BLOG DE JOSÉ ANTONIO DONCEL DOMÍNGUEZ (I.E.S. LUIS CHAMIZO, DON BENITO, BADAJOZ)

viernes, 9 de abril de 2021

"La Columna de Hierro". Análisis histórico de "A sangre y fuego" de M. Chaves Nogales (IV)

Cartel de la Columna de Hierro. F.:laguerracivilenaragon.blogspot.com
Sin lugar a dudas, La Columna de Hierro es el peor de los relatos que integran la obra A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales. Todas las debilidades narrativas del autor se condensan en un cuento de narración tan rápida como simple, con un estilo facilón y personajes tan insostenibles como faltos de vida, ejemplificados en las figuras del aviador inglés, Jorge, y de Pepita, una supuesta chica de vida alegre pero que termina revelándose, de la manera más inconsistente, como una infiltrada "fascista".
Cartel de la Columna de Hierro. F.: archivoIR.com
El autor nos narra la historia de un piloto inglés que en un music-hall se divierte borracho en compañía de una muchacha llamada Pepita. La entrada violenta en el local de los anarquistas de la Columna de Hierro rompe el momento de diversión y jarana. Ambos terminan incorporándose a la columna miliciana, descrita por el autor como una auténtica turba de matones y delincuentes encabezada por un desalmado al que llamaban "el chino" y que se dedica a recorrer la retaguardia levantina saqueando y matando a diestro y siniestro. En el pueblo de Benacil, los comunistas y los republicanos del comité revolucionario, dirigido por el viejo Pepet y el joven Tomás, se enfrentan a la columna y sus desmanes, especialmente cuando los anarquistas pretenden fusilar a los presos derechistas allí recluidos por el comité. Pero en la prisión, los hombres de la columna son cercados y atacados por los milicianos del pueblo y se ven obligados a huir. Con aquellos que se dan a la fuga, van Pepita y el aviador, que descubre como su compañera de aventuras era realmente una infiltrada del bando rebelde. Él abandona el grupo cuando huyen de Benacil, pero ella permanece en la columna anarquista. La narración termina con el ataque a las fuerzas de la Columna de Hierro por parte de la aviación republicana.

Sede de la Columna de Hierro en Valencia. Fuente: rebelionenlagranja.net 

A la hora de valorar la historicidad de los hechos narrados, de nuevo debemos poner reparos y cuestionar su veracidad. Una vez más, los acontecimientos son modificados, mezclados y simplificados. A grandes rasgos, se puede afirmar que los sucesos narrados por Chaves ocurrieron, pero los hechos se mezclan y fusionan de manera parcialmente ajena a la realidad, aunque posiblemente con la honesta intención de hacerlos más accesibles al lector común.
El inicio del relato encaja con la realidad sin problema alguno. Chaves señala que el piloto inglés, Jorge, tenía su base en Albacete, y en efecto, en dicha ciudad estaba una de las grandes bases aéreas de la República, la que después, con el franquismo, se convertiría en la actual base de Los llanos. En la base aérea de Albacete tenían su sede las Brigadas internacionales, formada por voluntarios antifascistas que habían llegado a España bajo el amparo de la Internacional Comunista, sin embargo, entre sus integrantes no se contaban pilotos de aviación. A pesar de todo, la figura de Jorge se ajusta a la realidad: en la base de Albacete hubo pilotos extranjeros que vinieron a luchar como voluntarios y que lo hicieron por su cuenta, al margen de las Brigadas Internacionales. Aunque, a partir del otoño de 1936, la Unión Soviética mandó gran cantidad de técnicos, así como aviones y pilotos, siempre hubo en Albacete un reducido número de voluntarios de otras nacionalidades. 
No parece tampoco muy lejos de la realidad la escena inicial en la que los milicianos entran en el music-hall. La España de los años 30 había visto crecer los espacios dedicados a las variedades, music halls y cabarets, que en Valencia estaban muy en boga con locales como el Shanghai, Bataclán o Eden Concert. La presencia de milicianos en dichos locales durante la guerra era asidua y de hecho, sindicatos como la CNT o la UGT  solían poner por entonces carteles que llamaban al comportamiento responsable de los milicianos. Durante la Guerra Civil, en la sala Bataclán un cartel rezaba: "Camaradas, respetad a los artistas, que están trabajando".

Milicianos de la Columna de Hierro. Fuente: petreraldia.com

Pero el eje central del relato es la crítica feroz a la violencia brutal de las columnas anarquistas, al caos que reinaba en su seno y a la mezcla letal entre fanatismo ideológico y delincuencia común que, para el autor, formaban el batiburrillo de sus milicias. En aparente contradicción con la figura de esta especie de miliciano-delincuente, que ya vimos en Masacre, masacre; en el relato aparece la figura del miliciano concienciado y honrado, personificado en campesinos humildes y honestos, gente trabajadora y comprometida con la República o la Revolución, personaje que volveremos a ver en otros relatos como Los guerreros marroquíes. Este buen miliciano aparece en el texto como el defensor de la legalidad republicana frente a los criminales que utilizaban la ideología como excusa para matar y robar. Ambos son una proyección de la dualidad de poderes que en todo momento aparece en el conjunto de los relatos y que el autor remarca continuamente, aunque lo hace especialmente en este cuento. Por un lado, la existencia de una violencia caótica, al margen y con frecuencia enfrentada con el poder legal y legítimo, el estado republicano; por otro lado, una gobierno incapaz de imponer su autoridad y poner coto a los desmanes de los muchos desalmados que controlan la calle. Ese rasgo tan característico de la violencia en la zona republicana, es algo que el autor deja claro a lo largo y ancho de toda su obra, pero que se convierte en el eje vertebrador de este relato. 
No nos debe sorprender la percepción de la realidad de Chaves, no olvidemos que estos relatos se gestan en los primeros meses de la guerra, momento en que el gobierno y las instituciones republicanas se mostraban desbordadas por la violencia de los grupos armados de todo género que proliferaban en su retaguardia. A partir de noviembre de 1936 y a lo largo de los primeros meses de 1937, tal situación cambiaría de manera significativa con la reconstrucción del estado republicano y el poder de sus instituciones.
Cartel de la Columna de Hierro. F: archivoIR.com
El foco central lo pone Chaves en las columnas anarquistas que inmediatamente después del golpe de estado salieron en dirección al frente para contener al enemigo, centrándose en una de las más llamativas, la Columna de Hierro. Lejos de los mitos, la capacidad militar de dichas columnas fue muy discutible, mientras que su acción represiva fue especialmente intensa. Ambas cosas son puestas en valor por el autor, sin embargo, hay que puntualizar muchas de sus afirmaciones, que desbordan y simplifican la realidad. Tras el golpe de estado, en las zonas donde fracasó la rebelión se asistió a la práctica desaparición del ejército republicano, mientras se extendía por el país el fermento revolucionario de las organizaciones obreras. Los partidos políticos de izquierdas y los sindicatos organizaron grupos de voluntarios civiles o milicianos que se unieron a los restos del ejército y las fuerzas de seguridad estatales que habían permanecido fieles a la República. Claves en la defensa de las grandes ciudades frente a los golpistas, los milicianos se organizaron pronto en columnas que se dirigieron hacia el frente para contener el avance rebelde.
Foto coloreada de Buenaventura Durruti en el frente de Aragón durante el verano de 1936. Foto: Rafael Navarrete (twitter.com)

Aunque las hubo de distinto signo político, las principales columnas fueron las anarquistas, destacando especialmente las que salieron de Cataluña hacia el frente de Aragón, hacia Huesca y Zaragoza, entre ellas la de Durruti, la de Ascaso, la Sur-Ebro, la de Ortiz y la de los Aguiluchos. Sin embargo, el autor se centra en la Columna de Hierro, que salió de Valencia en dirección al frente de Teruel. Aunque los anarquistas rechazaban el sistema penitenciario y abrieron muchas cárceles, absorbiendo en sus milicias a muchos presos comunes, sería injusto y poco riguroso -en contra de lo afirmado por Chaves- magnificar el peso de dichos presos en las columnas y milicias anarquistas, compuestas sobre todo de anarquistas convencidos. En segundo lugar, el autor llega a mezclar burdamente la realidad de las columnas anarquistas catalanas y la valenciana Columna de Hierro. Poniendo como ejemplo a Durruti, que nada tenía que ver con la Columna de Hierro, Chaves hace referencia a la actitud de los jefes anarquistas, que ante la realidad de la guerra, impusieron una disciplina brutal y los delincuentes se fueron a la retaguardia a sembrar el terror: "este bárbaro caudillaje fue eliminando del frente a los criminales y a los cobardes que habían acudido solo al olor del botín. Destacamentos enteros se desgajaron en franca rebeldía del núcleo de las fuerzas gubernamentales, y una de estas fracciones indisciplinadas de la Columna de Hierro era la que recorría la comarca sembrando el terror por dondequiera que pasaba". Estamos ante una nueva simplificación de la realidad. Muchos delincuentes y prostitutas se volvieron a la retaguardia cuando la guerra mostró su cara, algo que favorecieron los propios líderes milicianos, pero la instauración de una dura disciplina militar no fue la causa principal, entre otras razones porque la disciplina en el sentido literal tan solo se impuso en las milicias anarquistas con la militarización de éstas, proceso iniciado a partir de octubre de 1936 y que no culminó hasta mediados de 1937, como bien señalamos más adelante. Precisamente serían la Columna de Durruti y la Columna de Hierro las que se mostraría más hostiles a su conversión en unidades militares clásicas. Lo que si ocurrió con cierta frecuencia es el abandono del frente por grupos de milicianos, de procedencia variada, que en más de una ocasión de dedicaron al saqueo, actuando como auténticos delincuentes -así ocurrió en algunas zonas de Cataluña, Aragón o Valencia-. En todo caso, hay que precisar que la mayoría de su excesos y represión derivaban de la preocupación por hacer la revolución a la vez que la guerra, algo en lo que destacó la Columna de Hierro.

A finales de 1936, una unidad de la Columna de Hierro llega al pueblo turolense de Puebla de Valverde, cercano a la ciudad de Teruel. Fuente: alamy.es


La Columna de Hierro, dirigida por anarquistas valencianos como José Pellicer o Segarra, estaba formada por voluntarios levantinos que lucharon en el frente de Teruel, aunque no lograron tomar la ciudad. Llegó a tener cerca de 3.000 combatientes, aunque contaba con muchos más, que estaban en la retaguardia por falta de armas. Su preocupación por poner en marcha el comunismo libertario y el desarrollo de sus colectividades, implicó excesos y violencia. Tenía su diario, realizaba asambleas y practicaba una intensa violencia revolucionaria. Todo esto, su tendencia a ir por libre y el enfrentamiento continuo con los comunistas e incluso con las directrices de la propia CNT, que por aquel entonces negociaba su entrada en el gobierno republicano, la fue convirtiendo en la más vilipendiada de las columnas. La propaganda del gobierno republicano y de otros sectores ideológicos de la izquierda fue durísima con ella, tiñendo sus actividades de una aureola de violencia y fanatismo, y la propia CNT, con frecuencia no la defendió de los bulos.
En la época en la que se sitúan los acontecimientos narrados en A sangre y fuego, entre septiembre y octubre de 1936, con el frente estabilizado en Teruel, y ante la falta de armamento y munición, algunas centurias anarquistas valencianas se desplazaban con toda libertad hacia la retaguardia, ante la desesperación del gobierno republicano, que trataba de controlarlas y poner coto a sus desmanes. Su respuesta era la fuerza, asaltaban cárceles y fusilaban a presos derechistas por su cuenta y sin juicio alguno -así ocurrió en Vinaroz o en Castellón- o se enfrentaban a los comunistas en las calles de Valencia,
Bandera del 1º Batallón de la 83ª Brigada Mixta.
como ocurrió en el entierro de Tiburcio Ariza, un anarquista que fue asesinado por las fuerzas de seguridad por resistirse a su detención. Este tipo de enfrentamiento se produjo también en pequeñas localidades como Benaguacil, controlada por los comunistas. Probablemente sea esta la población a la que se refiere el autor como Benacil, nombre que no existe en la realidad, y en la que sitúa el autor el enfrentamiento entre la Columna de Hierro y los milicianos comunistas. El relato termina con la aniquilación implacable por la aviación republicana de la columna anarquista. El autor se aparta de la verdad, pues aunque en alguna ocasión la aviación republicana pudo haber castigado a algunas unidades de la Columna de Hierro, en modo alguno eso supuso su fin. La Columna de Hierro siguió combatiendo en el frente de Teruel en los meses finales de 1936 y los inicios de 1937, convirtiéndose en abril de ese mismo año en la 83ª Brigada mixta del nuevo Ejército Popular de la República. Así pues, en vez de ser barrida por la aviación, la Columna de Hierro terminó absorbida por el proceso de militarización de las milicias realizado por el gobierno republicano.

lunes, 22 de marzo de 2021

"Y a lo lejos una lucecita". Análisis histórico de "A sangre y fuego" de M. Chaves Nogales (III)

Milicianos del Ateneo Libertario de las Cuarenta Fanegas de Chamartín en septiembre de 1936. Su sede estaba en el colegio Infanta María Teresa. Fuente: EFE/Díaz Casariego

Y a lo lejos, una lucecita es un buen relato, con momentos vibrantes e intensos, aunque adolezca de la simpleza y linealidad inherentes a la narrativa de Chaves Nogales en A sangre y fuego. El autor inicia la narración en un ambiente de psicosis: con los franquistas cerca de Madrid, un depósito de municiones es trasladado a los sótanos del Teatro Real, ante la certeza de que el enemigo conocía su anterior ubicación. A partir de ahí, Chaves vuelve a dar el protagonismo a los milicianos de gatillo fácil que también protagonizan otros relatos, aquellos que ejercerán la violencia con intensidad desmedida, mostrados como ignorantes e impulsivos: "su primer impulso fue el de todo miliciano: echarse el fusil a la cara y disparar". Poco después, el autor nos conduce hasta un palacio ocupado por los milicianos anarquistas de la CNT, convertido en sede de un ateneo libertario. Este tipo de ateneos eran en los años 20 y 30 instituciones educativas y culturales anarquistas que con la guerra se transformaron por lo general en centros de reclutamiento y represión (algunos albergaron checas), que realizaron también funciones humanitarias, albergando en su interior a refugiados y atendiendo comedores sociales. Los ateneos se desperdigaban por el Madrid en guerra, en casi todos los barrios se ubicaba alguno (Retiro, Ventas, Delicias, Atocha, Puente Vallecas, Tetuán, Chamartín, etc.) y solían ocupar edificios de envergadura, como era el caso de conventos, iglesias, cines, colegios, palacios u hoteles. 

El hotel Ritz de Barcelona fue convertido en comedor social por la CNT y la UGT durante la Guerra Civil. Fuente: arcdelahistori





Uno de los mejores momentos de todo el libro es la descripción que el autor hace de los refugiados hacinados en el ateneo libertario, la miseria que rodeaba a la mujeres y los niños, las molestias que ocasionaban a unos milicianos más preocupados en otros menesteres menos solidarios, el descarnado contraste entre la pobreza y la ruralidad de los refugiados y la riqueza y lujo del palacio ocupado. Nos acerca así el autor a una de las realidades menos conocidas de la guerra, el continuo flujo de desplazados internos que huían del avance del bando enemigo y sus represalias. Por razones obvias, estos flujos fueron mucho más importantes en la zona republicana, pues fueron los republicanos los que al perder pronto la iniciativa militar, retrocedieron y cedieron territorios continuamente, teniendo como consecuencia inmediata la huida masiva de la población afín ideológicamente. Así ocurrió durante la toma del Frente del Norte o la ocupación de Málaga, la conocida Desbandá, que condujo a miles de personas hacia el este por la carretera de la costa y terminó en una brutal matanza, producida por el ataque franquista sobre las columnas de civiles que huían. Sin embargo, y en contra de lo que se suele pensar, la mayor acumulación de refugiados se produjo en la zona centro y en los primeros meses de la guerra, justo en el momento en el que se sitúa la obra de Chaves, como consecuencia del avance del ejército de África por Andalucía occidental, Extremadura y Toledo en dirección a Madrid. El avance de las columnas de Castejón y Asensio fue acompañado de una brutal represión que generó un elevadísimo volumen de refugiados, que huyeron del avance rebelde hasta concentrarse en el Madrid convulso de la época. Decenas de miles de personas huyeron con lo poco que podían acarrear, lo hacían andando, en burro, en carros, coches o ferrocarril. La situación generó en la República graves problemas logísticos, agudizando la generalizada situación de hacinamiento y desabastecimiento que vivía el Madrid de los primeros meses de la contienda. En el momento en el que Chaves sitúa su relato, Madrid era una ciudad colapsada, con enormes dificultades para atender las necesidades de la población civil y de los refugiados. El gobierno republicano movilizó grandes recursos para alimentar y dar cobijo a tal población y en los meses siguientes optaría por evacuar a parte de los desplazados acumulados en Madrid hacia Valencia y Cataluña, desde la que muchos de ellos terminarían cruzando la frontera hacia Francia con el colapso de la República y el fin de la guerra. 

Campesinos huyendo de sus pueblos en el frente de Talavera (Toledo). Fuente: toledodiario.es (MCD.AGA Fondo Medios de Comunicación del Estado)


Enmarcado en el ambiente de hacinamiento, de caos y desidia del ateneo libertario, Chaves nos conduce ante otro de los factores más desconocidos de la guerra civil. El conflicto fue innovador en muchos aspectos y uno de ellos fue el uso de los medios de comunicación de masas, especialmente la radio. Los dos bandos comprendieron desde un principio sus enormes posibilidades como medio de guerra, siendo como era especialmente apto para la propaganda. A través de la radio se lanzaban mensajes con el propósito de desmoralizar al enemigo y a la vez estimular e informar a los que en la retaguardia enemiga resistían o actuabanLa mayoría de las emisoras inicialmente cayeron en manos de las autoridades republicanas, que ejercieron un fuerte control y censura sobre la información, conscientes de que la situación de guerra no les era beneficiosa. El bando rebelde, utilizó también la radio para contrarrestar tal censura y hacer llegar sus mensajes a la retaguardia del enemigo, exponiendo sus continuos avances militares. Hasta la fundación en enero de 1937 de Radio Nacional de España, ese papel lo ejerció sobre todo Radio Sevilla, dirigida por el general Queipo de Llano, convertido en estrella radiofónica, que con un estilo provocador y soez amenazaba y polemizaba diariamente con el enemigo. Es a él a quien Chaves llama con cierta ironía "el general-speaker", el que a través de la radio soltaba "sus retahílas de injurias", las mismas que terminan escuchando en el ateneo libertario los protagonistas del relato, los milicianos de la CNT.

 El general Queipo de Llano ante el micrófono de Unión Radio Sevilla. Fuente: Biblioteca del Ministerio de Defensa.
Cartel republicano alertando sobre la presencia de
la quintacolumna franquista. F.: serhistorico.es
Es precisamente una alocución de Queipo de Llano la que dará lugar a la desenfrenada cacería que se convierte en el leitmotiv del relato. Un miliciano de guardia, Pedro, había detectado una luz intermitente que transmitía señales desde un edificio próximo. Cuando el general Queipo, con su habitual arrogancia, afirma a través de la radio conocer el traslado de munición a los sótanos del Teatro Real, se desatan todas las alarmas entre los milicianos. Pronto descubren que una cadena de luces a lo largo de la ciudad va transmitiendo unos mensajes para los rebeldes. El jefe de los milicianos, Jiménez, junto a Pedro y varios de sus compañeros, inician una cacería que les conduce por la geografía de la capital en guerra a través de pisos, casas y hoteles. El autor nos sumerge en el Madrid hostil a la República, lo que Javier Cervera ha definido como la "ciudad clandestina", presentándonos un completo rosario de colaboradores con la causa franquista: militares afines a los rebeldes, señoras acomodadas que colaboran con los golpistas, barrios de clase alta vaciados por la huida de sus habitantes, de nuevo ese Madrid "quintacolumnista" que coopera con el enemigo y que ya vimos en Masacre, masacre. Lejos de ser un tópico, el Madrid de finales de 1936 era una ciudad en la que el enemigo se había infiltrado con fuerza en la administración, en el ejército republicano, incluso en las propias milicias y partidos obreros. El saberse rodeados de enemigos, creó en las milicias y organizaciones obreras del Madrid republicano una cierta psicosis que favoreció los excesos y la represión. En el relato, los milicianos reaccionarán ante los sucesivos descubrimientos con rapidez y contundencia, fusilando sin miramiento alguno a todos los involucrados. Asesinos y asesinados son vistos con cierta equidistancia, unos y otros son participes de una guerra en la que el autor no cree. 
La ejecución más dramática es la de la joven Carmiña, ejecutada en plena calle por los milicianos, uno de los cuales deja junto a su cadáver un mensaje lapidario: "Por espía de los fascistas". De nuevo, como en el relato "Masacre, masacre", el autor vuelve a ponernos ante la realidad de los llamados "paseos", protagonizados por las milicias en el Madrid de los primeros meses de la contienda. Los hechos se iniciaban con la detención, generalmente al anochecer, y solían terminar con la ejecución de la víctima unas horas después. Se trataba de una represión incontrolada ejercida por las milicias, que efectuaban detenciones arbitrarias y ejecutaban sin formación de causa y de forma clandestina, al margen de todo proceso judicial. Cuando el jefe de los milicianos, Jiménez, tiene la certeza total de que Carmiña colaboraba con los quintacolumnistas toma la decisión: "Vamos, niña". Carmiña pregunta "¿adónde? y la respuesta del miliciano no deja lugar a dudas: "A dar un paseo".

En la imagen el comandante Ortiz de Zárate, tras el fracaso del golpe militar en Guadalajara, poco antes de su fusilamiento. La imagen podría servir como ejemplo del drama que envolvería cualquier "paseo"  Fuente: foto Albero y Segovia. Archivo General de la Administración

La actitud agresiva de los milicianos y el temor que muestra el rostro de Ortiz de Azcárate sobrecogen al espectador. Fuente: Foto Albero y Segovia Archivo General de la Administración



La persecución termina conduciendo al grupo de Jiménez hasta una choza de pastores en Torrelodones y más tarde a un lúgubre sanatario antituberculoso en la sierra, cerca de Navacerrada, convertido en una triste y casi ridícula alegoría de la España desgarrada por la guerra, donde unos enfermos, moribundos y abandonados a su suerte, mantienen sus odios ideológicos hasta la muerte. En la sierra madrileña existían en la época varios sanatorios para tuberculosos como el Real Sanatorio de Guadarrama o el Sanatorio Neumológico de Guadarrama. Al final, casi al amanecer, los milicianos llegan al término de la cadena, una luz que los sumerge en las líneas enemigas. Es entonces, cuando dos de ellos se repliegan sobre sus pasos, aunque para sorpresa del lector, Jiménez y Pedro continúan y se internan con vehemencia mortal en las líneas enemigas en busca de la luz que perseguían. Los dos son abatidos. Un final poco previsible, casi irreal, pero muy potente y cargado de significado, una auténtica metáfora del abismo al que conduce la sed de sangre y la violencia inherente a la guerra.

Real Sanatorio de Guadarrama. Fuente: elviajerohistorico.wordpress.com (Colección Carlos Frías Valdés).

lunes, 1 de marzo de 2021

"La gesta de los caballistas". Análisis histórico de "A sangre y fuego" de M. Chaves Nogales (II)

Fuerzas de la Policía Montada sevillana, al mando del comandante Erquicia, saliendo del pueblo extremeño de Azuaga. Fuente: requetes.com
Aunque globalmente y a nivel literario La gesta de los caballistas es un relato mediocre, sus instantes iniciales prometen de veras al lector, que se encuentra, sin lugar a dudas, ante uno de los mejores pasajes de A sangre y fuego de Chaves Nogales. Un cortijo, un gran propietario de la nobleza, el señor marqués, rezando en la capilla, paso previo para la cacería que se avecinaba. Fuera, sus lacayos forman el cortejo "justiciero". Los esperan campos desiertos y pueblos blancos con casas selladas por el miedo a la represión que se avecinaba. El hecho histórico es de sobra conocido: en julio de 1936 columnas paramilitares e irregulares comandadas por "señoritos" a caballo, al más puro estilo andaluz, seguidos después por milicias falangistas y carlistas y unidades de legionarios y regulares moros, partieron desde la Sevilla del golpista Queipo de Llano para controlar las comarcas agrícolas cercanas y aplastar la posible resistencia de milicianos izquierdistas, sembrando el terror entre las masas miserables de jornaleros. Especializadas en la limpieza política rural, eran columnas ligeras y móviles que se desplazaban constantemente, tenían su propio capellán voluntario -lo que también aparece en la narración- y estaban financiadas por los propios terratenientes, que aportaban el equipamiento, los caballos y a sus hombres, criados y lacayos, una auténtica "hueste feudal". Un terror salvaje se apoderaba de los pueblos que ocupaban estos "ejércitos señoriales". Vestidos al estilo campero, duchos en el saludable deporte de la montería, salían a la caza del "rojo", acosando y abatiendo jornaleros marxistas desperdigados por los campos. Un ejemplo de esta caballería paramilitar de maneras campestres fueron los dos escuadrones de la Policía montada de Sevilla que organizó a principios de agosto de 1936 el comandante de Infantería Alfredo Erquicia y en el que participaron muchos propietarios y terratenientes voluntarios. Su actividad se centró especialmente en la provincia de Córdoba.

A la izquierda, a caballo, José García Carranza, alias Pepe El Algabeño hijo (Fuente: europeana.eu). A la derecha, Ramón de Carranza y Gómez-Pablos, aristócrata y alcalde de Sevilla entre 1936 y 1938, tras su designación por Queipo de Llano (Fuente: lasevillaquenovemos.com).























Sin embargo, el más conocido de estos grupos fue la llamada columna Carranza, que ejerció una durísima represión en los pueblos del Aljarafe y del Condado onubense en su avance hacia la ciudad de Huelva. Dirigida por el aristócrata Ramón Carranza, nuevo alcalde de Sevilla tras el triunfo del golpe de estado, contaba entre sus filas con el Algabeño, torero, terrateniente y... asesino, al que se alude en el relato de Chaves de forma tangencial. Tras los hombres de Carranza, los legionarios y regulares del comandante Antonio Castejón y grupos de carlistas y falangistas. Sin nombrarlo expresamente, éste es el territorio y la escena que nos muestra Chaves, los pueblos cambian de nombre, Villatoro podría ser Hinojos o Bollullos, Manzanar es con toda probabilidad La Palma del Condado. Fue en La Palma, donde el 26 de julio de 1936, los milicianos mal armados y en retirada, entre los que se contaban muchos mineros de Riotinto, se agruparon en el verano de 1936. Son asesinados 15 presos derechistas locales que había sido recluidos en la prisión del pueblo. Cuando más tarde lleguen las columnas rebeldes, la venganza será brutal. Chaves rememora los hechos con importantes variaciones: en vez de La Palma nos habla de Manzanar, según su relato los caballistas del señorito irrumpieron en el ayuntamiento, donde fueron asediados y cogieron prisioneros a niños y mujeres que allí se refugiaban. Los milicianos se retienen de volar el edificio por la presencia de sus familias. Allí aparecen las contradicciones de la guerra y el elemento sentimental del que tanto gusta el autor, la vieja amistad entre el hijo del marqués y el maestro que lidera a los milicianos. Esa amistad llevará al hijo del marqués a prisión, junto al maestro, por sospechas de colaborar con el enemigo, una vez que el pueblo sea ocupado por los legionarios y regulares. El joven de la nobleza no será fusilado, su origen le salvará, pero terminará camino del exilio.

En primer término, Queipo de Llano (izquierda) junto al comandante Castejón (derecha). Fuente: elperiodico.es

Represión en el pueblo sevillano de Tocina. Legionarios frente a presos de izquierdas. Fuente: Fototeca Municipal de Sevilla. Archivo Serrano.

Las tropas franquistas entran en el pueblo sevillano de Constantina, siendo recibidos por decenas de mujeres que tratan de evitar la matanza. Fuente: blogs20minutos.com











En las páginas finales, Chaves se embarca en una fidedigna descripción de la cárcel donde se hacinaban con otros muchos presos los dos protagonistas, el maestro miliciano y el señorito traidor. Variopinta y pintoresca al extremo, marcada por el desorden más absoluto, la prisión se mostraba ante el lector como una proyección del gracejo andaluz. Según el autor, la cárcel se situaba de forma improvisada en "un viejo music-hall popular, el pintoresco Salón Variedades de la calle Trajano". En la realidad, el lugar al que hace referencia Chaves era el Salón de Variedades Lido, cuyo edificio daba a dos calles, la Amor de Dios y la Trajano, una construcción con fachada neomudéjar a ambas calles, que después de la guerra terminó siendo el cine Trajano. La situación en la ciudad del Guadalquivir llegó a ser extrema en las primeras semanas de la guerra, la cantidad de presos que llegaban a Sevilla cada día era tal que la cárcel provincial de la Ranilla o la Delegación de Orden Público de la Segunda División (situada en la residencia de los Padres Jesuitas de la calle Jesús del Gran Poder) se vieron desbordadas. Por todo ello, las autoridades recurrieron a salas de espectáculos como el Salón de Variedades Lido, que fueron  habilitadas como centros de detención y como dependencias comisariales.
Andalucía occidental (Córdoba, Sevilla, Huelva, Málaga), junto a Badajoz, se convirtieron durante la guerra en una de las zonas donde la represión de los rebeldes fue más brutal y donde tuvo un carácter más profundamente social, lo que deja claro el autor poniendo el hincapié en la figura del marqués. Las razones de tal realidad son del todo evidentes, Andalucía occidental y Extremadura son las regiones de mayor peso de la población jornalera. El campo latifundista fue esencial para entender la polarización política y social durante la República y el estallido de la Guerra Civil. Tal realidad se ve reflejada en el siguiente fragmento del relato: "El pueblo -replicó el marqués- siempre es cobarde y cruel. Se le da el pie y se toma la mano. Pero se le pega fuerte y se humilla. Desde que el mundo es mundo los pueblos se han gobernado así, con el palo. De esto es de lo que no han querido enterarse esos idiotas de la República."

Salida de presos del edificio de la Audiencia, en la Plaza de San Francisco, posiblemente hacia la cárcel de La Ranilla. Fuente: elcorreoweb.es


Cárcel sevillana de La Ranilla. Fuente: blogs.canalsur.es

Fachada neomudéjar del salón de variedades Lido, convertido en el cine Trajano después de la guerra y que durante ésta se uso como cárcel. Fuente: juntadeandalucía.es


























































El relato no puede tener una temática más sugerente, pero el guión hace aguas, Chaves prioriza la necesidad de contarlo todo, la secuencia de hechos se acelera por momentos. Los primeros instantes son muy buenos, son momentos de descripción y reflexión, pero poco después el autor se desliza hacia una narración simple y lineal, tan rápida como insípida e infantil. La necesidad de contar los hechos, le impide recrear los paisajes o concentrarse en los personajes, con palabras y diálogos fáciles que son un fiel reflejo de la falta de profundidad de éstos últimos. Agota al lector con el ritmo rápido de las cosas y la forma casi infantil de narrar. ¡Qué lejos está aquí Chaves de los paisajes de Sholojov o el maravilloso minimalismo expresivo de Babel, que con tan pocas palabras era capaz de mostrar tanto!. Es evidente que la Guerra Civil Rusa tuvo mejores cronistas literarios.

martes, 2 de febrero de 2021

"¡Massacre, massacre!". Análisis histórico de "A sangre y fuego" de M. Chaves Nogales (I)

La Gran Vía es bombardeada a la altura del edificio Telefónica. Fuente: diariodesevilla.es

En el primer relato de A sangre y fuego¡Massacre, massacre!, Chaves muestra ya sus credenciales: una crítica mordaz y directa a las milicias de la retaguardia republicana, a su carácter incontrolado y cruel, a la violencia gratuita y caprichosa que ejercían, a su carácter criminal. Deja muy claro que dicha violencia está con frecuencia al margen del estado republicano e incluso de los partidos obreros, que tiene su propia lógica despiadada y corrupta. Desnuda las que él llama "siniestras escuadrillas de retaguardia", una amalgama de cobardes sin escrúpulos, liderados en el relato por Enrique Arabel, jefe de la Escuadrilla de la Venganza, individuos descritos como unos auténticos malhechores, que huyen del frente y proyectan su miedo a la guerra través de una violencia brutal e indiscriminada en el Madrid de retaguardia. Arabel es muy posible que fuera en la realidad Agapito García Atadell, jefe de la Brigada del Amanecer, una checa madrileña con sede en el palacio de los condes de Rincón, en la calle Martínez de la Rosa. Sus actividades criminales y delictivas se sucedieron hasta finales de octubre de 1936, cuando el gobierno republicano empezó a cuestionar sus acciones, lo que le obligó a huir. Más de cincuenta hombres le obedecían en esos meses, sembraba el terror en el Madrid de la retaguardia, sin hacer ascos a las posibilidades de enriquecimiento que su posición de poder le otorgaba: a cambio de dinero, determinados prisioneros podían refugiarse en alguna embajada o llegar a la zona franquista. Esta corrupción es también denunciada por Chaves, pues su personaje, Arabel, se enriquece igualmente con el tráfico de detenidos. Las guerras de toda índole, especialmente las civiles, son el campo abonado para que todo tipo de desalmados pueda dar rienda suelta a sus instintos criminales sin que nadie les ponga coto. Y así fue como auténticos forajidos proliferaron en la retaguardia republicana durante los primeros meses de la contienda, valiéndose del caos y la debilidad del estado para ejercer su terrible violencia, en la que se mezclaba fanatismo, corrupción y criminalidad. Hablamos de siniestros personajes como Felipe Sandoval, Aurelio Fernández Sánchez, Dionisio Eroles, Manuel Escorza del Val o José Serrá, y por supuesto, el ya nombrado Agapito García Atadell.

García Atadell y la Brigada del Amanecer en 1936. Fuente: pinterest


Cartel republicano. F.: elmanifiesto.com
Chaves se refiere a la actividad de estos grupos como una "actuación terrorista" que "en nombre del pueblo y valiéndose del argumento decisivo de sus pistolas, sembraban a capricho el terror". Se suceden ante nuestros ojos fusilamientos sin juicios, a partir de intimidaciones y delaciones producidas en una atmósfera de terror. Adquiere protagonismo el "paseo",  que las milicias, sobre todo las anarquistas, protagonizaron en el Madrid de los primeros meses de la contienda. Los hechos se iniciaban con la detención, generalmente al anochecer, y solían terminaban con la ejecución de la víctima unas horas después. Tal realidad es ejemplificada en el relato por el fusilamiento del viejo comandante de artillería Eusebio Gutiérrez, que los milicianos ejecutan por traición en el paredón, sin más pruebas que la delación por despecho de una mujer.
Un terror que se desenvuelve en el marco de una realidad psicótica marcada por la dureza de los bombardeos enemigos y la actividad clandestina de "una quinta columna" franquista en el Madrid republicano. En este sentido, Chaves menciona la célebre frase del general golpista Mola: "El general Mola había dicho por radio que sobre Madrid avanzaban cuatro columnas de fuerzas nacionalistas, pero que además contaba con una quinta columna en Madrid mismo que sería la que más eficazmente contribuiría a la conquista de la capital" y añade con sentido trágico: "Pocas veces una simple frase ha costado más vidas". No hay duda de que la obsesión por la existencia de una quinta columna generó una fuerte represión sobre todo aquel que por su adscripción política, su origen social o su pertenencia al ejército, resultaba sospechoso de militar en ella. Al margen de la propaganda y la psicosis, la actividad de los quintacolumnistas fue realmente importante en el Madrid de la época, como también en otras ciudades republicanas como Valencia o Barcelona.
Chaves nos regala, a la vez, una soberbia contextualización de la situación bélica del Madrid del momento, sumergiéndonos en la atmósfera de pánico creada por los bombardeos indiscriminados y masivos que los aviones italianos y alemanes realizaban sobre la ciudad, golpeando a la urbe en su conjunto, pero con más dureza al centro urbano y a los barrios más populosos y humildes. Se convertía así la guerra española en una base de pruebas donde por primera vez se recurrió a los grandes bombardeos sobre población civil como elemento de descomposición de la retaguardia y del enemigo, algo que no se había conocido antes. Esta temática la volvemos a ver en uno de los últimos relatos, el excelente El refugio. La debilidad de la aviación republicana, sobre todo porque carecía de una flota de bombarderos, convirtió en dominadores del aire al bando nacionalista, que contó con el apoyo masivo de la aviación de las potencias fascistas. Una excepción fue la llamada escuadrilla "España", creada por el político y escritor francés André Malraux y formada por bombarderos pilotados por voluntarios y mercenarios que sirvieron a la República en los primeros meses de la guerra. Precisamente, Malraux, aparecerá brevemente en este relato cuando uno de los protagonistas, el miliciano Valero, lo descubre en una taberna donde se había reunido con otros intelectuales republicanos. 

André Malraux y Abel Guidez, comandantes de la escuadra España. Detrás se puede ver el motor Lorraine Petrel de un Potez 542. Fuente: geocities.es



La Gran Vía madrileña bajo las bombas en 1936. Fuente: simft.fundaciontelefonica.com 



































Los Savoia italianos y los Junker y Heinkel de la Legión Cóndor alemana surcaron una vez tras otra los cielos de las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, que fueron bombardeadas a conciencia. La población no estaba familiarizada con esa nueva forma de hacer la guerra, por lo que la vivía no solo con una enorme angustia, sino también con un intenso deseo de venganza, lo que algunos grupos de milicianos utilizaban como escusa para acometer una dura represión. Tanto en Madrid como en otras zona republicanas, es el caso de Cataluña o Bilbao, tras los bombardeos eran frecuentes las "sacas" de presos derechistas, realizadas por una muchedumbre vengativa en la que se mezclaban milicianos y civiles de todo tipo. Aunque las autoridades trataron en la mayoría de los casos de evitarlas, no siempre lo consiguieron. En el relato, aprovechando la matanza producida por los bombardeos, Arabel asesinará a los militares que retenía presos en un convento reconvertido en cárcel. Entre ellos estaba el padre de un miliciano comunista, Valero, fanático pero íntegro. Surge así el drama personal, tan común a la mayoría de los relatos de A sangre y fuego: hasta el último momento, el hijo tratará de salvar al padre sin poner en cuestión sus principios y sin corromperse. 
Aunque no se trata de una prosa excepcional, pues ya hemos comentado que Chaves no es en modo alguno un gran escritor,  estamos sin lugar a dudas ante uno de los mejores relatos de A sangre y fuego.

Un equipo de vuelo de la Legión Cóndor se dispone a subir a un Heinkel He 111 en 1938. Fuente: elpais.com

Efectos de los bombardeos franquistas en la calle Anton Martín de Madrid. Fuente: researchgate.net

martes, 12 de enero de 2021

"A sangre y fuego" de Chaves Nogales y la violencia en la Guerra Civil Española


Manuel Chaves Nogales. Fuente: elpais.com
Oí hablar por primera vez de Chaves Nogales hace muy poco tiempo. Debería haber escuchado su nombre mucho antes, quizás como historiador era mi obligación. Con cierta vergüenza, he de reconocer que fue hace tan solo dos años cuando llegó a mis oídos su figura y su obra. Periodista de oficio y vocación, su trayectoria profesional se desarrolló en los años de 1920 y 1930. Era un reportero de los ahora en el entonces, pateaba las calles, viajaba sin descanso, realizaba reportajes y escribía libros, fue corresponsal en París y director del periódico Ahora, republicano y moderado. La guerra lo sorprendió en el extranjero, pero su compromiso con la República le hizo volver a Madrid, ciudad que terminó abandonando cuando el gobierno republicano se trasladó a Valencia. Viajó entonces a Barcelona y de ahí tomó el camino del exilio, asentándose en París, donde escribió los relatos cortos que conforman una de sus obras hoy más valoradas, A sangre y fuego. Pero la guerra y el exilio se cebaron con él, viéndose sumergido en el más cruel de los olvidos y tan solo su biografía del torero Juan Belmonte pudo leerse y publicarse con normalidad en la España de la posguerra. El franquismo lo aborreció como parte de la España vencida, mientras los vencidos olvidaron por mucho tiempo su obra, que resultaba demasiado incómoda, demasiado crítica.

Chaves en la sala de linotipias de El Heraldo, periódico del que fue redactor jefe.  Fuente: archivo de María Isabel Cintas.


Chaves Nogales con soldados estadounidenses en 1942.
Fuente: ctxt.es
En los últimos años, las tornas parecen haber cambiado de forma tan drástica como repentina. El estigma del olvido que durante décadas pesó sobre Chaves Nogales ha desaparecido, su figura ha emergido hoy como un manantial repentino que de forma recurrente brota en los medios de comunicación a través de documentales televisivos o programas de radio, mientras tertulianos de toda índole y condición se suman al ejército de intelectuales que enarbolan su causa. Su obra es comentada en la prensa y es motivo de conferencias y homenajes, proliferan los congresos donde se desmenuza su trayectoria vital y su biografía. Hace un par de años nadie lo conocía, ahora cometes el supremo pecado de la ignorancia si no has leído sus libros. No es para menos, el autor de A sangre y fuego se ha convertido en el icono de la llamada Tercera España, el referente de aquellos que insatisfechos por la supuesta y creciente "ideologización" del pasado, se obstinan en superar el enfrentamiento entre izquierda y derecha que llevó a la violencia de la Guerra Civil Española. Él mismo se adscribe a esa Tercera España en el prólogo de A sangre y fuego, lo mejor de su obra, sin duda, donde se autodefine como un "pequeñoburgués liberal", un hombre independiente que no asume el antagonismo creciente que se va apoderando de la vieja Europa y de España, la lucha fratricida entre la revolución y el fascismo: "Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partiera España". Y continúa Chaves con una frase absolutamente demoledora, "...puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros".

Andrés Trapiello, el autor de Las armas y las letras, gran adalid de la Tercera España y uno de los artífices de la salida del ostracismo de Chaves, llega a afirmar en El País que A sangre y fuego "era el eslabón perdido de algo que habíamos estado buscando a ciegas durante años". Y las alusiones al autor se multiplican: el director de cine Julio Amenábar lo utiliza de forma recurrente para ensalzar la Tercera España, a la que alude cuando se refiere a su excelente película Mientras dure la guerra. Unamuno, su protagonista, pertenecería, según el director de cine, a ese mismo grupo intermedio que naufragó envuelto en las dos aguas de la violencia civil. Pérez Reverte, el "insigne" escritor, lo ha tomado por bandera, y como casi todo lo que él hace, de forma realmente "cansina". A pesar de todo, he de reconocer que fueron unas palabras del autor de Alatriste las que me condujeron hacia Chaves Nogales. No suelo tener en estima alguna a Arturo Pérez Reverte, dedicado de por vida a quitar medallas con presuntuosa y aparente indiferencia a políticos, intelectuales y escritores, concentrado en perdonar la vida a cuanto le rodea. No puedo, sin embargo, negar que es un hombre leído y cuando en un documental de TVE ensalzó con pasión a Chaves Nogales y su legado, me sentí irreversiblemente atraído hacia el personaje y su obra: Reverte se refería a su libro A sangre y fuego como un fogonazo maravilloso, como un descubrimiento inesperado, como un tesoro olvidado que aparece deslumbrante tras mucho rastrear; para el académico estábamos ante un impresionante testimonio literario, olvidado por todos, incómodo para unos y otros, para la izquierda y la derecha, para los dos viejos bandos que se batieron en la guerra.
Mis expectativas se dispararon, me atrae la buena literatura y me gustan también los "tonos grises", nunca he digerido bien los mundos fácilmente compartimentados, divididos con simpleza entre lo negro y lo blanco, sin matices ni aristas, sencillamente porque no son reales ni creíbles. Lejos de la exaltación ramplona del bando republicano, quería acercarme a la perspectiva del que padece, de todos los que padecen y, como bien decía el escritor Antonio Muñoz Molina, "Chaves es un hombre justo que no se casa con nadie porque su compasión y su solidaridad están del lado de las personas que sufren". Hace años había leído Los girasoles ciegos, aquellos relatos sombríos de la represión en la inmediata posguerra que me encandilaron; ahora me imaginaba encontrarme ante algo similar, pero enmarcado en pleno conflicto bélico y con la promesa de conocer de primera mano también la represión ejercida en el bando republicano, y de hacerlo además desde la visión de un hombre leal a la democracia y a la República, de alguien que estaba allí y veía con ojos críticos lo que le rodeaba. Esperanzado y ávido de historias intensas que me permitieran conocer mejor la brutal contienda que desgarró este país, recordaba vagamente la maravillosa literatura que marcó mi juventud, los relatos de Sholojov y Babel sobre la Guerra Civil Rusa, que rememoraba muy difusos, pues no los había vuelto a leer desde hacía décadas. Sus relatos quedaron encumbrados para siempre en mis altares de la mejor literatura. ¿Me encontraba ante una exquisitez similar? Tenía la completa seguridad de que sí.


De inmediato adquirí A sangre y fuego, daba por hecho que estaba ante algo realmente bueno y como todos los libros que merecen la pena, lo quería en propiedad para darle un lugar privilegiado en las estanterías de mi biblioteca. Sin esperar a leerlo, estuve tentado de hacerme con otros escritos del autor, dando por hecho que estaba ante un gran narrador. Hoy me alegro de haber esperado.
Si algo se deduce de la lectura de A sangre y fuego es que Chaves es un hombre íntegro, honesto a todos los niveles, crítico e independiente, tolerante y reposado, un hombre culto y formado, estamos sin duda ante uno de los grandes periodistas españoles de su época, pero no ante un gran escritor. En A sangre y fuego se dicen muchas cosas, la mayoría de las cuáles no estamos acostumbrados a leer o escuchar, se narran hechos impactantes y de forma tan lacerante como sincera. Sin embargo, el autor carece en buena parte de sus relatos de la calidad literaria de un gran narrador y por ello, las maravillosas historias narradas pierden parte de la emotividad; los personajes, incluso aquellos con los que empatiza, no adquieren la intensidad y profundidad que merecen, nada que ver con las cualidades narrativas y descriptivas de Sholojov o Babel, cuyos protagonistas están llenos de vida y rezuman sentimientos.
Es posible que fueran demasiadas las expectativas por mi creadas y que todo ello influyera en mi percepción de lo leído, pero nada más comenzar la lectura me sorprendí y pronto mi sorpresa se tornó decepción, una decepción que fue aumentando desde la primera narración hasta alcanzar su culminación en los relatos La columna de Hierro y El tesoro de Briviesca, momento en el que estuve a punto de abandonar la lectura. Entonces la decepción se convirtió en enfado, el fastidio que uno siente cuando un excelente guión cae en manos de un director del montón y la consecuencia es una película más. El enojo se tornó confusión y me dirigí a mi biblioteca, aquello no tenía nada que ver con los recuerdos de mi juventud, nada que ver con las lecturas apasionadas de los cuentos de Sholojov o Babel. ¿O es que había idealizado aquellas lecturas? Rebusqué entonces en mis estanterías en busca de Los cuentos del Don y La caballería roja, leí el primer cuento de Sholojov, El lunar, después El paso del Zbruch de Babel. No eran imaginaciones mías, no eran simples expectativas excesivas, ni el producto de una percepción deformada, sencillamente no había parangón.
Soy un ávido lector, cuando mi vida laboral y familiar me deja, pero me reconozco a mi mismo como un inexperto en literatura. Sobre todo entiendo de historia, quizás por eso la realidad que narra el autor no me asombra de igual manera que al común de los lectores, y desde luego, no me impresiona hasta el punto de encubrir las debilidades narrativas del autor. Su inmaculada equidistancia, tan impactante como inédita en la época, no es suficiente para enmascarar una prosa por tramos vulgar. De ahí mi estupefacción ante las criticas que leo sobre el libro: todas sin excepción ensalzan la obra, remarcan su prosa sencilla, directa y limpia, algunos llegan a hablar de ¡un clásico de la literatura española del XX! Es como si hicieran referencia a otra obra. Tengo por costumbre no mirarme el ombligo: cuando todo el mundo va en la dirección opuesta, uno debe cuestionarse si está equivocado. Así que decidí releer el libro e hice todos los esfuerzos posibles por cambiar mi opinión. Sin embargo, no lo conseguí, todo lo contrario, mi percepción previa se vio reforzada. No me ha quedado más remedio que mantenerme en mis treces, aún asumiendo el carácter muy personal de mi perspectiva.
Casi desde un principio, me vi a mi mismo embarcado en la lectura de una obra de literatura juvenil, aunque con temática de adulto, como cuando me enfrento a los libros de narrativa que en el departamento de Historia seleccionamos como lecturas obligatorias para nuestros alumnos de la ESO. Con demasiada frecuencia a lo largo de la obra, nos encontramos con una literatura ligera, demasiado sencilla, cuando no abiertamente simple. Se narra de manera poco compleja, buscando conceptos claros que el lector comprenda sin dificultad. Predomina la narración rápida y muy lineal, con un autor obstinado penosamente en contar muchos hechos en poco tiempo, en narrarlos a veces con una ingenuidad casi infantil, en lo que en ocasiones se torna una escritura fácil, especialmente escrita para lectores inexpertos. Narraciones en las que se dan demasiadas explicaciones de casi todo, donde muy poco se deja al abrigo de la imaginación del lector, que tiene así poco trabajo que hacer.  Personajes en los que no da tiempo a profundizar, cuyas relaciones no adquieren intensidad, con diálogos previsibles y fáciles. En contraste, el mejor Chaves aparece cuando no se obceca en contarlo todo, como si de un niño pequeño se tratara, cuando se para a reflexionar, cuando frena la sucesión tan lineal como vertiginosa de los múltiples hechos, cuando describe, analiza, detalla, examina, compara o sencillamente se expresa, cuando se abandona a la reflexión y crítica de cuanto le rodea. Por eso los dos últimos cuentos son a mi juicio los mejores. Son más cortos, en ellos hay poco que contar y mucho que decir.
Es posible que en esta forma de narrar tenga mucho que decir su oficio de periodismo. Es frecuente entre los periodistas que el lenguaje sea un modo de comunicación, que lo formal se vea subordinado al testimonio a mostrar, que se busque llegar a cuanto más gente mejor y para ello haya que rebajar las dificultades, que se deben mostrar todos los hechos, que debe hacerse además sin excesivas florituras, sin concesiones al sentimentalismo o a la emotividad.

Manuel Chaves Nogales acompañó a una exigua fuerza expedicionaria española en la ocupación del territorio de Ifni. Fuente: huffingtonpost.es (foto Contreras).

Emilio Lara apunta su personal clasificación de la literatura: por un lado estarían los grandes autores, aquellos que resultaría imprescindibles porque poseen un estilo y un mundo cautivador, porque leerlos es vivir con intensidad, desde luego no hay duda de que en este grupo estarían Babel o Sholojov. Por otro lado, se hallarían los escritores estilísticamente excelentes, aunque lo que cuentan apenas nos llega ni nos aporta nada. Su obra es totalmente prescindible. En el punto opuesto se encontrarían los autores cuyo estilo deja mucho que desear, pero nos atraen con un mundo atractivo y sugerente, que revelan unas realidades apasionantes pero no lo hacen de la mejor manera, nos enriquecen pero no nos colman. A mi juicio, aquí estaría Chaves Nogales.
Esta valoración global no puede ser aplicada a todas las narraciones, algunos relatos son buenos, los dos últimos excelentes, y en algunas historias más mediocremente narradas, existen también destellos, momentos intensos, incluso emocionantes. Y es que, más allá de las valoraciones formales y estilísticas, que son de relevancia, Chaves ofrece un impresionante testimonio, tiene mucho bueno que contar y tiene el mérito de disparar a discreción y en todas direcciones en medio de una brutal guerra civil, su único compromiso es con el afligido. Se nota además que el autor conoce los acontecimientos de primera mano, que no son producto de la imaginación, y de hecho así lo pone de manifiesto en su prólogo: "cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera". Sin embargo, como tendremos oportunidad de demostrar en posteriores entradas de este blog, el autor se toma ciertas libertades, a veces bastante apreciables: no solo cambia el nombres de personas y lugares, algo comprensible desde todo punto de vista, sino que además y con frecuencia, no reproduce los hechos tal como sucedieron, introduciendo variaciones más o menos destacadas, buscando el mayor impacto o la mejor compresión. Llega incluso a fusionar en un solo acontecimiento varios hechos relacionados pero que ocurrieron en lugares y momentos diferentes. Todo ello no le resta valor testimonial a la obra, pues la sinceridad con que se enfrenta a la realidad es incuestionable.
En entradas posteriores tendremos oportunidad de contrastar la fidelidad de lo narrado por Chaves a los hechos históricos reales y la mayor o menor rigurosidad de los distintos relatos. Sin embargo, y al margen de su veracidad histórica, la visión global de la Guerra Civil mostrada por el autor debe ser matizada y contextualizada, pues de lo contrario puede generar una visión parcialmente distorsionada de la realidad. Y es que acercarte a la violencia de la guerra a través de A sangre y fuego de Chaves Nogales tiene sus pros y contras. El autor es sincero y realista, pero está preso de su contexto, del momento y lugar en que escribe sus narraciones. Por eso, si no se tiene una buena formación previa respecto al tema, cualquier análisis global de la violencia de la guerra a partir de la obra puede resultar incompleto.

La mirada de Chaves sobre la violencia en la guerra

Casi todo lo que nos narra, los bombardeos de ciudades, la violencia miliciana o falangista, la destrucción del patrimonio cultural, el miedo y la represión de la retaguardia o la incautación de  las fábricas en la España republicana, son hechos sobradamente conocidas por los historiadores, pero pocas veces han sido abordadas por la literatura de manera tan directa, sin ambages ni tapujos. El autor no se vincula a ningún bando, no exculpa a nadie, no justifica nada, sino que muestra la realidad tal y como él la ve, a cara descubierta, sin filtros ni perjuicios ideológicos. No tapa la violencia de los suyos, porque ya no los siente como suyos, no magnifica la brutalidad de los enemigos, porque ya no está sumergido en el odio dual de cualquier guerra civil. Lo que ve le subleva y su mejor manera de denunciarlo es mostrarlo con una mezcla de equidistancia y contundencia, imbuido como está del escepticismo más brutal respecto a la guerra que destruye su país. En este sentido, su literatura nos recuerda lejanamente a la de Isaak Babel, aunque el autor soviético siempre mantuvo un compromiso claro con su bando. Los relatos de A sangre y fuego nos dan una visión real y compleja de la violencia ejercida por los dos contendientes durante el conflicto civil, de la ejercida en el frente y en la retaguardia, de la violencia idealista y de la criminal. En este sentido se convierte en un viaje pleno hacia el corazón de la guerra.  
Por un lado, hay que valorar muy positivamente el intento del autor de acercarnos a una visión lo más global posible de la brutalidad de la guerra, y hacerlo además mostrando la violencia republicana como el cine y la literatura no suelen mostrar. La represión en la zona republicana se presenta lejos de maniqueísmos, evitando centrarse en los habituales asesinatos de religiosos, que sorprendentemente ni siquiera aborda, a pesar de que éstos fueron uno de los grandes objetivos de la represión en ese bando. Sin embargo, el autor si plantea la destrucción iconoclasta del patrimonio religioso y eclesiástico, que adquiere todo el protagonismo en El tesoro de Briviesca. Para sorpresa del lector, el autor convierte en protagonista de la primera narración, Masacre, masacre, a una checa madrileña, dirigida por un miliciano sin escrúpulos, en el que se mezclaban las tendencias asesinas y la corrupción más descarnada. Muy pocas veces la literatura nos ha conducido hasta las entrañas más oscuras de la represión en la zona republicana, marcada en los primeros meses de la guerra por la actividad descontrolada y mafiosa de algunos de estos grupos, especialmente activos en ciudades como Madrid y Barcelona, que se parapetaban en la ideología para legitimar sus actividades violentas y delictivas. En ese primer cuento ya adquieren protagonismo los frecuentes "paseillos" que las milicias, sobre todo las anarquistas, protagonizaron en Madrid, ligados con frecuencia a la lucha contra la llamada "quinta columna", que medraba en la ciudad. Los hechos se iniciaban con la detención, generalmente al anochecer, y solían terminaban con la ejecución de la víctima unas horas después. En Y a lo lejos, una lucecita, tales "paseos" vuelven a ser protagonistas, cuando una joven de buena familia es acusada de trabajar para el enemigo y fusilada en plena calle "por espía de los fascistas", así como en El comité obrero, enmarcados en esta ocasión en el proceso de depuración política que acompañó a la revolución social que estalló en la retaguardia republicana en los inicios de la guerra y que supuso la incautación por parte de las organizaciones obreras de buena parte de las empresas y fábricas. Chaves conocía bien dicha realidad, porque él mismo, durante esos meses, fue director de un periódico republicano, el diario Ahora, que había sido incautado por los sindicatos y organizaciones obreras. Pero el autor va más allá, y se atreve a denunciar los desmanes que en la retaguardia republicana realizaban las columnas anarquistas, centrándose en la Columna de hierro valenciana, que aprovechaba la debilidad del estado republicano y su incapacidad para mantener el orden y el respeto a la ley.  
Otro de los logros de Chaves es su manifiesta capacidad para presentarnos la enorme complejidad del bando republicano y de la violencia que en él se ejerce. Quizás la mejor muestra de ello es el carácter multifacético que adquiere la figura del miliciano en su obra. Hay milicianos arribistas, delincuentes y corruptos, auténticos asesinos; los hay también honestos y leales, cargados de dignidad; unos son ignorantes y fanáticos, otros idealistas y desinteresados; la valentía de unos contrasta con la marcada cobardía de otros. Por un lado, tenemos personajes como el corrupto y criminal Enrique Arabel, jefe de una checa en Masacre masacre; Carlos, fanático e intolerante líder sindicalista en El consejo obrero, o el Chino, un auténtico bandido, jefe de milicias anarquistas en La columna de hierro. Por otro lado, se nos muestra la dignidad del maestrito en La gesta de los caballistas, la honestidad y pundonor de Pepet, líder del Comité revolucionario de Benacil en La columna de Hierro, o el idealismo y compromiso del miliciano gigantón protagonista de Bigornia. Ni siquiera la ideología nos da pautas para clarificar la diversidad de tipos de milicianos, el bueno de Bigornia es anarquista, mientras los secuaces de la Columna de Hierro también lo son. Comunistas eran los paisanos de Benacil que se enfrentaron con arrojo y valentía a la barbarie de la Columna de Hierro, pero también lo era Carlos, el sectario y extremista dirigente del Consejo Obrero, o el miliciano Valero de Masacre, masacre, en el que se combinaba honestidad y fanatismo.

Milicias anarquistas en un vehículo de la C.N.T. en Barcelona. Al fondo las torres venecianas del recinto de la exposición de 1929. Fuente: conversacionsobrehistoria.



La visión proyectada por Chaves de la violencia republicana no solo desconcierta por su complejidad, sino que impacta por su sinceridad, conmueve porque no se ve manchada por las actitudes espurias de aquellos sectores obsesionados con justificar el golpe de estado de 1936 y la dictadura posterior, está muy lejos de la propaganda antirrepublicana que desarrolló el régimen franquista durante décadas o del actual "revisionismo" neofranquista, que con escaso rigor histórico lleva las últimas décadas generando, a partir de una seudohistoria cargada de mitos, una realidad ajustada a sus necesidades políticas. La franqueza de Chaves esta fuera de toda duda, él era un demócrata y un republicano confeso, su mirada crítica no podía estar contaminada por interés político alguno. 
Otro aspecto relevante, es que el autor nos muestra, más allá de la represión de la retaguardia, y además de forma reiterada y enfática, el caos imperante a nivel militar en el bando republicano, derivado de la evidente incapacidad militar de las milicias en el frente de combate y su escasez de armamento. La falta de disciplina y organización militar se traduce en auténticas desbandadas y actos de insubordinación que son protagonistas de relatos como Los guerreros marroquíes, El tesoro de Briviesca o Bigornia. Sin embargo, Chaves deja claro que tanto la escasa capacidad militar de los republicanos, como sus excesos represivos, derivan de la falta de un poder político fuerte y de la debilidad extrema del estado republicano, lo que favorecía el control real de la calle y el frente de combate por los grupos políticos obreros y sus milicias. Así queda explicitado en relatos como Masacre, masacre, Y a lo lejos una lucecita, El consejo obrero, pero sobre todo en La columna de Hierro.
Otro de los grandes aciertos de la obra de Chaves, es que lejos de mostrar la violencia de un solo bando, realiza un esfuerzo notable por presentarnos igualmente la realidad represiva y militar del bando rebelde. Y cuando la aborda, la observa también desde sus múltiples aristas, reflejando toda su complejidad. El autor sabe destacar la mayor capacidad militar del ejército sublevado, su disciplina y organización, ya sea en lo que respecta a las fuerzas militares (Tercio de la Legión o regulares marroquíes), como en lo relativo a los civiles armados (falangistas o las "huestes señoriales" de los terratenientes). Así se evidencia en relatos como Los guerreros marroquíes o La gesta de los caballistas. Por otro lado, Chaves se muestra especialmente impactado, como el resto de la población que habitaba en la zona republicana, por los intensos bombardeos que asolaban ciudades como Madrid.

El palacio de Torrecilla en la calle Alcalá de Madrid tras un
 bombardeo de la aviación franquista. F.: museoreinasofía.es
Por novedosos, resultaban especialmente inhumanos para una población que los recibía como un castigo incomprensible, como una violencia criminal y cobarde, ejercida además sobre civiles desarmados. No olvidemos, que es en la Guerra Civil Española cuando por primera vez en la historia se recurre al uso masivo de aviación pesada para bombardear la retaguardia del enemigo. Aunque la Segunda Guerra Mundial normalizaría tales atrocidades, en la Europa de mediados de los años 30 eran desconocidas. El impacto de los bombardeos sobre la población se traducía de inmediato en una fuerte indignación, lo que aumentaba las ansias de venganza de los sectores más afectados y la represión sobre el enemigo. La aviación de las potencias fascistas machacó literalmente las grandes ciudades republicanas como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao y un Chaves conmovido lo refleja en relatos como Masacre, masacre o El refugio. No es una casualidad que algunos de los momentos más intensos y dramáticos de la obra estén asociados a dichos bombardeos.
Chaves nos muestra también la brutal represión ejercida por el bando rebelde sobre los desafectos. En Viva la muerte se subraya el papel destacado de los falangistas en la represión franquista, papel derivado de su fuerte radicalización ya en los años de la República, en los que habían alcanzado un enorme protagonismo en las calles en su lucha frente a los grupos obreros. El hecho de que se sitúe en Valladolid es del todo acertado, porque nos relaciona con la fuerte represión ejercida por el franquismo en zonas donde la sublevación triunfó desde el principio y la fuerza del Frente Popular era limitada, una represión que, al contrario de lo pudiera parecer, llegó en algunos casos, como los de Navarra o Castilla, a ser bastante intensa. En dicho relato se muestran los clásicos fusilamientos realizados al caer la noche, que también aparecen en las últimas páginas de La gesta de los caballistas, donde se describen las clásicas sacas que se realizaban en las atestadas cárceles improvisadas de la zona franquista. Y es precisamente en La gesta de los caballistas, donde el autor vuelve a sorprendernos al abordar un tipo de represión pocas veces reflejado en la literatura y que resultó ser muy intensa en el suroeste español, envuelta de un barniz social muy llamativo. No debemos olvidar, que en las zonas jornaleras la represión franquista fue particularmente intensa, zonas en las que la injusticia social alcanzaba cotas inimaginables en cualquier otro lugar de Europa y donde la movilización campesina había crecido mucho durante la II República. Hablamos de Andalucía occidental o Extremadura y particularmente de provincias como Badajoz, Huelva o Sevilla, zonas latifundistas donde se multiplicaron las matanzas. La descripción que el autor hace en las primeras páginas del relato de la formación de una "hueste señorial" casi medieval, de amos y lacayos, es de lo mejor de toda la obra. El descarnado clasismo de la Andalucía latifundista se traduce en una fortísima represión por parte de los sublevados, con un carácter esencialmente ejemplarizante y aleccionador, que en esa zona estuvo muy vinculada, cuando no protagonizada directamente, a la oligarquía terrateniente.

Tocina (Sevilla), julio de 1936. En la calle Mesones, legionarios del ejército rebelde agrupan a los que van a ser asesinados. Fuente: Fototeca Municipal de Sevilla. Archivo Serrano.


Matizaciones a la visión de Chaves sobre la guerra

En próximas entradas tendremos la ocasión de demostrar que la secuencia y desarrollo de los hechos concretos narrados en A sangre y fuego no son del todo rigurosos. Aún así, y como hemos visto, está fuera de toda duda el carácter realista y sincero de la visión que Chaves nos ofrece de su eṕoca. Con todo, debemos introducir algunas matizaciones importantes que deberíamos tener muy en cuenta a la hora de abordar su obra, y que como ya hemos comentado, están muy relacionadas con el contexto concreto en que se escribieron los relatos. Si no lo hacemos, podemos desarrollar una visión distorsionada de la violencia ejercida por ambos bandos durante la guerra. 
¿Cuáles serían los efectos distorsionadores de la obra de Chaves? Chaves Nogales analiza la realidad desde la zona republicana, en la que vivía y trabajaba, la que más conocía y de la que más información tenía como periodista, y puede ofrecer menos testimonio de lo que ocurría en la zona ocupada por el ejército rebelde, como de hecho así hace. Sin pretenderlo, sobredimensiona la violencia en el bando republicano respecto a la ejercida en el bando franquista.
Por otro lado, Chaves llega a Madrid con el inicio de la guerra y abandona España tras la salida del gobierno republicano hacia Valencia a principios de noviembre, a mediados de dicho mes se traslada a Barcelona y después al exilio en Francia. Así pues, la realidad del bando republicano descrita por él abarca los tres primeros meses de la contienda, periodo de tiempo marcado por un estado de cosas muy diferente del que nos encontraremos a partir de entonces. En esos primeros momentos, y en medio del caos inicial, el estado republicano entraba en un proceso de descomposición, mientras las milicias obreras campaban a sus anchas y se hacían con la calle, adquiriendo además un total protagonismo en el frente. Ante la inexistencia de un ejército republicano, son ellas las que evitan el colapso militar de la República, pero también protagonizan escandalosas situaciones, producto de la falta de disciplina y organización (desbandandas multitudinarias, actos de insubordinación frente a los mandos, etc.). En la retaguardia, y ante la práctica inexistencia del gobierno legítimo, las milicias obreras llenaron el vacío de poder existente y se convirtieron en protagonistas de un proceso revolucionario que conllevó una fuerte represión. A partir de finales de 1936, la realidad política y militar se transformó con la creación en septiembre del gobierno de unidad del socialista Largo Caballero y la fundación en octubre de un ejército regular, el Ejército Popular de la República. Tales cambios tuvieron una inmediata repercusión en los frentes de combate, en los meses siguientes las milicias fueron absorbidas por el nuevo ejército y se instauró una estructura y disciplina militar, lo que redujo sensiblemente el caos inicial en las fuerzas republicanas. Las desbandadas y los excesos represivos en el frente fueron desapareciendo y situaciones como las descritas en El tesoro de Briviesca o Los guerreros marroquíes ya no serían posibles.

Azaña, Negrín y el general Miaja pasan revista a las tropas del ejército republicano en una visita al frente del centro en noviembre de 1937. Fuente: elespanol.com



Con la reconstrucción del estado republicano desde finales de 1936 y principios de 1937, la situación aún se transformó más en la retaguardia. Actuaban allí las checas, que como ya hemos esbozado con anterioridad, eran organizaciones que ejercían de forma incontrolada la violencia política en las ciudades republicanas, actuando a través de "policías" de partido que realizaban detenciones arbitrarias y "paseos", ejecuciones de carácter clandestino y sin formación de causa. En algunas de esas checas actuaron personajes indeseables cuya actividad no difería mucho de la delincuencia común, generándose en la retaguardia republicana un elevado clima de terror e inseguridad entre los enemigos de la República y los no afines al Frente Popular. Aunque, a lo largo de noviembre se produjeron las matanzas de Paracuellos del Jarama (a partir de las "sacas" de presos derechistas de las prisiones madrileñas), ya antes de diciembre la actividad de las checas se había reducido ostensiblemente, y con ella la frecuencia de los "paseos", hasta su práctica desaparición a en la primera mitad de 1937. El clima de exceso y violencia había sido objeto de preocupación de las autoridades republicanas de Madrid desde el principio, aunque fue Santiago Carrillo, Consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid (creada tras la salida de la capital del gobierno republicano) quien consiguió poner coto casi definitivo a los injustificables paseos. Paradójicamente, existe hoy un fuerte debate historiográfico sobre su responsabilidad, por activa o pasiva, en las matanzas de Paracuellos del Jarama. 
Hay algo que queda fuera de toda duda: cuando la violencia política del Madrid republicano evolucionaba hasta su casi desaparición, Chaves ya estaba fuera del país, siendo la mayoría de sus relatos escritos entre agosto y septiembre de 1936, cuando la actividad de las checas estaba en su cénit. Por tanto Chaves nos muestra la cara más violenta y caótica del bando republicano, aquella que sin desaparecer del todo, se vio en gran medida mitigada a posteriori, a lo largo del año 1937. Si es verdad, que el autor aclara una y otra vez que tal situación no es producto de la acción del gobierno, sino todo lo contrario, deriva de su incapacidad para actuar; pero el público en general, que suele desconocer la evolución del régimen republicano, puede llegar a la conclusión de que tal realidad fue la tónica dominante durante la II República.

Tras fracasar el golpe de estado en Guadalajara, un grupo de milicianos conducen al comandante Ortiz de Zarate, su cabecilla, para su fusilamiento. Fuente: pinterest


Muy al contrario, la violencia ejercida desde el bando rebelde no sufrió ningún cambio sustancial a lo largo del tiempo. La represión continuó en los territorios bajo control de los sublevados durante toda la guerra con verdadero ahínco, trasladándose a los territorios que paulatinamente se iban conquistando y manteniendo en dichas zonas una intensidad elevada. La razón es obvia. Al contrario que en la zona republicana, donde la represión fue dirigida por las milicias y no por el gobierno, los grandes protagonistas de la represión en la zona franquista fueron la falange y especialmente el ejército. Y es precisamente el ejército el que se hace con el control de la situación desde el principio en la zona sublevada, ejerciendo un control efectivo sobre las actividades políticas y represivas en su territorio. Aunque los excesos de los falangistas inquietaron en algunos casos concretos a las autoridades, por lo general, la violencia ejercida era controlada y promocionada desde el poder, con un estado articulado muy pronto como una dictadura militar caudillista. El carácter sistemático y organizado de tal represión queda fuera de toda duda, así como su prolongación en el tiempo a lo largo de la contienda civil y aún más allá de la guerra, durante la posguerra. Con meridiana claridad lo expresa Paul Preston, el autor de El holocausto español, cuando señala que "la violencia en la zona republicana venía desde abajo, en la zona rebelde venía desde arriba". 

En la foto el general Millán-Astray, escoltado por un mando falangista y otro carlista, sale del cuartel general de Franco en Cáceres. Los tres grandes poderes represivos del bando franquista quedan visibilizados en la foto.



Teniendo en cuenta todo lo comentado, y sin pretender, en modo alguno, subestimar la violencia republicana o establecer una dicotomía entre una represión "mala" y otra "buena", lo que en ningún caso es nuestro objetivo, hay que concluir que la violencia ejercida en el bando franquista tuvo un perfil diferente a la del bando republicano, tanto cuantitativa como cualitativamente. También debemos concluir que esa diferencia no se deduce de la lectura de la obra de Chaves, lo que por otra parte es comprensible, ya que él no es un historiador, sino un periodista, que muestra tan solo lo que ve en un momento determinado.
La apreciación de un perfil diferente en ambas violencias no solo se encontraría amparada por la historiografía más progresista, sino que es un principio aceptado por buena parte de los historiadores que han trabajado sobre el tema y los intelectuales que han reflexionado sobre la guerra, y evidentemente es rechazada abiertamente por el revisionismo neofranquista, que en realidad no es más que una reformulación de las mentiras y prejuicios pseudohistóricos de la historiografía franquista. Para ejemplificar esta hipótesis, podemos aludir a dos figuras que desde sus respectivos ámbitos, el literario y el histórico, son reconocidos por su no adscripción a ninguna tendencia ideológica, o en términos más burdos, a ningún "bando". El primero sería, como no, Arturo Pérez Reverte, al que ya nos hemos referido al inicio de esta entrada, cuando aludíamos a su reivindicación, tan obsesiva como pueril, de la denominada "Tercera España". El gran adalid de esa España neutral abocada a la guerra por los extremos, sacó a la luz en 2015 su muy divulgativa La Guerra Civil contada a los jóvenes, en la que su obsesión por la neutralidad le lleva a esforzarse hasta el extremo por ser equidistante. Quizás porque no soy joven, no leí su libro. Sin embargo, un alumno embarcado en su lectura me interpeló sobre él y decidí entonces leerlo para ofrecerle mi opinión como profesor. Aunque muchas de sus afirmaciones pueden ser discutibles, para mi grata sorpresa, en sus páginas quedaban reflejadas algunas de las ideas aquí expresadas respecto al diferente perfil de la violencia en ambos bandos. La percepción que de la violencia en la Guerra Civil tenía Reverte no difería en exceso de la de Paul Preston. Para Pérez Reverte "los dos bandos fueron atroces. Un bando por incultura y barbarie, y otro bando por política sistemática de terror". 

Un caso diferente es el de Enrique Moradiellos, al que muchos autodenominados "defensores de la Tercera España" perciben como un referente. Lo conozco personalmente y tuve el privilegio de trabajar junto a él en el Departamento de Historia Contemporánea de la UEX. Moradiellos no es adalid de nada ni de nadie, su único compromiso es con el oficio de historiador, de ahí su gran preocupación por la rigurosidad y el buen uso de las fuentes, así como con la neutralidad desprovista de prejuicios, desde la que el autor debe buscar la realidad de los hechos. En su obra, Moradiellos asume la diferente realidad política de las dos Españas, una siguió siendo, aunque con muchas dificultades, un régimen democrático y constitucional, otra era una dictadura militar caudillista; siendo consciente de que la violencia en uno y otro lado tiene diferentes rasgos, con un carácter más sistemático y regulado en el bando sublevado. A nivel cuantitativo, Moradiellos también observa nítidas diferencias, asumiendo además unas cifras de asesinados muy creíbles, alejadas de las de su maestro, Paul Preston, cifras que no contentan a nadie que con intenciones ideológicas quiera modelar la historia al servicio de sus intereses. En esas cifras, que refiere en su interesantísima obra divulgativa Historia mínima de la Guerra Civil, se mencionan 55.000 asesinados por el bando republicano frente a los 100.000 del rebelde, a los que habría que añadir otros 30.000 durante la posguerra. Como mínimo, en el transcurso de la guerra la represión franquista casi llegó a duplicar el número de muertes de la zona republicana, sin contar las tremendas matanzas de la posguerra.
Anthony Beevor, el gran historiador británico de la Segunda Guerra Mundial y autor de La Guerra Civil española señala:
"En una guerra civil, la labor de propaganda y el odio que desencadena es brutal. Luego está el miedo. El odio es el combustible y el miedo, el detonador. De pronto, aquellos que parecían pacíficos se baten llenos de ira. En los primeros meses de la guerra, ambos bandos actuaron con crueldad matando a miles de inocentes. Los republicanos intentaron poner orden en sus filas y evitar la barbarie. Los militares rebeldes, en cambio, alentaron el horror. Fueron inmisericordes, y la guerra la ganaron los que no tuvieron piedad".