BLOG DE JOSÉ ANTONIO DONCEL DOMÍNGUEZ (I.E.S. LUIS CHAMIZO, DON BENITO, BADAJOZ)

martes, 28 de agosto de 2012

La exploración y conquista española en Asia y el Pacífico: el galeón de Manila


El Pacífico en un mapa del gran cartógrafo A. Ortelius de 1598

Durante el siglo XVI los navegantes españoles, sedientos de aventuras y sobre todo de riquezas y poder, protagonizaron multitud de expediciones y descubrieron nuevas tierras en la inmensidad del Pacífico, llegaron a los rincones más alejados y recorrieron archipiélagos e islas desde Australia a Japón, contactando con civilizaciones del Extremo Oriente como la de China. Solo a partir del siglo XVII se les unirían los holandeses y más tarde los ingleses y franceses. Sin embargo, serían éstos los que se llevaron el reconocimiento y el prestigio, y siglos después, casi nada había trascendido de aquellos marineros vascos, castellanos o portugueses que al servicio de la corona española habían navegado y explorado el océnao Pacífico. Es como si el afán de conquista hispano se hubiera quedado limitado al Atlántico y América y el descubrimiento y exploración del Pacífico fuera cosa de otros, de marinos como el holandés Abel Tasman en el siglo XVII, o el inglés James Cook y los franceses Bougainville y La Pérouse en el XVIII. Sin embargo, durante el siglo XVI y la primera parte del XVII el dominio de los mares fue hispano y el Pacífico no quedó al margen de ello, convertido en un "lago español". Y como prueba quedaron la multitud de topónimos hispánicos que han pervivido y que todavía podemos observar con un simple vistazo en el atlas: es el caso del estrecho de Torres entre Australia y Nueva Guinea y multitud de archipiélagos como las Carolinas, las Marianas, las Marquesas, las islas Filipinas -en cuyo territorio abunda la toponimia española con islas como Negros o ciudades como Legaspi, Lucena, Angeles o Puerto Princesa entre otras muchas-, el archipiélago de las Salomón, algunas de cuyas islas mantienen nombre español -San Cristóbal, Santa Isabel o Guadalcanal-, el archipiélago de la Santa Cruz, al este de las Salomón, o la isla Espíritu Santo en Vanuatu (Nuevas Hébridas).

DESCUBRIMIENTOS Y EXPLORACIONES ESPAÑOLAS EN EL SIGLO XVI Y XVII

En 1514 Vasco Nuñez de Balboa cruzaba el istmo de Panamá y se plantaba ante un nuevo e inmenso océano, al que llamó el Gran Mar del Sur. Desde entonces, resultó evidente que la idea de Colón de que las tierras descubiertas en sus viajes formaban parte de Asia era un error. La necesidad de conocer el nuevo mar abrió el camino a las exploraciones españolas que pretendieron abrir una nueva ruta alternativa para llegar a las islas Molucas -en la actual Indonesia-, conocidas entonces como las Islas de las Especias. Estas islas eran el centro de un comercio, el de las especias, que desde el fin de la Edad Media procuraba enormes beneficios y que dominaban los portugueses a través de sus asentamientos en África, la India y el sudeste asiático, a través del océano Ïndico. El Tratado de Tordesillas de 1494 había fijado las zonas de influencia de Portugal y Castilla, dominadores de los mares, pero no estaba claro si las islas Molucas entraban en una zona u otra. Esa indefinición permitió que la corona española siguiera buscando una ruta alternativa, que solo podría hallarse a través del Pacífico. Por eso el rey Carlos I financió la expedición de Fernando de Magallanes que daría la vuelta al mundo y buscaría una ruta alternativa hasta las Islas de las Especias. Salió de España en septiembre de 1519 y regresó tres años después, en septiembre de 1922. Sufrieron rebeliones, hambre, guerras y enfermedades, y el propio Magallanes murió, como la mayoría de los miembros de la expedición. En septiembre de 1522 llegaban a Sanlúcar de Barrameda dieciocho supervivientes bajo el mando de Juan Sebastián Elcano. Habían dado la primera vuelta completa al globo terráqueo, habían descubierto las Filipinas y las Marianas y traían un cargamento importante de especias, pero no habían logrado conquistar las Molucas. El viaje había sido largo: habían rodeado América del Sur por el que después se llamaría estrecho de Magallanes y se habían internado por primera vez en el Gran Mar del Sur, que denominaron Pacífico por los escasos vientos que encontraron y las calmas que ralentizaron el viaje y los condenaron al hambre y el escorbuto, acuciados por la falta de agua potable y alimentos frescos. Tres meses después llegaban a las Marianas, con la mala suerte de haber recorrido miles de kilómetros sin toparse con las múltiples islas que había. Descubrieron después el archipiélago de las Filipinas, donde murió Magallanes, y más tarde Elcano llegaba a las islas Molucas, partiendo después hacia España en un largo viaje por mares portugueses, atravesando el océano Índico y bordeando Äfrica.
Carlos I trataría de ocupar las islas Molucas mandando posteriormente una flota al mando de fray García Jofre de Loayza, que también fracasó. El Tratado de Zaragoza de 1529 fijó de forma definitiva los límites de la expansión de los imperios ibéricos y las Molucas quedaron fuera del alcance castellano. A pesar de todo, los navegantes españoles siguieron navegando por el nuevo océano y en 1528 Álvaro de Saavedra encontró una nueva ruta que permitía cruzar el Pacífico desde Nueva España hasta Filipinas en mucho menos tiempo que el precisado por Magallanes. La vuelta hacia América seguía siendo, sin embargo, un problema serio. En 1542 sería Ruy López de Villalobos quien llegaría de nuevo a las Filipinas, explorándolas y dándoles su nombre en honor a Felipe II. Poco después moriría en las Molucas, preso de los portugueses.

Pintura de Elías Salaverría de principios del s. XX.
 "El regreso de Juan Sebastián Elcano a Sevilla".
En la expedición de Villalobos llegó a  las Molucas el capitán Iñigo Ortiz de Retez, que recaló más tarde en la isla ya conocida por los Portugueses como Papúa, y que él denominó Nueva Guinea por la apariciencia de sus habitantes, que le resultó parecida a la de los negros del golfo de Guinea.
En 1560 Felipe II decide impulsar la expansión por el Pacífico y ordena colonizar las Filipinas, para convertirla en la base española del comercio con Asia y China, a pesar de violar los tratados vigentes con Portugal y estar fuera de su zona de expansión.. Es enviado Miguel López de Legazpi desde México, que recala y conquista Guam y después desembarca en el archipiélago filipino, en las islas de Cebú, Mindanao y Luzón. La resistencia encontrada le obliga a buscar ayuda y entre aquellos que estarán en la flota de regreso esta Andrés de Urdaneta, un religioso vasco, gran marino y uno de los que mejor conoce el Pacífico. Subirá hacia el norte y cogerá a la altura de Japón la gran corriente del Kuro Shivo, que le conducirá hasta California, bajando luego hasta Acapulco, cuatro meses para veinte mil kilómetros. Se había encontrado en 1565 la llamada ruta del Tornaviaje, utlizada a partir de entonces por los nvegantes españoles y que permitía comerciar con América sin necesidad de volver por el océano Ïndico y atravesar las áreas de influencia portuguesa. 
Legazpi recibió ayuda y consolidó sus conquistas. En 1571 fundaba el que sería el centro de la presencia española en Asia, la ciudad de Manila, ubicada en un excelente puerto natural al oeste de la isla de Luzón, desde el que se desarrollaría pronto un intenso comercio con China.

Fundación de Manila por Miguel López de Legazpi.

Álvaro de Mendaña
Andrés de Urdaneta



















Pronto surgirán nuevas expediciones desde Nueva España -México- y Perú, estimuladas por la ambición y la creencia en leyendas como la de la Terra Australis, el legendario continente del Sur, o las islas del Oro, supuestamente situadas al oeste de América. Con esas leyendas en la cabeza parte de Perú una expedición al mando de Álvaro de Mendaña en 1567. Después de tres meses de navegación descubren unas islas, bautizadas como islas Salomón, pensando que podían ser las míticas minas del biblico rey Salomón. Tuvo que regresar a Perú, pero 25 años después Mendaña volvía a la zona con una nueva expedición que le permitió descubrir las islas Marquesas y encontrar las islas de Santa Cruz, al sudeste de las Salomón, donde finalmente volvió a recalar y encontró la muerte. En aquel viaje le había acompañado como piloto el portugués Pedro Fernández de Quirós, que después, en 1603, comandará una nueva expedición para buscar la Terra Australis desde Perú. No la encontró pero descubrió la isla Espiritu Santo y el archipielago de Nuevas Hébridas. Un temporal separó la expedición y su segundo, Luis Váez de Torres, navegó en dirección oeste, penetrando por el estrecho que separa Nueva Guinea de Australia, hoy con su nombre. Por primera vez un europeo avistaba el continente australiano, aunque sin percatarse de que se encontraba ante una gran masa continental.



Sin embargo, y a pesar de todas estas expediciones, los españoles no consiguieron convertir las costas de Asia y Oceanía en una nueva América, los recursos encontrados no eran los mismos y nunca se descubrieron extensos territorios con mucha población -no se halló la mítica Terra Australis-, no se explotaron grandes recursos mineros y las leyendas de las islas de oro y plata nunca se convirtieron en realidad, muchas poblaciones fueron hostiles y cuando se llegó a las islas del sudeste asiático ya estaban bien asentados los portugueses, a la vez que en el continente existían sólidos imperios y civilizaciones que dificultaban la penetración europea -China o Japón-. Por otro lado, el viaje desde España era muy largo y tortuoso y había que cruzar dos océanos, lo que impedía la llegada de muchos españoles, dificultando la colonización de los nuevos territorios. Tan solo fueron conquistados algunos archipiélagos como las Marianas y las islas Filipinas, convirtiéndose éstas en el gran enclave español en Asia. Hubo intentos de asentarse en Indochina y Formosa, que no cuajaron, e incluso planes para la conquista de China. De hecho, la propia colonización de Filipinas se hizo con muy pocos españoles, de ahí que el peso de los misioneros y religiosos fuera especialmente grande, mucho mayor desde luego que en América. Allí calaron entre la población local, donde se extendió un fuerte sincretismo de las tradiciones locales con el cristianismo. El proceso de evangelización se vió beneficiado también por el uso de la lengua indigenea -lo que no ocurrió en América-, como se estableció en el Sínodo de Manila de 1584.



EL GALEÓN DE MANILA

Los españoles también monopolizaron el comercio a lo largo del Pacífico entre América y Asia, y fueron los únicos, aunque otros llevaron a cabo exploraciones, que realizaron un comercio importante entre sus costas antes del siglo XVIII. Tan solo ellos navegaron con regularidad por sus aguas, a través del denominado Galeón de Manila o Nao de la China, que cada año surcaba las aguas llevando productos desde el puerto de Acapulco en Nueva España -México- hasta Manila en Filipinas y volviendo posteriormente al punto de partida. Era un viaje larguísimo, de uno o dos barcos, que se convirtió en el gran rival de la ruta de las especias, dominada por los portugueses y que iba por el océano Ïndico, cumpliendo el sueño de Colón de llegar a Asia desde el lado opuesto. El primero se produjo en 1585 y el último en 1821 cuando la Guerra de Independencia Americana interrumpió su servicio. El trayecto de salida de Acapulco duraba unos dos meses y recalaba en la isla de Guam y las Marianas a través de la Corriente Ecuatorial del Norte que discurre desde el este hacia el oeste. El tornaviaje desde Manila hacia México era más complicado y largo, durando más de cuatro meses, porque tenía que seguir la ruta de Urdaneta, que subía hacia el norte para seguir la ruta de la corriente de kuro Shivo hasta el cabo Mendocino en California y bajar luego hacia el sur bordeando la costa. En México los productos asiáticos del Galeón de Manila eran desembarcados en el puerto de Acapulco y transportados por vía terrestre hasta Veracruz. Entraban así en la otra gran ruta comercial española, la de la Flota de Indias, que desde el puerto de Veracruz, -también desde Cartagena de Indias y Portobello- discurría hasta La Habana y desde allí, formando grandes convoyes escoltados por galeones armados, se dirigía a través del Atlántico hacia el puerto de Sevilla -en el siglo XVIII al de Cádiz-. La corona monopolizaba el control de la explotación y transporte de las riquezas materiales de los nuevos territorios, y para ello había creado en 1503 en Sevilla la Casa de Contratación, un organismo que autorizaba todo viaje o intercambio comercial con las colonias.

La bahía de Acapulco ofrecía un excelente puerto natural que pronto se convirtió en uno de los grandes puertos comerciales del imperio español.

Manila se fundaba en 1571, convirtiéndose en la capital de las Filipinas. En 1590 se iniciaba la construcción de las murallas que habían de proteger la que desde entonces se llamó la ciudad intramuros.

El fuerte Santiago incluye algunos de los escasos vestigios que han queda-
do de la ciudadela intramuros de Manila, destruída en la II Guerra Mundial.

Ruta de ida y vuelta seguida por el galeón de Manila entre Filipinas y Nueva España.


A través de Manila los españoles comerciaban con las Molucas, Bengala, Japón, Borneo, Siam, Sumatra y Java, se embarcaban en el galeón de Manila piedras preciosas de la India, especias del sudeste asiático y Ceilán. Pero la razón de ser de la ciudad de Manila y la ruta del Galeón era sobre todo el comercio con China. Sus refinadas manufacturas -seda, porcelana, perfumes- eran valoradas por la élite criolla americana de México y Perú y por las clases altas europeas, y a su vez China demandaba intensamente la plata americana, que era utilizada de forma masiva a raíz de las órdenes de pagar los impuestos en este metal. Así que el Galeón de Manila cuando salía del puerto de Acapulco iba cargado de productos americanos como la vainilla, el cacao, cueros, pero sobre todo de plata contante y sonante. Decenas de juncos chinos navegaban hasta las Filipinas anualmente y en la propia Manila existían una pujante comunidad china dedicada al comercio.

Wanli, decimotercer emperador de la dinastía
Ming (1572-1620).
Jarrón de porcelana azul y blanca de la dinastía Ming.



















El nombre de Galeón de Manila estaba relacionado con el hecho de que la ruta hacia Filipinas, como tantas otras, estuvo monopolizada por un nuevo navío, el galeón, que permitió la expansión comercial y militar española. El galeón era un buque que había surgido en los astilleros cantábricos hacia el año 1550. Era producto de la evolución de la nao y la carabela y fue pronto adoptado por el resto de flotas europeas, reinando en los mares durante dos siglos, hasta la aparición de la fragata y la corbeta.

Diferentes perspectivas de un galeón del siglo XVII.

La imponente figura del galeón resaltaba en alta mar.

Rememorando las andanzas del Galeón de Manila, y con motivo de la exposición universal de Shanghai, la Junta de Andalucía patrocinó el diseño y construcción de un galeón, el Andalucía, que navegó en el 2010 hasta Shanghai para permanecer en el pabellón de España y convertirse en embajador de Andalucía en el mundo.

Galeón Andalucía.

LA IRRUPCIÓN DE NUEVAS POTENCIAS EN EL SIGLO XVIII. 
EL FIN DEL DOMINIO ESPAÑOL.

El siglo XVIII marca la decadencia militar y económica de España, que tuvo que aceptar que el Pacífico ya no era un mar de dominio exclusivo suyo. Hacía tiempo que los holandeses habían penetrado en sus aguas, pero entonces los británicos, franceses y rusos se lanzaron a una carrera imperialista que les llevaría a recorrer los últimos espacios inexplorados del inmenso océano. Los rusos desde finales del siglo anterior y principios del XVIII exploraron la costa siberiana y recorrieron las islas Aleutianas hasta Alaska, pero fueron sobre todo los tres viajes del capitán James Cook los que terminaron por abrir el conocimiento y las rutas del Pacífico. En su primer viaje llegó a Tahití, después a Nueva Zelanda y a la costa australiana, más tarde navegó buscando la mítica Terra Australis y demostró que no exitía. Llegó a las Hawai y ascendió hasta el estrecho de Bering. Con él se cerraban las últimas incógnitas sobre el inmenso océano. 
En esa misma época varios gobiernos patrocinaron expediciones al Pacifico, emulando o rivalizando con las del capitán Cook. Por entonces cruzaba también el inmenso océano Louis Antoine de Bougainville, así como Samuel Wallis o Philip Carteret. Más tarde lo haría, al final del siglo, el conde de La Pérouse. Sin embargo, todavía durante el siglo XVIII España mantendría una importante actividad exploratoria frente a británicos y rusos.  Los españoles recorrieron la costa oeste de Norteamérica y en 1760 Gaspar de Portola descubria la bahía de San Francisco, llegando después a las costas del actual Canadá. En esa época y siguiendo la estela de las expediciones del Capitán Cook, Carlos III apadrinaba la última gran expedición expañola. Comandada por el italiano Malaspina, se desarrolló entre 1789-94 y estaba compuesta por dos corbetas que recorrieron  las posesiones españolas a un lado y otro del Pacífico, con el objetivo de evaluar su situación y profundizar en el conocimiento de dichas tierras. Viajaban científicos diversos, naturalistas, botánicos y físicos en una expedición que se convirtió en el canto del cisne del gran imperio español, entonces en decadencia.

La expedición de Malaspina estaba compuesta por las corbetas Descubierta y Atrevida.

Itinerario de la expedición de Malaspina a lo largo del Atlántico y el Pacífico.


























2 comentarios:

  1. Bastante interesante tu blog, en un foro hay una discusion al respecto: http://www.forosperu.net/showthread.php?t=645409
    saludos GRACIAS

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