso del movimiento anarquista (especialmente las F.A.I.), que solo colaboró parcialmente con la República durante la guerra, sin dejar de mostrar su hostilidad hacia el régimen político vigente y poniendo siempre como prioridad sus objetivos revolucionarios. No fue este el caso, sin embargo, de los comunistas leales a Moscú o del sector más radicalizado del PSOE, liderado por Largo Caballero. El primero optó, siguiendo las premisas de la Internacional Comunista, por la colaboración con el régimen republicano desde 1936, formando parte del Frente Popular y participando en los gobiernos republicanos durante la guerra; el segundo colaboró con la opción republicana reformista durante el bienio social-azañista, siendo Largo Caballero ministro de trabajo, y aunque optó por una creciente radicalización en los últimos años de la II República, tuvo un papel muy destacado tras el golpe de estado, cuando Largo Caballero presidió el gobierno de unidad creado a partir de septiembre de 1936.

Carteles propagandísticos de la revolución anarquista. Fuente: solidaridadobrera.org
En consonancia con esta idea, desde estos ámbitos de opinión es frecuente minusvalorar o silenciar la violencia revolucionaria ejercida en el bando republicano, lo que convertía automáticamente al bando rebelde en el gran protagonista de la represión, que monopolizaría así los paseos de prisioneros o las cunetas llenas de cadáveres. Se olvida con demasiada frecuencia la intensa violencia ejercida contra el clero y la enorme pérdida del patrimonio artístico y cultural ligado a la Iglesia, así como la acción represiva de las milicias o la impune brutalidad desplegada por las checas en ciudades como Madrid o Barcelona. Para esta corriente de opinión, testimonios como los mostrados por el periodista republicano Chaves Nogales en algunos de los relatos que forman parte de A sangre y fuego, resultan un bautizo de realidad casi apabullante y desde luego ciertamente molesto, al mostrar de forma descarnada y desde una postura nada reaccionaria, la extrema violencia ejercida por algunos grupos en la retaguardia republicana. Esto explicaría que su obra quedara en el olvido tras la guerra, molesta para unos y otros, y que sobre su figura se cerniera una densa cubierta de desmemoria. 
Como complemento a la perspectiva tendenciosa que hemos esbozado, en ciertos sectores de la izquierda política e intelectual se instaló la idea gratuita de que el golpe de estado de julio de 1936 había representado el levantamiento de buena parte del ejército, convertido en brazo ejecutor de los intereses de las élites económicas, contra el pueblo español. Se identificaba así al pueblo con la clase trabajadora no propietaria (obreros, mineros, jornaleros, etc.), entre la que evidentemente la izquierda política, reformista o revolucionaria, tenía unos apoyos sociales masivos. De esta manera, se obviaba la verdadera realidad social de España, pues los rebeldes contaban con amplios respaldos sociales a lo largo y ancho del país, resultando mayoritarios en determinadas regiones y entre determinados grupos sociales, y no solo entre las clases altas y acomodadas. El paradigma de tales apoyos los encontraríamos en el mundo rural de Galicia, Navarra o Castilla la vieja, un universo tradicional y arcaico, definido por el predominio de la pequeña propiedad campesina. Tal realidad se evidenció en las elecciones de febrero de 1936, que aunque marcadas por la victoria rotunda del Frente Popular en escaños, también dejaron claro el patente equilibrio de fuerzas entre la derecha y la izquierda en lo respectivo al número de votos. Hay algo indiscutible: sin el apoyo de amplios sectores populares, jamás las candidaturas de la derecha hubieran alcanzado el respaldo electoral que obtuvieron en las elecciones de 1936.

Unos trabajadores festejan la victoria del Frente Popular en las elecciones de 1936. Fuente: elpaís.com



La fuerte proyección e implantación que en el conjunto de la sociedad y en amplios sectores del mundo cultural e intelectual, han tenido algunos de estos mitos nos lleva a dudar de que el viejo tópico de "la historia siempre la escriben los vencedores" se pueda aplicar a la Guerra Civil Española. El gran historiador británico de la guerra, Anthony Beevor, autor de La Guerra Civil Española, y de algunos de los mejores títulos sobre la II Guerra Mundial (Stalingrado o Berlín 1939-45), considera que nuestra guerra es una rara y fascinante excepción, una de las pocas guerras en las que los que perdieron contaron la historia de manera más eficaz. En muchos aspectos, los vencidos tuvieron más éxito que los vencedores a la hora de convertir su relato en el dominante. Con acierto, Beevor señala múltiples razones: por un lado la intensa actividad de corresponsales e intelectuales extranjeros en la zona republicana durante la Guerra Civil, por otro lado, la vinculación clara de Franco con las potencias fascistas derrotadas en la II Guerra Mundial, así como la brutal represión ejercida por el franquismo tras la guerra y su tajante negativa a cualquier proceso de reconciliación posterior, todo lo que terminó alejando a los sectores liberales y democráticos del relato franquista del conflicto.

Los mitos de los vencedores

Los vencedores tuvieron cuarenta años de dictadura para edificar y consolidar toda una arquitectura mitológica sobre la guerra. De hecho, todavía hoy, los mitos históricos dominantes en amplios sectores de la derecha española siguen enraizados en la historiografía franquista y han encontrado una enorme repercusión gracias a la obra de "revisionistas" como Pío Moa, que en realidad no han hecho más que reformular los viejos mitos de la dictadura. En las últimas décadas, y hartos del que ven como un intolerable revanchismo de la izquierda política, amplios sectores sociales próximos a la derecha y la ultraderecha han demandado una historia hecha a la medida de sus certezas. Sin complejos de ningún tipo, un ejército de publicistas liderados por Pío Moa la ha elaborado y expuesto con sobrada maestría. Después de 40 años de dictadura ejerciendo el papel de "buenos", eran muchos los que empezaban a revolverse ante la posibilidad creciente de terminar siendo los "malos", y la obra de Moa les ha venido como anillo al dedo, como un salvavidas en la zozobra de la tempestad. 
No nos debe extrañar, por tanto, que Pío Moa alcanzara en 1999 el estrellato editorial con su primer gran éxito, Los orígenes de la Guerra Civil, y que desde ese momento cada uno de sus libros se convirtiera en un superventas, incluido su mediático Los mitos de la Guerra CivilEn sus obras, Pío Moa ha desmontado sin miramientos buena parte de los enormes avances realizados por una potente historiografía, conformada a partir de autores extranjeros y españoles, que ya desde la época de la dictadura, pero sobre todo a partir de la transición, habían desplegado un enorme trabajo histórico sobre la Guerra Civil. Como el "populismo" en política, su propagandística ofrecía al lector aquello que quería leer, le brindaba una historia a la carta, ajustada a sus prejuicios y exigencias ideológicas, optando necesariamente por simplificar al extremo lo que era una realidad muy compleja. 
Esta visión neofranquista está plagada de mitos. Se sobredimensiona hasta el esperpento la barbarie revolucionaria vivida en la retaguardia republicana, así como el papel represivo de las checas, mientras se minimiza la represión franquista, convertida, desde una óptica justificadora, en una respuesta a la inicial violencia ejercida desde el bando republicano. Se olvida con descaro que es el golpe de estado de 1936 el que da comienzo a la guerra, y que como es obvio, un golpe de estado militar es intrínsecamente un acto de violencia en sí mismo. Y es que el principio rector de esta mitología es que la guerra resultaba ya inevitable y que había comenzado en 1934, a raíz de los acontecimientos que desembocaron en la revolución de Asturias y la rebelión de la Generalitat, lo que convertía a la izquierda automáticamente en "culpable", situando su supuesto sectarismo en el origen del conflicto. Semejante afirmación, es más que discutible, por mucho que la violencia de la revolución de Asturias y la brutal represión posterior desencadenara un profundo proceso de polarización política y social. Sobre dicha lógica, el origen de la guerra podría ubicarse antes, pues el país ya se hallaba en un marcado proceso de polarización social y política a raíz de la paralización de las reformas del primer bienio tras la llegada del centro-derecha al poder (el ejemplo más paradigmático serían las enormes tensiones sociales que se vivían en el sur latifundista). Y si hablamos del cuestionamiento del orden político vigente, este no sufrió su primer intento de alteración con la revolución de Asturias, sino con el golpe de estado de Sanjurjo de 1932. Al final, toda esta lógica pervertida y justificadora del golpe militar, nos podría llevar a encontrar el origen de la guerra en la Constitución de 1931, con su supuesto carácter “sectario” y la violencia anticlerical de mayo de 1931, o en el propio nacimiento de la República, que algunos sectores llegan a deslegitimar como un proceso insurreccional no democrático.

La célebre foto de la revolución de 1934 que todos conocemos no corresponde a mineros Asturianos, sino que se sitúa en Brañosera,en la motaña palentina. Fuente: palencia.cnt.es (archivo Fernando cuevas).


Cartel propandístico del Frente Popular. F.: Pinterest 

En un intento más de invalidar el régimen republicano y negar el carácter democrático de la izquierda política, la corriente neofranquista actual ha centrado sus esfuerzos en el cuestionamiento de la victoria electoral de la izquierda en las elecciones de febrero de 1936. La lógica es aplastante: si existió fraude electoral, la legitimidad del golpe de estado posterior quedaría fuera de toda duda. Si en 1938 Serrano Suñer llegó a montar una comisión de juristas que denunció la manipulación electoral de la izquierda en las elecciones de 1936, en las últimas décadas han sido muchos autores los que han recogido su testigo. Muchos creyeron que la verdad de los hechos se zanjaba definitivamente con la estudio de Manuel Álvarez y Roberto Villa 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular. Un trabajo  elaborado y serio, sobre todo en lo relativo a las fuentes, realizado por autores ajenos a la publicista neofranquista, aunque no carentes de evidente sesgo (obsérvese los términos "elecciones del Frente Popular"), que la derecha mediática e historiográfica de este país no dudo en convertir en una sentencia final. El mito se convertía en una realidad inapelable a la luz de los datos. Sin embargo, la realidad vuelve a revolverse contra los deseos y la ficción: que hubo fraude y violencia es innegable, que ese fraude no fue un pucherazo generalizado lo reconocen hasta los propios autores del libro. Y si algo evidencia la obra es la incapacidad de sus autores para demostrar que de dicho fraude se pueda derivar un supuesto vuelco electoral a favor del Frente Popular. Al contrario de lo que afirma César Vidal, gran baluarte del neofranquismo, la victoria del Frente Popular no fue una combinación de violencia y fraude, aunque ambos existieran y permitieran una victoria más abultada de la coalición de izquierdas de la que realmente hubo. Las elecciones fueron esencialmente democráticas para los canones del periodo entreguerras y no existió un pucherazo generalizado que permitiera blanquear el golpe de estado posterior. Si la derecha perdió las elecciones fue por la enorme movilización de la clase obrera y por su  división política en distintas candidaturas.
Estamos, pues, ante un reduccionismo tendencioso que impone una imagen esencialmente revolucionaria del bando republicano, obviando las bases democráticas de la victoria electoral del Frente Popular y desde luego la pervivencia, aunque con enorme fragilidad, del régimen democrático republicano hasta el fin de la guerra. Se omite con premeditación la lealtad de amplios sectores reformistas republicanos y socialistas moderados a dicho régimen, aún a pesar del proceso revolucionario vivido en su interior una vez iniciado el conflicto militar. Olvidando la compleja realidad política del PSOE y la diversidad de sensibilidades que en él convivían, se focaliza interesadamente la atención en la figura de Largo Caballero y su deriva revolucionaria a lo largo de la II República, pues resulta una pieza fundamental para argumentar el supuesto proceso revolucionario en ciernes ya antes incluso de 1934 y contra el que el golpe de estado resultaría ser el único muro de contención. En la medida de lo posible, la retórica de agitador del líder socialista es descontextualizada, mientras se pasa por alto las crecientes tendencias golpistas de la derecha monárquica de Calvo Sotelo o la clara evolución de la CEDA de Gil Robles hacia posturas autoritarias. La idea central debía quedar clara: el golpe de estado fue inevitable y necesario ante el proceso revolucionario que se iba a imponer en España. César Vidal lo resume con su habitual tremendismo: "la Guerra Civil pudo haberse evitado incluso después del pucherazo si el Frente Popular no hubiera decidido ir, en palabras del socialista Largo Caballero, hacia la dictadura el proletariado" (actuall.com, 15/03/2017).
Desde los postulados de esta perspectiva deformada, que retrotrae la guerra al 1934, hasta cobraría sentido esa aberración judicial que se pudo vivir en la España franquista durante el conflicto y en la posguerra, esa especie de "justicia al revés" ejercida por la dictadura, cuya jurisdicción militar y jurisdicciones especiales recurrieron a tipos delictivos relativos al delito de rebelión para condenar a sus víctimas (adhesión a la rebelión o auxilio a la rebelión). Se materializaba así el mayor de los absurdos, los verdaderos rebeldes castigaban por delito de rebelión a quienes habían permanecido fieles y habían defendido al legítimo gobierno.
La derecha neofranquista, presa de cierta desesperación, muestra una auténtica obsesión por ganar la batalla del relato, es como si las archiconocidas palabras lanzadas por Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, "Vencer no es convencer",  atronaran día tras día en su subconsciente. La victoria militar de sus ancestros no fue suficiente, necesitan "convencer" a toda costa y se han puesto a ello con verdadero ahínco. Sin embargo, la determinación en la defensa de algo, no lo convierte de forma mágica en verdad, y los mitos de los vencedores se estrellan una y otra vez contra el muro de los acontecimientos. A pesar de la creciente polarización social y política en que se vio inmersa la II República, no debemos olvidar que la guerra comienza en 1936 con el golpe de estado y no antes. Tampoco debemos olvidar que las claves de dicho golpe se encuentran en la evolución de los acontecimientos de los meses anteriores, desde principios de 1936, con la victoria del Frente Popular en unas elecciones libres y democráticas, aunque celebradas en un ambiente de máxima tensión y elevada violencia. La verdad era que el gobierno surgido de esas elecciones y sostenido en el parlamento por el Frente Popular, era reformista y no revolucionario, que puso en marcha una intensa política que nunca se apartó de la senda reformista, que el movimiento anarquista volvió muy pronto a la senda insurreccional y que el largo-caballerismo no formó parte en ningún momento de dicho gobierno. La guerra nunca fue algo inevitable, fue producto de una acción decidida y estudiada, que se produjo ante un gobierno legal y legítimo que había ganado las elecciones en las urnas y que no estaba en manos de sectores revolucionarios. Esa es la realidad y no otra.

Los mitos de la Tercera España

Manuel Chaves Nogales. Fuente: elpaís.com
Existe una tercera mitología, mucho menos reconocida, la que han desarrollado en los últimos tiempos algunos de los baluartes intelectuales de la Tercera España. Ya el uso de dicho término, en el sentido en que frecuentemente se ha utilizado, es muy cuestionable, pues se nutre de la división maniquea de las dos España machadianas para crecer y fortalecerse. Esa Tercera España tan en boga hoy, encontraría sus referentes históricos en figuras de la eṕoca como Salvador de Madariaga, Menéndez Pidal, Alcalá Zamora, Ortega y Gasset o Sánchez Albornoz, y como veremos en la siguiente entrada de este blog, se sentiría plenamente identificada con la postura moral e intelectual del periodista republicano Chaves Nogales. Descubierto y reivindicado por el autor de Las armas y las letras, Andrés Trapiello, hoy se ha convertido en el gran icono del "terceraespañolismo" (palabro que, ante la necesidad, he decidido inventar) a partir de una de sus obras más destacadas, A sangre y fuego, formada por varios relatos en los que describe con increíble crudeza la violencia ejercida por los dos bandos durante la guerra.
Algunos de estos adalides de la Tercera España, obsesionados con posicionarse entre ambos bandos, describen la realidad desde una equidistancia forzada y no dudan en deformarla y estirarla si con ello consiguen situarse en la ansiada posición intermedia. Traicionan la objetividad que reivindican, al no entenderla como la falta de prejuicios y la preocupación por un análisis riguroso y neutral, sino como la homologación estricta de los dos bandos, labor que convierten en su meta final. Se empecinan en repartir "culpas" por igual, como si de eso se tratara, en lo que es un esfuerzo simplificador que implica no reconocer la existencia durante la guerra de dos regímenes de naturaleza diferente y opuesta, una dictadura militar caudillista, que inicialmente tomó un perfil fascista, y un régimen liberal democrático, que aunque frágil, pervivió hasta 1939; y en coherencia, reconocer también, que la violencia ejercida fue de naturaleza diferente, porque ambos marcos políticos no podían generar ni amparar los mismos procesos represivos. Presos de sus propios prejuicios, desprecian las diferencias políticas internas de los dos bandos en guerra y simplifican al extremo la realidad al definirlos con homogeneidad, lo que resulta especialmente chirriante cuando obvian la marcada complejidad interna del bando republicano, en el que convivían sectores insurreccionales y revolucionarios con otros liberales y democráticos. Ese reduccionismo simplificador les permite definir los dos "bandos extremistas" como realidades consistentes, para así poder definir su propia opción. Si cada uno de los viejos bandos en conflicto acusa al contrario, ellos acusan a los dos por igual.

Las obras de Riera o Trapiello son una referencia para los defensores de la Tercera España.
La idea es simple: un reducido grupo de extremistas condujo a una amplia mayoría a la matanza. Así, tal cual, la expone uno de los grandes publicistas de la Tercera España, Joaquín Riera, en su La Guerra Civil y la Tercera España, con un subtítulo más que aclaratorio: De como unas minorías extremas nos llevaron a la guerra. En esa misma línea, Andrés Trapiello, otro de los grandes patrocinadores del "terceraespañolismo", define la Tercera España como "aquella que hubo de elegir bando a la fuerza, sin que ello significara que de haber elegido el contrario estaría también a gusto en él. La tercera España es la que acabó sometida a cualquiera de las otras dos, y en definitiva, la silenciada, la mayoritaria." Trapiello parece olvidar que en las elecciones de 1936 la movilización política fue muy elevada y que votó cerca del 75% de la población. Aquella España se mostró polarizada y no precisamente, y de manera maniquea, entre revolución y reacción, porque el programa del Frente Popular no era precisamente revolucionario. La ligereza con que Trapiello utiliza los términos “silenciada” o “mayoritaria” resulta cuando menos asombrosa y recuerda a la terminología invocada en Cataluña tras los acontecimientos de octubre de 2017, que llevaron al referéndum de autodeterminación y la posterior declaración de independencia de Cataluña. Amplios sectores del "españolismo" político acuñaron entonces el término “mayoría silenciosa” para referirse a todos aquellos que eran ajenos al procés independentista, pero que no se habían mostrado activos políticamente contra él y beligerado en apoyo de las instituciones del Estado, deduciendo además, con asombrosa arrogancia, la postura política que respecto a la independencia tenían aquellos que se abstenían. La prensa "españolista" y los autodenominados "partidos constitucionalistas” elevaron a los altares de los medios de comunicación la nueva "ocurrencia" mediática, surgida tiempo antes, en los orígenes del procés. Las elecciones de diciembre de 2017, en medio de una polarización y movilización política sin precedentes, acabó con el mito e impuso la realidad. Con la mayor participación de la historia, en torno al 80%, los independentistas obtuvieron 70 de los diputados frente a 57 de los partidos constitucionalistas, quedando al margen de dicha dinámica los 8 escaños de Comú-Podem, que se oponían a la independencia pero hacían suyo el derecho a la autodeterminación. El mito se diluía como un sueño, y llegada la hora, la mayoría silenciosa (para algunos "silenciada" por la represión nacionalista) no terminaba de salir de su silencio porque sencillamente no existía.
Es en este mismo sentido, en el que algunos intelectuales se atreven a edificar la idea de una Tercera España, definida como inmaculada y democrática, diferenciada de las otras dos Españas, violentas y autoritarias, a partir de lo que era un cajón de sastre en el que cabría lo más variopinto: los sectores políticos reformistas de derecha e izquierda, los sectores del centro político republicano, los decepcionados y desengañados de uno y otro banco (aquí estaría, por ejemplo, Chaves Nogales), los abstencionistas, los apolíticos por convicción y los apolíticos por ignorancia, los apáticos y los  indolentes, etc. Concebir a esa amalgama como una "mayoría silenciosa" o "silenciada" es cuando menos arriesgado, y en realidad, resulta tan tópico como absurdo. Y me pregunto, según estos "terceroespañolistas", ¿Qué era mi abuelo? Jornalero sin estudios, pero un hombre sabio, nada ignorante, interesado por la política y lector de prensa, persona de izquierdas, de mentalidad anticapitalista, creía sin tapujos en una sociedad comunista, aunque no militaba y no se adscribía a ningún partido. Preocupado por la justicia social, despreciaba la desigualdad brutal del campo extremeño en que vivía. Sin embargo, desdeñaba el radicalismo revolucionario en las formas, rechazaba las actitudes insurgentes del largo-caballerismo, que tanta implantación social tenía en su comarca (el área de Brozas, Arroyo de la Luz y Malpartida de Cáceres). Cuando estalla el conflicto civil no es represaliado aunque si "vigilado" y es incorporado en leva al ejército franquista, en el que participó en la guerra. Tras ésta, él y su familia experimentaron la opresión y la miseria que se cernió sobre el campo jornalero del suroeste español. Ni mi padre, ni mi abuelo se sintieron nunca parte de ninguna Tercera España, eran tan pobres como conscientes de su situación, se sintieron siempre como vencidos. En definitiva, definir dos bloques homogéneos de extremistas es tan maniqueo como introducir otro intermedio, el de la "gente normal" que se vio arrastrada hacia la guerra, y además, atreverse sin tapujos a otorgarle un carácter mayoritario. Una vez más, se simplifica la realidad para ajustarla mejor a los prejuicios previos.

Cartel de propaganda del Ejército Blanco
en la Guerra Civil Rusa. F.: app.emaze.com
No solo la española, la mayoría de las guerras civiles van mucho más allá del simple enfrentamiento de dos bandos bien definidos, superando también en complejidad el esquema simplón de la existencia de una supuesta mayoría intermedia, traicionada y arrastrada hacia la violencia por la evolución de los acontecimientos. En este tipo de conflicto se mezclan los más diversos antagonismos, mientras se confunden intereses y opciones ideológicas distintas, todo aderezado con la injerencia extranjera, conformada en forma de potencias carroñeras en defensa de sus propios intereses. Pongamos el ejemplo de la otra gran guerra civil de la Europa del siglo XX, la Guerra Civil Rusa, que hemos analizado en dos entradas de este mismo blog (La guerra civil rusa (I): operaciones bélicas y dimensión militar del conflicto y La Guerra Civil Rusa (II): causas de la victoria roja y consecuencias del conflicto). Son muchos los que reducen el enfrentamiento civil ruso a un combate fratricida entre los ejércitos rojo y blanco, entre la revolución y la reacción. Algunos van más allá, y entre los blancos, delimitan las sensibilidad liberal de los Kadetes respecto al autoritarismo zarista de los generales que lideraron el movimiento, el caso de Denikin o Kolchack, prefieren hablar así de revolución frente a contrarrevolución. Sin embargo, la guerra civil rusa va mucho más allá de esta visión tan simple como convencional, cualquiera que estudie en profundidad el conflicto descubrirá que son muchos los escenarios y los actores. Por un lado, están los bolcheviques, revolucionarios y comunistas, cuyas bases sociales son los obreros urbanos; por otro lado, están los socialrevolucionarios, la gran fuerza socialista campesina y, por tanto, la mayoritaria en un país eminentemente agrario. Enfrentados a los bolcheviques y hostiles a los zaristas, fueron incapaces de articular una alternativa militar, a pesar del apoyo inicial de los checos, prisioneros de la Gran Guerra, que terminaron siendo una pieza clave en el conflicto. Los socialrevolucionarios no era homogéneos y gran parte de la corriente socialrevolucionaria de izquierda colaboró con los bolcheviques durante la guerra. A semejante cóctel hay que agregar el socialismo más moderado, el de los mencheviques, que ya en los inicios del conflicto había caído en una posición marginal, y por supuesto, el anarquismo, que se había hecho fuerte en el este de Ucrania e hizo la guerra por su cuenta y contra todos, aunque llegó a colaborar con los bolcheviques en momentos muy puntuales. En el ámbito ideológico opuesto estaría el viejo zarismo, que pronto monopolizó el control de los ejércitos blancos desplazando a los liberales Kadetes. La columna vertebral de sus ejércitos lo formaban las huestes cosacas, con las que no faltaron tensiones, derivadas de las aspiraciones particularistas de los cosacos. Sobre esta batalla política, se superponían las luchas nacionalistas y las pretensiones independentistas de muchos de los pueblos del Imperio ruso. Los nacionalistas polacos o ucranianos, aunque próximos ideológicamente a los zaristas, no colaboraron con ellos debido a las posturas centralistas de estos últimos; los caucásicos ansiaban su independencia, mientras los tártaros de la Rusia europea recelaban de rojos y blancos y cambiaban de bando a conveniencia. Toda esta realidad se veía aderezada por la injerencia de las potencias extranjeras, que invadieron amplias zonas del Imperio. Como podemos ver, había muchas "Rusias" en guerra.
En busca de nuevos ejemplos, podríamos saltar un siglo en el tiempo, centrando nuestra atención en la que es la gran guerra civil del siglo XXI, la de Siria. Convergen en ella cuatro dimensiones, la política, la socieconómica, la religiosa y la étnica. La guerra nace como una revuelta popular frente a la dictadura de Bashar al-Asad, con exigencias de democracia y de mejoras sociales con las que hacer frente a la crisis económica. Lo que parecía una lucha entre dictadura y democracia, se torna pronto en una pugna entre el laicismo (el de al-Asad es un régimen laico) y el fundamentalismo islámico, cuando los supuestos sectores democráticos se desvanecen ante la irrupción del islamismo radical que canaliza la revolución popular, lo que queda evidenciado en la irrupción y expansión del Estado Islámico en el este del país. Pronto la lucha cobra una nueva dimensión, la eterna rivalidad interna del Islam: la lucha entre chiísmo y sunnismo encuentra en Siria un nuevo escenario, pues al-Asad representa a la minoría chií frente a los grupos yihadistas, de confesión sunní. El conflicto religioso se complica cuando la minoría drusa y cristiana se vuelcan en apoyo del régimen, ante la política de exterminio de las otras confesiones religiosas puesta en marcha por los islamistas radicales. Por si fuera poco, la situación se complica con la minoría étnica turcomana del norte, opuesta al régimen de Damasco, y la irrupción de los kurdos como gran fuerza militar, cuyas tendencias centrífugas los convertirá en opositores al régimen, a la vez que en el gran baluarte frente a la barbarie del Estado Islámico. Dentro de la minoría drusa no han faltado las disensiones internas, mientras los grupos fundamentalistas sunníes han rivalizado con frecuencia entre sí. Para más complejidad, las grandes potencias mundiales como Rusia o Estados Unidos, y las regionales como Turquía, Arabia Saudí o Irán, se han volcado en la guerra, siempre en defensa de sus intereses estratégicos. Y en medio, millones de personas que han buscado amparo en el extranjero para salvar la vida. ¿Existen dos Sirias enfrentadas? ¿Conformarían los millones de desplazados internos y los millones de refugiados en el exterior una Tercera Siria? Después de lo que hemos comentado, la respuesta a las dos preguntas es obvia: no. Como también es obvio el hecho de que el conflicto sirio es demasiado complejo, que no encaja bien en esquemas simplistas, ni se somete con facilidad a los tópicos. 

Refugiados sirios se agolpaban ante la frontera de Turquía huyendo de los combates (2016). Fuente: elespanol.com









Lejos de los mitos

Lejos de todos los mitos, de los de unos y otros, y también de los de aquellos que se sitúan entre ambos, están buena parte de los historiadores con oficio, con tendencias ideológicas diversas y a veces enfrentadas, pero alejados de juicios maniqueos. Solo son fieles a su trabajo. Para ellos, una guerra civil como la española es siempre una batalla compleja y múltiple y no se somete con facilidad a esquemas simples. Lo resume bien Santos Juliá en su Un siglo de España. Política y sociedad al señalar que "Lo que ocurrió fue desde luego una lucha de clases por las armas, en la que alguien podía morir por cubrirse la cabeza con un sombrero o calzarse con alpargatas los pies, pero no fue en menor medida guerra de religión, de nacionalismos enfrentados, guerra entre dictadura militar y democracia republicana, entre revolución y contrarrevolución, entre fascismo y comunismo". 

Alejado de la percepción simplista de las tres Españas de la que alardean Trapiello o Riera, el historiador Enrique Moradiellos refiere la existencia de tres proyectos políticos bien definidos que, en su obra 1936. Los mitos de la guerra civil, concibe como tres proyectos de reestructuración del estado y de las relaciones sociales, tres opciones ideológicas definidas por las "tres Erres" políticas que definieron el periodo entreguerras, tanto en España como en Europa: Reforma, Reacción y Revolución. Para Moradiellos, la España de la época no estaba marcada por una lucha dual, sino por una pugna triangular que se evidenció con fuerza durante el primer bienio reformista de la II República, cuando el gobierno reformista de Azaña sufrió un duro desgaste que tuvo que ver “con el renovado fuego cruzado que supuso la intensificación de la tenaza creada por el insurreccionalismo anarquista y por la resistencia parlamentaria conservadora y reaccionaria". Siguiendo a Moradiellos, durante el bienio de derechas, el reformismo democrático se fue acercando a un dilema crucial que lo fracturó, aquellos en los que predominaba el temor a la reacción frente al miedo a la revolución continuaron su cooperación con el socialismo, aquellos que tenían más miedo a la revolución que temor a la reacción se acercaron a la CEDA y la derecha política. Pero esas fracturas también afectaron a los extremos, de forma que el PNV se aproximó a los sectores reformistas republicanos y terminó abandonando su alianza con el tradicionalismo carlista, mientras el comunismo próximo a Unión Soviética (P.C.E.) optaba por la cooperación con los sectores reformistas, lo que se evidenció a través de su participación en el Frente Popular y más tarde, durante el conflicto civil, en los gobiernos republicanos, mientras rechazaba abiertamente priorizar la revolución frente a la acción militar.

Los carteles nos muestran los tres proyectos ideológicos que se desarrollaron durante la II República
 y que entraron en conflicto durante la Guerra Civil: Revolución, Reforma y Reacción.


De lo que no hay duda, mal que les pese a los adalides de la Tercera España, y por supuesto, a los de la España franquista, es que amplios sectores reformistas y democráticos formaron parte del Frente Popular, cuya base siguió siendo, como en el caso del gobierno del primer bienio republicano, su alianza con los sectores moderados del PSOE. Es incuestionable que en el Frente Popular estaban el largo-caballerismo y los comunistas, pero también lo es que la mayoría de sus diputados, tras las elecciones de 1936, pertenecían a opciones reformistas y no revolucionarias, que su programa político era reformista y no revolucionario y que el proceso revolucionario que se desarrolló, comenzó una vez iniciada la guerra y no antes. También es irrefutable que la República en guerra nunca dejó de ser un estado liberal y democrático. Aunque el peso creciente durante la guerra de las fuerzas revolucionarias fue llevando a los sectores reformistas a una posición cada vez menos relevante, los republicanos de izquierda nunca dejaron de estar presentes en los gobiernos de la República en guerra, tanto durante la etapa de Largo Caballero como en la de Negrín. Y es que, mientras la opción reformista más conservadora se diluyó tras el golpe de estado, no lo hizo la progresista, que mantuvo su proyecto reformista y democrático vivo en el régimen republicano. En palabras de Anthony Beevor (entrevista en El País de septiembre de 2005): "Dentro de la República convivían posturas, ideas y objetivos muy diferentes. En el bando nacional, todos eran conservadores, todos eran centralistas, todos eran autoritarios. Entre los otros, en cambio, había centralistas y autonomistas, partidarios de un estado fuerte y partidarios de que no hubiera Estado, había moderados y extremistas...Convivían posturas distintas que tenían ideas diferentes de la guerra". 
Terminamos con una certera sentencia de Enrique Moradiellos (entrevista en el Confidencial de julio de 2016). En muy pocas palabras, el historiador asturiano ha sido capaz de resumir con precisión la complejidad extrema de la Guerra Civil, truncando el tradicional dualismo maniqueo, pero también el simplón "terceraespañolismo" que algunos autores han construido sobre bases muy débiles:

“En resumen: la guerra empezó en julio de 1936 por un golpe militar reaccionario parcialmente fallido en la mitad del país y se convirtió en una prueba de fuerza de reaccionarios contra una combinación inestable y precaria de reformistas y revolucionarios. Esa es la triste y compleja verdad de los hechos.”