BLOG DE JOSÉ ANTONIO DONCEL DOMÍNGUEZ (I.E.S. LUIS CHAMIZO, DON BENITO, BADAJOZ)
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domingo, 7 de junio de 2020

La Guerra Civil Rusa en la literatura: cuentos de Míjail Sholojov e Isaak Babel

Fuente: fotografía propia (jadonceld.blogspot.com)






Hace muchos años, quizás, ya demasiados, entorno a los años 80, mi curiosidad me llevó a fronteras extrañas, mi pasión por la historia y especialmente por los acontecimientos revolucionarios de Rusia me condujo hasta la literatura revolucionaria de la época. En puestecillos de libros del cacereño Paseo de Cánovas, en navidad o en la Feria del libro de abril, adquirí, siendo tan solo un chaval, dos pequeñas obras que causaron en mí una honda impresión, dejándome una huella que todavía hoy perdura. Una era Los cuentos del Don de Míjail Sholojov, la otra, Caballería roja de Isaak E. Babel. Ambos libros se articulaban en pequeñas narraciones, relatos cortos o cuentos, los dos conducían al lector hasta la esencia de cualquier guerra, en especial de cualquier guerra civil, una esencia que no es otra que la brutalidad, la crueldad más descarnada; los dos te sumergían en la naturaleza, describiendo imponentes paisajes y cielos al estilo más clásico de la gran literatura rusa de Tolstoi o Turguéniev. Literatura con mayúscula, cargada de personajes verdaderos e intensos, inmersos en el drama y la violencia desmedida de la Guerra Civil Rusa. Ambos autores eran bolcheviques, ninguno lo escondía. Su ideología se reflejaba con fuerza en estos cuentos, pero ambos, cada uno a su manera, supieron trascender el camino fácil y simplón de la apología política o la propaganda revolucionaria, para tratar de mostrar el horror de la guerra, el dolor de las familias rotas, el drama y la destrucción inherente a un conflicto civil.

La estepa se extiende desde Ucrania y el sur de Rusia hasta Siberia meridional. Estepas en torno al río del Don. Fuente: vishytheknight.wordpress.com


Míjail Sholojov. Fuente: coleccionmuseoruso.es 
En Los cuentos del Don, Sholojov nos trasladan a la región del río Don, a las estepas del sur de Rusia, que se extienden entre Ucrania y el Volga. En aquellas planicies sin fin se diseminaban las stanitsas cosacas, cuyo paisaje estepario, descrito magistralmente por Sholojov, se convertía en el marco vital donde se desenvolvía la dura vida de los cosacos, un pueblo singular, de hombres tenaces, sufridos y orgullosos. El autor nos muestra con una mezcla emocionada de dulzura y tragedia el devenir de sus habitantes durante la cruenta Guerra Civil Rusa. En dicha contienda, los cosacos fueron protagonistas indiscutibles, conformando la base nuclear de los ejércitos blancos: ese fue el caso de los cosacos de Oremburgo, en los Urales, los cosacos del Terek o el kuban en las cercanías del Cáucaso, pero sobre todo de los cosacos del Don.

Fuente: elaboración propia


Cosacos del ejército blanco de Denikin. Fuente: Pinterest
Los cosacos formaban un típico pueblo de frontera, formado por campesinos libres, aguerridos y barbudos, que se enfrentaron con fuerza al nuevo poder emergente de la Revolución, engrosando los ejércitos blancos de Wrangel o Denikin, como antes formaron el grueso de las unidades de caballería del ejército del Zar. Fusionados con la estepa, con la que conformaban una unidad, eran excelentes jinetes y se convirtieron en la esencia de la caballería roja y blanca durante la Guerra Civil Rusa. Y es que, al contrario de lo que con frecuencia se supone, los cosacos no eran todos blancos, muchos se unieron a las filas de los eseritas y de los bolcheviques. En las stanitsas los más se oponían a las requisas de grano que realizaban los bolcheviques  y defendían con celo su individualismo y tradiciones frente al centralismo socializante de los comunistas, sin embargo, algunos se vieron seducidos por las nuevas ideas revolucionarias y se unieron al Ejército Rojo. Sholojov mostrará con maestría el drama de esta sociedad atormentada, desgarrada por la guerra y la revolución, con familias rotas y enfrentadas, siempre en el marco imponente de la naturaleza esteparia. En El Lunar, un padre, jefe de una banda de cosacos blancos, mata en combate al jefe de un escuadrón rojo, entonces descubre en él a su hijo y desgarrado por el dolor, se suicida. En Sangre extraña un padre cosaco, cuyo hijo a muerto como soldado del ejército blanco de Wrangel, cuyo odio al poder soviético no tiene parangón, termina adoptando al joven jefe rojo que le viene a requisar el trigo y que cae gravemente herido en un ataque blanco: él lo recoge, lo cura y cuida, y lo adopta como si fuera su hijo. En La carcoma una familia tradicional cosaca no acepta el bolchevismo de su hijo menor, que termina trágicamente asesinado por su padre y su hermano. Podríamos seguir nombrando, una tras otra, maravillosas historias, por lo general trágicas, como La estepa de añil, El padre de familia, El comisario de abastos, etc.

Stanitsa cosaca de la región del Don. Fuente: russian7.ru
Familia cosaca a finales del siglo XIX. Fuente: ru.wikipedia.org
Sholojov era cosaco y bolchevique, por ello, aunque la tragedia envuelve la mayoría de los relatos, su compromiso ideológico permanece fuerte y se proyecta en la esperanza de una sociedad mejor que se constata en la imposición del nuevo poder soviético, aún a pesar del rechazo que muchos de los habitantes de la estepa sienten por dicho poder. Los cuentos del Don es la primera obra narrativa del autor, publicada en una época temprana, 1925, en la que el estalinismo todavía no había extendido sus terribles tentáculos estranguladores sobre la política y la cultura de la Revolución Rusa. Por ello, Sholojov es capaz en sus cuentos de compatibilizar cierto romanticismo revolucionario con la disponibilidad de ponerse en la mente del cosaco tradicional, que no está dispuesto a aceptar con sumisión la transformación de su mundo por el incipiente poder soviético.
La evolución posterior del autor, sin embargo, le conduciría por otros derroteros, los de la literatura más servil a un régimen que se deslizó en los años posteriores hacia la tiranía más brutal, el totalitarismo delirante de Stalin. En las décadas de 1930 y 1940, el autor de Los Cuentos del Don y de El Don apacible, que recibiría el premio nobel en 1965, se convirtió en uno de los escritores oficiales del régimen estalinista, exaltando en sus obras la "Gran Guerra Patria" frente al nazismo o la colectivización de los campos soviéticos de la época. Llegaron así obras como Lucharon por la Patria, que también adquirí en mi juventud. Nunca la llegué a leer, con toda probabilidad, nunca la leeré.

La relación de cosaco con sus caballos es algo especial. Fuente: russia7puntoru

El gran escritor Isaak Babel. britannica.com
La literatura de Babel es diferente. Isaak E. Babel no era un cosaco como Shojolov, era uno de los muchos judíos que habitaban las tierras occidentales del inmenso imperio ruso, que sobrevivían en los guetos y aldeas judías repartidas por Ucrania, Polonia o Bielorrusia. Como muchos judíos sufrió la severa discriminación y los violentos progroms de la época zarista, y como muchos de ellos se unió con esperanza a las filas revolucionarias de los bolcheviques. Los relatos que conforman La caballería roja son mucho más cortos que los de Sholojov, sus historias se conciben como pequeñas brochadas, aunque todas juntas son capaces de conformar una increíble radiografía de la guerra polaco-soviética (concebida como el último capítulo de la Guerra Civil Rusa, no en vano Polonia era parte del antiguo imperio del Zar). Así pues, cada narración puede leerse como tal o como un capítulo de una novela única y compacta. El autor no olvida la luz, los cielos, el paisaje, pero este no aporta dulzura ni un marco que mitigue la barbarie, simplemente la acompaña. Su obra es minimalista, marcada por una concreción máxima, y sin apenas atisbos de romanticismo revolucionario, sin la ingenuidad que subyace en algunos relatos y personajes de Sholojov. Y sin la ingenuidad y el romanticismo tampoco queda mucho espacio para la esperanza. La guerra con mayúsculas, con su horror y barbarie, se convierte en el protagonista total de las narraciones.
Aunque es evidente el compromiso del autor y de muchos de sus protagonistas con la causa bolchevique, los relatos carecen de la suficiente empatía con los objetivos supremos de la revolución  y los héroes se diluyen en una descripción descarnada de la dureza de la guerra. En el primer cuento ya se manifiesta la extrema crudeza que se nos viene encima, en El paso del Zbruch un soldado es alojado en una casa, donde pronto descubrirá que durmió junto a un cadáver, el del dueño asesinado por los polacos. La desesperanza se apodera del relato En el sol de Italia, en el que su compañero de habitación, Sídorov, escribe una carta bajo el estigma del mayor de lo desalientos: "Me felicitaron y prometieron nombrarme adjunto si me corregía. No me corregí ¿Y que vino luego? Pues luego vino el frente, la caballería, la soldadesca oliendo a sangre fresca y a despojos humanos". En Guedali, un anciano judío desmenuza con angustia y desánimo la revolución y su enemiga, la contrarrevolución. Lo más lúgubre, lo más cruel y lacerante, el conjunto de atrocidades e inmoralidades que rodean cualquier guerra se van sucediendo ante el lector, que queda atrapado por la dureza de la secuencia: en La muerte de Dolgushov un soldado herido, con sus intestinos fuera, exige a sus compañeros que acaben con su sufrimiento; en Argamak se muestra la áspera brutalidad de los cosacos y sus vínculos extremos con el caballo, aspectos visibles igualmente en Afonka Bida, donde además el lector asiste impávido a la salvaje destrucción del patrimonio eclesiástico; en Trunov, el jefe de escuadrón se refleja sin miramientos el ensañamiento y la brutalidad con los prisioneros, que llegan a ser asesinados a sangre fría; en La sal el protagonismo es para el contrabando y las violaciones de mujeres; en Los Ivanes nos sobrecogemos ante la figura del protagonista, que en medio de la oscuridad, llega a orinar sin saberlo sobre el cadáver de un enemigo; La canción nos muestra el drama de aquellas mujeres que son obligadas a mantener en sus casas a los soldados, a los que, si quieren sobrevivir, deben darles comida y...sexo.

Carteles soviéticos que exaltan a la caballería del Ejército Rojo. Fuente: civilianmilitaryintelligencegrou.com
Si Sholojov conocía al dedillo la vida de los cosacos y sus estepas, Babel desmuestra conocer como pocos las tribulaciones de la Guerra Civil Rusa y a la caballería del Ejército Rojo. Aunque no estuvo en primera línea, participó en la campaña de Polonia como parte de la caballería roja que dirigía Semión Budionni, al que nunca le gustaron sus cuentos. Después de leerlos, resulta obvio. La guerra polaco-soviética fue uno de los capítulos finales de la cruenta Guerra Civil Rusa: en 1920 los nacionalistas polacos de Pilsudski, nombrado en el libro, avanzan hacia el este y el Ejército Rojo, a esas alturas claro ganador de la guerra contra los ejércitos blancos, lanza un fulgurante contraataque que le lleva a las puertas de Varsovia, que finalmente no caerá. Ese es el contexto en el que se incardina la obra de Babel. Los combates más intensos se desarrollaron en las tierras de lo que hoy sería el oeste de Ucrania y Bielorrusia y el este de la actual Polonia, precisamente la zona con mayor población judía de toda Europa, cuya vida y sufrimientos conocía muy bien Babel -él había nacido en el gueto judío de la ciudad ucraniana de Odessa-. Y es así, como los judíos se convierten en protagonistas indiscutibles de algunos de los relatos -el caso del anciano Ghedali- o se nos descubre la vida en alguno de los cientos de pueblos judíos, como Berestechko, que se extendían por aquellas tierras de frontera.

Miembros del Primer Ejército de Caballería del Ejército Rojo, la célebre Caballería Roja, dirigida por Semión Budionni, con cuyo papel fue muy relevante en el transcurso de la Guerra Civil Rusa. Fuente: wikipedia.org
Cosacos de la Caballería Roja. Fuente: gettyimages.es
Pero los jinetes de la caballería roja del general Budionni, como el mismo Budionni, solo podían ser cosacos.  Es por eso que éstos se convierten en grandes protagonistas de la obra: Babel, en algunas de sus narraciones, nos sumerge en el tumultuoso universo de los cosacos del Kuban. Los ambientes, entonces, nos recuerdan a la literatura de Sholojov y la venganza se convierte en el gran eje vertebrador. Así ocurre en La carta, la brutal historia que narra la venganza de un hijo frente a su padre, o en la Biografía de Matvei Rodionich Pavlichenko, general rojo que fue pastor antes que soldado y tras la revolución se vengó de su amo en una perfecta radiografía de la atroz lucha de clases del campo ruso en la revolución: "Con un tiro no se llega al alma (...) yo, si llega el caso, estaré pisoteando una hora o quizás más, porque deseo conocer la vida tal como es aquí en nuestro país... sencillamente brutal". Es también el caso de Prischeba, relato muy corto pero terrible, donde un cosaco vuelve tras la guerra a su pueblo en el Kuban para vengar la muerte de sus padres por los blancos y el saqueo de sus bienes por los vecinos.
Babel, al contrario que Sholojov, cayó en desgracia durante la época de Stalin. El autor de Caballería roja era tan heterodoxo como su obra y siempre resultó molesto para un régimen que había derivado hacia el totalitarismo más descarnado. Muerto su protector, el escritor Máximo Gorki, Stalin acabó con su vida e intentó acabar con su obra, lo primero le resultó fácil, en lo último fracasó estrepitosamente.

"La carga de la Caballería Roja" del pintor revolucionario kazimir Malevich


domingo, 17 de mayo de 2020

La Guerra Civil Rusa (II): causas de la victoria roja y consecuencias del conflicto


Cartel que exalta los éxitos del Ejército Rojo. Fuente: workerspower.co.uk 


En la anterior entrada de este blog, "La Guerra Civil Rusa: operaciones bélicas y dimensión militar del conflicto" abordamos los aspectos más relacionados con el ámbito estrictamente militar. En esta segunda entrada sobre el tema nos centramos en las razones que condujeron a la victoria final del Ejército Rojo y la derrota de los ejércitos blancos, analizando las terribles consecuencias que sobre la vida socioeconómica del país tuvo el conflicto.

¿Por qué vencieron los rojos y fueron derrotados los blancos?

"Estar en guardia". Cartel bolchevique, obra del
 pintor ruso Dimitri Moro (1883-1946).
Desde el primer momento, la situación bélica se tornó muy complicada para los bolcheviques. El ejército zarista había sido desmovilizado por completo tras la paz con los imperios centrales y los bolcheviques dependían exclusivamente de los voluntarios de la Guardia Roja y su aparato de seguridad, la Cheká. En enero de 1918, León Trotski era designado Comisario de Guerra con el cometido de crear un Ejército Rojo capaz de enfrentarse a los nuevos desafíos militares. Pronto comprendió que necesitaba un ejército en el sentido clásico, un ejército como el que los bolcheviques  había despreciado siempre, un ejército permanente, disciplinado y jerarquizado, con logística y recursos propios, una estructura militar de gran tamaño que fuera capaz de combatir en los más diversos frentes militares. Contar solo con los obreros urbanos, donde los bolcheviques tenían mucho más respaldo social, resultó pronto insuficiente, lo que le condujo a organizar levas forzosas entre los campesinos de las zonas bajo su control. Es de esta manera como consiguió poner en armas un enorme ejército que llegó a tener 5 millones de soldados y en el que se impuso una durísima disciplina. Se creó un cuerpo de comisarios políticos, agentes encargados de mantener la moral alta y asegurar la lealtad de la tropa, mientras se recurría de forma masiva a miles de antiguos oficiales zaristas, en muchas ocasiones, forzados, para poder articular la estructura militar que los bolcheviques no tenían. A pesar de todo, las enfermedades y epidemias, las malas condiciones de vida y la dureza del combate, generaban gran cantidad de deserciones, que eran respondidas con dureza extrema, una vez que se había restablecido el principio de obediencia y la disciplina y jerarquía militar zarista.
León Trotski, en el centro de la imagen con gorra estrellada, fue el artífice del Ejército Rojo. Fuente: flickr.com

Uniformes del Ejército Rojo. F.: Pinterest
En la victoria del Ejército Rojo resultó fundamental el hecho de que los bolcheviques controlaron siempre el corazón de la Rusia europea. Era allí donde se encontraban las grandes zonas industriales y urbanas como Moscú o San Petersburgo, lo que permitió al gobierno revolucionario contar con la mayoría de los arsenales y buena parte de la industria militar, asegurando la producción estable de todos los recursos necesarios para mantener el esfuerzo bélico. Era en esa zona central, además, donde se desplegaba buena parte de la red de ferrocarriles, lo que permitió a los bolcheviques la transferencia de tropas de un frente a otro con cierta fluidez y la llegada de suministros necesarios (alimentos y armas) a las unidades en el campo de batalla, lo que por otro lado, se vio favorecido por el control total y centralizado que el nuevo régimen soviético tenía de los medios de transporte. Un ejemplo al respecto, fue la marcada movilidad que el ferrocarril dio al alto mando soviético a lo largo de los frentes y zonas guerras, personificada en la figura de Trotski y su tren blindado, construido en el verano de 1918, con el que se movía a lo largo de toda la Rusia europea y que incluía una estación de radio y otra de telégrafos, además de una imprenta para la reproducción de un periódico y la emisión de propaganda.

 Lenin pasa revista a las a las tropas en la Plaza Roja de Moscú el 25 de mayo de 1919.
Fuente: deviartart. Fotografía de N. Smirnow.

1920. Cartel bolchevique exhortando a los obreros a
 alistarse en el Ejército Rojo. F.: militaryhistory.org
Otro elemento determinante en la victoria final de los bolcheviques, fue la unidad de acción y la centralización en el proceso de toma de las decisiones políticas que tenía el bando rojo: el ejército estaba bajo el control y liderazgo indiscutible de León Trotski, mientras el partido tenía un pleno control del poder político, con el protagonismo absoluto de Lenin, cuya autoridad era incuestionable para el resto de los miembros de su organización. Ese control político fue una de las claves del llamado comunismo de guerra,  la rígida política puesta en marcha por los bolcheviques con el objetivo último y fundamental de ganar la guerra frente a todos sus enemigos. El comunismo de guerra estuvo marcado por una creciente represión sobre la oposición política a través de la Cheká o policía política y, sobre todo, por una dura política de requisas entre el campesinado para obtener los recursos necesarios que aseguraran el abastecimiento de la población urbana y especialmente del enorme Ejército Rojo. Si el reparto de tierras había favorecido el respaldo campesino a los bolcheviques, la política brutal de requisas y la leva masiva de soldados provocó un amplio rechazo en el mundo agrario ruso.

El campesinado se mostró por lo general hostil a la política de requisas bolchevique. Fuente: encyclopediaofukraine.com




Requisa de trigo en el campo ruso. Fuente: flickr.com
La realidad de los ejércitos blancos era muy diferente. Los blancos controlaron siempre zonas periféricas, con menor potencial industrial e infraestructuras ferroviarias menos desarrolladas, lo que imposibilitó su articulación como una unidad y dificultó la existencia de un poder único e incuestionable.
Al margen de ello, la gran debilidad de los blancos estribaba en la profunda división existente entre los distintos grupos de oposición al nuevo régimen soviético. Poco o nada tenían que ver los anarquistas ucranianos del Ejército Negro de Néstor Majnó, los socialrevolucionarios del Komuch y los mencheviques, grupos políticos de base obrera o campesina, con la burguesía liberal del partido KDT o los sectores monárquicos conservadores, que incluían a los grupos militares más reaccionarios  y que a la postre, se convirtieron en la esencia de lo que se dieron en llamar ejércitos blancos. Estos grupos zaristas y nacionalistas rusos se convirtieron a lo largo de 1918 en los hegemónicos en la lucha contra el poder soviético, liderados y dirigidos por antiguos oficiales del ejército del Zar como los generales Kolchak, Denikin, Yudenich o Wrangel.
Sin embargo, el aspecto más llamativo sería la propia división interna existente entre estos grupos ultraconservadores. En parte debido a la extraordinarias distancias que los separaban, carecían de la necesaria coordinación en sus acciones militares y nunca existió un poder único a nivel político, pues la autoridad de Kolchak tardó en ser aceptada por otros núcleos de resistencia, y cuando lo hizo, no pasó de ser meramente nominal y nunca efectiva. La desconfianza, cuando no la hostilidad entre ellos, fue la tónica dominante.
Otro gran problema de los dirigentes blancos fue su absoluta incapacidad para conectar con las masas campesinas, que aunque mayoritariamente no bolcheviques, estaban claramente permeadas por las ideas socialistas y no deseaban, en modo alguno, la vuelta a un régimen como el zarista. Algunas de las reformas de los bolcheviques en el campo habían favorecido a amplios sectores campesinos, pero el campesinado ruso era hostil a la pérdida de su capacidad de decisión a través de sus asambleas campesinas frente a la creciente centralización del poder político en las ciudades y en el partido comunista, y sobre todo, rechazaban frontalmente la política de requisas del comunismo de guerra y las levas masivas de soldados realizadas para alimentar al Ejército Rojo. A pesar de todo ello, la mayoría de los campesinos no mostraban ninguna simpatía por los generales zaristas, que además de hacer requisas y levas forzadas de soldados, como los bolcheviques, representaban el viejo mundo que tanto despreciaban, marcado por la injusticia social y el latifundismo. Las cosas pudieron cambiar en el transcurso de la guerra, pero el carácter conservador de los blancos impidió a éstos implementar y poner en marcha las necesarias reformas agrarias y sociales que hubieran podido seducir y atraer al campesino ruso hacia su causa.
Esta situación social explicaría el por qué los ejércitos blancos solo encontraron una verdadera base social de reclutamiento y respaldo entre las poblaciones cosacas, aquellas que se extendían por las estepas del sur de la Rusia europea y las cercanías del Cáucaso (Cosacos del Don, del Kuban o del Terek), las ubicadas al sur de los Urales (cosacos de Oremburgo y del Ural) o los asentamientos cosacos de Siberia. También existía un núcleo cosaco en Ucrania, los cosacos del Zaporoje en el Dnieper. Los cosacos eran el clásico "pueblo de frontera", hombres libres, con fuerte tradición militar en el viejo Imperio ruso, que no habían estado sometidos a la servidumbre, que vivían en sus stanitsas una realidad diferente a las de las comunidades rusas, más igualitaria en el acceso a la tierra y a la educación (la mayoría de los cosacos estaban alfabetizados).

Fuente: elaboración propia


Tampoco conectaron los blancos con las entidades nacionales que habitaban el antiguo Imperio ruso y que ahora se oponían al nuevo poder soviético, entre las que podían haber encontrado muchos aliados. Las aspiraciones nacionalistas de los polacos y ucranianos, de los pueblos bálticos y caucásicos, de los tártaros y bashkires o las demandas autonomistas de los propios cosacos, chocaron demasiadas veces con los arcaicos principios centralistas del nacionalismo gran ruso, valores de los que hacían gala los generales blancos como Kolchack o Denikin, firmes defensores de una Gran Rusia concebida como un imperio uniforme bajo el dominio cultural y político de los rusos. Muchos de estos pueblos podían ser hostiles a los bolcheviques, pero lo eran mucho más hacia unos zaristas, que al contrario que los primeros, les negaban cualquier atisbo de autogobierno y desarrollo cultural propio.

Consecuencias de la guerra

La Guerra Civil Rusa fue sin duda la mayor catástrofe nacional producida en Europa hasta su fecha. Destruyó la economía del país y desgarró su tejido social a un nivel desconocido hasta entonces. Hubo entre 7 y 10 millones de víctimas, el cuádruple de las que se habían sufrido el Imperio ruso durante la Primera Guerra Mundial. Un efecto particularmente desgarrador, generalmente consustancial a las guerras civiles, fue el desmedido impacto de la guerra sobre la población civil del país.
Las muertes ligadas directamente a la guerra y la represión rondarían los dos millones de personas. Al  margen de los heridos y muertos en batalla, hay que resaltar la importancia de las epidemias, como las de tifus, que diezmaron en mayor medida a la tropa que los propios combates. Especialmente importantes fueron las víctimas de la represión en ambos bandos, que alcanzaron la cifra de cientos de miles de personas. La represión bolchevique, lo que se dio en llamar el Terror Rojo, incluía la eliminación de los disidentes y opositores asesinados por la Cheká, la policía política bolchevique, y los campesinos opuestos a las requisas o los que protagonizaron amplias rebeliones al final de la guerra civil. Pero existió, a una escala similar, un Terror Blanco, interesadamente olvidado por muchos, que estuvo ligado a la represión del movimiento clandestino bolchevique o socialrevolucionario en las ciudades blancas, la violencia contra el campesinado en las zonas ocupadas -algo especialmente ostensible en la Siberia ocupada por Kolchak-, las matanzas de prisioneros rojos o los terribles progromos contra la minoría judía, especialmente intensos en Ucrania y zonas del sur de Rusia, bajo el control de los ejércitos de Denikin.

Soldados del ejército blanco ejecutan a prisioneros bolcheviques, enero 1920. Fuente: weaponsandwarfare.com

Hay que considerar también la salida hacia el exilio de una enorme cantidad de población, más de 2 millones de personas, que huyeron de la revolución y la guerra. El terrible impacto de este exilio masivo fue mucho mayor porque la mayoría de ese éxodo pertenecía a la élite ilustrada, por lo que el daño a la vida económica y cultural fue incluso mayor de lo que las cifras insinúan.
La Guerra Civil Rusa se encadenó con los efectos tremendos y prolongados del conflicto mundial previo, produciendo un resultado demoledor sobre la economía del país. En 1921, la producción de bienes manufacturados fue tan solo un 16% de la de 1912, la producción de carbón se redujo a la tercera parte y la de grano a menos de la mitad. La tierra cultivada era solo un 60% de la de 1912 y los rendimientos eran tres veces menores, mientras la cabaña ganadera se había reducido a casi la mitad. La guerra y su capacidad destructiva, que se extendió desde Polonia a Siberia, desde Ucrania al Volga, afectando a enormes territorios, se mezcló con la política de requisas de bolcheviques y blancos. Las tropas blancas practicaron no solo requisas, sino pillaje sistemático en muchas áreas, mientras el gobierno soviético, con la aplicación del comunismo de guerra, impuso una política sistemática de requisas que permitió el abastecimiento del Ejército Rojo y las grandes zonas urbanas, pero a costa del campesinado, que ante la insufrible pérdida de recursos, mostró una fuerte resistencia, escondiendo el grano o sacrificando el ganado antes de entregarlo. El dramático "juego" de la requisa y el ocultamiento hundió la producción, mientras los productos básicos dejaron de circular por los cauces habituales.
Esta situación terrible se mezcló con los efectos climáticos de las intensas sequías para desembocar en una especie de "tormenta perfecta", las brutales hambrunas de 1921 y 1922, que provocaron millones de muertos y afectaron especialmente a algunos territorios como la región del Volga, desde Samara a Baskhiria, y el sur de los Urales. La degradación de las condiciones de vida y de alimentación favorecieron además la aparición de mortíferas epidemias, que afectaron no solo a los soldados, como ya hemos comentado, sino a amplias capas de la población. Hablamos de la disentería, el cólera y la Ispanka (pandemia de gripe española de 1918 y 1919), pero sobre todo, el tifus y fiebre tifoidea que provocó  casi 2 millones de muertos entre 1919 y 1920.

Fuente: elaboración propia


La hambruna de 1921 se cebó sobre los grupos más vulnerables como los niños. Fuente: histclo.com 

La miseria y el hambre se generalizaron en la región del Volga durante el año 1921 y 1922. Fuente: military-history.org





La trágica situación económica y humanitaria provocó, tras el fin de la guerra, un giro copernicano en la política económica del régimen soviético. Se puso en marcha la N.E:P., siglas en inglés de la denominada Nueva Política Económica. El férreo control político del poder ejercido por los bolcheviques no fue suavizado, pero si se liberalizó la economía, abriéndose a formas capitalistas, en lo que el propio Lenin dio en llamar "Capitalismo de Estado". Se dejó libertad a la propiedad e iniciativa privada, se liberalizó el comercio y se favoreció al campesino medio o kulak, poniéndose fin a las requisas. La consecuencia positiva fue el aumento de la producción y el fin de los problemas de abastecimiento y de la crisis. La consecuencia negativa fue el aumento de las desigualdades sociales, alejándose cada vez más del objetivo bolchevique de una sociedad sin clases.
La NEP terminó en 1928, cuando Stalin impuso la colectivización forzada y brutal de los campos y la planificación rígida de la economía, se iniciaba entonces un desaforado crecimiento económico e industrial, pero basado en enormes sacrificio y un gran sufrimiento por parte de la población . El nuevo estado, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que todavía no se había recuperado de las enormes cicatrices de la Guerra Civil, se vería entonces absorbido en la vorágine infernal del nuevo régimen estalinista, que superó con creces cualquier precedente anterior de hambre, dolor y sufrimiento.

domingo, 26 de abril de 2020

La Guerra Civil Rusa (I): operaciones bélicas y dimensión militar del conflicto

Soldados del Ejército Rojo en 1919. Fuente: diariopopular.com.ar

Entre 1918 y 1922 se desarrolló la Guerra Civil Rusa, uno de los conflictos armados más terribles del siglo XX, que adquirió proporciones dantescas, destruyó un país, desgarró su tejido social y económico y produjo millones de muertos. Los sueños de libertad e igualdad surgidos con la revolución rusa de 1917 se tornaron así en una horrible pesadilla. Abordaremos la guerra en todas sus dimensiones en dos entradas consecutivas. En esta entrada, "La Guerra Civil Rusa (I): operaciones bélicas y dimensión militar del conflicto" analizamos los ejércitos involucrados y los movimientos militares, mientras en la siguiente, "La Guerra Civil Rusa (II): causas de la victoria roja y consecuencias del conflicto", abordamos las bases del triunfo del Ejército Rojo y la derrota de los ejércitos blancos, así como las terribles secuelas y cicatrices que el conflicto dejó en la realidad económica, social y política de la nueva Rusia revolucionaria.
Su autoritarismo desmedido, su incapacidad para aceptar los necesarios cambios y la gestión desastrosa de la guerra contra Alemania, llevó al zar de Rusia a abdicar en marzo de 1917. La revolución de febrero de 1917 había llevado al poder a un Gobierno Provisional bajo control de liberales y mencheviques, que continuó la guerra con las potencias centrales y trató de crear un régimen constitucional y parlamentario, organizando unas elecciones para una asamblea constituyente, que deberían realizarse en enero de 1918. Pero los meses siguientes fueron tensos, los bolcheviques desafiaron al nuevo gobierno y los defensores del viejo régimen protagonizaron un golpe de estado en septiembre, dirigidos por el general Lavr Kornílov. En octubre, los bolcheviques, liderados por Lenin, se hacen con el poder, contando con el respaldo de los soviets o consejos obreros, en esos momentos bajo su control. A finales del año se realizan las esperadas elecciones, en las que vencen los socialrevolucionarios o eseritas, especialmente fuertes en el mundo rural. Los bolcheviques, esgrimiendo que la verdadera democracia radicaba en los soviets, disuelven la Asamblea constituyente poco tiempo después. Nacía así un nuevo régimen político en el que los bolcheviques monopolizarían el poder a través del Partido Comunista y de los soviets obreros, aunque abriendo inicialmente el sistema a la participación de otros grupos políticos como los eseritas de izquierdas. Los mencheviques, los socialrevolucionarios e incluso los liberales del partido KDT gozarían durante algún tiempo de cierta libertad, pero la insurrección armada contra el nuevo poder y el desarrollo de la guerra civil, acabaría pronto con cualquier atisbo de pluralidad en el seno de la revolución. El terrible discurrir de la guerra y la postura cada vez más insurreccional y violenta de la oposición de izquierdas (que incluía atentados como el sufrido por el propio Lenin) condujo a los bolcheviques de manera inexorable hacia posturas cada vez más autoritarias y excluyentes.

Lenin proclama el poder soviético en el instituto Smolny, cuartel general bolchevique en Petrogrado.
Obra del pintor Vladimir Serov en 1952. 

A la altura de la primavera de 1918, el antiguo Imperio ruso se hallaba envuelto de lleno en una devastadora guerra civil, un conflicto que evidenció desde un principio la enorme fragmentación del país, no solo a nivel político y social, sino también a nivel nacional, con el surgimiento de movimientos secesionistas y nacionalistas en los países bálticos, el Caúcaso o Ucrania. Para entonces, los bolcheviques ya habían firmado la célebre Paz de Brest-Litovsk. El tratado había sido sancionado por éstos en marzo de 1918, después de largas negociaciones, y suponía la cesión de amplios territorios a las potencias centrales (Polonia, estados bálticos, Ucrania y Finlandia). Durísimas condiciones que los soviéticos terminaron aceptando, muy a su pesar, obligados por su delicada situación política, su incapacidad de hacer frente militarmente a los alemanes y el hastío de los soldados y del pueblo ruso ante la guerra. Lenin era consciente de que la supervivencia de la revolución estaba en juego e impuso su postura ante la oposición frontal de parte del partido bolchevique y de la oposición de izquierda, mencheviques y eseritas.

Foto de prensa que muestra el armisticio firmado entre Alemania y Rusia soviética el 15 de diciembre de 1917, y que llevaría en posteriores negociaciones a la firma del Tratado de Brest-Litovsk, el 3 de marzo de 1918. Fuente: akg-images.fr

Lev Davídovich Bronstein, conocido como León Trotski
Fuente: klimbim2014.wordpress.com
La situación de los bolcheviques era precaria, sus apoyos sociales en las ciudades eran importantes, y sus políticas de nacionalización y control obrero de las fábricas habían consolidado sus posiciones entre los trabajadores urbanos. Las aplicaciones de recetas eseritas en el campo ruso, con la distribución de la tierra de los grandes propietarios entre los campesinos, también les granjearon inicialmente amplios apoyos entre el campesinado, sin embargo, en el mundo rural, los comunistas siempre fueron minoritarios. Los campesinos rusos eran socialistas, pero no bolcheviques, entre ellos los socialrevolucionarios habían gozado siempre de un respaldo mucho más amplio que el de cualquier otra partido. El mundo agrario fue desde sus inicios el gran talón de aquiles de la revolución comunista.
En este contexto complejo a nivel político, social o nacional, el nuevo poder soviético se vio cuestionado casi desde un principio por todos aquellos que no aceptaban sus aspiraciones de construir un nuevo estado comunista o se habían visto excluidos de tal proceso. Sin embargo, contra todo pronóstico, los bolcheviques mostraron desde muy pronto una increíble determinación en su lucha por el poder y el triunfo de su revolución. Y lo hicieron no solo a nivel político, sino también a nivel militar con la construcción a partir de las unidades de la Guardia Roja obrera de un enorme ejército, el Ejército Rojo, organizado y dirigido por el Comisario de Guerra, León Trotski.

1918. Inicio de la guerra y avance de los ejércitos blancos

Anton Ivanovich Denikin. Fuente: cdreifuz.wordpress.com
Los primeros núcleos de oposición militar a los bolcheviques surgieron muy pronto, en noviembre de 1917, protagonizados por antiguos militares zaristas de origen cosaco que se sublevaron especialmente en las regiones cosacas del sur de Rusia. Es el caso de general Alekséi Kaledin o el teniente general Piotr Krasnov entre los cosacos del Don, el coronel Aleksandr Dútov entre los cosacos de Oremburgo o Grigori Semiónov entre los cosacos de Siberia. Sin embargo, el origen inicial de los ejércitos blancos fue la formación del llamado Ejército de Voluntarios a partir de la iniciativa del general zarista Mijaíl Vasílievic Alekséyev, antiguo jefe de estado mayor de Nicolás II. Alekséyev se hizo fuerte en la región del Don, aglutinando a antiguos soldados y oficiales del ejército zarista y colaborando con los grupos insurrectos cosacos, siendo sustituido después por el general Lavr Kornílov. Ante el avance del Ejército Rojo, el Ejército Voluntario se replegó en la llamada "Marcha de hielo" hacia la región cosaca del Kuban, donde logró hacerse fuerte. En abril de 1918 murió Kornílov y el general Ivanovic Denikin asumió la dirección del Ejército Voluntario, que a finales del año se hizo con el control del Cáucaso norte y la cuenca del Kuban, gracias al apoyo de los cosacos de la región. Mientras esto ocurría, el atamán (líder) de los cosacos del Don, Piotr Krasnov, controlaba las estepas de la región del Don y amenazaba la importante ciudad de Tsaritsin, en el Volga, llegando a proclamar la República cosaca en mayo de 1918. Sin embargo, las relaciones del general Denikin con los líderes cosacos no estuvieron exentas de tensión, pues los sectores ultraconservadores zaristas siempre fueron reticentes a los sentimientos particularistas de los atamanes cosacos.

Cosacos del Kuban durante la Guerra Civil Rusa. Fuente: wikipedia.org
Por el contrario, los grupos políticos de la izquierda no comunista, socialrevolucionarios y mencheviques, se mostraron inicialmente contrarios a la insurrección armada contra los bolcheviques. Sin embargo, la actitud hostil de éstos ante la Asamblea constituyente y la firma del Tratado de Brest-Litovsk con los alemanes, les condujo en la primavera de 1918 a un alejamiento definitivo del gobierno revolucionario. Sin tradición militar y carentes de armas, será la llamada Legión checoslovaca la clave para su levantamiento armado. La Legión checoslovaca estaba constituida por prisioneros y desertores del ejército austro-húngaro que se levantaron en armas a finales de mayo de 1918 contra los bolcheviques en la región de los Urales. Con su apoyo se inició la rebelión de los socialrevolucionarios en la región del Volga, donde crearon con la participación de algunos sectores mencheviques un gobierno alternativo con sede en la ciudad de Samara, el Komuch o Comité de Miembros de la Asamblea Constituyente, que pervivirá hasta septiembre de 1918.

Tren blindado de la Legión Checoslovaca en la primavera de 1918. Fuente: larazon.es.

Primera composición del Komuch de Samara. El segundo por la derecha sería el presidente Vladímir Volski, del partido socialrevolucionario. Fuente: zen.yandex.ru 


Aleksandr Kolchak. Fuente: devianart.com
El Komuch no tuvo las mejores relaciones con el denominado Gobierno Provisional Siberiano, surgido paralelamente en Siberia occidental y con sede en la ciudad de Omsk, un gobierno dominado inicialmente por sectores liberal-burgueses, pero que fue oscilando con el tiempo hacia posiciones cada vez más conservadoras, hasta que en noviembre de 1918, y tras un golpe de estado, cayó en manos del vicealmirante Aleksandr Kolchak, que se erigía así en dictador, autoproclamándose "Gobernante supremo de Rusia". Kolchak no era un hombre de cosenso, pertenecía al zarismo más conservador y reprimió con dureza a mencheviques y socialrevolucionarios, partido este último con amplios respaldos entre los campesinos siberianos. Su actitud autoritaria y ultraconservadora le restaría a la larga los apoyos sociales necesarios para consolidar su poder y fortalecer su ejército. Muerto el zar, asesinado por los bolcheviques junto a su familia en las cercanías de Yekaterimburg durante el verano, Kolchak tampoco consiguió aunar bajo su autoridad a todos los sectores monárquicos que combatían a los bolcheviques. Su figura generó una fuerte desconfianza en otros generales blancos como Denikin, que siempre fue reticente a aceptar su autoridad y cuando lo hizo, fue de forma nominal y no real, obligado por la presión de las potencias europeas. A pesar de todo, su capacidad militar y sus indiscutibles dotes de mando, le permitieron obtener durante algún tiempo importantes victorias, poniendo bajo su control buena parte de Siberia y cruzando los Urales, expandiendo así su poder sobre la Rusia europea con la conquista de la importante ciudad de Yekaterimburg, y en diciembre de 1918, del enclave estratégico de Perm. En poco tiempo, los ejércitos de Kolchak habían hecho retroceder con furia a los bolcheviques, sin embargo, sus debilidades eran mucho mayores de lo que cabía pensar: su ejército no contaba con bases reales, dependía de la ayuda externa que le proporcionaban las potencias extranjeras, especialmente Gran Bretaña, y se basaba en levas obligatorias sobre un campesinado siberiano predominantemente socialrevolucionario, que era por lo general hostil a todo lo que supusiera una vuelta al zarismo.

El vicealmirante Kolchak pasa revista a sus tropas. Fuente: elpaís.com

En general y desde sus comienzos, el avance y desarrollo de los ejércitos blancos no se explica sin la ayuda extranjera. Sin el apoyo material y logístico de los británicos, y en menor medida francés y estadounidense, no se hubiera entendido la supervivencia y expansión de los ejércitos de kolchak o Denikin. Las potencias extranjeras, terminada la Primera Guerra Mundial, optaron además por la intervención directa de sus tropas, que desembarcaron en los más diversos frentes. El ejército británico estuvo presente en la región de Murmansk y Arkángel, en el remoto norte, en Siberia y también en la zona del Cáucaso. Mientras, los franceses intervenían en las costas del sur de Ucrania. Por su parte, los norteamericanos, que también estuvieron presentes en el norte de la Rusia europea (Arkángel y Murmansk), y los japoneses penetraron en Siberia oriental y las regiones de la costa del Pacífico. Aunque pueda sorprender, fueron los japoneses, por su proximidad geográfica y sus intereses estratégicos en la zona, los que más tropas desembarcaron, unos 70.000 soldados. Otros países, como Italia, también intervinieron, aunque a una escala muy reducida. A pesar de todo, las tropas extranjeras no fueron en modo alguno determinantes, porque nunca combatieron contra los ejércitos rojos de forma directa y abandonaron a su destino a los blancos cuando se empezó a vislumbrar su derrota.

Kolchak y su amante Ana Timiryova con alfred Knox, jefe de la misión británica, viendo ejercicios militares en el frente siberiano en 1919. Fuente: Wikimedia commons

Tren blindado con tropas americanas en Obozerskaya, cerca de Arkángel (1918). F: milanpatrick8.wixsite.com

Tropas japonesas desfiilan por la ciudad de Vladivostok, en el extremo oriente siberiano, en 1918. Fuente: timetoast.com
1919. El año crucial de la guerra

Yevgeni Miller. Fuente: zen.yandex.ru 
En 1919 la guerra se extendió y los ejércitos blancos alcanzaron su máxima expansión. En el invierno de 1919, a pesar de sus derrotas y del terreno perdido, los bolcheviques no se habían desmoronado del todo en la zona de los Urales. Kolchak lanzó entonces una fuerte ofensiva a partir de marzo, que le llevó a conquistar enormes territorios, incluido el importante enclave de Ufá, con el apoyo de los cosacos de Oremburgo. Su avance se vio favorecido por revueltas obreras en las ciudades industriales de la Rusia europea oriental, como Samara, Simbirsk o Izhevsk, núcleo este último relevante por la importancia de su industria armamentística. El fulgurante avance de los blancos llegó a aislar a los ejércitos bolcheviques situados al sur del Volga, con la toma de la estratégica ciudad de Chístopol, y permitió romper además las comunicaciones de éstos con los bolcheviques de Asia central. El vertiginoso avance de kolchak llegó a crear grandes expectativas, incluida la posibilidad de que su ejército norte pudiera entrar en contacto con el ejército blanco del general Yevgueni Miller, que se había hecho fuerte en el remoto norte, en la ciudad de Arkángel, situada en la costa del mar Blanco, donde operaba bajo el amparo del ejército del británico. Tal conexión resultó imposible, no solo por la dificultad para estirarse de las tropas de Kolchak, sino también por la enormes dificultades para avanzar que tuvo el pequeño ejército de Miller. El norte de Rusia, con sus inmensos bosques y pantanos, sin apenas líneas de ferrocarril y con un clima especialmente hostil, no era propicio para el desarrollo de las acciones de guerra. Por otro lado, y a pesar de que Kolchak había conquistado un enorme territorio, con casi 300.000 km. cuadrados y cinco millones de personas, sus victorias no podía encubrir la corrupción y desorganización reinante en su ejército, así como sus evidentes carencias estratégicas, materiales y humanas, que se evidenciaban por ejemplo en sus nulas reservas militares de retaguardia. Pronto, tales debilidades se volvieron en su contra. Había estirado demasiado sus líneas de suministros y los soviéticos empezaron a concentrar enormes fuerzas en ese frente, al que habían dado prioridad absoluta.
Míjail Frunze. Fuente: wikipedia.org
A finales de abril se iniciaba el contraataque bolchevique dirigido por el comandante rojo Mijáil Frunze. A principios de mayo el Ejército Rojo recuperaba Chístopol y se restablecían las comunicaciones con los grupos de ejércitos soviéticos más al sur. A mitad de mayo se retomaba Ufá y a principios de junio caía Izhevsk con sus fábricas de armamento, tan necesarias para los bolcheviques. En la primera mitad de julio cayó Perm y Yekaterimburgo, las dos grandes ciudades de los Urales, que habrían el camino hacia Siberia para los bolcheviques. En tres meses, los soviéticos habían avanzado más de 500 kilómetros y habían recuperado zonas bastante pobladas y de gran importancia militar y económica, necesarias para un Kolchak que carecía de industria en su reducto siberiano. Al ejército del almirante le faltaban medios y equipamientos, carecía de la suficiente organización y preparación, y muchas de sus unidades adolecían de una mínima moral de combate, formadas en su mayoría por campesinos forzados. En medio de la retirada frente a los bolcheviques, los soldados desertaban en masa para volver a sus casas, mientras los grupos armados de los pueblos bashkires y tártaros, que habían colaborado hasta ese momento con los blancos, daban la espalda a los zaristas, cada vez más disconformes con el nacionalismo ruso de kolchak y seducidos en gran medida por las promesas de autonomía de los bolcheviques. A ello había que añadir la incompetencia de algunos oficiales, como el jefe del estado mayor de kolchack, el general de infantería Dimitri Lébedev, que carecía de la necesaria experiencia en el mando de grandes unidades militares y mostró su ineficacia en repetidas ocasiones, como en el caso de la contraofensiva de la ciudad de Cheliabinsk, en los Urales. Por si fuera poco, Kolchak cometió además algunos errores estratégicos: pudo utilizar a los prisioneros soviéticos y enrolarlos en su ejército, pero no lo hizo, para desesperación británica, y optó por exterminarlos en campos de concentración y con el recurso a fusilamientos masivos. No tenía reservas y el frente se hundió. En octubre de 1919, Kolchack perdía su capital, Omsk. Su ejército, en plena descomposición, iniciaba entonces una huida desenfrenada hacia el este, hacia el corazón de Siberia, marcada por las continuas deserciones y obstaculizada por las revueltas e insurrecciones protagonizadas especialmente por los socialrevolucionarios, hostiles al régimen dictatorial del almirante zarista. Mientras, los bolcheviques se lanzaban en su persecución, conquistando una tras otra las ciudades del sur de Siberia, la mayoría ubicadas en la línea del ferrocarril transiberiano. En enero de 1920, Kolchak era hecho prisionero en la ciudad de Irkutsk y en febrero era fusilado. Con él terminaba el poder blanco en Siberia, aunque aún resistirían algunos núcleos de resistencia aislados hasta bien avanzado el año 1922.
Una parte importante del ejército de Kolchak estaba compuesta por campesinos forzados y mal preparados. F.: wikipedia

Hacía tiempo que los aliados, especialmente los británicos, habían empezado a cuestionar la capacidad de Kolchack para ganar la guerra. Ya desde el verano de 1919, los ingleses habían empezado a mirar con más interés hacia el otro gran general blanco, Antón Denikin, que hacía la guerra cada vez con más éxito en el sur de la Rusia europea. Fue Denikin el que empezó a recibir el grueso de la ayuda británica desde ese momento.
En febrero de 1919, Denikin se había convertido en el jefe indiscutible de las fuerzas blancas del sur de Rusia, integrando en primavera su Ejército voluntario en las denominadas Fuerzas Armadas del Sur de Rusia, que englobaban también al Ejército cosaco del Don del teniente general Vladímir Sidorin. Había construido un ejército fuerte, formado por campesinos sometidos a leva forzosa en las zonas bajo su control, pero que contaba también con voluntarios comprometidos con su causa, así como amplios contingentes de combatientes cosacos de las regiones del Don, Kuban y Terek. A la altura de junio, su ejército controlaba desde el este de Ucrania, donde el general Mai-Maievski había conquistado Jarkov y después Kiev, hasta el Volga, una vez que el general Wrangel había tomado el 16 de junio la estratégica ciudad de Tsaritsin. La importante ayuda británica y la fuerza militar de los cosacos y su caballería resultaron fundamentales para contrarrestar la superioridad numérica de los bolcheviques.
Cosacos del convoy ferroviario personal del general blanco Mai-Maievski bailando la danza lezginkan (1919).
F.: Wikipedia.org


Soldados del ejército blanco del general Denikin. Fuente: tsargrad.tv 


Sin embargo, Denikin era consciente de la dificultad de controlar y defender a largo plazo un territorio tan amplio, especialmente si se contaba con unos recursos limitados como los suyos. Quizás por eso, intentó aprovechar la situación de desorganización y confusión reinante en las filas rojas, para lanzarse en busca de la victoria definitiva y rápida, buscando un avance directo y contundente sobre el propio Moscú.  El ataque fulgurante de las fuerzas blancas les llevó a mediados de octubre a conquistar la ciudad de Orel, bajo el mando del general Mai-Maievski. A doscientos kilómetros al norte se hallaba la ciudad de Tula, que con su importante fábrica de armas se había convertido en el arsenal del Ejército Rojo, y otros doscientos kilómetros en línea recta y hacia el norte se encontraba Moscú, la sede del gobierno soviético. La situación de los bolcheviques se torno especialmente complicada, cuando otro ejército blanco, aunque reducido en tamaño, el dirigido por el general Nikólai Yudenich inició su avance desde Estonia hacia la antigua capital de los zares, Petrogrado, antes conocida como San Petersburgo. La desmoralización y desorganización se apoderó de los defensores de la ciudad y entre la cúpula bolchevique no faltaban las voces que la daban por perdida. Sin embargo, la ciudad no cayó en manos de los blancos. El ejército de Yudenich era demasiado pequeño y era evidente que tendría muchas dificultades para tomar y controlar una ciudad tan grande, además la flota inglesa del báltico no intervino directamente para apoyar a Yudenich y los finlandeses, que se hallaban al norte de la ciudad, tampoco lanzaron ataque alguno. Sin embargo, la clave de la resistencia bolchevique estuvo en el giro que se produjo entre los defensores de urbe con la llegada de León Trotski, máximo dirigente del Ejército Rojo. Trotski convirtió la resistencia de Petrogrado en una cuestión de vida o muerte, consciente del valor estratégico y económico de la ciudad, pero sobre todo del valor simbólico que tenía, pues no en vano, había sido la cuna de la revolución de 1917. Cuando llegó a la ciudad, ésta estaba al borde el colapso, él reconstruyó la moral y el orden y la ciudad resistió. A la altura de noviembre, el ejército de Yudenich se había replegado más allá de las fronteras de Estonia.
El general blanco NikólaiYudenich en una fotografía aparecida el 25 de octubre de 1919 en  la revista inglesa Illustrated London News. Fuente: rte.ie

Las cosas no le fueron mejor al general Denikin en el frente sur. Aunque su avance hasta octubre de 1919 había sido rapidísimo, la realidad era un espejismo. El frente de combate era muy extenso y las líneas blancas se habían estirado demasiado, los problemas logísticos eran enormes y las rutas de abastecimiento estaban muy mal organizadas, lo que empujó a sus tropas a "vivir sobre el terreno". Se sistematizaron las levas y reclutamientos forzosos y se generalizaron los saqueos y el pillaje sobre la población civil, lo que les granjeó la animadversión de la población campesina de las nuevas zonas ocupadas. El general Mai-Maievski, que dirigía la ofensiva, era un alcohólico con tendencia a las orgías, que permitía a sus hombres el saqueo de forma sistemática, como ya había ocurrido en la toma de Jarkov, a lo que hay que añadir la tendencia de los cosacos a la rapiña de los territorios conquistados. Por otro lado, Denikin nunca consiguió trazar alianzas con los nacionalistas ucranianos, importantes en algunas zonas bajo su control, a la vez que tenía que combatir con los anarquistas del Ejército Negro de Néstor Majnó, que se había hecho fuerte en la Ucrania oriental. Para colmo, las tensiones con los cosacos siempre estuvieron presentes, ante la tendencia de éstos a hacer la guerra por su cuenta.
El comandante del Ejército Rojo Pavel Dybenko y el líder del Ejército Negro Nestor Majnó, 1919. F: meme-arsenal.com

Estas contradicciones de los blancos se pusieron de manifiesto muy pronto. Los soviéticos comprendieron en seguida que la principal "partida" de la guerra se jugaba en ese momento y movieron ficha. La célebre caballería roja del comandante Semión Budionni realizó un rápido movimiento envolvente en la zona de Vorónezh, el Ejército voluntario que se hallaba en la vanguardia del avance de los blancos corrió serio peligro, pero consiguió zafarse e iniciar una retirada de sus fuerzas hacia el sur. La retirada se tornó pronto en una auténtica fuga que condujo a los blancos, en la primera semana de 1920, hasta más allá del Don.

Fuente: elaboración propia.


1920. El año de la victoria bolchevique

"Por la unidad de Rusia". Cartel propagandístico
de los blancos. Fuente: app.emaze.com
La retirada del ejército de Denikin a comienzos de 1920 fue tan fulgurante como lo había sido su avance unos meses antes. Desorganizado, marcado por las deserciones y por un estado sanitario penoso (un tercio del ejército estaba enfermo), seriamente debilitado por las luchas intestinas, el ejército de  las "Fuerzas Armadas del Sur de Rusia" emprendió un retroceso dramático. Tampoco ayudaba la terrible situación de los blancos en los otros frentes de guerra, lo que terminó por afectar duramente a la moral de combate de un ejército en desbandada: Nikolai Yudénich había fracasado en su intento de tomar Petrogrado y se hallaba por entonces retenido en Estonia; a principios de febrero, el almirante kolchack era fusilado por los bolcheviques en la ciudad siberiana de Irkutsk, en medio del caos y la desbandada de su ejército; mientras el bastión del norte, la ciudad de Arkángel había caído a finales de ese mismo mes y el general Miller había huido de Rusia en dirección al exilio. Ante esta situación de absoluto desmoronamiento, los británicos, principales proveedores de armas y provisiones, dejaron de enviar ayuda y empezaban a asumir la victoria de los rojos.
En marzo de 1920, los blancos estaban ya en el Kuban, pero ni siquiera allí fueron capaces de establecer una mínima linea defensiva, desmoralizados, sin medios materiales y sumidos en el mayor de los caos, aquel que se apodera de un ejército cuando se huele la derrota final. Columnas de soldados y refugiados se dirigieron hacia el Mar Negro, hostigados por grupos de rebeldes socialrevolucionarios, formados por campesinos descontentos y desertores (los llamados ejércitos verdes). Una especie de "éxodo bíblico", como lo denominó algún oficial blanco, formado por un hormiguero de carros llenos de refugiados mezclados con ganado de lo más variopinto, miles de soldados desmoralizados mezclados con cosacos a caballo, todos ellos concentrándose de forma dramática a la manera de un embudo en la ciudad costera de Novorosiisk.

"La huída de la burguesía de Novorossiisk en 1920", obra de Iván Vladímirov, que representa la evacuación de civiles y tropas del ejército blanco de Denikin hacia el refugio de Crimea. Fuente: arthive.com


Piotr Wrangel. Fuente: Pinterest
Sin embargo, quedaba una posibilidad de escape y salvación: el general blanco Slavchchev resistía sin dificultad en la península de Crimea, al otro lado del istmo de Kerch. Los bolcheviques no habían dado prioridad a la conquista de Crimea y se habían centrado en aplastar a Denikin, primero en el Don y después en el Kuban, por lo que un pequeño ejército blanco había podido defender sin problemas el istmo de Perekop, que unía la península con Ucrania. En una situación desesperada, los cosacos mataron sus caballos y se tiraron al mar toneladas de provisiones inglesas para poder dar cabida a más gente en las embarcaciones. Fueron trasladados 30.000 soldados de las Fuerzas Armadas del Sur de Rusia, sobre todo pertenecientes al antiguo Ejercito voluntario y pero también del Ejército de los cosacos del Don. Decenas de miles de hombres cayeron prisioneros de los soviéticos en la ciudad de Novorosiísk, y otros tantos huyeron hacia el sur por la costa del Mar Negro, siendo apresados a posteriori. Para entonces, Denikin ya no era el comandante en jefe, su liderazgo no sobrevivió a la debacle del Kuban. El general Piotr N. Wrangel se había convertido en la cabeza visible de lo que quedaba del ejército blanco y en abril de 1920 Denikin partía hacia el exilio en un buque británico.
Wrangel era un oficial eficaz, que supo convertir Crimea en un fortín. Contaba con más de 30.000 soldados, entre los que estaba la élite del Ejército Voluntario e importantes contingentes de caballería cosaca, y supo establecer un elevado nivel de disciplina entre ellos. Por otro lado, defender la península de Crimea era muy fácil desde el punto militar, era un territorio pequeño unido al continente por un brazo estrecho de tierra, e incluso cuando su ejército superó los márgenes de Crimea y realizó una fuerte ofensiva en las tierras próximas del sur de Ucrania, contó con el río Dniéper como línea defensiva natural al oeste y al norte. Aún así, la clave de su resistencia, fue la imposibilidad de los bolcheviques de atacar el reducto de Crimea de forma inmediata a la destrucción del ejército de Denikin, debido al desarrollo paralelo de la Guerra polaco-soviética, iniciada meses antes, pero que en ese momento se intensificó.
A lo largo de 1919, los nacionalistas polacos (Polonia había formado parte del Imperio ruso hasta la Primera Guerra Mundial) habían avanzado hacia el oeste en Bielorrusia y Ucrania, sin que los soviéticos le ofrecieran apenas resistencia, envueltos como estaban en la guerra contra los ejércitos blancos de Denikin. Éste último nunca llegó a un acuerdo con los polacos, lo que hubiera sido fatal para los bolcheviques, porque el nacionalismo ruso de Denikin no aceptaba la independencia de Polonia y defendía las fronteras rusas anteriores a la Primera Guerra Mundial. Destruido el poder militar de Denikin, el frente polaco se convertía en el prioritario para los bolcheviques, que inicialmente no veían un gran problema en la Crimea de Wrangel. Y la preocupación de los soviéticos por los nacionalistas polacos creció a partir de abril de 1920, cuando los ejércitos polacos de Pilsudski atacaron al régimen comunista en una fuerte ofensiva hacia el este. Su objetivo final no era la destrucción del régimen soviético, sino consolidar su proceso de independencia con la creación de una Gran Polonia que incorporara al nuevo estado amplios territorios de Bielorrusia y Ucrania.
Lenin dando un discurso a los hombres del Ejército Rojo que partían hacia el frente de batalla durante la Guerra polaco-soviética. Plaza Svérdlov (actual Plaza del Teatro) de Moscú, 5 de mayo 1920. Fuente: diariopopular.com.ar

La situación en el frente polaco, permitió a Wrangel consolidar sus posiciones e iniciar un proceso de expansión militar. Y fue así como la "úlcera de Crimea", como la denominaron los bolcheviques, se convirtió en un auténtico "cáncer" entre agosto y octubre de 1920. Wrangel lanzó en ese periodo fuertes ofensivas sobre el sur de Ucrania y la región del Dniéper, ampliando enormemente la zona bajo su control. Pero la capacidad expansiva del Ejército Ruso (como así fue llamado) del general Wrangel  tenía muchas limitaciones: por un lado, los blancos seguían sin conectar con las necesidades de los campesinos ucranianos y no habían podido expandirse lo suficiente hacia el este, hacia las estepas cosacas del Don, tradicional centro de reclutamiento de Denikin; por otro lado, en frente tenían a un enorme Ejército Rojo, que en esa época enrolaba en sus filas a millones de soldados y que cuando concentrara todas sus fuerzas en su contra, resultaría invencible. Además, hay que tener en cuenta que Wrangel nunca consiguió alcanzar una alianza con los nacionalistas ucranianos, que por otra parte carecían de la suficiente organización para enfrentarse a los soviéticos. Tampoco pudo contar con la ayuda del Ejército Negro de Majnó, que no solo se negó a colaborar con Wrangel, sino que acordó una tregua con los rojos en septiembre y lanzó sus tropas contra los blancos. Para colmo, los franceses e ingleses apenas apoyaron ya la causa de Wrangel, a la que no veían con futuro, y se inclinaban abiertamente por aceptar al gobierno comunista de Moscú.

Fuente:elaboración propia

En el frente polaco la situación vivió un vuelco radical a partir de mayo de 1920, cuando el Ejército Rojo lanzó fuertes ofensivas que llevaron al repliegue del ejército polaco. Pero sería en julio cuando la situación se torno especialmente trágica para los polacos, el joven general soviético Tujachevski, que ya había demostrado su valía en la campaña de los Urales frente a Kolchak, protagonizó una dura ofensiva que le condujo a las puertas de Varsovia. En el avance bolchevique jugó un papel estelar el Primer Ejército de Caballería, la célebre caballería roja de Semión Budionni, la misma que había resultado determinante en la contraofensiva bolchevique frente a Denikin a finales de 1919. Los polacos se sobrepusieron e hicieron retroceder a los soviéticos durante septiembre y octubre, lo que les permitió recuperar muchos de los territorios perdidos en Bielorrusia y Ucrania. A pesar de todo, sus ejércitos nunca llegaron a estar cerca de los Wrangel. Este llegó a pensar en la posibilidad de enlazar con ellos, pero tal posibilidad nunca fue real. Además hay que tener en cuenta el hecho de que los nacionalistas polacos jamás llegaron a tejer una alianza estratégica con Wrangel, pues desconfiaban de él, como lo habían hecho de otros general blancos anteriormente, les separaba su nacionalismo ruso intransigente.

             Comandante rojo Mijail N. Tujachevsky. F.: aif.ru              Caballería roja del general Semion Budionni. F.: pinterest
Regimiento polaco durante la Guerra Polaco-soviética en 1920. Fuente: commons wikimedia
Cuando se firma el armisticio entre la Rusia soviética y Polonia el 12 de octubre de 1920, hacia tiempo que el alto mando del Ejército Rojo había dado máxima prioridad al frente de Crimea. La ofensiva final la realizaría el veterano comandante bolchevique Mijaíl Frunze, el mismo que había ayudado a detener a Kolchak en su avance desde Siberia. La toma definitiva de Crimea se produjo en noviembre de 1920, generando un éxodo masivo: casi 150.000 personas fueron evacuadas por vía marítima, desde los puertos de Crimea hasta Turquía, al otro lado del Mar Negro. A la cabeza, Piotr Wrangel, el último general blanco, que abandonaba para siempre el suelo de la gran "Madre Rusia".

"La cola de Wrangel". Cartel propagandístico bolchevique de 1920. Fuente: dhm.de


1921 y 1922. Los últimos estertores de la guerra civil

Fuerzas rebeldes en Tambov (1920). Fuente: heritage-print.com
A finales de 1920 la guerra había prácticamente terminado. Tras el armisticio con la Polonia nacionalista y la derrota de Piotr Wrangel, el gobierno dispersó las fuerzas anarquistas del Ejército Negro de Néstor Majnó en el oeste ucraniano, imponiendo su control sobre buena parte de Ucrania, pero también de Asia central y Siberia. A principios de 1921 las tropas del Ejército Rojo tomaban Azerbaiján y en febrero de ese año se habían hecho con el control de gran parte del Cáucaso, incluida Georgia. Sin embargo, la paz en el sentido literal, estaba lejos de llegar. En el año 1921, la nueva Rusia soviética debía enfrentarse a graves conflictos sociales y revueltas populares que supusieron un desafío no solo político y social para el gobierno, sino también un desafío militar para el Ejército Rojo. A pesar del fuerte apoyo popular de algunas de esas revueltas, que alcanzaron enorme envergadura y extensión, el Ejército Rojo pudo acabar con ellas, no en vano, estábamos entonces ante un ejército inmenso, una maquinaria de guerra bien engrasada, que además no dudo en recurrir a procedimientos extremos de represión sobre la población civil. En agosto de 1920 se iniciaba en la región agrícola de Tambov una gran rebelión campesina, auspiciada por grupos socialrevolucionarios y dirigida por Alexander Antónov, que nutrió sus fuerzas guerrilleras con desertores y campesinos descontentos con las requisas bolcheviques. La durísima represión ejercida por el Ejército Rojo, dirigido por el general Tujachevski, consiguió acabar con la revuelta en el verano de 1921, aunque Antónov y algunos de sus seguidores permanecieron aún escondidos en los bosques hasta junio de 1922. Más desconocida, pero quizás más importante, fue la rebelión campesina en Siberia occidental, que se extendió desde los Urales hasta Krasnoyarsk entre principios de 1921 y finales de 1922, y que movilizó a cientos de miles de campesinos frente a las requisas bolcheviques y la reducción de la democracia campesina por el centralismo del partido comunista.

Campesinos rebeldes de Tambov. Fuente: tumblr.com
"Requisa de harina a campesinos ricos en un pueblo", obra de Iván Vladimirov. Fuente: digitalcollections.hoover.org 

Fuente: elaboración propia.


En esos años del final de la guerra, marcados por el creciente autoritarismo bolchevique y la brutal carestía de productos básicos, el descontento alcanzó a los grandes reductos del poder soviético, las grandes ciudades industriales. En San Petersburgo, ahora Petrogrado, en el contexto de crecientes protestas sociales, estalla en marzo de 1921 la rebelión de los marinos de Kronstadt, una fortaleza naval situada en la isla de Kotlin, cercana a la antigua capital de los zares. Al frente de la insurrección se situó una comuna revolucionaria, en la que participaron muchos comunistas desencantados, que desafió abiertamente al poder soviético, criticando la creciente burocracia del nuevo régimen y defendiendo la democracia de los soviets y la pluralidad en ellos de las diversas ideologías obreras (socialistas, comunistas y anarquistas), en un rechazo frontal al monopolio bolchevique del poder. El 17 de marzo caía la fortaleza después de durísimos combates y continuos asaltos que implicaron miles de muertos. En Krondstadt, los bolcheviques acabaron con el último atisbo de oposición obrera, mientras en los meses siguientes eran eliminadas las últimas revueltas campesinas como las de Tambov o Siberia. Hasta principios de 1923, todavía pervivió algún reducto aislado de resistencia en el Extremo Oriente siberiano, pero nada ni nadie podía ya cuestionar el monopolio del poder que los bolcheviques ejercían, mientras las potencias europeas se apresuraban a aceptar la nueva realidad, reconociendo al régimen soviético.