BLOG DE JOSÉ ANTONIO DONCEL DOMÍNGUEZ (I.E.S. LUIS CHAMIZO, DON BENITO, BADAJOZ)
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sábado, 19 de marzo de 2022

Historia de Ucrania y Rusia. Parte I. Desde los orígenes hasta el siglo XVIII

Monumento a Bogdán Jmelnytsky, héroe del nacionalismo ucraniano, en Kiev. Fuente: istockphoto


La historia de Ucrania es tan compleja como su realidad actual, y se quiera o no, ha estado  indiscutiblemente ligada a la de Rusia. Conocida históricamente por los rusos como la "Pequeña Rusia", navegó durante siglos entre gigantes: al este la Rusia Imperial, de la que fue parte esencial y fundacional, al oeste Polonia y Austro-hungría, que controlaron durante mucho tiempo sus regiones occidentales. Y entre ambas influencias y dominios, sin embargo, Ucrania nunca dejó de tener su identidad propia, una identidad que por otro lado resulta muy compleja, pues son grandes las diferencias entre sus territorios, lo que deriva de una evolución histórica muy diferente: el este, rusófono y mucho más vinculado cultural e históricamente Rusia, el oeste más nacionalista y ligado históricamente a Austro-hungría o Polonia. Un país convertido históricamente en una conflictiva frontera entre occidente y oriente, una frontera cuyos límites se están dirimiendo de forma sangrienta en la guerra ruso-ucraniana de 2022.

Rusia y Ucrania en la Edad Media: orígenes compartidos

Rusos, ucranianos y bielorrusos son pueblos con un mismo orígen. En las tierras boscosas y pantanosas que se ubican entre las fronteras actuales de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, se localizaban ya las primeras tribus eslavas orientales en torno al 600 d.c., que con el tiempo extendieron sus zonas de influencia en todas direcciones: en el norte avanzaron hacia el Mar Báltico y entraron en contacto con los pueblos vikingos, en el este se extendieron hacia las grandes llanuras de la actual Rusia y conectaron con los pueblos de origen fino-ugro (de los que proceden por ejemplo los finlandeses, los estonios o los húngaros), en el sur ocuparon los territorios de la actual Ucrania, entrando en contacto con la cultura griega representada por Bizancio, mientras hacia el sureste, en las estepas del río Don y el Volga, conectaban con los jázaros, pueblo túrquico asentado en las estepas bajas del Volga.

Territorios poblados por las tribus eslavas orientales en el siglo VIII d.c. Fuente:es-academic.com

Invitación de los varegos. Riúrik y sus hermanos Truvor y Sineo llegan a Ládoga (1909), obra de Víktor Vasnetsov. Fuente: es.rbth.com


La irrupción de los vikingos o varegos resultaría determinante en la historia de los eslavos orientales. Con fama de grandes guerreros y saqueadores empedernidos, también eran activos comerciantes que recorrieron las costas bálticas, entrando en contacto con los eslavos. Remontaron los ríos hacia el este y el sur y llegaron al Mar Negro y al Mar Caspio. El jefe varego Riúrik fundó algunos asentamientos en la región fría y boscosa de Novgorod, cercana al Mar Báltico. Riúrik terminó convirtiéndose en príncipe de Novgorod a mediados del siglo IX. Más tarde, el avance de los vikingos hacia el sur les llevó a dominar los territorios de la actual Ucrania central, donde nacería el primer estado eslavo oriental, la Rus de kiev, a finales del siglo IX. Un estado que se convirtió pronto en el eje central del intenso comercio de esclavos, pieles y otros productos que se deaarrollaba entre el norte de Europa y Bizancio. Considerado por el nacionalismo ucraniano como el origen de Ucrania, es visto también por el pueblo ruso como la cuna de su nación, y desde luego, con mayor base aún. Y es que, aunque la Rus de Kiev tuviera por centro la actual capital de Ucrania, kiev; su territorio se extendía enormemente hacia el norte, abarcando desde Bielorrusia hasta el Báltico ruso y la región de Novgorod, ocupando igualmente buena parte de los territorios centrales de la actual Rusia europea, incluida la región donde tiempo después, en el siglo XII, se fundaría la ciudad de Moscú.

Territorio ocupado por la Rus de Kiev y principados en los que se dividió en el s. XII. F.: Wikipedia

 La Rus de Kiev se fue cristianizando en la segunda mitad del siglo X, bajo la influencia del mundo bizantino, desarrollándose en su seno la variante eslava del cristianismo ortodoxo. Este proceso culminó con el bautismo oficial y público del príncipe Vladimir I en el 980 d.c. Durante el siglo XI, el desarrollo económico y cultural de la Rus fue intenso, pero a partir del siglo XII entró en una lenta decadencia por la presión de los pueblos túrquicos de las estepas y el declive del Imperio bizantino. El comercio en la zona se redujo, afectando al papel del Rus como centro de las rutas comerciales que unían Bizancio y el norte de Europa, lo que desembocó en su desmembramiento en varios principados: Novgorod, Chernigov, Smolensk, Vladimir-Suzdal, Volinia, etc. 

El bautizo del Santo Príncipe Vladimir, por Viktor Vasnetsov (1890). Fuente: bbc.com


La división interna favoreció el creciente ímpetu invasor de los mongoles, que terminaron por arrasar y dominar la Rus de Kiev en el siglo XIII. En 1240 Kiev era destruida y nunca se recuperó: más de la mitad de la población fue exterminada y muchos huyeron hacia el norte. Los mongoles se quedaron y conformaron en la zona un nuevo estado, la llamada Horda de Oro, que ocupaba amplios territorios de las actuales Rusia, Ucrania y Kazajstán. Con el tiempo, y conforme avanzara el delive del imperio mogol, la zona occidental de la Rus sería incorporada a la Unión polaco-lituana, una unión personal entre ambos estados que se produjo a finales del siglo XIV, en 1386.  Al margen de la invasión mongola quedarían los territorios norteños y fríos del principado de Novgorod, que prosperó ligado al comercio con alemanes y suecos. Los mongoles sí invadieron la región de Suzdal, donde se hallaba la por entonces pequeña población de Moscú, que tras ser saqueada y arrasada, se recuperaría y terminaría por convertirse en la capital del Principado de Moscovia, germen de la futura Rusia.

A finales del siglo XIII, los territorios del principado de Vladimir-Suzdal terminaron convirtiéndose en en el Principado de Moscú o Moscovia. Durante el siglo XIV, su influencia y poder fue creciendo como un estado vasallo de los mongoles, desarrollando una intensa política de expansión territorial, pero también buscando un aumento de su influencia cultural y religiosa. Si en el 1299 el metropolitano Máximo de Kiev se había trasladado de Kiev a Vladimir; en 1325, con Iván I como príncipe de Moscú, el metropolitano Pedro de Kiev se desplazaba de Vladimir a Moscú. Se completaba así, en el marco territorial de la antigua Rus, el paso del poder religioso desde Kiev hasta Moscú. Ambos personajes ostentaban por entonces el título de metropolitanos de Kiev y de toda la Rus.

Imperio mongol en el siglo XIII. Fuente: Pinterest


Iván III el Grande. Fuente: alchetron.com
Este proceso de crecimiento y expansión del principado de Moscú, culminaría con la llegada al poder de Iván III el Grande en la segunda mitad del siglo XV, que conquista Novgorod y derrota a los mongoles de la Horda de Oro, avanzado también hacia el sur, hacia los valles del Don y el Donetz. La consolidación definitiva del principado se produciría con Iván IV el Terrible, conocido por su crueldad, que gobernaría durante buena parte del siglo XVI y establecería el zarato ruso. Rusia vencía entonces a los tártaros, pueblos túrquicos y musulmanes, herederos de los mongoles, que habían creado los kanatos tártaros de Kazán, Astracán o Siberia. Con Iván el terrible, la parte más oriental de la actual Ucrania quedó bajo control ruso, mientras las regiones del oeste y el centro, incluida la región de Kiev, permanecían bajo el dominio de la Unión polaco-lituana, que en esas zonas había llenado el vacío dejado por los mongoles. Al sur mantenían su hegemonía los herederos de los mongoles, nos referimos al Kanato tártaro de Crimea, que se extendía por la península de dicho nombre y el entorno del Mar Azov, y que perduraría aún varios siglos.

Extensión del zarato ruso durante el reinado de Ivan IV el Terrible: Fuente: historiaparanodormiranhell.blogspot.com








La época moderna: el Hetmanato cosaco y la Rusia imperial

Bogdán Jmelnytsky. F.: biografiasyvidas.com
En el siglo XVII y en lucha contra polacos y lituanos, surgiría en Ucrania un estado independiente, el Hetmanato cosaco, que se extendería por las regiones centrales de lo que hoy es Ucrania. La Unión polaco-lituana se había convertido en 1569 en la República de las Dos Naciones o Mancomunidad de Polonia-Lituania, producto de la fusión definitiva del Reino de Polonia y el Gran Ducado de Lituania. Bajo su control se hallaría buena parte de la actual Ucrania. Sin embargo, la rebelión de Bogdán Jmelnytsky consiguió segregar amplios territorios de la Ucrania central y crear en 1648 un estado independiente, el Hetmanato, cuyo primer Hetman sería el propio Jmelnytsky, líder cosaco. El nuevo estado se apoyaba en los pueblos cosacos asentados en las estepas del Dnieper, en Zaporozhia. Los cosacos eran comunidades de pueblos túrquicos eslavizados, que se desarrollaron en las estepas del sur de Rusia, desde el centro de Ucrania hasta las llanuras del Don y el Volga. Grandes guerreros y soberbios jinetes, mantuvieron su identidad hasta la mitad del siglo XX, prestando servicios militares como mercenarios y guerreros para distintos estados. Apoyado en la capacidad militar de los cosacos, Bogdán Jmelnytsky consiguió consolidar el nuevo estado, articulando una nueva administración civil y militar a partir de una élite de oficiales cosacos y nobles rutenios y ucranianos. El nuevo estado siguió utilizando inicialmente la moneda polaca y el idioma polaco en la administración, pero a partir de 1667 el lenguaje popular, el ucraniano, empezó a usarse también en documentos oficiales, dando lugar al ucraniano moderno. 

En 1648 surge el Hetmanato cosaco en el corazón de Ucrania, independizándose de la Mancomunidad polaco-lituana. Fuente: es-academic.com

Hetmanato cosaco. Fuente: alsurdeunhorizonte.com

Para entonces, el nuevo estado se encontraba ya totalmente bajo la órbita de Moscú. Presionados por los tártaros de Crimea al sur y por los polacos por el este, Jmelnitsky buscó muy pronto la protección de Rusia, firmando el Tratado de Pereyáslav en 1654, por el que los cosacos de Ucrania juraban fidelidad al zar ruso. Este tratado es un motivo continuo de controversia nacionalista: mientras los nacionalistas ucranianos sostienen que se trató de un simple acuerdo militar, el nacionalismo ruso lo entiende como la incorporación de Ucrania al proyecto paneslavo de configuración de Rusia. Tras un intento posterior de acercamiento a polacos y lituanos, el hijo de Bogdán Jmelnitsky, Yuri, como hetman, firma un Segundo Tratado de Peryáslav en 1659, que limitó definitivamente la autonomía cosaca y convirtió el hetmanato en un estado autónomo dentro del estado ruso.

Para siempre con Moscú. Para siempre con el pueblo ruso. Pintura de Mikhailo Jmelko. Este cuadro es una representación de la firma del tratado de Pereyaslav. Fuente: 14milimetros.com

Pedro I el Grande. Fuente: biografiasyvidas.com
Rusia, convertida en zarato en el siglo XVI, durante el reinado de Iván el Terrible, era por entonces un rei
no cada vez más poderoso, gobernado por la dinastía Romanov desde 1613. Parejo a su fortalecimiento, el reino iba aumentando la presión y el control sobre los territorios que dominaba, algo que se hizo cada vez más evidente en el caso del protectorado que ejercía sobre Ucrania. Esta situación se agudizó con el ascenso al trono de Pedro I el Grande como zar de Rusia en 1682. Pedro I inicia un proceso de transformación del zarato en un gran imperio, occidentaliza y moderniza el país, extendiendo el poder de Rusia por los cuatro puntos cardinales: se enfrentó en el sur a los turcos, al este con los polacos y al norte con los suecos. Rusia se enfrentó a la Suecia de Carlos XII en el contexto de la Gran Guerra del Norte (1700-1721) y la derrotó definitivamente en la batalla de Poltava (1709), en las llanuras ucranianas, convirtiéndose de esta forma en la nueva potencia dominante del norte de Europa. Aprovechando los apoyos que durante su campaña en Rusia había encontrado Carlos XII en algunos sectores de los cosacos ucranianos (seguidores del hetman Mazepa), Pedro I redujó la autonomía del Hetmanato, cuyo poder se volvió casi nominal, y estableció la gobernación de kiev. Se iniciaba en ese momento la lenta pero inexorable rusificación de Ucrania, en el contexto de una Rusia que en 1721, y bajo el reinado de Pedro I el Grande, se transformaba en un Imperio, en tanto que San Petersburgo, la ciudad que el mismo zar había fundado en 1703 en el Mar Báltico, se convertía en su capital.

Movimientos militares en la Gran Guerra del Norte. Fuente: Wikipedia

Europa a mediados del siglo XVIII

Emperatriz rusa Catalina II (1729-1796), del pintor
 ruso-ucraniano Dmitry Levitzky . Fuente: Getty images
Desde entonces, el fortalecimiento y expansión del Imperio ruso, iría en detrimento 
de la autonomía de los ucranianos, lo que se hizo especialmente evidente con la llegada en la segunda mitad del siglo XVIII al trono de la zarina Catalina II la Grande, con la que Rusia iba a alcanzar su máximo poder, iniciándose una nueva época de expansión, que le llevaría a desplazar sus fronteras hacia el oeste. Catalina acabó definitivamente con los restos de la autonomía del Hetmanato Cosaco, incorporándolo al Imperio ruso en 1764. Los cosacos de Zaporozhia fueron destruidos y derrotados definitivamente en 1775. En esos mismos años, Catalina II completaba su avance hacia el oeste, que le llevaría a tomar los territorios orientales de Polonia, poblados en su mayoría por bielorrusos y ucranianos ortodoxos, unificando así definitivamente los territorios de la antigua Rus de Kiev. Se iniciaba entonces un proceso de rusificación en dichos territorios, antes polonizados intensamente, donde hasta entonces el idioma oficial había sido el polaco, mientras el ucraniano o el bielorruso se utilizaban solo en el ámbito doméstico. 

Este avance hacia el oeste durante el reinado de Catalina II, deriva de la puesta en marcha de un proceso de desmantelamiento del estado polaco que se dio en llamar las Particiones de Polonia y que supuso el reparto del enorme territorio de la República de las Dos Naciones entre las nuevas potencias que le rodeaban, Rusia, Austria y Prusia. Este reparto afectó directamente al pueblo ucraniano: en los tres repartos la Rusia de Catalina fue avanzando progresivamente hacia el oeste, primero en 1772, después en 1793 y finalmente en 1795, cuando el Imperio ruso situó su frontera definitiva en el río Bug y ocupó los territorios de la actual Bielorrusia y amplias regiones ucranianas al oeste kiev, zonas donde también existían entonces, no ahora, importantes contingentes de población polaca. Sin embargo, en la primera partición, la de 1772, la región de Galitzia, con capital en Lvov (Lviv en ucraniano) y parte integrante de la actual Ucrania, pasaba al dominio del Imperio austrohúngaro, lo que marcaría una evolución histórica muy diferente. Aún hoy es la parte más occidentalizada de Ucrania, y aunque entonces poblada mayoritariamente por ucranianos, existían importantes minorías de ascendencia polaca, húngara, alemana o rumana (todavía hoy existe una minoría húngara y rumana en zonas fronterizas).

Mapa que nos muestra las llamadas Particiones de Polonia. Fuente: wikipedia


En las zonas de Ucrania bajo control ruso, la mayoría del territorio, se intensificó el proceso de rusificación y el idioma ucraniano fue menospreciado, considerado por el poder imperial como un simple dialecto del ruso. Se prohibió su uso y se impuso el ruso como única lengua en el sistema educativo. Como ocurrió con la lengua de muchos otros pueblos de Europa, fue desdeñada como un idioma poco sofisticado, propio del ámbito rural, una lengua de campesinos y gentes muy humildes. El estado propició además la conversión de la población ucraniana a la religión ortodoxa (no olvidemos que parte de los habitantes de la Ucrania occidental eran católicos, incluida la población que seguía los ritos de las iglesias católicas orientales).

El proceso de expansión territorial emprendido por Catalina II culminaría también con la extensión hacia el sur y la conquista de Crimea en 1783, tras derrotar al decadente Imperio otomano. Se trataba de un territorio poblado por los tártaros de Crimea, un pueblo túrquico y musulmán, cuya historia había tenido muy poco que ver con la del resto de la actual Ucrania. Tras la caída de los mongoles de la Horda de Oro, surgieron kanatos túrquicos que más tarde desaparecieron ante el empuje de los eslavos. El único que perduró en el tiempo, desde el siglo XV al XVIII, fue el kanato de Crimea, que se extendía por la península del mismo nombre y la costa sur de la actual Ucrania, y que en el siglo XVIII era un estado vasallo de los turcos otomanos. Con la anexión de Crimea al Imperio ruso, se funda la mítica ciudad de Sebastopol, que se convertiría en el gran puerto comercial y militar de Rusia en el Mar Negro, mientras colonos alemanes, búlgaros y sobre todo rusos llegaban a la península. Así pues, Crimea nunca fue parte histórica de Ucrania, ni antes de su anexión al Imperio ruso, ni después (fue cedida por Krushev en 1956 de manera gratuita y caprichosa a la República Socialista Soviética de Ucrania), lo que aclara mucho respecto a la legitimidad de la invasión rusa de Crimea en 2014. 

El Kanato de Crimea en 1600. Fuente. Wikipedia.

El kanato de Crimea en 1774, tras la derrota turca ante el Imperio ruso. Fuente: Wikiwand

Conclusión final 

Como se ha podido comprobar, la historia medieval y moderna de Ucrania resulta muy compleja y en su desarrollo encontramos muchas de las bases de la problemática actual y del conflicto militar entre Rusia y Ucrania de 2022. La historia de Ucrania estuvo desde sus comienzos profundamente ligada a la de Rusia, con la que tuvo una relación tan intensa como, en ocasiones, conflictiva. Por otro lado, otra evidencia es que la evolución histórica de la Ucrania occidental y de la oriental no fue la misma hasta el siglo XVIII, como tampoco lo fue durante el siglo XIX y la primera mitad del XX. Como hemos visto, la Ucrania del oeste estuvo durante mucho tiempo bajo el dominio y el influjo polaco, lo que durante la época moderna expuso a sus élites y habitantes a la influencia del Renacimiento y la Contrarreforma. Esta influencia de la cultura occidental sería aún mayor en la región de Galitzia, que como hemos visto, pasaba al imperio de los Habsburgo en 1772, permaneciendo en él hasta la desmembración del Imperio con el fin de la Primera Guerra Mundial. Tras la guerra, dicha región quedaría en manos polacas de nuevo, pasando algunas zonas a formar parte de Checoslovaquia y Rumanía, hasta que tras la Segunda Guerra Mundial pasaron a dominio soviético. De esta forma, esa parte occidental de Ucrania quedó históricamente mucho más al margen de la influencia rusa y de su huella cultural, algo que se evidencia en la religión, pues muchos de sus habitantes actuales son miembros de las iglesias uniatas o iglesias católicas orientales, sobre todo de la Iglesia greco-católica ucraniana, y en la zona de transcarpatia de la Iglesia grecocatólica de rutenia (ambas reconocen el papado de Roma). Las diferencias culturales son también evidentes en el idioma, que en regiones orientales como el Dombass o Jarkov es predominantemente ruso, mientras en las regiones occidentales la mayoría de la población solo habla ucraniano. Fue allí donde prendería el nacionalismo ucraniano en el siglo XIX, comenzando muchos de sus habitantes a autodenominarse ucranianos para diferenciarse de los rusos. 

Evolución de Rusia entre el siglo XIV y el XVIII. Se puede ver como se va ocupando casi todo
 el territorio de la actual Ucrania. A finales del siglo XVIII, tan solo permanece la parte más
 occidental al margen de la expansión del Imperio ruso. Fuente: elaboración propia.

viernes, 13 de julio de 2012

Asaltos y asedios de fortalezas en la Edad Media

El asalto y asedio de fortalezas era una constante en el desarrollo de
cualquier campaña bélica durante la Edad Media  (British Library)

MURALLAS Y CASTILLOS

Durante la plena Edad Media, a partir del siglo XI y sobre todo del XII, las fortificaciones y castillos alcanzaron un enorme desarrollo, construidos ya con materiales más sólidos y poderosos. Lejos quedaban las fortificaciones de madera con torres y empalizadas y las murallas de tierra de la Alta Edad Media. El uso de la piedra permite alcanzar a la muralla una gran altura, mientras se construyen torres redondas, más defensivas que las cuadradas, generalmente en las esquinas del recinto, que tienden a sobresalir de la muralla. Esta y sus  torres se coronan con almenas y se llenan de troneras, aspilleras y saeteras. La Torre del Homenaje, último bastión y residencia del señor adquiere un tamaño imponente y la fortificación se rodea de un gran foso con puente levadizo que permite el acceso a una puerta fortificada, protegida con frecuecncia por una barbacana. Se crean en ocasiones dos líneas de murallas, la segunda más alta y elevada, permitiendo controlar la primera. Esas dos líneas permitían evitar los ataques por sorpresa y mantener las máquinas de asedio de los atacantes lo bastante lejos del corazón del castillo.




Estas animaciones nos muestran de manera didáctica y sencilla las características de un castillo medieval:

                                     



                                      


En el siglo XII igualmente proliferaron las ciudades encerradas en gruesas murallas de piedra, que las convierten en auténticos baluartes inconquistables. Entre los mayores recintos amurallados hoy conservados se halla el de Ávila, construido a finales del siglo XI y que tiene un perímetro de dos kilómetros y medio con 88 torreones.

Los imponentes torreones almenados marcan  la imagen de la muralla 
románica de Ávila, posiblemente la mejor conservada de Europa.
El doble recinto amurallado de Carcassonne, en el sur de Francia, es uno
 de los mejores exponentes de ciudad  medieval.

LA NEGOCIACIÓN Y LA CONQUISTA POR SORPRESA 

Tomar una plaza fuerte, ya fuera una ciudad amurallada o un castillo, resultaba una labor muy difícil. Por lo general, en un primer momento se buscaba una rendición negociada, que resultaba bastante frecuente, especialmente cuando los defensores estaban en franca minoría o no tenían la esperanza de recibir ayuda. Después de ser atacada la fortaleza o iniciado un largo asedio, la negociación se intentaba de nuevo repetidamente, no olvidemos que el asedio era algo a evitar, porque resultaba muy caro y requería de enormes recursos militares y mucho tiempo.
Si la negociación no funcionaba se iniciaban las operaciones militares, que en las partidas del rey castellano Alfonso X el Sabio se dividían en conquista "a furto", "a fuerza" y "por cerco".
Geraldo Sempavor
La conquista "a furto" hacía referencia a un golpe de mano, un ataque rápido y por sorpresa protagonizado por pocos hombres muy bien preparados -hoy hablaríamos de "tropa de élite"- que tenían poco tiempo para actuar, ayudados por la suerte, las condiciones ambientales propicias -niebla, lluvia, etc.- y la falta de previsión del defensor, lo que les posibilitaría hacerse con puntos claves de la fortaleza y permitir la entrada del enemigo. Un ejemplo cercano en este sentido fue la actividad de uno de los más legendarios guerreros medievales de la Reconquista peninsular, el portugués Geraldo Sempavor, que con sus mercenarios y aventureros tomó las más difíciles fortalezas y castillos en el Alentejo y Extremadura: suya fue la toma de Trujillo, Montánchez y Cáceres o ciudades portuguesas como Beja o Évora. Sus golpes de mano y por sorpresa eran legendarios como así lo mencionan  los cronistas.
El cronista  Ibn  Sahib  al  Salah describe vivamente su estrategia: "...caminaba en noches lluviosas y muy oscuras, de fuerte viento y nieve, hacia las ciudades y había preparado sus instrumentos de escalas de madera muy largas, que sobrepasen el muro de la ciudad, aplicaba aquellas escaleras al costado de la torre y subía por ellas el primero, hasta la torre y cogía al centinela y le decía: Grita como es tu costumbre, para que no le sintiese la gente. Cuando se había completado la subida de su grupo a lo más alto  del muro de la ciudad, gritaban en su lengua con un alarido execrable, y entraban en la ciudad y combatían  al que encontraban y le robaban y cogían a todos los que había en ella cautivos y prisioneros".  
En ocasiones ese golpe de mano era posible por el uso de métodos deshonestos como el recurso a espías o a la traición, al recurrir a algún caballero que se unía desde dentro a los asaltantes por despecho o soborno.
A veces se recurría a auténticas estratagemas como en la toma del famoso krak de los caballeros, posiblemente el castillo más inexpugnable hoy conservado, una enorme fortaleza construida en Oriente próximo por los cruzados y ocupada por la Orden Hospitalaria de los Caballeros de San Juan. Resultó una fortaleza inconquistable, con su doble muralla, que resistió muchos asedios musulmanes y que ni siquiera el gran caudillo árabe Saladino pudo conquistar. En 1271, cuando ya el poder de los cruzados estaba en decadencia, el sultán Beibars rodeó el castillo y logró sobrepasar la primera línea de murallas, las exteriores. Pero las torres y el talud interior se le resistían, aunque en su interior no había más de doscientos caballeros. La ayuda no llegaba pero los caballeros podían haber resistido varios meses. Beibars utilizó entonces una estratagema: hizo llegar a los caballeros del castillo una carta firmada supuestamente por el maestre de la Orden del Hospital, donde se ordenaba la rendición de la guarnición ante la imposibilidad de ayudar a sus defensores. Los caballeros se rindieron, recibiendo un salvoconducto para llegar a la costa, dejando atrás la fortaleza que habían ocupado durante más de cien años.

La inconfundible imagen del Krak de los Caballeros, la más formidable 
fortaleza de los cruzados en Tierra Santa.

LA CONQUISTA POR LA FUERZA: EL ASALTO

Si el ataque por sorpresa no era posible en ese momento y las negociaciones no triunfaban se valoraba la posibilidad de un asalto a la fortaleza, es la conquista "a fuerza". Si era repelido o se consideraba demasiado costoso o arriesgado, comenzaba entonces el asedio y se impedía la salida del castillo. La conquista "a fuerza" implicaba siempre una superioridad total de las fuerzas atacantes,  que sabían que en el asalto iban a tener un número elevado de muertos y heridos, ya que los defensores contarían con enormes ventajas. Las murallas y castillos suelen estar en posiciones más elevadas, con torres defensivas y las puertas y accesos estaban fuertemente defendidos. Lo normal es que los asaltos y la conquista a fuerza fracasaran, porque además los defensores estaban ya preparados de antemano: los fosos se habían limpiado y las murallas habían sido reforzadas, habiéndose talado los bosques cercanos para impedir la protección del enemigo.
A pesar de todo, incluso la conquista a fuerza terminaba con frecuencia en una negociación como la que ocurrió en el sitio de Jerusalén, mostrado en la película "El reino de los cielos" de Readly Scott. En septiembre de 1187 la Ciudad Santa se rendía tras días de continuos asaltos a sus murallas por parte del gran Saladino. Baliam, defensor de Jerusalén, tras rechazar con enormes dificultades al ejército musulmán y al límite de sus fuerzas, optó por negociar la rendición, arduas negociaciones permitieron salvar la ciudad del exterminio y conseguir un rescate aceptable para parte de la población, que pudo ser evacuada.
En el asalto de la fortaleza o la ciudad fortificada el objetivo fundamental era superar el gran obstáculo que suponían las murallas. En este sentido se desarrollaron técnicas y estrategias estructuradas entorno a las máquinas y armas de asedio.
Las murallas podían ser superadas por la parte superior, para ello se podían utilizar escalas y escaleras gigantes por las que trepaban los soldados, tremendamente expuestos a los defensores, que les lanzaban aceite hirviendo, piedras, flechas y lanzas y que les esperaban en las almenas en posición de absoluta superioridad. Estaban hechas de madera con ganchos metálicos en la parte superior para anclarse a las almenas y se lanzaban muchas a la vez para poder tener algún éxito y tratar de desbordar al defensor. Otra forma era el recurso a torres de asedio, las mayores máquinas militares empleadas en la Edad Media. Su construcción, preparación y desplazamiento era lenta y laboriosa por lo que tenían el inconveniente de que el enemigo las esperaba bien pertrechado, lo que provocaba enormes pérdidas en los soldados que en ella estaban. Se trataba de una torre móvil de gran tamaño y peso. Construida en madera, su altura debía ser superior o igual a la muralla atacada para poder acceder a ella.  Se desplazaba sobre ruedas, con la fuerza de sus ocupantes o a través de grandes poleas, debiendo ser allanado el terreno previamente. Una vez cerca de la muralla se lanzaba una plancha por la que los soldados atacantes se lanzaban sobre los defensores buscando la lucha cuerpo a cuerpo. Los defensores lanzaban sobre ella proyectiles e intentaban incendiarla, por lo que se encontraba protegida por pieles húmedas para evitarlo.

Asalto mediante escalas
En esta imagen medieval del cerco de Constantinopla se observa el
 uso de escalas en el asalto a la muralla.

Torre de asalto empleado en el primer sitio de Jerusalén.

Las murallas también podían ser superadas por la parte inferior a través de las técnicas de minado. Se  excavaban los cimientos de la muralla provocando su derrumbe o se trazaban túneles que permitían acceder al interior de la fortaleza. Era un trabajo duro y laborioso que requería mucho esfuerzo y tiempo.

Un pasadizo cubierto protegía el acceso de los zapadores a la base de la
 muralla para su minado.

En otras ocasiones, se trataba de derribar o abrir una brecha en la muralla. preferiblemente en algún punto débil o un acceso o puerta. Para ello se utilizaban máquinas de golpeo o arietes y piezas de artillería que lanzaban proyectiles, generalmente grandes piedras.
Los arietes más simples y primitivos eran grandes troncos de madera  impulsados manualmente por soldados que los estrellaban contra el objetivo, puerta o muro. Pero a lo largo de la Edad Media se les añadió un extremo puntiagudo de hierro, y se le cubrió de un entrmado de madera a modo de tejado colocado sobre ruedas, lo que le protegía de las armas del enemigo que arreciaban desde arriba en el momento de entrar en acción. El tronco colgaba del techo con cadenas o cuerdas, permitiendo el balanceo que ayudaba a impactar sobre la muralla como si fuera un péndulo.

Ariete con cubierta de protección.

En cuanto a las armas que lanzaban proyectiles, la más pequeña era la balista, una especie de ballesta gigante sobre un trípode que lanzaba grandes jabalinas sobre los defensores. El mangonel era una especie de catapulta con un brazo con forma de cuchara donde se depositaba el proyectil. Pero el mayor de todos y también el más potente fue el trebuchet o trabuquete, capaz de lanzar proyectiles de piedra a más de doscientos metros con una fuerza desconocida. Se utilizaba sobre todo contra los muros macizos y era capaz de dañarlos seriamente. Era la más temida y equilibró la lucha entre atacantes y defensores, reduciendo mucho la ventaja de los segundos. Resulta inconfundible por su largo brazo en cuyo extremo estaba la eslinga donde se ponía el proyectil, que se tensaba hacia atrás con un contrapeso de gran tamaño. Cuando se soltaba el brazo el proyectil era lanzado con enorme violencia hacia delante.

Balista medieval.

Trabuquete medieval.

En este grabado de Gustav Doré se representa el asedio
 de una fortaleza medieval. En primer término tenemos
 un Mangonel, al fondo se puede ver un trabuquete.

En esta imagen de la Biblia de Alba se recoge el asalto y asedio a un
castillo con el uso de máquinas de lanzamiento de  proyectiles.

Una de las mejores películas para el estudio didáctico del Medievo es "El señor de la guerra". En este video aparecen algunas de las escenas con más interés al respecto. A partir del minuto 15 se reproducen los momentos del asalto a la fortaleza del señor. En ellas se ven algunas de las tácticas y máquinas a las que hemos hecho mención:

                                   

Al final de la Edad Media la introducción de los cañones de asalto, con pólvora, cambio las formas de hacer la guerra y el ataque a plazas fuertes, y definitivamente fue marcando el desequilibrio entre defensores y atacantes. Las murallas se reforzaron, pero los atacantes vieron aumentar enormemente sus posibilidades de vencer. Aparecieron por primera vez en siglo XIV y el rey inglés Eduardo III los utilizó en el asedio de Calais. Pero fue a partir del siglo XV cuando ganaron en eficiencia y potencia. Estaban construidos de hierro fundido y se situaban sobre distintos soportes. La caída de Constantinopla en 1453, tras ser sometida a un duro asedio por los turcos, no hubiera sido posible sin el uso de cañones de gran tamaño y potencia, como la gran bombarda turca, que desequilibró las fuerzas a favor de los atacantes. Las formidables murallas de Constantinopla, uno de los mayores alardes de la ingeniería militar de todos los tiempos, no estaban preparadas para hacer frente a la potencia de fuego de semejantes armas.

La gran bombarda turca es una de las más formidables armas del siglo XV.

La última parte de la guerra de los Cien Años muestra el uso de los cañones
como un arma importante. Sitio de Orleans en 1429.

EL ASEDIO O CERCO DE LA PLAZA FUERTE

Si otras opciones fracasaban, se iniciaba entonces la conquista "por cerco", el asedio. De hecho, en la Edad Media los asedios determinaban mucho más la victoria final que las batallas a campo abierto y la mayoría de las plazas fuertes se tomaban por este procedimiento, que pretendía rendir la plaza por hambre, sed y enfermedad. El asedio solía ser largo -su duración podía ser de varios meses o incluso de más de un año- y lleno de inconvenientes, por lo que era evidente que el ejército atacante tenía que ser muy superior porque la plaza tenía que ser totalmente rodeada para que el cerco fuera efectivo. Se necesitaba, por tanto, un importante ejército, de lo contrario los sitiados podían recibir ayuda y suministros y el cerco fracasaba. Un ejemplo paradigmático fue uno de los más famosos cercos, el del castillo de Montsegur, situado en el sur de Francia, que durante el siglo XIII se convirtió en el último reducto de los defensores de la herejía de los cátaros. Tras ser derrotados, los líderes cátaros se refugian en la fortaleza, un auténtico "nido de águilas" inconquistable, situado en la cúspide del Pog, una montaña de 1.207 metros rodeada de paredes rocosas. El conde Ramón VII de Tolosa es enviado por el rey de Francia para acabar con su resistencia, pero tras meses de asedio tiene que retirarse. La población del Languedoc aprecia a los cátaros y los ayuda, los campesinos los abastecen a través de túneles excavados en la roca y veredas entre los bosques, por eso el asedio inicial fracasa. Sin embargo, en mayo de 1243 se inicia un segundo y definitivo cerco al mando del senescal de Carcassonne, Hugues des Arcis. Resultó especialmente duro y largo y los habitantes de la región siguieron llevando alimentos a los asediados, pero esta vez el cerco fue mucho más férreo y apenas se filtraba comida. Por fin, tras diez meses de asedio y con los montañeses sometidos a una fuerte presión, los cátaros fueron traicionados y la fortaleza se rendía. Los últimos defensores, doscientos cátaros, tenían dos opciones: abjurar de su fe o morir en la hoguera. Todos fueron finalmente quemados muy cerca del castillo.

El castillo de Montsegur en la actualidad. Su emplazamiento en la cima de
 una escarpada montaña lo hacía inexpugnable.

Si la ciudad era marítima la flota atacante tenía que controlar el acceso por mar a la plaza fuerte, sino el cerco no sería total y efectivo. Así  ocurrió en el conocido sitio de Calais (1346-47) durante los inicios de la Guerra de los Cien Años entre franceses e ingleses. Las tropas del rey Eduardo III de Inglaterra, tras vencer en la batalla de Crécy, decidieron tomar una ciudad costera desde la que poder organizar el ataque a Francia. Calais era perfecta, pues se hallaba en la costa del Canal de la Mancha, frente a Inglaterra y estaba perfectamente fortificada, con doble muralla y foso, lo que la hacía difícil de conquistar. Después de continuos asaltos, decidieron rendirla por hambre en un largo asedio de casi un año -11 meses-, pero para ello tuvieron que bloquear la entrada de los barcos que hasta entonces habían provisto de vituallas a los defensores. Para junio el suministro de agua y comida era imposible ya que la armada inglesa se hizo con el control de las aguas del Canal de la Mancha, y el 1 de agosto se rendía la ciudad.

El asalto y asedio de la ciudad de Calais fue uno de los hechos más
 importantes del inicio de la Guerra de los Cien Años.

Los sitiados podían hacer contrataques sorpresa por lo que hasta que no estaba todo preparado el ejército no descabalgaba. Una vez rodeada la ciudad, se construían trincheras o cavas, se establecían campamentos para la tropa y se instalaban las armas de asedio con las que acosar la fortaleza.
Los sitios solían empezar en primavera o verano, época además en la que se emprendían las campañas militares, se evitaba así el frío intenso, la nieve o la lluvia excesiva, que podían hacer estragos entre los atacantes. A veces los campamentos se inundaban y sufrían penalidades de todo tipo, y la enfermedad se cernía más sobre los sitiadores que sobre los sitiados.

Montaje del campamento durante el asedio (British Library)
El asedio o sitio era una empresa de larga duración, de ahí que se necesitaran instalaciones estables y considerables. Se construían cuadras y lugares de habitación para la tropa, así como almacenes de vituallas y munición. Se establecían enormes campamentos con tiendas de campaña y casas de madera. Se elegían zonas elevadas y dominantes, con acceso al agua y a pastos para los animales, así como madera para el fuego. Los campamentos se rodeaban de una cerca o valla y las tiendas, hechas de lonas y con forma circular, eran sujetas con vientos y dotadas con protectores superiores de cuero o metal para evitar la lluvia. Solían estar muy pegadas formando muros ellas mismas. Solía haber un orden jerárquico, con una plaza central en cuyo centro estaba la tienda del jefe, por el ejemplo el rey, rodeado por la de los oficiales y después la de la tropa, los señores y caudillos se encontrarían más allá. Semejante infraestructura que trasladar impedía la rapidez de movimiento de los ejércitos, generalmente muy lentos.
Con el fin de limar la resistencia y minar la moral de los defensores, las máquinas de asedio hostigaban periódicamente la fortaleza, lanzando incluso cadáveres de animales o de seres humanos dentro de las murallas, con la intención última de extender enfermedades entre los resistentes.
Los sitiadores se tenían que enfrentar por otro lado a la posibilidad de una operación de rescate, y de hecho, mientras esa posibilidad existiera la plaza no solía rendirse. Los mismos sitiados además realizaban incursiones, aprovechando descuidos, factores metereológicos -inundaciones, tormentas, etc.- o epidemias. Esto ocurrió en la Reconquista española durante el sitio de Algeciras, en el siglo XIV: Alfonso XI tuvo que enfrentarse a las razias de los árabes defensores y derrotar al rey musulmán de Granada que mando a su ejército a auxiliar a los cercados. Solo entonces, y después de casi dos años de asedio, la ciudad se rindió, exhausta y casi sin defensores vivos.
Otro gran problema era la intendencia, durante meses había que proporcionar alimento -la base de la alimentación era el pan, las legumbres, la sal, el queso, la carne fresca o salada y el salazón de pescado- y agua a los soldados y las caballerías, lo que implicaba una gran organización y una enorme movilización de recursos, a veces difícil de trasladar y encontrar. Si eso fallaba el cerco estaba perdido. A veces el agua escaseaba o estaba en mal estado -provocando diarreas y disentería-, algo típico en verano, especialmente en las tierras del sur de Europa como España. Por otro lado, según pasaban las semanas, los pastos para los caballos eran cada vez más escasos y había que alejarse cada vez más del campamento en su búsqueda. El desarrollo agricola no era el actual y la densidad de la población era muy baja, por lo que no era fácil acopiar una cantidad tal de alimentos, mucho menos durante la Reconquista española, pues en la Península Ibérica los despoblados y zonas agrestes eran mucho mayores que en otras zonas de Europa.
Todo esto implicaba una gran organización que incluía la recaudación previa de impuestos, que permitiera enfrentar los gastos del asedio. De hecho en el mencionado sitio de Algeciras, Alfonso XI financió el ejército y la flota necesaria con la implantación del impuesto de la alcabala en todo el reino.

En las cantigas de Santa María se refleja la vida de la Castilla del XIII. En estas imágenes podemos observar 
un auténtico compendio de los diferentes momentos de un asedio medieval, desde la creación del
campamento al uso de máquinas como el  trabuquete.