BLOG DE JOSÉ ANTONIO DONCEL DOMÍNGUEZ (I.E.S. LUIS CHAMIZO, DON BENITO, BADAJOZ)
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lunes, 31 de mayo de 2021

"El tesoro de Briesca". Análisis histórico de "A sangre y fuego" de M. Chaves Nogales (V)

Los mismos cuadros que durante la guerra civil fueron trasladados al Banco de España en Madrid, han vuelto temporalmente a la capital (octubre 2020 - febrero 2021), en este caso al Museo del Prado. La anunciación, La natividad, La Virgen de la Caridad, La coronación de la virgen y San Ildefonso son expuestos en la sala 9B con el montaje "EL Greco en Illescas". Fuente: masdearte.com
Con El tesoro de Briesca, Chaves Nogales nos conduce hasta el frente de Toledo, al que volverá en sucesivas ocasiones en relatos posteriores como Los guerreros marroquíes o Bigornia, para plantearnos la lucha dramática del gobierno republicano por mantener los tesoros artísticos de este país a salvo, en medio de la ignorancia de los milicianos, los excesos revolucionarios, los desastres de la guerra y la destrucción de las bombas. En una carrera desaforada en dirección a Madrid, las columnas rebeldes que habían tomado Extremadura se abalanzan sobre la provincia de Toledo, donde el autor nos muestra la descomposición de un "ejército" formado por milicias incompetentes y desorganizadas que huyen ante cualquier contratiempo. En medio de una auténtica desbandada, Arnal, un pintor al servicio de la Junta de Incautación y Conservación del Tesoro Artístico Nacional, creada por el gobierno de la República para proteger el patrimonio cultural, llega al pueblo de Briesca, pueblo que no existe en realidad y que, como ya veremos, posiblemente sea la localidad toledana de Illescas. A pesar de la oposición del comité revolucionario local, Arnal consigue que los tesoros artísticos más importantes, incluidos dos cuadros de El Greco, fueran guardados en un lugar secreto que solo él y los dos milicianos que le ayudaban debían conocer. Se suceden entonces escenas dramáticas de descomposición en las fuerzas republicanas, con ambulancias atestadas de heridos, milicianos desertores que se enfrentan y matan a su oficial, "autos de fe" en los que se quemaban objetos religiosos en medio de la ignorancia y el fanatismo, columnas de fugitivos huyendo hacia Madrid. Cuando el protagonista consigue llegar a la capital, el autor nos hace una radiografía del ambiente asfixiante de la capital, marcado por la revolución en ciernes de la retaguardia y el desastre que las milicias protagonizaban en el frente. En medio de ese caos, desesperanzado por la destrucción de joyas arquitectónicas como el palacio de Liria, a Arnal "cada día le parecía más absurda y sin sentido su tarea. Correr de un lado a otro afanosamente para salvar una tela pintada, una piedra esculpida o un cristal tallado a través de aquella vorágine de la guerra y la revolución se le antojaba insensato. ¿Para qué? Se incorporó entonces al frente como comisario político, donde asistió impotente a la desbandada habitual de los milicianos". Con el frente ya en los arrabales de Madrid, el protagonista quisó dar una lección de valentía y murió como un héroe. Su último recuerdo fue para el secreto del tesoro de Briesca, que moría con él.
Los vicios y virtudes del autor vuelven a mostrarse descarnadamente en este relato. Por un lado, resultan evidentes las debilidades narrativas de Chaves y la falta de profundidad de los personajes, por otro lado, a nivel histórico es relevante la libre reconstrucción que de los hechos concretos hace el autor, lo que los aleja de lo realmente acontecido. Por el contrario, y aunque resulte una aparente contradicción, el relato tiene una enorme fuerza testimonial y nos presenta la situación del frente y la retaguardia republicana con una clarividencia y mordacidad, cuanto menos, sorprendente. El mejor Chaves aparece en aquellos momentos en que renuncia a su habitual narración simplista de los hechos, para centrarse en la descripción del contexto y el drama de la guerra. Una abrumadora mezcla de excepticismo y pesadumbre envuelve el análisis que el autor hace de la forma en que los milicianos se enfrentan al combate. Una y otra vez, y de forma trágica, se suceden desbandadas y deserciones, en medio de una marcada indisciplina. Chaves no se calla nada: "El pueblo no sabía hacer la guerra: los mejores se hacía matar estérilmente; los demás tiraban los fusiles y huían por Andalucía y Extremadura, primero, por toda Castilla la Nueva después; se repetía el patético espectáculo de la voluntad impotente de un pueblo que se lanzaba a la lucha armada en campo abierto sin disciplina y sin jefes; es decir, condenado de antemano al fracaso". Quizás el momento más dramático del cuento es el enfrentamiento entre el comandante militar del sector y un grupo de desertores en la plaza de Briesca, Illescas en la realidad. El hecho se produjo realmente, pero en otro momento y en otro lugar, aunque próximo: durante la batalla de Seseña, en octubre de 1936, se desencadenó en las cercanías de Parla una situación dramática muy similar a la narrada, cuando el coronel Ildefonso Puigdengolas se enfrentó con pistola en mano a sus milicianos, que se negaban a avanzar, matando a uno de ellos, mientras el resto lo asesinaba en medio de la indignación general. Al estilo más clásico de Chaves, se recoge un acontecimiento, y aunque sin descontextualizarlo, se ubica en un tiempo y un espacio diferente, tomándose las habituales licencias históricas.
El coronel Puigdendolas junto a un concejal socialista y otros oficiales leales a la República en Alcalá de Henares (1936). F.: Wikipedia.
Sin embargo, el principal eje de la narración es uno de los grandes binomios que rodea a toda guerra: el difícil equilibrio entre la brutalidad de la guerra y la conservación del patrimonio cultural, que se proyecta en el drama de un artista, que al servicio de la República, trata de salvar las obras de arte que puede. Su impotencia ante la ignorancia de los milicianos y las bombas enemigas, convierte su tarea en titánica y al final, desde una perspectiva de absoluto excepticismo, en estéril. De nuevo aparece esa dualidad clásica inherente a la zona republicana que tanto remarca Chaves en la mayoría de los relatos: por un lado, las instituciones del legítimo gobierno republicano, preocupadas por la defensa y conservación del patrimonio, pero con un poder limitado; por otro lado, los milicianos "ignorantes y analfabetos", incapaces de apreciar el patrimonio y la cultura, pero que tenían el poder real en la calle, donde el proceso revolucionario derivó en hogueras iconoclastas y la destrucción de edificios de gran valor histórico y artístico. No hay nada que objetar, a nivel histórico, respecto al elevado coste patrimonial propiciado por la violencia revolucionaria en la zona republicana durante los primeros meses de la guerra. Aunque por lo general sobredimensionada, la pérdida patrimonial fue muy elevada, especialmente en lo que respecta al patrimonio eclesiástico, tanto en áreas urbanas como rurales, donde el anticlericalismo visceral de la clase obrera cristalizó en la quema, saqueo o destrucción de conventos, monasterios e iglesias, a los que se añadieron no pocos palacios de la nobleza, como bien señala el propio Chaves. La ira del pueblo, acumulada durante siglos, se lanzaba así contra los que consideraba símbolos de la opresión y la injusticia que sufrían, contra la riqueza atesorada por los privilegiados, sin tener en cuenta su valor histórico y cultural, inapreciable para unas masas radicalizadas y marcadas por las tasas de analfabetismo más altas de Europa occidental. Ese fue el contexto en el que se produjeron buena parte de los ataques iconoclastas que nos presenta el relato, ejemplificados inmejorablemente en la hoguera que se hace en la plaza de Briesca con muchos de los objetos religiosos requisados, entre cuyos restos Arnal apartó algunos pequeños objetos, en un acto de marcado sentimentalismo. El hecho fue real, aunque con algunas variaciones. En primer lugar y como ya hemos comentado, la Briesca de Chaves no existe y casi con toda seguridad el autor hacia referencia al pueblo toledano de Illescas. Antes de la caída de esta localidad en manos franquistas, sí que hubo una hoguera similar, aunque no en la plaza de  la localidad, sino en lo que ahora es la plaza de Manuel de la Vega, en la que entonces estaba el abrevadero, lavadero y matadero.
Pegada de carteles en la zona republicana llamando a la conservación del patrimonio.
 F.: elconfidencial.com
La República intentó controlar dicha destrucción desde el principio, así como la derivada de los propios combates y bombardeos. Como prueba de ello, está la creación por el gobierno de la que el autor llama la Junta de Incautación y Conservación del Tesoro Artístico, que realmente existió con el nombre inicial de Junta de Protección del Tesoro Artístico, cuando fue creada el 23 de julio de 1936 por Francisco José Barnés, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, cambiando su nombre días después por el de Junta de Incautación y Protección del Patrimonio artístico. Formada por intelectuales y artistas, su intensa labor de rescate salvó en Madrid y sus alrededores más de 18.000 pinturas, 12.000 esculturas y objetos, más de 2.000 tapices, 40 archivos eclesiásticos y particulares y 70 bibliotecas. En otras provincias surgieron también otras juntas, todas las cuales quedaron después sometidas a una estructura piramidal dependiente de una Junta Central del Tesoro Artístico, creada para tal efecto. La función de estas instituciones era requisar o incautar en nombre del estado todas las obras de valor artístico que existían en iglesias y conventos, en museos, colecciones privadas y palacios, y si era necesario trasladarlas para su seguridad y restauración. Fueron los esfuerzos de la Junta Central los que permitieron, por ejemplo, el célebre traslado de los cuadros del Museo del Prado a Valencia. Los cuadros terminaron en Suiza y después volvieron a España, no se perdió ninguno y ninguno de ellos sufrió desperfectos: fue todo un ejemplo del saber hacer de los grupos conservacionistas de la República y del enorme esfuerzo del Estado por salvar el patrimonio.
Salida de Madrid en dirección a Valencia de uno de los primeros camiones con pinturas del Museo del Prado en noviembre 1936. F.: elpais.com (Instituto de Patrimonio Cultural de España).

Embalaje de "La familia de Carlos IV" de Goya para su traslado desde el Museo del Prado hacia Valencia. Fuente: lascajaschinas.net



En Madrid, la mayoría de las obras se acumularon en depósitos como los de la Iglesia de San Francisco el Grande, el Museo Arqueológico Nacional y el Museo del Prado. Los técnicos, al incautar una obra, realizaban un Acta de Incautación con los datos y fotos de la obra, lo que después permitió devolverlas tras la guerra a su lugar de procedencia. Esta labor meticulosa y exhaustiva que caracterizó a los procesos de rescate y conservación emprendidos por el gobierno republicano, contrasta con la forma improvisada y cochambrosa en la que el protagonista del relato esconde el tesoro, que estaría muy alejada de la realidad. El autor, aunque muestre con maestría el contexto general de las cosas, va a desfigurar la realidad de los hechos concretos de manera relevante también en este aspecto. Los hechos históricos nos dicen que en Illescas se presentó un enviado de la Junta de Incautación, un escultor llamado Emiliano Barral, acompañado de milicianos por si había resistencia. En el relato de Chaves, Barral sería el pintor Arnal. La Junta había recibido información a cerca de 5 cuadros de El greco (La anunciación, La natividad, La Virgen de la Caridad, La coronación de la virgen y San Ildefonso) que habían de ser recuperados y puestos a salvo. El pintor los llevó a cabo entre 1600 y 1605 por encargo del Hospital de Misericordia y Beneficiencia de Illescas, el llamado Hospital de Caridad
En la obra de Chaves se hace referencia a solo dos cuadros, no a cinco. Hay que señalar además que, al contrario de lo establecido por el autor, no fueron enterrados en un lugar improvisado a pico y pala, sino que fueron trasladados a los sótanos del Banco de España. Aunque el relato si coincide con la realidad al narrar la tenaz oposición de las autoridades del pueblo a la salida de sus tesoros artísticos de la localidad, no es verdad que el alcalde se saliera del todo con la suya, evitando la salida del tesoro del pueblo. Los acontecimientos fueron diferentes: A cambio del consentimiento del alcalde para el traslado de los cuadros al Banco de España, el gobierno tuvo que ceder y consentir que el alcalde fuera conducido hasta allí junto a los cuadros, donde se le entregó la llave de la caja fuerte en que se depositaron. Caída Illescas y desparecido su alcalde con la llave, la cámara fue forzada y se hallaron los cuadros muy deteriorados por la humedad, siendo sometidos a un exhaustivo trabajo de rehabilitación. Finalmente, tras la guerra, los cuadros volvieron a Illescas sanos y salvos. Sorprende que esta rocambolesca historia, tan atrayente como susceptible de ser contada, fuera obviada por Chaves, es muy posible que la desconociera en sus detalles. 
La Virgen de la Misericordia o de la Caridad de EL Greco. A la derecha, estado de la obra antes de su restauración y tras su recuperación de los sótanos del Banco de España. Fuente: cipripediapuntocom


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La siguiente ficción se refiere al propio Arnal, realmente Emiliano Barral. El autor habla de un pintor al servicio del estado, que frustrado por lo absurdo de su trabajo de protección del patrimonio artístico y la incomprensión de los milicianos, se alista en las milicias como comisario político y muere en combate. Emilio Barral, no era pintor, sino escultor, no se convierte por frustración en miliciano, lo era desde el principio, era un artista marcado por un alto compromiso político, que participa como miliciano en el asalto al Cuartel de la Montaña de Madrid y se puso al frente de las milicias segovianas (él era de Segovia), que defendieron Madrid. Como otros muchos artistas republicanos. participó en la salvación del patrimonio y colaboró con la Junta del Tesoro Artístico. Murió en el frente, como señala Chaves, pero no en combate y de esa manera tan heroica. El coche en el que acompañaba a unos periodista por el frente de Usera fue alcanzado por un obús y las heridas le causaron la muerte en el hospital de sangre del hotel Palace de Madrid. 
Bomberos en el palacio de Liria tras  bombardeo en 1937. Fuente: omnia.ie
Una nueva imprecisión del autor surge cuando éste se refiere al bombardeo y destrucción del célebre Palacio de Liria, propiedad de los duques de Alba, cuyos dueños residían entonces en Londres. En la obra de Chaves, esa fue la causa final del abandono de su lucha por Arnal, impactado por la destrucción de todos sus tesoros artísticos. En efecto, a mediados de noviembre de 1936 el palacio fue destruido en un bombardeo franquista, permaneciendo en pie solo las fachadas. Sin embargo, al contrario de lo narrado por Chaves, las pinturas y otras obras artísticas de gran valor artístico no se encontraban allí y no se perdieron, pues habían sido trasladas a otros lugares como el Banco de España. Por otro lado, los milicianos comunistas que allí se encontraban y los empleados de la casa, pudieron sacar muchos muebles, tapices y armaduras antes de la consumación del desastre, aunque no pudieron evitar que muchos grabados y libros fueran pasto de las llamas.

viernes, 9 de abril de 2021

"La Columna de Hierro". Análisis histórico de "A sangre y fuego" de M. Chaves Nogales (IV)

Cartel de la Columna de Hierro. F.:laguerracivilenaragon.blogspot.com
Sin lugar a dudas, La Columna de Hierro es el peor de los relatos que integran la obra A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales. Todas las debilidades narrativas del autor se condensan en un cuento de narración tan rápida como simple, con un estilo facilón y personajes tan insostenibles como faltos de vida, ejemplificados en las figuras del aviador inglés, Jorge, y de Pepita, una supuesta chica de vida alegre pero que termina revelándose, de la manera más inconsistente, como una infiltrada "fascista".
Cartel de la Columna de Hierro. F.: archivoIR.com
El autor nos narra la historia de un piloto inglés que en un music-hall se divierte borracho en compañía de una muchacha llamada Pepita. La entrada violenta en el local de los anarquistas de la Columna de Hierro rompe el momento de diversión y jarana. Ambos terminan incorporándose a la columna miliciana, descrita por el autor como una auténtica turba de matones y delincuentes encabezada por un desalmado al que llamaban "el chino" y que se dedica a recorrer la retaguardia levantina saqueando y matando a diestro y siniestro. En el pueblo de Benacil, los comunistas y los republicanos del comité revolucionario, dirigido por el viejo Pepet y el joven Tomás, se enfrentan a la columna y sus desmanes, especialmente cuando los anarquistas pretenden fusilar a los presos derechistas allí recluidos por el comité. Pero en la prisión, los hombres de la columna son cercados y atacados por los milicianos del pueblo y se ven obligados a huir. Con aquellos que se dan a la fuga, van Pepita y el aviador, que descubre como su compañera de aventuras era realmente una infiltrada del bando rebelde. Él abandona el grupo cuando huyen de Benacil, pero ella permanece en la columna anarquista. La narración termina con el ataque a las fuerzas de la Columna de Hierro por parte de la aviación republicana.

Sede de la Columna de Hierro en Valencia. Fuente: rebelionenlagranja.net 

A la hora de valorar la historicidad de los hechos narrados, de nuevo debemos poner reparos y cuestionar su veracidad. Una vez más, los acontecimientos son modificados, mezclados y simplificados. A grandes rasgos, se puede afirmar que los sucesos narrados por Chaves ocurrieron, pero los hechos se mezclan y fusionan de manera parcialmente ajena a la realidad, aunque posiblemente con la honesta intención de hacerlos más accesibles al lector común.
El inicio del relato encaja con la realidad sin problema alguno. Chaves señala que el piloto inglés, Jorge, tenía su base en Albacete, y en efecto, en dicha ciudad estaba una de las grandes bases aéreas de la República, la que después, con el franquismo, se convertiría en la actual base de Los llanos. En la base aérea de Albacete tenían su sede las Brigadas internacionales, formada por voluntarios antifascistas que habían llegado a España bajo el amparo de la Internacional Comunista, sin embargo, entre sus integrantes no se contaban pilotos de aviación. A pesar de todo, la figura de Jorge se ajusta a la realidad: en la base de Albacete hubo pilotos extranjeros que vinieron a luchar como voluntarios y que lo hicieron por su cuenta, al margen de las Brigadas Internacionales. Aunque, a partir del otoño de 1936, la Unión Soviética mandó gran cantidad de técnicos, así como aviones y pilotos, siempre hubo en Albacete un reducido número de voluntarios de otras nacionalidades. 
No parece tampoco muy lejos de la realidad la escena inicial en la que los milicianos entran en el music-hall. La España de los años 30 había visto crecer los espacios dedicados a las variedades, music halls y cabarets, que en Valencia estaban muy en boga con locales como el Shanghai, Bataclán o Eden Concert. La presencia de milicianos en dichos locales durante la guerra era asidua y de hecho, sindicatos como la CNT o la UGT  solían poner por entonces carteles que llamaban al comportamiento responsable de los milicianos. Durante la Guerra Civil, en la sala Bataclán un cartel rezaba: "Camaradas, respetad a los artistas, que están trabajando".

Milicianos de la Columna de Hierro. Fuente: petreraldia.com

Pero el eje central del relato es la crítica feroz a la violencia brutal de las columnas anarquistas, al caos que reinaba en su seno y a la mezcla letal entre fanatismo ideológico y delincuencia común que, para el autor, formaban el batiburrillo de sus milicias. En aparente contradicción con la figura de esta especie de miliciano-delincuente, que ya vimos en Masacre, masacre; en el relato aparece la figura del miliciano concienciado y honrado, personificado en campesinos humildes y honestos, gente trabajadora y comprometida con la República o la Revolución, personaje que volveremos a ver en otros relatos como Los guerreros marroquíes. Este buen miliciano aparece en el texto como el defensor de la legalidad republicana frente a los criminales que utilizaban la ideología como excusa para matar y robar. Ambos son una proyección de la dualidad de poderes que en todo momento aparece en el conjunto de los relatos y que el autor remarca continuamente, aunque lo hace especialmente en este cuento. Por un lado, la existencia de una violencia caótica, al margen y con frecuencia enfrentada con el poder legal y legítimo, el estado republicano; por otro lado, una gobierno incapaz de imponer su autoridad y poner coto a los desmanes de los muchos desalmados que controlan la calle. Ese rasgo tan característico de la violencia en la zona republicana, es algo que el autor deja claro a lo largo y ancho de toda su obra, pero que se convierte en el eje vertebrador de este relato. 
No nos debe sorprender la percepción de la realidad de Chaves, no olvidemos que estos relatos se gestan en los primeros meses de la guerra, momento en que el gobierno y las instituciones republicanas se mostraban desbordadas por la violencia de los grupos armados de todo género que proliferaban en su retaguardia. A partir de noviembre de 1936 y a lo largo de los primeros meses de 1937, tal situación cambiaría de manera significativa con la reconstrucción del estado republicano y el poder de sus instituciones.
Cartel de la Columna de Hierro. F: archivoIR.com
El foco central lo pone Chaves en las columnas anarquistas que inmediatamente después del golpe de estado salieron en dirección al frente para contener al enemigo, centrándose en una de las más llamativas, la Columna de Hierro. Lejos de los mitos, la capacidad militar de dichas columnas fue muy discutible, mientras que su acción represiva fue especialmente intensa. Ambas cosas son puestas en valor por el autor, sin embargo, hay que puntualizar muchas de sus afirmaciones, que desbordan y simplifican la realidad. Tras el golpe de estado, en las zonas donde fracasó la rebelión se asistió a la práctica desaparición del ejército republicano, mientras se extendía por el país el fermento revolucionario de las organizaciones obreras. Los partidos políticos de izquierdas y los sindicatos organizaron grupos de voluntarios civiles o milicianos que se unieron a los restos del ejército y las fuerzas de seguridad estatales que habían permanecido fieles a la República. Claves en la defensa de las grandes ciudades frente a los golpistas, los milicianos se organizaron pronto en columnas que se dirigieron hacia el frente para contener el avance rebelde.
Foto coloreada de Buenaventura Durruti en el frente de Aragón durante el verano de 1936. Foto: Rafael Navarrete (twitter.com)

Aunque las hubo de distinto signo político, las principales columnas fueron las anarquistas, destacando especialmente las que salieron de Cataluña hacia el frente de Aragón, hacia Huesca y Zaragoza, entre ellas la de Durruti, la de Ascaso, la Sur-Ebro, la de Ortiz y la de los Aguiluchos. Sin embargo, el autor se centra en la Columna de Hierro, que salió de Valencia en dirección al frente de Teruel. Aunque los anarquistas rechazaban el sistema penitenciario y abrieron muchas cárceles, absorbiendo en sus milicias a muchos presos comunes, sería injusto y poco riguroso -en contra de lo afirmado por Chaves- magnificar el peso de dichos presos en las columnas y milicias anarquistas, compuestas sobre todo de anarquistas convencidos. En segundo lugar, el autor llega a mezclar burdamente la realidad de las columnas anarquistas catalanas y la valenciana Columna de Hierro. Poniendo como ejemplo a Durruti, que nada tenía que ver con la Columna de Hierro, Chaves hace referencia a la actitud de los jefes anarquistas, que ante la realidad de la guerra, impusieron una disciplina brutal y los delincuentes se fueron a la retaguardia a sembrar el terror: "este bárbaro caudillaje fue eliminando del frente a los criminales y a los cobardes que habían acudido solo al olor del botín. Destacamentos enteros se desgajaron en franca rebeldía del núcleo de las fuerzas gubernamentales, y una de estas fracciones indisciplinadas de la Columna de Hierro era la que recorría la comarca sembrando el terror por dondequiera que pasaba". Estamos ante una nueva simplificación de la realidad. Muchos delincuentes y prostitutas se volvieron a la retaguardia cuando la guerra mostró su cara, algo que favorecieron los propios líderes milicianos, pero la instauración de una dura disciplina militar no fue la causa principal, entre otras razones porque la disciplina en el sentido literal tan solo se impuso en las milicias anarquistas con la militarización de éstas, proceso iniciado a partir de octubre de 1936 y que no culminó hasta mediados de 1937, como bien señalamos más adelante. Precisamente serían la Columna de Durruti y la Columna de Hierro las que se mostraría más hostiles a su conversión en unidades militares clásicas. Lo que si ocurrió con cierta frecuencia es el abandono del frente por grupos de milicianos, de procedencia variada, que en más de una ocasión de dedicaron al saqueo, actuando como auténticos delincuentes -así ocurrió en algunas zonas de Cataluña, Aragón o Valencia-. En todo caso, hay que precisar que la mayoría de su excesos y represión derivaban de la preocupación por hacer la revolución a la vez que la guerra, algo en lo que destacó la Columna de Hierro.

A finales de 1936, una unidad de la Columna de Hierro llega al pueblo turolense de Puebla de Valverde, cercano a la ciudad de Teruel. Fuente: alamy.es


La Columna de Hierro, dirigida por anarquistas valencianos como José Pellicer o Segarra, estaba formada por voluntarios levantinos que lucharon en el frente de Teruel, aunque no lograron tomar la ciudad. Llegó a tener cerca de 3.000 combatientes, aunque contaba con muchos más, que estaban en la retaguardia por falta de armas. Su preocupación por poner en marcha el comunismo libertario y el desarrollo de sus colectividades, implicó excesos y violencia. Tenía su diario, realizaba asambleas y practicaba una intensa violencia revolucionaria. Todo esto, su tendencia a ir por libre y el enfrentamiento continuo con los comunistas e incluso con las directrices de la propia CNT, que por aquel entonces negociaba su entrada en el gobierno republicano, la fue convirtiendo en la más vilipendiada de las columnas. La propaganda del gobierno republicano y de otros sectores ideológicos de la izquierda fue durísima con ella, tiñendo sus actividades de una aureola de violencia y fanatismo, y la propia CNT, con frecuencia no la defendió de los bulos.
En la época en la que se sitúan los acontecimientos narrados en A sangre y fuego, entre septiembre y octubre de 1936, con el frente estabilizado en Teruel, y ante la falta de armamento y munición, algunas centurias anarquistas valencianas se desplazaban con toda libertad hacia la retaguardia, ante la desesperación del gobierno republicano, que trataba de controlarlas y poner coto a sus desmanes. Su respuesta era la fuerza, asaltaban cárceles y fusilaban a presos derechistas por su cuenta y sin juicio alguno -así ocurrió en Vinaroz o en Castellón- o se enfrentaban a los comunistas en las calles de Valencia,
Bandera del 1º Batallón de la 83ª Brigada Mixta.
como ocurrió en el entierro de Tiburcio Ariza, un anarquista que fue asesinado por las fuerzas de seguridad por resistirse a su detención. Este tipo de enfrentamiento se produjo también en pequeñas localidades como Benaguacil, controlada por los comunistas. Probablemente sea esta la población a la que se refiere el autor como Benacil, nombre que no existe en la realidad, y en la que sitúa el autor el enfrentamiento entre la Columna de Hierro y los milicianos comunistas. El relato termina con la aniquilación implacable por la aviación republicana de la columna anarquista. El autor se aparta de la verdad, pues aunque en alguna ocasión la aviación republicana pudo haber castigado a algunas unidades de la Columna de Hierro, en modo alguno eso supuso su fin. La Columna de Hierro siguió combatiendo en el frente de Teruel en los meses finales de 1936 y los inicios de 1937, convirtiéndose en abril de ese mismo año en la 83ª Brigada mixta del nuevo Ejército Popular de la República. Así pues, en vez de ser barrida por la aviación, la Columna de Hierro terminó absorbida por el proceso de militarización de las milicias realizado por el gobierno republicano.

lunes, 22 de marzo de 2021

"Y a lo lejos una lucecita". Análisis histórico de "A sangre y fuego" de M. Chaves Nogales (III)

Milicianos del Ateneo Libertario de las Cuarenta Fanegas de Chamartín en septiembre de 1936. Su sede estaba en el colegio Infanta María Teresa. Fuente: EFE/Díaz Casariego

Y a lo lejos, una lucecita es un buen relato, con momentos vibrantes e intensos, aunque adolezca de la simpleza y linealidad inherentes a la narrativa de Chaves Nogales en A sangre y fuego. El autor inicia la narración en un ambiente de psicosis: con los franquistas cerca de Madrid, un depósito de municiones es trasladado a los sótanos del Teatro Real, ante la certeza de que el enemigo conocía su anterior ubicación. A partir de ahí, Chaves vuelve a dar el protagonismo a los milicianos de gatillo fácil que también protagonizan otros relatos, aquellos que ejercerán la violencia con intensidad desmedida, mostrados como ignorantes e impulsivos: "su primer impulso fue el de todo miliciano: echarse el fusil a la cara y disparar". Poco después, el autor nos conduce hasta un palacio ocupado por los milicianos anarquistas de la CNT, convertido en sede de un ateneo libertario. Este tipo de ateneos eran en los años 20 y 30 instituciones educativas y culturales anarquistas que con la guerra se transformaron por lo general en centros de reclutamiento y represión (algunos albergaron checas), que realizaron también funciones humanitarias, albergando en su interior a refugiados y atendiendo comedores sociales. Los ateneos se desperdigaban por el Madrid en guerra, en casi todos los barrios se ubicaba alguno (Retiro, Ventas, Delicias, Atocha, Puente Vallecas, Tetuán, Chamartín, etc.) y solían ocupar edificios de envergadura, como era el caso de conventos, iglesias, cines, colegios, palacios u hoteles. 

El hotel Ritz de Barcelona fue convertido en comedor social por la CNT y la UGT durante la Guerra Civil. Fuente: arcdelahistori





Uno de los mejores momentos de todo el libro es la descripción que el autor hace de los refugiados hacinados en el ateneo libertario, la miseria que rodeaba a la mujeres y los niños, las molestias que ocasionaban a unos milicianos más preocupados en otros menesteres menos solidarios, el descarnado contraste entre la pobreza y la ruralidad de los refugiados y la riqueza y lujo del palacio ocupado. Nos acerca así el autor a una de las realidades menos conocidas de la guerra, el continuo flujo de desplazados internos que huían del avance del bando enemigo y sus represalias. Por razones obvias, estos flujos fueron mucho más importantes en la zona republicana, pues fueron los republicanos los que al perder pronto la iniciativa militar, retrocedieron y cedieron territorios continuamente, teniendo como consecuencia inmediata la huida masiva de la población afín ideológicamente. Así ocurrió durante la toma del Frente del Norte o la ocupación de Málaga, la conocida Desbandá, que condujo a miles de personas hacia el este por la carretera de la costa y terminó en una brutal matanza, producida por el ataque franquista sobre las columnas de civiles que huían. Sin embargo, y en contra de lo que se suele pensar, la mayor acumulación de refugiados se produjo en la zona centro y en los primeros meses de la guerra, justo en el momento en el que se sitúa la obra de Chaves, como consecuencia del avance del ejército de África por Andalucía occidental, Extremadura y Toledo en dirección a Madrid. El avance de las columnas de Castejón y Asensio fue acompañado de una brutal represión que generó un elevadísimo volumen de refugiados, que huyeron del avance rebelde hasta concentrarse en el Madrid convulso de la época. Decenas de miles de personas huyeron con lo poco que podían acarrear, lo hacían andando, en burro, en carros, coches o ferrocarril. La situación generó en la República graves problemas logísticos, agudizando la generalizada situación de hacinamiento y desabastecimiento que vivía el Madrid de los primeros meses de la contienda. En el momento en el que Chaves sitúa su relato, Madrid era una ciudad colapsada, con enormes dificultades para atender las necesidades de la población civil y de los refugiados. El gobierno republicano movilizó grandes recursos para alimentar y dar cobijo a tal población y en los meses siguientes optaría por evacuar a parte de los desplazados acumulados en Madrid hacia Valencia y Cataluña, desde la que muchos de ellos terminarían cruzando la frontera hacia Francia con el colapso de la República y el fin de la guerra. 

Campesinos huyendo de sus pueblos en el frente de Talavera (Toledo). Fuente: toledodiario.es (MCD.AGA Fondo Medios de Comunicación del Estado)


Enmarcado en el ambiente de hacinamiento, de caos y desidia del ateneo libertario, Chaves nos conduce ante otro de los factores más desconocidos de la guerra civil. El conflicto fue innovador en muchos aspectos y uno de ellos fue el uso de los medios de comunicación de masas, especialmente la radio. Los dos bandos comprendieron desde un principio sus enormes posibilidades como medio de guerra, siendo como era especialmente apto para la propaganda. A través de la radio se lanzaban mensajes con el propósito de desmoralizar al enemigo y a la vez estimular e informar a los que en la retaguardia enemiga resistían o actuaban. La mayoría de las emisoras inicialmente cayeron en manos de las autoridades republicanas, que ejercieron un fuerte control y censura sobre la información, conscientes de que la situación de guerra no les era beneficiosa. El bando rebelde, utilizó también la radio para contrarrestar tal censura y hacer llegar sus mensajes a la retaguardia del enemigo, exponiendo sus continuos avances militares. Hasta la fundación en enero de 1937 de Radio Nacional de España, ese papel lo ejerció sobre todo Radio Sevilla, dirigida por el general Queipo de Llano, convertido en estrella radiofónica, que con un estilo provocador y soez amenazaba y polemizaba diariamente con el enemigo. Es a él a quien Chaves llama con cierta ironía "el general-speaker", el que a través de la radio soltaba "sus retahílas de injurias", las mismas que terminan escuchando en el ateneo libertario los protagonistas del relato, los milicianos de la CNT.

 El general Queipo de Llano ante el micrófono de Unión Radio Sevilla. Fuente: Biblioteca del Ministerio de Defensa.
Cartel republicano alertando sobre la presencia de
la quintacolumna franquista. F.: serhistorico.es
Es precisamente una alocución de Queipo de Llano la que dará lugar a la desenfrenada cacería que se convierte en el leitmotiv del relato. Un miliciano de guardia, Pedro, había detectado una luz intermitente que transmitía señales desde un edificio próximo. Cuando el general Queipo, con su habitual arrogancia, afirma a través de la radio conocer el traslado de munición a los sótanos del Teatro Real, se desatan todas las alarmas entre los milicianos. Pronto descubren que una cadena de luces a lo largo de la ciudad va transmitiendo unos mensajes para los rebeldes. El jefe de los milicianos, Jiménez, junto a Pedro y varios de sus compañeros, inician una cacería que les conduce por la geografía de la capital en guerra a través de pisos, casas y hoteles. El autor nos sumerge en el Madrid hostil a la República, lo que Javier Cervera ha definido como la "ciudad clandestina", presentándonos un completo rosario de colaboradores con la causa franquista: militares afines a los rebeldes, señoras acomodadas que colaboran con los golpistas, barrios de clase alta vaciados por la huida de sus habitantes, de nuevo ese Madrid "quintacolumnista" que coopera con el enemigo y que ya vimos en Masacre, masacre. Lejos de ser un tópico, el Madrid de finales de 1936 era una ciudad en la que el enemigo se había infiltrado con fuerza en la administración, en el ejército republicano, incluso en las propias milicias y partidos obreros. El saberse rodeados de enemigos, creó en las milicias y organizaciones obreras del Madrid republicano una cierta psicosis que favoreció los excesos y la represión. En el relato, los milicianos reaccionarán ante los sucesivos descubrimientos con rapidez y contundencia, fusilando sin miramiento alguno a todos los involucrados. Asesinos y asesinados son vistos con cierta equidistancia, unos y otros son participes de una guerra en la que el autor no cree. 
La ejecución más dramática es la de la joven Carmiña, ejecutada en plena calle por los milicianos, uno de los cuales deja junto a su cadáver un mensaje lapidario: "Por espía de los fascistas". De nuevo, como en el relato "Masacre, masacre", el autor vuelve a ponernos ante la realidad de los llamados "paseos", protagonizados por las milicias en el Madrid de los primeros meses de la contienda. Los hechos se iniciaban con la detención, generalmente al anochecer, y solían terminar con la ejecución de la víctima unas horas después. Se trataba de una represión incontrolada ejercida por las milicias, que efectuaban detenciones arbitrarias y ejecutaban sin formación de causa y de forma clandestina, al margen de todo proceso judicial. Cuando el jefe de los milicianos, Jiménez, tiene la certeza total de que Carmiña colaboraba con los quintacolumnistas toma la decisión: "Vamos, niña". Carmiña pregunta "¿adónde? y la respuesta del miliciano no deja lugar a dudas: "A dar un paseo".

En la imagen el comandante Ortiz de Zárate, tras el fracaso del golpe militar en Guadalajara, poco antes de su fusilamiento. La imagen podría servir como ejemplo del drama que envolvería cualquier "paseo"  Fuente: foto Albero y Segovia. Archivo General de la Administración

La actitud agresiva de los milicianos y el temor que muestra el rostro de Ortiz de Azcárate sobrecogen al espectador. Fuente: Foto Albero y Segovia Archivo General de la Administración



La persecución termina conduciendo al grupo de Jiménez hasta una choza de pastores en Torrelodones y más tarde a un lúgubre sanatario antituberculoso en la sierra, cerca de Navacerrada, convertido en una triste y casi ridícula alegoría de la España desgarrada por la guerra, donde unos enfermos, moribundos y abandonados a su suerte, mantienen sus odios ideológicos hasta la muerte. En la sierra madrileña existían en la época varios sanatorios para tuberculosos como el Real Sanatorio de Guadarrama o el Sanatorio Neumológico de Guadarrama. Al final, casi al amanecer, los milicianos llegan al término de la cadena, una luz que los sumerge en las líneas enemigas. Es entonces, cuando dos de ellos se repliegan sobre sus pasos, aunque para sorpresa del lector, Jiménez y Pedro continúan y se internan con vehemencia mortal en las líneas enemigas en busca de la luz que perseguían. Los dos son abatidos. Un final poco previsible, casi irreal, pero muy potente y cargado de significado, una auténtica metáfora del abismo al que conduce la sed de sangre y la violencia inherente a la guerra.

Real Sanatorio de Guadarrama. Fuente: elviajerohistorico.wordpress.com (Colección Carlos Frías Valdés).

lunes, 1 de marzo de 2021

"La gesta de los caballistas". Análisis histórico de "A sangre y fuego" de M. Chaves Nogales (II)

Fuerzas de la Policía Montada sevillana, al mando del comandante Erquicia, saliendo del pueblo extremeño de Azuaga. Fuente: requetes.com
Aunque globalmente y a nivel literario La gesta de los caballistas es un relato mediocre, sus instantes iniciales prometen de veras al lector, que se encuentra, sin lugar a dudas, ante uno de los mejores pasajes de A sangre y fuego de Chaves Nogales. Un cortijo, un gran propietario de la nobleza, el señor marqués, rezando en la capilla, paso previo para la cacería que se avecinaba. Fuera, sus lacayos forman el cortejo "justiciero". Los esperan campos desiertos y pueblos blancos con casas selladas por el miedo a la represión que se avecinaba. El hecho histórico es de sobra conocido: en julio de 1936 columnas paramilitares e irregulares comandadas por "señoritos" a caballo, al más puro estilo andaluz, seguidos después por milicias falangistas y carlistas y unidades de legionarios y regulares moros, partieron desde la Sevilla del golpista Queipo de Llano para controlar las comarcas agrícolas cercanas y aplastar la posible resistencia de milicianos izquierdistas, sembrando el terror entre las masas miserables de jornaleros. Especializadas en la limpieza política rural, eran columnas ligeras y móviles que se desplazaban constantemente, tenían su propio capellán voluntario -lo que también aparece en la narración- y estaban financiadas por los propios terratenientes, que aportaban el equipamiento, los caballos y a sus hombres, criados y lacayos, una auténtica "hueste feudal". Un terror salvaje se apoderaba de los pueblos que ocupaban estos "ejércitos señoriales". Vestidos al estilo campero, duchos en el saludable deporte de la montería, salían a la caza del "rojo", acosando y abatiendo jornaleros marxistas desperdigados por los campos. Un ejemplo de esta caballería paramilitar de maneras campestres fueron los dos escuadrones de la Policía montada de Sevilla que organizó a principios de agosto de 1936 el comandante de Infantería Alfredo Erquicia y en el que participaron muchos propietarios y terratenientes voluntarios. Su actividad se centró especialmente en la provincia de Córdoba.

A la izquierda, a caballo, José García Carranza, alias Pepe El Algabeño hijo (Fuente: europeana.eu). A la derecha, Ramón de Carranza y Gómez-Pablos, aristócrata y alcalde de Sevilla entre 1936 y 1938, tras su designación por Queipo de Llano (Fuente: lasevillaquenovemos.com).























Sin embargo, el más conocido de estos grupos fue la llamada columna Carranza, que ejerció una durísima represión en los pueblos del Aljarafe y del Condado onubense en su avance hacia la ciudad de Huelva. Dirigida por el aristócrata Ramón Carranza, nuevo alcalde de Sevilla tras el triunfo del golpe de estado, contaba entre sus filas con el Algabeño, torero, terrateniente y... asesino, al que se alude en el relato de Chaves de forma tangencial. Tras los hombres de Carranza, los legionarios y regulares del comandante Antonio Castejón y grupos de carlistas y falangistas. Sin nombrarlo expresamente, éste es el territorio y la escena que nos muestra Chaves, los pueblos cambian de nombre, Villatoro podría ser Hinojos o Bollullos, Manzanar es con toda probabilidad La Palma del Condado. Fue en La Palma, donde el 26 de julio de 1936, los milicianos mal armados y en retirada, entre los que se contaban muchos mineros de Riotinto, se agruparon en el verano de 1936. Son asesinados 15 presos derechistas locales que había sido recluidos en la prisión del pueblo. Cuando más tarde lleguen las columnas rebeldes, la venganza será brutal. Chaves rememora los hechos con importantes variaciones: en vez de La Palma nos habla de Manzanar, según su relato los caballistas del señorito irrumpieron en el ayuntamiento, donde fueron asediados y cogieron prisioneros a niños y mujeres que allí se refugiaban. Los milicianos se retienen de volar el edificio por la presencia de sus familias. Allí aparecen las contradicciones de la guerra y el elemento sentimental del que tanto gusta el autor, la vieja amistad entre el hijo del marqués y el maestro que lidera a los milicianos. Esa amistad llevará al hijo del marqués a prisión, junto al maestro, por sospechas de colaborar con el enemigo, una vez que el pueblo sea ocupado por los legionarios y regulares. El joven de la nobleza no será fusilado, su origen le salvará, pero terminará camino del exilio.

En primer término, Queipo de Llano (izquierda) junto al comandante Castejón (derecha). Fuente: elperiodico.es

Represión en el pueblo sevillano de Tocina. Legionarios frente a presos de izquierdas. Fuente: Fototeca Municipal de Sevilla. Archivo Serrano.

Las tropas franquistas entran en el pueblo sevillano de Constantina, siendo recibidos por decenas de mujeres que tratan de evitar la matanza. Fuente: blogs20minutos.com











En las páginas finales, Chaves se embarca en una fidedigna descripción de la cárcel donde se hacinaban con otros muchos presos los dos protagonistas, el maestro miliciano y el señorito traidor. Variopinta y pintoresca al extremo, marcada por el desorden más absoluto, la prisión se mostraba ante el lector como una proyección del gracejo andaluz. Según el autor, la cárcel se situaba de forma improvisada en "un viejo music-hall popular, el pintoresco Salón Variedades de la calle Trajano". En la realidad, el lugar al que hace referencia Chaves era el Salón de Variedades Lido, cuyo edificio daba a dos calles, la Amor de Dios y la Trajano, una construcción con fachada neomudéjar a ambas calles, que después de la guerra terminó siendo el cine Trajano. La situación en la ciudad del Guadalquivir llegó a ser extrema en las primeras semanas de la guerra, la cantidad de presos que llegaban a Sevilla cada día era tal que la cárcel provincial de la Ranilla o la Delegación de Orden Público de la Segunda División (situada en la residencia de los Padres Jesuitas de la calle Jesús del Gran Poder) se vieron desbordadas. Por todo ello, las autoridades recurrieron a salas de espectáculos como el Salón de Variedades Lido, que fueron  habilitadas como centros de detención y como dependencias comisariales.
Andalucía occidental (Córdoba, Sevilla, Huelva, Málaga), junto a Badajoz, se convirtieron durante la guerra en una de las zonas donde la represión de los rebeldes fue más brutal y donde tuvo un carácter más profundamente social, lo que deja claro el autor poniendo el hincapié en la figura del marqués. Las razones de tal realidad son del todo evidentes, Andalucía occidental y Extremadura son las regiones de mayor peso de la población jornalera. El campo latifundista fue esencial para entender la polarización política y social durante la República y el estallido de la Guerra Civil. Tal realidad se ve reflejada en el siguiente fragmento del relato: "El pueblo -replicó el marqués- siempre es cobarde y cruel. Se le da el pie y se toma la mano. Pero se le pega fuerte y se humilla. Desde que el mundo es mundo los pueblos se han gobernado así, con el palo. De esto es de lo que no han querido enterarse esos idiotas de la República."

Salida de presos del edificio de la Audiencia, en la Plaza de San Francisco, posiblemente hacia la cárcel de La Ranilla. Fuente: elcorreoweb.es


Cárcel sevillana de La Ranilla. Fuente: blogs.canalsur.es

Fachada neomudéjar del salón de variedades Lido, convertido en el cine Trajano después de la guerra y que durante ésta se uso como cárcel. Fuente: juntadeandalucía.es


























































El relato no puede tener una temática más sugerente, pero el guión hace aguas, Chaves prioriza la necesidad de contarlo todo, la secuencia de hechos se acelera por momentos. Los primeros instantes son muy buenos, son momentos de descripción y reflexión, pero poco después el autor se desliza hacia una narración simple y lineal, tan rápida como insípida e infantil. La necesidad de contar los hechos, le impide recrear los paisajes o concentrarse en los personajes, con palabras y diálogos fáciles que son un fiel reflejo de la falta de profundidad de éstos últimos. Agota al lector con el ritmo rápido de las cosas y la forma casi infantil de narrar. ¡Qué lejos está aquí Chaves de los paisajes de Sholojov o el maravilloso minimalismo expresivo de Babel, que con tan pocas palabras era capaz de mostrar tanto!. Es evidente que la Guerra Civil Rusa tuvo mejores cronistas literarios.

martes, 2 de febrero de 2021

"¡Massacre, massacre!". Análisis histórico de "A sangre y fuego" de M. Chaves Nogales (I)

La Gran Vía es bombardeada a la altura del edificio Telefónica. Fuente: diariodesevilla.es

En el primer relato de A sangre y fuego, ¡Massacre, massacre!, Chaves muestra ya sus credenciales: una crítica mordaz y directa a las milicias de la retaguardia republicana, a su carácter incontrolado y cruel, a la violencia gratuita y caprichosa que ejercían, a su carácter criminal. Deja muy claro que dicha violencia está con frecuencia al margen del estado republicano e incluso de los partidos obreros, que tiene su propia lógica despiadada y corrupta. Desnuda las que él llama "siniestras escuadrillas de retaguardia", una amalgama de cobardes sin escrúpulos, liderados en el relato por Enrique Arabel, jefe de la Escuadrilla de la Venganza, individuos descritos como unos auténticos malhechores, que huyen del frente y proyectan su miedo a la guerra través de una violencia brutal e indiscriminada en el Madrid de retaguardia. Arabel es muy posible que fuera en la realidad Agapito García Atadell, jefe de la Brigada del Amanecer, una checa madrileña con sede en el palacio de los condes de Rincón, en la calle Martínez de la Rosa. Sus actividades criminales y delictivas se sucedieron hasta finales de octubre de 1936, cuando el gobierno republicano empezó a cuestionar sus acciones, lo que le obligó a huir. Más de cincuenta hombres le obedecían en esos meses, sembraba el terror en el Madrid de la retaguardia, sin hacer ascos a las posibilidades de enriquecimiento que su posición de poder le otorgaba: a cambio de dinero, determinados prisioneros podían refugiarse en alguna embajada o llegar a la zona franquista. Esta corrupción es también denunciada por Chaves, pues su personaje, Arabel, se enriquece igualmente con el tráfico de detenidos. Las guerras de toda índole, especialmente las civiles, son el campo abonado para que todo tipo de desalmados pueda dar rienda suelta a sus instintos criminales sin que nadie les ponga coto. Y así fue como auténticos forajidos proliferaron en la retaguardia republicana durante los primeros meses de la contienda, valiéndose del caos y la debilidad del estado para ejercer su terrible violencia, en la que se mezclaba fanatismo, corrupción y criminalidad. Hablamos de siniestros personajes como Felipe Sandoval, Aurelio Fernández Sánchez, Dionisio Eroles, Manuel Escorza del Val o José Serrá, y por supuesto, el ya nombrado Agapito García Atadell.

García Atadell y la Brigada del Amanecer en 1936. Fuente: pinterest


Cartel republicano. F.: elmanifiesto.com
Chaves se refiere a la actividad de estos grupos como una "actuación terrorista" que "en nombre del pueblo y valiéndose del argumento decisivo de sus pistolas, sembraban a capricho el terror". Se suceden ante nuestros ojos fusilamientos sin juicios, a partir de intimidaciones y delaciones producidas en una atmósfera de terror. Adquiere protagonismo el "paseo",  que las milicias, sobre todo las anarquistas, protagonizaron en el Madrid de los primeros meses de la contienda. Los hechos se iniciaban con la detención, generalmente al anochecer, y solían terminaban con la ejecución de la víctima unas horas después. Tal realidad es ejemplificada en el relato por el fusilamiento del viejo comandante de artillería Eusebio Gutiérrez, que los milicianos ejecutan por traición en el paredón, sin más pruebas que la delación por despecho de una mujer.
Un terror que se desenvuelve en el marco de una realidad psicótica marcada por la dureza de los bombardeos enemigos y la actividad clandestina de "una quinta columna" franquista en el Madrid republicano. En este sentido, Chaves menciona la célebre frase del general golpista Mola: "El general Mola había dicho por radio que sobre Madrid avanzaban cuatro columnas de fuerzas nacionalistas, pero que además contaba con una quinta columna en Madrid mismo que sería la que más eficazmente contribuiría a la conquista de la capital" y añade con sentido trágico: "Pocas veces una simple frase ha costado más vidas". No hay duda de que la obsesión por la existencia de una quinta columna generó una fuerte represión sobre todo aquel que por su adscripción política, su origen social o su pertenencia al ejército, resultaba sospechoso de militar en ella. Al margen de la propaganda y la psicosis, la actividad de los quintacolumnistas fue realmente importante en el Madrid de la época, como también en otras ciudades republicanas como Valencia o Barcelona.
Chaves nos regala, a la vez, una soberbia contextualización de la situación bélica del Madrid del momento, sumergiéndonos en la atmósfera de pánico creada por los bombardeos indiscriminados y masivos que los aviones italianos y alemanes realizaban sobre la ciudad, golpeando a la urbe en su conjunto, pero con más dureza al centro urbano y a los barrios más populosos y humildes. Se convertía así la guerra española en una base de pruebas donde por primera vez se recurrió a los grandes bombardeos sobre población civil como elemento de descomposición de la retaguardia y del enemigo, algo que no se había conocido antes. Esta temática la volvemos a ver en uno de los últimos relatos, el excelente El refugio. La debilidad de la aviación republicana, sobre todo porque carecía de una flota de bombarderos, convirtió en dominadores del aire al bando nacionalista, que contó con el apoyo masivo de la aviación de las potencias fascistas. Una excepción fue la llamada escuadrilla "España", creada por el político y escritor francés André Malraux y formada por bombarderos pilotados por voluntarios y mercenarios que sirvieron a la República en los primeros meses de la guerra. Precisamente, Malraux, aparecerá brevemente en este relato cuando uno de los protagonistas, el miliciano Valero, lo descubre en una taberna donde se había reunido con otros intelectuales republicanos. 

André Malraux y Abel Guidez, comandantes de la escuadra España. Detrás se puede ver el motor Lorraine Petrel de un Potez 542. Fuente: geocities.es



La Gran Vía madrileña bajo las bombas en 1936. Fuente: simft.fundaciontelefonica.com 



































Los Savoia italianos y los Junker y Heinkel de la Legión Cóndor alemana surcaron una vez tras otra los cielos de las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, que fueron bombardeadas a conciencia. La población no estaba familiarizada con esa nueva forma de hacer la guerra, por lo que la vivía no solo con una enorme angustia, sino también con un intenso deseo de venganza, lo que algunos grupos de milicianos utilizaban como escusa para acometer una dura represión. Tanto en Madrid como en otras zona republicanas, es el caso de Cataluña o Bilbao, tras los bombardeos eran frecuentes las "sacas" de presos derechistas, realizadas por una muchedumbre vengativa en la que se mezclaban milicianos y civiles de todo tipo. Aunque las autoridades trataron en la mayoría de los casos de evitarlas, no siempre lo consiguieron. En el relato, aprovechando la matanza producida por los bombardeos, Arabel asesinará a los militares que retenía presos en un convento reconvertido en cárcel. Entre ellos estaba el padre de un miliciano comunista, Valero, fanático pero íntegro. Surge así el drama personal, tan común a la mayoría de los relatos de A sangre y fuego: hasta el último momento, el hijo tratará de salvar al padre sin poner en cuestión sus principios y sin corromperse. 
Aunque no se trata de una prosa excepcional, pues ya hemos comentado que Chaves no es en modo alguno un gran escritor,  estamos sin lugar a dudas ante uno de los mejores relatos de A sangre y fuego.

Un equipo de vuelo de la Legión Cóndor se dispone a subir a un Heinkel He 111 en 1938. Fuente: elpais.com

Efectos de los bombardeos franquistas en la calle Anton Martín de Madrid. Fuente: researchgate.net